INTELECTUALES CUBANOS EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII

Written by Libre Online

6 de octubre de 2026

Por Juan Luis Martín (1949)

¿Quiénes fueron los primeros cubanos que escribieron sobre física, ingeniería naval, arquitectura, jurisprudencia, filosofía y medicina? ¿Cómo se llamaba el habanero que alteró, en América, los rumbos de la oratoria castellana? ¿Cuántos y quiénes fueron los que estudiaron en las universidades de España y México y se distinguieron en la magistratura imperial española? ¿Qué cubano fue profesor en la Universidad de Salamanca y quién rector en la de México? ¿Quién fue el primer cubano que se sintió cubano y escribió en defensa de su patria? ¿Quién levantó la voz antes que otros contra el maltrato de los esclavos? ¿Quién celebró a pardos y morenos como buenos artesanos y artistas menores? ¿Quién fue el primero que declaró antieconómica la esclavitud? Todas esas son cuestiones interesantísimas, relacionadas profundamente con nuestra vida social, con los orígenes de nuestra cultura, con la existencia de una sociedad que todavía no ha sido lo suficientemente estudiada. A tales preguntas quiere dar respuesta el siguiente artículo sobre esos primeros vagidos intelectuales de Cuba. Apenas se pueden citar los nombres con rapidísima mención de otros datos. Por ello se podrá ver que antes de D. Luis de las Casas no todo era aquí barbarie y factoría y que el florecimiento del primer tercio del siglo XIX tuvo esa larga preparación de los siglos XVII y XVIII.

POCO CAMPO A LOS TALENTOS

Reducida palestra ofrece La Habana al ejercitamiento de las letras en los siglos XVII y XVIII. España se hunde en la decadencia, asaltada por las potencias enemigas y por el desgaste de las energías nacionales. Poco se puede esperar en tan desfavorable sazón en estas Indias. Las honras de los vecinos ponen cuidado en ser jurados de la ciudad con aspiración a cargos concejiles, codiciados más que otra cosa; a los grados de la armada y a las capitanías de los fuertes, los de hidalguía y haber; al púlpito, las custodias y definitorios de las órdenes religiosas, la acción misionera, los obispados, la medicina y la complicada jurisprudencia. Los de piedad más abrazada, siendo frailes, se complacían en compartir el ministerio religioso en las villas cubanas con enseñar latín y rudimentos de ciencia y filosofía, cuando no estaban apremiados a convertir indios en La Florida. 

La producción intelectual de las clases holgadas —que sienten menguarse el abolengo en el trato mercantil y muestran desapego aparente a los oficios que tienen por envilecedores— apenas ha llegado a nosotros. Casi por casualidad pudo ser rescatada la obra poética de Silvestre Balboa (Espejo de paciencia), con unos sonetos endebles y las primeras décimas escritas por un sacristán destinadas a la pedagogía catequista, que dejan constancia histórica. 

De las copias y súmulas de aula, poquísimo, por no decir nada, se ha salvado, salvo un tantico de obra poética de ocasión. Las lecciones se dictaban a los colegiales y no había por qué desvelarse en guardar como prendas más preciadas que reliquias de familia, en algunos casos, los papeles escolares. De lo que puede conocerse por lo exterior (que de lo interno nada resta), no es difícil intentar componernos flojamente una imagen, aunque imperfectísima, de los inicios culturales cubanos. 

UN FÍSICO MATEMÁTICO HABANERO

Con tanta escasez, pruebas poseemos, en tres nombres, de la curiosidad por las disciplinas científicas. Citaremos primero al peripatético Francisco Ignacio Cigala, habanero, de entendimiento bueno y cabal, que a mediados del siglo XVIII estudió artes y se le tuvo por físico y matemático, dentro de ese tono rancio de la poquedad de las ciencias de entonces. Aquí trabajó en mejorar la siembra del cañaveral y labrar ingenios y trapiches, habilidad que usó en México. Se escribió con el padre Feijoo. En una de sus cartas impresas en México (1760), con dedicatoria a Carlos III, rebate las afirmaciones del escritor español relativas a que es paradójico que el barómetro registre baja atmosférica cuando hay humedad en el aire y alza en tiempo sereno (Discurso 9, paradoja quinta, del tomo V del Teatro crítico universal). El monje benedictino se apoyaba en los experimentos de Leibniz, quien interpretaba mal el hecho debido a que ignoraba que el vapor de agua es menos pesado que el aire. Uno y otro se enredaban en todas las consecuencias de la idea de que aire húmedo es “aire más agua”, desconociendo el fenómeno de la vaporización. Cigala se muestra perspicaz en la crítica de la teoría de Leibniz, que recibe a través de Feijoo, pero, afecto a su escuela, aunque se acerca más a la realidad científica, tampoco atina con la explicación real del fenómeno. El error de todos estuvo en que intentaron resolver el problema por valores de hidrostática y no por métodos de calorimetría, como se logró hacia 1765. Cigala se atiene, con alardes de erudición, a las formulaciones de la ciencia antigua. 

