Por Álvaro J. Álvarez. Exclusivo para LIBRE
Las páginas siguientes constituyen un testimonio descarnado de la persecución que sufren los cristianos en Cuba. Para quienes viven y se sienten seguros de los valores materiales, dentro de una sociedad como la nuestra, que se dice espiritualista y cristiana, los hechos presentados aquí parecerán “cuentos de persecuciones”. Exclamarán, para calmar sus conciencias, que “siempre se exagera y que no es para tanto”.
Son las mismas frases que suelen esgrimir también los comunistas, siempre dispuestos a achacar los males a todos los imperialismos habidos y por haber, menos por supuesto, a uno de ellos.
Mirarán los asuntos de Cuba como algo muy lejano que “jamás podría tocarnos a nosotros porque somos de otra manera”.
Antes de que se produjera la revolución y durante los primeros meses de ella, la Iglesia, su prensa y la gran masa de feligreses estuvo, de una manera firme y decidida, con el movimiento revolucionario encabezado por Fidel Castro. Pero muy pronto se produjeron las primeras escaramuzas entre la Iglesia y el Gobierno.
Tal como ocurrió y ocurre en los países dominados por el comunismo, éste sabe que su principal enemigo es la Iglesia, y tarde o temprano opta por atacarla de frente: se desata, entonces, la campaña antirreligiosa; luego se fomenta el cisma y la apostasía, con el objeto de fundar una iglesia nacional y, por fin, se abre el cauce al terror, dentro del cual se procura que no haya mártires entre los sacerdotes: detenciones, fusilamientos, lavados cerebrales, profanaciones, torturas, burdas parodias de los símbolos sagrados, transformación del líder máximo en un sucedáneo de Dios, adoctrinamientos masivos mediante todos los medios modernos de la propaganda, etc., hasta la expulsión del clero.
Hechos que demuestran algunos pasajes ocurridos durante la dictadura de F. Batista:
El 29 de julio de 1953, Monseñor Enrique Pérez Serantes (1883-1968), Arzobispo de Santiago de Cuba, publicó una pastoral que, con el título “Paz a los muertos”, comentaba los trágicos acontecimientos del asalto al Cuartel Moncada, efectuado tres días antes; narra el dolor y el luto de los feligreses, y tercia en favor de la comprensión, la fraternidad y la paz.
Al día siguiente, el prelado oriental envió una carta al coronel Río Chaviano, Jefe Militar de la Plaza, donde le decía: “Gustoso me brindo a ir en busca de los fugitivos que atacaron el Cuartel Moncada en la mañana del domingo pasado, y agradezco mucho a Ud. las facilidades que me dé para lograr el noble propósito que Ud. y a mí nos anima en este caso. Asimismo, agradezco las garantías que a los fugitivos y a mí nos brinde Ud. para llevar a vías de hecho nobilísimo fin de que aquellos depongan las armas y vuelvan a la normalidad, llevando la tranquilidad a sus desolados hogares y a toda familia cubana, que está sufriendo preocupada por la suerte de esos muchachos y por la tranquilidad de la República”.
En la mañana del 1° de agosto, seis días después del fracasado ataque al Cuartel Moncada, Fidel Castro, Oscar Alcalde y José “Pepe” Suárez, estaban durmiendo en un bohío en una finca cercana a la Gran Piedra en las estribaciones de la Sierra Maestra cuando fueron capturados por una patrulla al mando del teniente Pedro Sarría quien no permitió que alguno que otro soldado de su tropa los matara y luego de recibir garantías, por la mediación de Mons. Pérez Serantes de que no serían ejecutados, los entregó en el Vivac de Santiago de Cuba, ¡Imperdonable Error!
En el mes de abril de 1952 (pocos días después del golpe de estado del 10 de marzo) el periódico “Juventud Obrera” de la JOC, condenó al régimen recién instalado, en el editorial “Un retroceso en nuestra historia”, firmado por su director, Rodolfo Riesgo.
En el año 1953, el Cardenal Manuel Arteaga Betancourt fue golpeado, al parecer, por varios policías que intentaban hacer un registro en el Palacio Cardenalicio, en busca de fugitivos del asalto al Cuartel Moncada; se presumía que estaban ocultos en aquel lugar.
