Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
La China
Con el paso de las semanas la China aprendió, con nosotros, a operar el mimeógrafo y montar los “stencils”. En citas, para entregarle materiales listos para imprimir, realizadas en lugares públicos y a veces, en caso de urgencia, en las dos habitaciones que compartía con el hijo de cuatro años de edad, supe más de ella.
Venía de una familia humilde. Fue buena estudiante y había completado la enseñanza secundaria. Disfrutaba la lectura y perseguía las novelitas de Corín Tellado. Por una recomendación, en 1956, comenzó a trabajar de doméstica en la casa del capitán jefe del Escuadrón 31 de la Guardia Rural. Allí conoció al sargento ayudante del Capitán. Un hombre 20 años mayor que ella. El Sargento, de porte varonil, además de militar, era dueño de una lucrativa valla de pelea y gallería dedicada a criar y vender gallos finos.
El militar y gallero, que nunca antes se había casado, se enamoró de la China y le propuso matrimonio. A ella no le disgustaba el hombre. Además, le ofrecía seguridad económica.
El enlace matrimonial se realizó bajo el patrocinio de la entusiasta esposa del Capitán. La ceremonia y brindis posterior se desarrollaron, engalanado para la ocasión, en el comedor del cuartel 31. Para la China fue un momento importante. Nunca había soñado con tener una boda con tanta asistencia de personas y abundancia de comida y bebidas. Los emocionados padres de la novia y una hermana mayor que residía en La Habana asistieron.
El marido renta una modesta pero cómoda vivienda y la saca del trabajo. A principios de 1958, coincidiendo con la muerte del padre y el traslado de la madre para La Habana, queda embarazada. El Sargento, militar de años de carrera, viendo la situación de inestabilidad política que vivía el país hace planes para retirarse de la Guardia Rural y dedicarse por entero al negocio de los gallos finos. Entre septiembre y octubre de aquel año, el marido tiene una disputa con un apostador de gallos que le adeuda una fuerte suma de dinero. Discuten; se van a las manos y el apostador sale golpeado. En el fragor de la pelea el Sargento, con más rabia que intenciones amenaza: Isleño, ¡me pagas o te parto la crisma! El aludido, acariciándose el rostro magullado, responde: ¡Eres tú quien pronto me las vas a pagar…!
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Atardece. Los totíes, emblemáticos del parque Leoncio Vidal, comienzan a llenar, con su algarabía cantora, el follaje de los árboles. Estamos sentados, cerca de la estatua del Niño de la Bota Infortunada, en uno de los bancos que miran para la fachada del Teatro La Caridad. Sobre el asiento, entre ambos, reposa una bolsa de tela, de esas que las mujeres usan para transportar compras variadas. Dentro, cubiertos por unas lechugas que sobresalen, se ocultan ejemplares recientes de Trinchera, mimeografiados por la China.
En las últimas semanas hemos intimado. Nada como el clandestinaje para crear lazos, en tiempo breve, de camaradería duradera. A pedazos me ha contado de su vida y yo de la mía. Esa tarde, luego de la entrega, a pesar del peligro constante, tomamos unos minutos que aprovecho para proseguir con la historia de su existencia.







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