Toca citar ahora al médico y matemático de La Habana, Lázaro Flores, quien en Madrid (1673) publicó el tratado Arte de navegar, navegación teórica y práctica, con tablas de declinación solar y estelar reducidas a la posición del Morro, descripción de nuevos instrumentos de medir la altura y el inexcusable tratado de la esfera. 

Escogemos el tercer lugar para el también médico de La Habana, Marcos Gamboa y Riaño, quien tuvo una cátedra de matemáticas en México. Imprimió un Tratado de perspectiva (1725) y el sueño literario “Endimiones habaneros”, y quien, según las noticias, falleció en La Habana.

DOS FAMOSOS INGENIEROS MILITARES

Podemos insertar aquí el nombre del distinguido almirante e ingeniero naval Francisco Díaz Pimienta y Pérez de Mendizábal (Canarias, 1594-Barcelona, 1652), de destacada labor en La Habana, quien en respuesta a una consulta de la Casa de Contratación (20 de noviembre de 1650) acredita su pericia en geometría y mecánica, estableciendo la tabla general de relaciones mensurables para la construcción de galeones y determinando los fundamentos de la estrategia naval de escuadras numerosas. El oficio lo desempeñó con mucho tino durante muchos años en los que, formando parte de una comisión, inspeccionaba los bajeles que se hallaban en el puerto, entonces con el grado de capitán. 

Distinguido también como ingeniero y maestro de fortificaciones fue Juan de Císcara, jefe de la guarnición de Manila, constructor de sus murallas y de los baluartes de Zamboanga en el siglo XVII, quien sirvió en los mares filipinos a las órdenes del famoso almirante habanero D. Pedro Zacarías. 

Enaltece las glorias locales José Escobar y Morales, fallecido en México (1736 o 1737), a quien Eguiara y Eguren tiene por mexicano. Era un prodigio enciclopédico, esmerado en medicina, leyes, teología, cosmografía y griego. 

UNOS CUANTOS MÉDICOS FAMOSOS

Merecen loas y alabanzas también los médicos habaneros Juan y Diego Vázquez de Hinestrosa, graduados en la Universidad Mexicana. El primero fue catedrático en ella de vísperas de medicina (1740). 

Francisco González del Álamo, natural de la ciudad, practicó la medicina a principios del siglo XVIII y, a ruegos y consulta del ayuntamiento, escribió una Disertación médica sobre que las carnes de cerdo sean saludables en las islas de Barlovento, impresa en México (1707). Cowley asegura que fue el primero, antes de erigirse la Universidad, que dio aquí lecciones de medicina. 

Dentro del mismo siglo salen impresos los primeros trabajos de Tomás Romay. 

Bachiller y Morales inscribe en 1767, junto con el Teatro Histórico de Urrutia y Montoya, la Descripción de diferentes piezas de historia natural, las más del ramo marítimo, representadas por 70 láminas de Antonio de la Parra (que no era cubano), de 200 páginas, salida de la imprenta de la Capitanía General. 

LA RETRATACIÓN DE LUIS DE LAS CASAS

En el siglo XVIII hace fe el progreso con la introducción de la imprenta, la fundación del Colegio de los Jesuitas y la Universidad, la construcción del primer teatro, la constitución de la Real Sociedad Patriótica y la publicación del Papel Periódico. Se distingue en estos últimos empeños el capitán general don Luis de las Casas y Aragorri, afrancesado, lector del barón de Holbach, Voltaire, Rousseau, Diderot y los demás enciclopedistas, quien con su deudo, el general irlandés conde Alejandro O’Reilly, conspiró en España contra el conde de Floridablanca y que, con aquel y el poeta Samaniego, estuvo mezclado en el proceso que la Inquisición puso al peruano Pablo de Olavide. Las Casas logró de Manuel Godoy para Cuba ventajas y providencias de mano abierta, que hacen del privado de Carlos IV una figura merecedora de gratitud. El capitán general, sin embargo, en el orden político —por lo que dice Valdés, lo que expresan sus comunicaciones oficiales y aun lo que entre líneas consigna Romay en su panegírico—, obró con rudeza semejante a la que empleó el conde O’Reilly en la pacificación de Luisiana. 