En un mitin celebrado el 21 de mayo de 1954 por la Juventud de Acción Católica en la ciudad de Guanajay, se atacó al Gobierno por varios oradores, entre ellos los dirigentes Andrés Valdespino, Amalio Fiallo y Ángel del Cerro, razón por la cual intervino la policía y disolvió a tiros aquella concentración. El Padre Enrique Oeslé S.J. criticó duramente la política dictatorial del régimen, respecto al movimiento obrero, en un artículo publicado en 1954 en el “Diario Nacional”.
En el mismo año, se fundó el Conjunto de Instituciones Cívicas, uno de sus representantes, Antonio Fernández Nuevo, presidente de la Juventud Masculina de Acción Católica, compareció en la televisión. Sus pronunciamientos en contra del Gobierno le valieron los ataques de Ramón Vasconcelos en el periódico “Alerta” de Rolando Masferrer en “Tiempo” y de Salas Amaro en “Ataja”, todos voceros de Batista.
En 1957 fue asesinado en la ciudad de Matanzas el joven maestro Pedro R. Fraga, miembro de Acción Católica, por el delito de vender bonos del 26 de Julio. El asesino, un soldado, luego fue ascendido a cabo como premio a su cobarde crimen.
El Obispo de la ciudad, Mons. Alberto Martín Villaverde, escribió una carta de su puño y letra pidiendo por ese y otros hechos la renuncia de Batista.
El Arzobispo de Santiago de Cuba dio a conocer el 28 de mayo su pastoral “Al pueblo de Oriente” donde hacía referencia “al estado de terror y violencia que venimos contemplando, en una rápida carrera de disgustos, incomprensión y represalias, provocados por hechos de todos conocidos”.
El Obispo de Pinar del Río, Mons. Evelio Díaz, redactó una “Oración por la Paz”, que fue rezada en toda Cuba, especialmente en las misas por los difuntos revolucionarios y la cual se tildó de “subversiva” por el Gobierno.
El Párroco de la Iglesia de La Caridad, Dr. Eduardo Boza Masvidal, fue escogido por los revolucionarios como Tesorero de la Resistencia Cívica de esa ciudad. Muchos insurrectos fueron escondidos por el Padre Boza: en su iglesia se oficiaron varias misas en las cuales se rogó por el triunfo del movimiento y se recaudaron fondos con ese fin.
Varios sacerdotes como Guillermo Sardiñas, Rivas, Lucas, Guzmán, Castaño, Cavero y Barrientos marcharon a las montañas donde se combatía y ejercieron el oficio de capellanes.
Líderes de la ACU (Agrupación Católica Universitaria) se fueron a pelear a la Sierra, como Emilio Venegas (luego en 1961 miembro del grupo de infiltrados en Camagüey) y Manuel Artime, el líder de la invasión del 17 de abril de 1961.
El 30 de diciembre de 1958 se instaló la emisora revolucionaria Radio Rebelde en el Seminario Diocesano del Cobre “San Basilio el Magno”. Ese mismo día, el padre Bernardo Rodríguez, capellán del Cobre, convenció a los miembros del ejército del cuartel de la localidad para que se rindiesen a los rebeldes, cosa que consiguió sin que se disparase un solo tiro.
Esta fue la posición de la Iglesia Católica antes del 1 de enero de 1959. Por otra parte, la masa de sus feligreses apoyaba abiertamente la Revolución que prometía implantar en Cuba “la justicia social” de que habían hablado los Papas en sus encíclicas.
Mons. Martín Villaverde, en una entrevista publicada en la revista “Bohemia”, el 5 de julio de 1959, afirmaba: “Las Leyes de carácter general que benefician a las grandes mayorías de un pueblo, deben llevarse a cabo tratando de causar el menor daño posible; pero a la hora de tomar posiciones, y cuidando de no herir ningún derecho legítimo, es lícito dar leyes encaminadas al bien común, aunque para ello no haya más remedio que exigir sacrificios materiales a unos u otros grupos de la sociedad”. Téngase muy presentes estas valientes palabras, porque pronto se acusará a la Iglesia de estar contra la Revolución, contra los pobres y en favor de los ricos. No sólo el clero católico expresó su apoyo a la Revolución, sino también los seglares.
