DESCUBRAMOS QUIÉNES SOMOS

7 de octubre de 2026

Yo nací en la ciudad de Matanzas. En Cuba era matancero. Cuando recorría uno que otro país, era cubano; pero cuando llegué a Estados Unidos, me confundí. Aquí lo mismo soy hispano que latino, y esa dualidad, de veras, es para preocuparse.

¿Matancero, cubano, hispano o latino? Seguramente a muchos de mis amigos lectores les pasa lo mismo. Vamos a tratar de dilucidar el enredo, ahora que estamos celebrando el Mes de la Herencia Hispana.

Primero, debemos destacar que “hispano” y “latino” no son vocablos sinónimos, aunque en muchos casos se utilicen indistintamente.

La palabra “latino” nos llega desde una antigua tribu de los remotos tiempos de Italia, asociada al Imperio romano. La historia alude al desarrollo del Imperio romano como una de las grandes influencias culturales de una época precristiana. Una de las influencias que ha adquirido permanencia es la de las lenguas llamadas “romances”, que nada tienen que ver con la idea del romanticismo amoroso, sino que son derivadas del vocablo Roma. Entre ellas se encuentran el español, el italiano, el portugués, el francés y casi medio centenar de otras lenguas y dialectos.

Las lenguas romances son la continuación del llamado latín vulgar o popular, hablado por soldados, comerciantes y el pueblo en general. Se diferencia del latín clásico, propio de la élite cultural, los escritores y los poetas. Ambos usos del latín predominaron en Europa occidental. Durante la decadencia del Imperio y después de su fragmentación, el latín se expandió por buena parte del mundo conocido.

Ahora bien, es apropiado anotar que, cuando los romanos invadieron la península ibérica, encontraron una ciudad llamada Hispalis, posteriormente Sevilla. El nombre “Hispalis” rememora a Híspalo, personaje mitológico, compañero de Hércules y padre de Hispan. Híspalo es también el nombre antiguo asociado al río Betis. Los romanos permanecieron siete siglos en Hispania, donde dejaron huellas culturales imborrables.

Eventualmente, el término Hispania se convirtió en España y, a lo largo de los siglos, a los países hispanos que se desarrollaron después del descubrimiento se les asignaron indistintamente los apelativos de “latinoamericanos” o “hispanoamericanos”. La hispanidad no es una raza y América Latina es una denominación geográfica. La población de América Latina, en su totalidad, no es hispana. En Brasil se habla portugués, lo que excluye al país de la identidad hispana, al igual que ocurre con otros países en los que se habla francés o inglés.

Muchos sociólogos aceptan el hecho de que en América del Sur “todos somos primos”. Unos se adhieren a una ascendencia genérica latina, que incluye a Canadá, y otros, quienes descendemos directamente de España, enfatizamos las características de nuestra hispanidad. Lo que estamos celebrando del 15 de septiembre al 15 de octubre es el “Mes de la Herencia Hispana” o “Mes de la Hispanidad”; nada se menciona en relación con la ascendencia latina.

En 1968, el Congreso autorizó al presidente Lyndon B. Johnson a proclamar la Semana Nacional de la Herencia Hispana, que incluía el 15 de septiembre, fecha en que se celebran las independencias de Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua; el 16 de septiembre, fecha de la independencia de México; y el 18 de septiembre, fecha de la independencia de Chile. El 17 de agosto de 1988, el presidente Ronald Reagan, con el propósito de reconocer más ampliamente a la creciente comunidad hispana de la nación, firmó la Ley  Pública 100-402 del Congreso, que amplió a 31 días el período de celebración, dando origen a lo que actualmente se denomina Mes de la Herencia Hispana, del 15 de septiembre al 15 de octubre.

En el Censo se utiliza la palabra “hispano”, que no se refiere a raza alguna, para identificar a las personas que tienen ascendencia hispana y así lo reconocen. No obstante, varias investigaciones de opinión pública han descubierto que muchas personas hispanas prefieren ser identificadas por sus gentilicios. Prefieren que se les identifique por el lugar de nacimiento: argentino, colombiano, cubano, etc. Sin embargo, el Gobierno de Estados Unidos decidió hace ya cinco décadas utilizar el término “hispano”, que simplifica de manera apropiada la identificación de quienes hablan el idioma de Cervantes.

Generalmente no decimos, a menos que sea circunstancialmente necesario: “Yo me siento orgulloso de ser hispano”. La preferencia es acudir al gentilicio: “Yo me siento orgulloso de ser cubano”, y así podríamos expresarlo con respecto a todas las naciones que forman el continente.

Hace años estuve en México alrededor del 16 de septiembre. Recuerdo que recorrimos varias ciudades como parte del trabajo pastoral que nos llevó al país azteca: Guanajuato, Oaxaca, Guadalajara y Mérida. Me maravilló que en cada una de ellas hubiera alegres espectáculos artísticos típicos, con bailes y canciones de tono local. Se celebraba la independencia de México, pero cada una de las ciudades que visitamos tenía sus propias celebraciones, forjadas con tradiciones y estilos particulares.

Es que, a veces, nuestro orgullo, que no deja de ser nacional, se arraiga en la localidad de la que procedemos. En Cuba había festividades propias de muchas ciudades, en las que se exaltaban los sentimientos patrios en medio de fiestas estrictamente locales.

En Estados Unidos, el Mes Nacional de la Herencia Hispana está dedicado a que las autoridades y entidades gubernamentales proclamen y hagan recuentos del aporte de los hispanos al bienestar de la nación. Se publican listas de ciudadanos insignes que han triunfado en todos los campos: la política, el arte, la cultura, la economía y el servicio a la patria. Pero somos tan apegados los hispanos a nuestra identidad y a nuestra historia que también aprovechamos la ocasión para celebrar nuestra herencia y expresar el orgullo por nuestra cuna y nuestros logros.

Voy a terminar este trabajo con una anécdota personal. Hace años estábamos en la ciudad de El Paso, instalados en un hotel donde se hospedaba Anthony Quinn con su familia. No recuerdo exactamente cuántos muchachos lo acompañaban en la mesa, pero parecía una convención. Me acerqué para saludarlo y le dije que había leído su autobiografía, The Original Sin. Al reconocerme como cubano, me dijo que yo era uno de los pocos que le habían hablado de su libro.

Se levantó de su silla con dos copas, invitándome a brindar. Él dijo: “¡Viva México!”, y yo respondí: “¡Viva Cuba!”. De pronto —no sé de dónde salió— una cubana se acercó para cantar, con exquisita voz, el Himno Nacional de nuestra patria. Acto seguido, dos jóvenes, evidentemente mexicanos, se nos unieron.

Y allí, en aquel momento, comprendí que, aunque nuestras identidades tengan nombres diferentes —matancero, cubano, mexicano, hispano o latino—, también pueden encontrarse en un mismo sentimiento de orgullo por nuestras raíces.

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