Los hechos de la cultura que hemos señalado son episodios de alta condición en nuestra embriogenia cultural. 

ESCUELAS DE NIÑOS Y NIÑAS

El seminario existía desde mucho antes, con continuidad desde tiempos del obispo Diego Evelino Hurtado de Compostela, como el colegio de niñas de San Francisco de Sales (para señoritas doncellas), el de niños de San Ambrosio y el de Nuestra Señora de Belén, empeñosas tareas del prelado gallego, además de las escuelas que mantenían en La Habana y las villas interiores (Guanabacoa, Trinidad, Sancti Spíritus, Puerto Príncipe, Bayamo, Santiago y más tarde Santa Clara) las órdenes religiosas, que describe parcialmente Arrate. 

ESTUDIANTES CUBANOS Y PROFESORES EN SALAMANCA

El autor de la Llave del Nuevo Mundo recoge los nombres de los colegiales de Salamanca: Juan de Arechaga, Tomás Recino, Francisco Ramírez de Lazcano y Francisco de Soto; el del graduado de Alcalá de Henares, Luis de Umpierre, vástago de una esclarecida familia canaria, uno de cuyos miembros se estableció en La Habana enlazando con los Pérez de Borroto; y el de Sevilla, Juan Ferro y Machado (hijo del capitán Juan Ferro y Manuela Machado, nacido en La Habana hacia 1670), de quien Pezuela hace memoria por sus travesuras. Debieron contarse seguramente otros no tan notables, pues en las universidades españolas se registraban colegiales de San Agustín de La Florida, Jamaica y Puerto Rico, menos importantes que La Habana. 

Juan de Arechaga publicó en Salamanca la obra de derecho, en forma de cuatro argumentos como tema sacado a la suerte en oposición a la cátedra de Justiniano, Extemporanea Commentatio ad textum sorte oblatum pro petitionibus cathedrarum Academiae Salmaticensis, que ya en el título hace entender cómo y en qué ocasión los compuso, y un comentario de derecho civil español. Con galardón de juez decano y oidor mayor de la Audiencia de Nueva España, residenció al virrey Antonio de la Cerda y Aragón, conde de Paredes y marqués de La Laguna. 

Tomás Recino ganó las borlas en Salamanca y leyó allí once veces como oponente de prima y vísperas de jurisprudencia, Digesto y Corpus Juris. Sustituyó como profesor de su materia en varias cátedras y escribió el dictamen A quibus adquiri et constitui possunt servitutes. Enseñó cinco años en España (1663-1668) y con mucho lustre terminó su carrera en el entonces dificilísimo cargo de oidor mayor de Manila. 

MAGISTRADOS Y CANÓNIGOS

Otro cumplido jurisperito habanero, Ambrosio Santaella Melgarejo Aponte, como decano de la Audiencia de Nueva España, residenció al virrey Baltasar de Zúñiga Guzmán Sotomayor y Mendoza, duque de Arión y marqués de Valero (1722). 

Francisco de Soto se doctoró en teología en Salamanca y disputó oposiciones, ganando la canonjía de maestrescuela de Palencia, en la que estuvo hasta su muerte. 

Luis de Umpierre y Armas, nacido en el último tercio del siglo XVII, estudió primero con los dominicos en La Habana, cursó luego en el colegio mexicano de San Ildefonso y después en las universidades de Alcalá de Henares y Sevilla. Compuso una densa obra en folio sobre disciplina eclesiástica cuando era canónigo por oposición de la metropolitana de México. Falleció allí el 30 de abril de 1741. 

Arrate nombra como graduados de calidad en la Universidad de México a Gaspar de los Reyes, Diego y Antonio Pimentel y Calvo Sotomayor, José Cordero Esquivel, José Duarte y Burón y Martín y Pedro de Recavarren. El primero de estos dos últimos se afincó en Santiago de Chile, dejando familia por matrimonio con una hija del famoso almirante Pardo de Figueroa, de la carrera del Pacífico. 

