La Biblia tiene razón: “Hay tiempos de guerra y tiempos de paz”. A Cuba, lamentablemente, le ha tocado experimentar muchos tiempos de guerra. Precisamente el próximo sábado conmemoraremos el 158.º aniversario de la costosa Guerra de los Diez Años, que cobró miles de vidas y terminó con un conflictivo pacto que no hizo otra cosa que inflamar el espíritu patriótico de los cubanos para reiniciar la lucha final contra el férreo dominio que el imperialismo español ejercía sobre la fecunda Isla.
El ilustre bayamés Carlos Manuel de Céspedes declaró, el 10 de octubre de 1868, el inicio de la guerra con el llamado “Grito de Yara”. En su alocución pública expuso claramente las razones que lo impulsaban a promover la lucha contra el anacrónico colonialismo español, que no cedía ante la presión política para conceder a Cuba su libertad.
En la época que le correspondió vivir a Céspedes, España abolió la esclavitud en la metrópoli en 1837; en 1863, Abraham Lincoln decretó la libertad de los esclavos en Estados Unidos. Al ilustre cubano le correspondió el honor, en 1868, de vincular la guerra independentista con la liberación de sus propios esclavos, a quienes, en La Demajagua, ofreció la oportunidad de unirse a las fuerzas insurgentes que él comandaba.
Es interesante comprobar cómo, a lo largo de los siglos, determinadas situaciones históricas parecen repetirse. Las ideas y los objetivos del movimiento revolucionario que buscaba la independencia de Cuba y que sirvieron de base a la declaración de guerra del justamente llamado “Padre de la Patria”, si sencillamente les cambiáramos la fecha, podrían servir hoy como expresión de nuestra rebeldía ante el régimen que, durante más de medio siglo, ha hundido sus garras en el abatido corazón cubano.
Comentemos algunos puntos de la declaración de principios para la guerra que en 1868 promulgó Carlos Manuel de Céspedes, con su mente brillante y su elevado patriotismo y comparémoslos con el trágico escenario de la Cuba de hoy.
“España gobierna la Isla de Cuba con un ensangrentado brazo de hierro”. Con estas palabras inició Céspedes su declaración de guerra. Probablemente no podríamos hallar hoy una descripción más apropiada para referirnos al atropello del régimen comunista implantado en Cuba mediante engaños, crímenes y abusos.
Céspedes continuó acusando a España de abusar de la imposición de tributos y contribuciones, sin tener en cuenta la ilegalidad de sus acciones ni la escasa alforja del cubano. Hizo, además, referencia a las deportaciones impuestas a personas arbitrariamente castigadas con el destierro. Ha pasado siglo y medio y hoy Cuba tiene a su población esparcida por los más remotos sitios del mundo, víctima de la represión del castrismo.
Otra de las denuncias de Céspedes se refería al interés de España por mantener a los cubanos en la ignorancia mediante la falta de información. La metrópoli no quería permitir que sus súbditos conocieran la verdad sobre sus derechos, para impedir que el pueblo se atreviera a reclamarlos.
En la Cuba actual, reclamar justicia ante las leyes, ejercer los derechos asociados a la libertad y demandar un tratamiento similar al que disfrutan otras naciones del mundo son actitudes que pueden acarrear largos años de encarcelamiento y abusos físicos por parte de las fuerzas represoras del sistema.
“Los cubanos no pueden hablar, no pueden escribir, no pueden siquiera pensar”, condenó con su encendido verbo el héroe de La Demajagua.
Recordemos que esta crítica contundente fue pronunciada hace siglo y medio y que, desde entonces, la historia y el mundo han cambiado dramáticamente. Sin embargo, en la Cuba de hoy persisten la censura y las restricciones a la libertad de pensamiento. Oponerse al régimen puede significar el riesgo de una golpiza, un castigo arbitrario e incluso la pérdida del derecho a disfrutar de una respetable identidad social.
Me impactan, con una inquieta sensación de rebeldía, las severas expresiones de Céspedes sobre los derechos humanos y su violación, que se sigue produciendo diariamente en la situación que sufre el pueblo de Cuba.
Las naciones libres del mundo parecen haberse desentendido del hecho de que Cuba votó a favor, en 1948, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por las Naciones Unidas, documento que fue ignorado y objeto de burla por parte de los hermanos Castro y de quienes los sirven.
Céspedes se adelanta en el tiempo y pronuncia estas palabras: “Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprocharnos que echemos mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobios”.
¿No se duele usted de la pena que sufre Cuba cuando lee estas palabras?
Para Céspedes, la guerra era el camino para liberar a Cuba frente regímenes que mancillan a nuestra “Perla de las Antillas”. Con ellos no se negocia, no se conversa, no se firman tratados ni se promueve el turismo como si nada ocurriera.
Finalmente, la alocución libertaria de Céspedes expone el mismo horizonte que persiguen quienes aman a sus semejantes y defienden sus libertades. Dice el “Padre de la Patria”:
“Apelamos al Dios de nuestra conciencia, con la mano puesta sobre el corazón. No nos extravían rencores, no nos halagan ambiciones; solo queremos ser libres e iguales, como ha hecho Dios a todos los seres humanos”.
La guerra para liberar a Cuba no es para matar hermanos ni para convertir en polvo monumentos o catedrales. No es para deshojar flores ni cometer injusticias. Es para hacer que renazca la libertad.
Desde el exilio nos duele el alma tan solo de pensar que quizás no veamos nuestro cielo regado de estrellas proclamando la hora feliz del regreso a la paz.
“Si muriera sin verte” es un poema de nuestro amigo Cástulo Gregorich que, por razones de mi edad y mi distancia personal de Cuba, se me ha clavado en el alma. Probablemente haya muchos compatriotas en el exilio que sientan igual que yo.
Por eso termino este artículo con estos sensibles versos:
“Si muriera sin verte
cuán triste sería,
tras años de espera,
llenos de melancolía.
Si muriera sin verte
libre de la pesadilla,
en ese mundo sin luces,
descansar no podría.
Si muriera sin verte,
cómo me dolería,
desde mi oscuro hueco
nunca te olvidaría.
Si muriera sin verte,
el día de mi partida,
tu indeleble memoria
conmigo viajaría”.







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