El choque de los mundos (XI)

Written by Libre Online

7 de octubre de 2026

Por E. BALMER y P. WYLIE. (1934)

—La dificultad es, Tony, que los hombres todavía no están verdaderamente educados acerca del uso del telescopio, como lo están en el manejo del microscopio. Si un médico tomara un trozo de tejido celular de cualquiera de esos hombres que estaban aquí conmigo ahora, y, poniéndolo bajo el microscopio, les dijera: “Lo siento mucho, señor; pero esto indica que usted habrá de morir”, ninguno de aquellos hombres dejaría de arreglar rápidamente sus asuntos.

—Naturalmente —dijo Tony—. ¿Quién podría escuchar una cosa semejante y continuar viviendo como si nada hubiera sucedido?

—Nadie. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que les he dicho esta noche. El telescopio les ha mostrado la enfermedad que amenaza a nuestro mundo. Ellos la han visto con sus propios ojos y, sin embargo, se niegan a creer que la enfermedad exista.

Hendron se acercó a la mesa y tomó una de las placas fotográficas.

—Mira esto, Tony. Aquí está el Bronson Alfa. No es una teoría. No es una conjetura. Está aquí. Lo hemos observado, fotografiado y medido. Sabemos lo que es y sabemos hacia dónde se dirige.

Tony miró la placa.

—Y, a pesar de todo, esos hombres volverán mañana a sus negocios.

—Sí —contestó Hendron—. Porque el hombre cree en aquello que puede tocar y utilizar, pero le cuesta trabajo creer en aquello que amenaza destruirlo. Para ellos, la Bolsa, las fábricas, las casas y los bancos son realidades. El Bronson Alfa, mientras continúa a millones de millas de distancia, es solamente una fotografía.

Guardó la placa nuevamente.

—Pero llegará el momento en que dejará de ser una fotografía.

Tony permaneció silencioso.

—¿Y qué haremos entonces?

Hendron levantó la mirada.

—Eso es precisamente lo que estoy tratando de decidir. No salvar al mundo, Tony; ya sabemos que eso es imposible. Lo que debemos hacer es salvar lo que pueda salvarse de la humanidad.

—¿Y quiénes serán salvados?

—Los que puedan servir para reconstruirla.

Tony comprendió entonces la gravedad de las palabras que había escuchado poco antes.

—¿Y Eva?

Hendron no contestó inmediatamente.

—Eva tendrá su lugar —dijo por fin—. Como tú tendrás el tuyo.

Y volvió a inclinarse sobre las fotografías.

Afuera, sobre la ciudad, las luces continuaban brillando como si nada hubiera ocurrido. Los automóviles cruzaban las avenidas, los teatros seguían abiertos y los restaurantes recibían a sus clientes. Millones de seres humanos continuaban viviendo aquella noche sin saber que sobre sus cabezas avanzaba lentamente una fuerza contra la cual ninguna riqueza, ningún ejército y ningún poder humano podría prevalecer.

Pero en aquel estudio, entre las placas fotográficas y los cálculos de los hombres de ciencia, el destino de la Tierra comenzaba ya a ser escrito.

CAPÍTULO VII

—Como Eva te dijo, parece algo más que una casualidad el que nos venga del espacio no solamente la esfera que habrá de destruirnos, sino que delante de esta viene un mundo muy semejante al nuestro, en el que algunos de nosotros —algunos solamente— podemos salvarnos si logramos llegar a él.

Tony llevó a David Ransdell a su casa. El sudafricano quería ver Nueva York.

Cuando Tony se despertó, su primer pensamiento fue para Eva.

Haberla tenido tan cerca de él, haberla oprimido contra su pecho, haber rozado sus labios sobre los de ella… para que después le fuera prohibida. ¡Para que le fuera final y completamente prohibido amarla!

Su padre no solo les había prohibido mantener aquella ilusión; les había negado toda posibilidad de realización posterior. Y su padre la controlaba, no simplemente como su padre, sino como uno de los líderes de la extraña sociedad, cuyo inflexible poder Tony Drake estaba empezando a sentir: ¡la Liga de los Últimos Días!

Un grupo de hombres decididos, los primeros en la ciencia de todo el mundo, que se dedicaban a sus propósitos con una decisión y disciplina que recordaba la mansedumbre y resignación de los primeros cristianos, que se sometían a todos los martirios con tal de fundar la Iglesia. Exigían —y obtenían— una lealtad absoluta y comandaban una alta alianza. A esta tiránica sociedad Eva estaba sometida como uno de sus miembros.

Tony encontró a Ransdell junto a una ventana del comedor. Dos periódicos de la mañana estaban tirados sobre la mesa.

—Hola —dijo Tony—. Kyto me ha dicho que hace un rato que usted está levantado y que ya se ha desayunado. Usted reúne un conjunto de muy buenos hábitos.

El sudafricano sonrió placenteramente.

—Voy a necesitar muchos más de los que tengo, si me uno a la Liga de los Últimos Días —observó.

—¿Entonces está usted decidido? —preguntó Tony.

Ese era uno de los temas que habían discutido la noche precedente.

—Sí. He sido escogido para el capítulo de Nueva York.

—¿Entonces no retorna usted a Ciudad del Cabo?

—No. Habrá temblores de tierra aquí y en dondequiera, según dice el doctor Hendron.

—Eso es bueno —dijo Tony. Llevó el periódico a la mesa del desayuno, donde Ransdell se le reunió para tomar otra taza de café.

Los dos jóvenes, de naturaleza, antecedentes y formación profundamente diferentes, tomaban su café y se miraban uno al otro a través de la mesa.

—Bien —dijo Tony al cabo—, ¿quiere usted decirme verdaderamente cómo se siente?

—Encantado —confesó el sudafricano—. He traído la prueba final de que el mundo va a desaparecer; y en el viaje he encontrado lugares encantadores que jamás pensé que existieran…

—Para mencionar las cosas más insignificantes primero —continuó Ransdell con su habitual franqueza—, yo nunca había vivido de este modo, ni siquiera durante un día. Nunca he tenido valet antes de ahora.

Tony sonrió.

—Eso me recuerda —dijo— que hace varias horas que me estoy preguntando si permitirán que Kyto forme parte de la Liga.

—No como nuestro valet, me temo —dijo el sudafricano—. Espero que usted me permita el uso del “nuestro” mientras dure mi estancia aquí. Me gusta mucho vivir aquí y, además, tengo que apreciar en lo cuanto vale el estar cerca de donde está la señorita Hendron. En realidad, yo no suponía que existiera una muchacha como ella en todo el mundo.

—Cosa que va a terminar, debemos recordarlo —le previno Tony.

—¿Me permitirá usted, entonces, que le haga una particularísima y personal afirmación? —inquirió el sudafricano.

—Dígalo —contestó Tony.

—Es que… si yo fuera usted, en su lugar, no me preocuparía gran cosa acerca de lo que ha ocurrido.

—¿Se refiere usted a mi lugar con…?

—Con la señorita Hendron. En otras palabras, yo lo congratulo cálidamente.

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