Diego Pimentel se hizo estimar en el púlpito, profesó varias cátedras en la Universidad Mexicana y murió en 1765. Su hermano Antonio (1713-1753) enseñó por oposición la asignatura del Maestro de las Sentencias (Pedro Lombardo), puramente teología, en la misma universidad, y fue canónigo lectoral en Valladolid (Morelia). Dejó inédito su texto de enseñanza, Commentaria in selecta Petri Lombardi distinctiones, primera obra de esta naturaleza escrita por un cubano de la que haya noticias. 

Pedro Recabarren, nacido a fines del siglo XVII, se honró como rector de la Universidad de México, cancelario y profesor de derecho canónico. Imprimió varios opúsculos de poca monta. Su hermano Martín (nacido en 1679) fue conciliario y catedrático de prima de leyes en la Universidad de México. Presidió la Audiencia de Panamá y pasó como corregidor mayor a Chile, oficio del que subió a oidor decano de la Audiencia. Estudió con los franciscanos habaneros y se trasladó a México para continuar en el Colegio de Todos los Santos. Él y Pedro eran hijos del alcalde mayor habanero, Miguel de Recabarren y Pérez Borroto, nacido en 1644. 

José Duarte y Burón se graduó in utroque iure en la Universidad de México y aprovechó una beca del Colegio de San Ramón. Profesó como catedrático de Justiniano y pro tempore de vísperas de jurisprudencia, además de desempeñarse lúcidamente como oidor. Enviudó, se ordenó de sacerdote y enseñó en el Seminario Tridentino de México, del cual llegó a ser rector. Opositó a la canonjía lectoral de Puebla, la obtuvo y el rey lo eligió obispo de Puerto Rico, mitra de la que no tomó posesión por haber muerto de apoplejía (1770). Sus obras de derecho canónico se imprimieron en México. 

Cumple intercalar aquí el nombre de Juan de Alarcón y Ocaña, segundón del señorío castellano de Cifuentes y Ciempozuelos. Se graduó en México y España. Fue consultor jurídico de la Nunciatura de Madrid. Levantó en México la colegiata de Guadalupe, de la cual fue primer abad. Nació en La Habana en 1690 y falleció en el santuario guadalupano en 1757. Era hijo del secretario del Consejo de Indias y hermano del almirante D. Diego de Alarcón y Ocaña. 

EL RESPLANDOR MEXICANO

Estas noticias nos revelan la dominante influencia de México sobre Cuba en todos los órdenes. En el de la cultura, muchos cubanos sin recursos holgados terminan sus estudios en el Colegio de San Ramón Nonato, de la vieja San Hipólito, fundado por el exobispo de Cuba fray Alonso de Armendáriz antes de su muerte en 1628 y destinado a jóvenes juristas de nuestra isla y Michoacán, adonde había sido trasladado aquel pastor que con tantos despiques bregó con el gobernador Gaspar Ruiz de Pereda. Para los cubanos dotó tres becas, según Arrate, proveyendo enseñanza y sustentamiento a los estudiantes. Armendáriz escribió una Relación de lo espiritual y temporal de la isla de Cuba: vida y costumbres de sus eclesiásticos. 

El relente de México debió continuar calentando bajo los pontificados de los obispos mexicanos de Cuba Leonel de Cervantes, Nicolás de la Torre, Juan Santo Matías Sáenz de Mañosca y Juan García de Palacios, y del peruano Pedro de Reina Maldonado, que vino de México, donde viviera largos años. 

En quien relumbra más brillantemente lo mexicano es en José Martín Félix de Arrate. En su cronicón Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias, terció en la causa en que porfió Juan José de Eguiara y Eguren. Tan dado como él al rebusco de glorias locales, el mexicano escribió una obra laudatoria de los indianos septentrionales con el largo título de Bibliotheca Mexicana, sive eruditorum historia virorum qui in America nati vel alibi geniti, in ipsius domicilio aut studiis asciti, quavis lingua scripto aliquid tradiderunt, frecuentemente citada por el regidor habanero. La obra de Eguiara se publicó parcialmente en 1755 y Arrate debió recibirla el mismo año, sin tardarse en la tarea de hacer algo en relación con La Habana, como respecto de México lo hiciera cándida y extensamente el luego obispo de Yucatán, que falleció en 1763. Debieron mantener correspondencia, pues Eguiara se comunicó con todos los que de alguna manera podían secundarlo en su empeño. La Llave del Nuevo Mundo lleva fecha en la dedicatoria del primero de noviembre de 1761. 

Seguramente Arrate aceptaría la invitación puesta al final de los Anteloquia o prólogos de la Bibliotheca Mexicana para reforzar a ese defensor del erario intelectual de los americanos y responder con abundantes pertrechos al canónigo de la Catedral de Alicante, Manuel Martí, quien publicase en 1735 unas epístolas latinas en que aconsejaba a un joven de apellido Carrillo que desistiera de su proyectado viaje a los países americanos en donde, según él, crecía la barbarie y se multiplicaban los vicios sin dejar sitio para ejercer el ingenio. Era la suya (lib. 7, epist. 16) una diatriba del torpe parecer impugnado por Feijoo en dos ensayos sobre la irredimible mengua de lo americano y de esa vituperable opinión de que en el Nuevo Mundo la gente solo alimentaba pasiones y los indianos eran tan desventurados como los indios. 

EL PRIMER HISTORIADOR CUYA OBRA SE PERDIÓ

A La Habana no le azotaba tanto el desdeñoso menoscabo como a México, pero Arrate tomó para sí con patriotismo tan férvido como el del mexicano y con enojado ardor de americanía el replicar a lo que apenas le rozaba. Debido a eso, quizás escribiese primero sus listas del honor y pro lugareños y después el resto de su composición en que no es tan conspicuo como luego en Urrutia el saqueo de Herrera y de los libros de cédulas de Indias. Su obra tal vez se pareciera algo, por lo menos en el plan, a la de Ambrosio Zayas-Bazán, que en la Biblioteca de León Pinelo se registra como Carta y Relación de la isla de Cuba y sus particularidades, con tres historias de los gobernadores de La Habana desde el año 1549 hasta 1725, de los obispos hasta 1605 y de los virreyes de México (Ms. en la Biblioteca de Barcia) y en la bibliografía de Beristáin y Souza como Descripción geográfico-histórica de la isla de Cuba y la ciudad de La Habana, escrita por mandato o consejo del gobernador Guazo Calderón a demanda de Felipe V (1725). 

La obra de Arrate lleva el sello de todos esos trabajillos hechos a la sombra del campanario que tanto abruman a la literatura española de esos tiempos y que, con respecto al mundo americano, alargó la mano a los dípticos de obispos y las listas de gobernadores, ampliadas luego con las de los oficios concejiles de los tribunales del rey y de otras pequeñeces que engolosinaban la vanidad clánica de los vecinos viejos.

El trabajo de Martí no debió conocerlo Arrate sino por vía de Eguiara, pues a este más que al otro se refiere, aparte de que el espolazo del canónigo no pasaba de un manojillo de frases latinas. 

Con la sobra de errores cronológicos y todo, la Llave del Nuevo Mundo trasluce una visión de la sociedad habanera de mediados del siglo XVIII y es una muestra del campanudo estilo literario que caracteriza a Arrate. 

EL ORGULLO DE SER HABANERO

El autor es jurado de la ciudad por derecho de su madre, hija del castellano de La Punta y exgobernador de la Guayana y Trinidad, Gaspar Martínez y Mateo de Acosta, con hidalguía de claros testimonios que hace eco en sus páginas prudentemente, como su lectura de buenos libros con abundancia de devocionarios, memoriales de santos, mamotretos en que se agencian beatificaciones y otros papeles que cita. Todo lo redacta con su encantador y balbuceante patriotismo urbano, con la protesta por la preferencia de los peninsulares en los negocios de la monarquía y la indignación por lo que escribieron Martí, el dominico La Puente y el marqués de San Andrés, impugnados por él y Eguiara. No deja de alabar la condición de pardos y morenos, de censurar por antieconómica la esclavitud, de quejarse de la destrucción de los indios y de celebrar cuanto había del “aseo y buen porte de los vecinos” y los merecimientos de la gente de castas de color en oficios y artes. Espolvorea sal y pimienta al describir la holgura y regalo con que se quiere vivir y las deudas que acongojan en la emulación de los prestigios locales, dándose gatazo de riquezas unos y otros hasta salirse de la funda. 

México destella de sus páginas más que la misma España y acredita el hechizo con que le arrebató la segunda ciudad del Imperio español. 

EL REFORMADOR DE LA CÁTEDRA SAGRADA

Sin embargo, él no cita por contemporáneo suyo a uno cuya memoria está hoy olvidada, pero que iba ascendiendo en méritos por los años en que él se atarea en aquel esfuerzo; pues sobre todos, con razón, La Habana puede enorgullecerse de ser patria del jesuita José Julián Parreño y Espinosa, dechado de predicadores, hijo primogénito de esclarecida familia, nacido el 11 de diciembre de 1728, tío de D. Francisco de Arango y Parreño. 

Por la época en que él venía al mundo, apenas los padres de la Compañía acababan de montar Academia en La Habana, y ya por entonces en México se inscribían en ella ilustres vástagos de linajes habaneros. Uno de ellos, el padre Eugenio Losa, había donado las casas contiguas a San Juan de Letrán, en donde, bajo la advocación de San José, se afianzó con organización regular el colegio de donde saldrían tantos cubanos eminentes. Mucho antes, sin embargo, había habido ignacianos en La Habana, pues en el testamento del obispo Compostela se cita como regente de estudios del Seminario Tridentino al jesuita Francisco David, que con el presbítero José Díaz Pimienta es testigo de la última voluntad del obispo. 

LA REFORMA FILOSÓFICA QUE LLEGA DE MÉXICO

Atraído por la devoción materna y por su propia vocación desde niño a la Compañía de Jesús, José Julián rompió allí sus estudios. Tanto en ellos se aventajó y tales pruebas dio de perseverante constancia en querer entrar en la Legión de Loyola, que, renunciando a su primogenitura, se trasladó al colegio y casa de probación de Tepotzotlán, en México, donde tomó el hábito el 14 de agosto de 1745. En México, después de haber estado estragándose en el gerundismo y de enseñar filosofía, adquirió prestigios de orador sagrado a la moderna. Sus méritos fueron tan altos que se le consideró reformador de la predicación, una especie de Bourdaloue a la española. Con los padres Campoy, Clavijero, Ceballos, Abad, Cayo, Landívar y Maneiro impulsó, tanto en filosofía como en retórica, las últimas novedades. 

Como autor de su Expositio Librorum Melchioris Cani de Locis Theologicis, publicado en 1780, resulta ser el primer escritor cubano de filosofía. Escribió otras diez obras, algunas publicadas en Roma. Se contó entre los jesuitas expulsados de los dominios de España (1767) y pasó a residir en Italia, en donde falleció en el convento de Vallombrosa (1.º de noviembre de 1785) con la nostalgia de La Habana, que dejó grabada en su epitafio. 

De sus obras se recuerda, por el interés social que posee, la Carta a los señores habaneros sobre el buen trato de los negros esclavos, que es el primer trabajo escrito por un cubano en protesta contra los abusos de la servidumbre y que, aunque adelantado, no podemos pedir por la época que sea un alegato abolicionista. 

LA HUELLA DE PARREÑO

La escuela retórica del padre José Julián Parreño fue seguida generalmente en Cuba y en ella brillaron Juan Barea, Rafael del Castillo y Sucre, Francisco Javier Conde y Oquendo, y el franciscano habanero, cronista general y custodio de la provincia del Santo Evangelio, José Manuel Rodríguez, nacido en 1714. Pasó a México en 1736. Sus sermones se publicaron entre 1753 y 1772. Dejó inédito un Diccionario Botánico Americano (sin terminar) y tradujo algunas obras del francés. 

Fueron notables en otras disciplinas fray Manuel de San Juan Bautista, carmelitano, que publicó varias obras; el agustino Pedro Rodríguez, autor de un elogio a San Agustín dado a la estampa en 1779; el jesuita Francisco Rodríguez de Vera, que profesó en 1652, rector del Colegio Mayor San Pedro y San Pablo (México), habanero según Arrate, a quien le comunicó esta noticia el rector del Colegio de San Ignacio de Puebla, Francisco Javier Melgar, nacido en La Habana también. Otros dicen que Rodríguez de Vera nació en Puerto Rico. 

La historia nunca terminada de Morell de Santa Cruz debe considerarse, más que una obra profesional, un curioso trabajo de aficionado. 

El hecho más destacado en todo este período es, sin duda, la influencia de México. De allí vino la reforma filosófica que crea la obra del presbítero José Agustín Caballero. 

A estas listas de nombres que hemos citado pudieran añadirse unos doscientos más de dominicos y franciscanos que enseñaron en toda la isla. Son los representantes, ellos y los mencionados, del período conventual de nuestra cultura. 

El arranque secular llegará con la Real Sociedad Patriótica.

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