El profesor universitario, funcionario del Gobierno y dirigente católico, Andrés Valdespino, declaró el 31 de mayo de 1959 que las leyes del Gobierno eran cristianas.
Mons. Manuel Larraín, obispo de Talca (Chile), publicó en la revista católica cubana “La Quincena” del 6 de marzo de 1959 un artículo titulado: “El latifundio es anticristiano”.
Finalmente, en los primeros meses de 1960, S.S. Juan XXIII expresó su apoyo “a las reformas sociales que se originan en el mundo entero para establecer entre los pueblos relaciones fraternales y justas” y bendijo al pueblo cubano y “a los hombres que construyen su felicidad y su progreso”. Este mensaje fue recibido directamente por el capitán Antonio Núñez Jiménez, el cual luego de su regreso del viaje por los países comunistas, describiría este sistema como algo maravilloso que era necesario imitar.
Los fusilamientos de los batistianos acusados de crímenes de guerra, dieron lugar a la intervención de algunos prelados.
El 28 de enero de 1959, Mons. Pérez Serantes publicó su pastoral “El justo medio”, donde después de explicar la justicia que en general amparaba a los fusilamientos, se permitía aconsejar a Castro que empleara la clemencia “tratando de que se reduzcan cuanto sea posible las sanciones y que se mitiguen, creando para ello un clima de generoso perdón”.
Y más adelante reclamaba la equidad y seriedad del proceso: “Quisiéramos que, sobre ninguno de los acusados de delitos de guerra, recayese mayor sanción penal que la que sus culpas demandan, que éstas sean debidamente estudiadas y aprobadas por tribunales saturados de espíritu de justicia y de humanos sentimientos”. La Revolución dio la callada por respuesta y acentuó los fusilamientos.
Las primeras escaramuzas entre la Iglesia y la Revolución se produjeron por causa de la Enseñanza. Castro había prometido en la Sierra que permitiría la instrucción religiosa opcional en las escuelas oficiales. Siguiendo su norma característica, no sólo violó su palabra, sino que comenzó a dar instrucción marxista en algunos cuarteles donde estaba acantonado el Ejército Rebelde (La Cabaña, por ejemplo), especialmente en aquellos que estaban bajo el mando de filocomunistas.
Al mismo tiempo fueron suprimidos los capellanes del Ejército, que hasta hace poco antes lo habían asistido en la Sierra. Estas noticias llegaron a la Jerarquía y aunque ésta hizo gestiones para una entrevista, no la pudo conseguir. Mons. Pérez Serantes quedó desde entonces disgustado por la actitud gubernamental. La revista católica “La Quincena” denunció estos hechos en su número del 15 de febrero de 1959.
Más serio fue el problema de las Universidades Católicas, principalmente la de Villanueva.
Primero fue el Arzobispo de Santiago de Cuba con su pastoral “La Enseñanza Privada”, dictada el 13 de febrero de 1959. En la misma había un estudio detenido del problema educacional cubano; abogaba por la instrucción religiosa elemental y defendía ardorosamente el derecho de la Iglesia a tener sus centros educativos. Uno de los párrafos más reveladores es éste: “Para decir las cosas con claridad, el enemigo que se combate es uno solo, el único al cual teme el comunismo. La guerra es, pues, contra la enseñanza religiosa en la escuela pública; la guerra es contra toda escuela católica hasta la más elevada, la Universidad de Villanueva. El catolicismo: ése es el enemigo”.
En la provincia de Matanzas, también el obispo Mons. Martín Villaverde expuso su opinión: “El ideal comunista de que, tarde o temprano todas las tierras lleguen a pertenecer al Estado, se halla en contradicción con los principios cristianos, porque tiende a hacer del hombre un esclavo de la autoridad. En la evolución que siga en el futuro la Reforma Agraria Cubana, deberá, pues, evitarse cuidadosamente que el campesino vaya a caer en una excesiva dependencia del Estado, que prácticamente anule el derecho de propiedad que la ley concede. Esperamos que, por el contrario, el control estatal sobre la propiedad que aparece actualmente en la Ley, se haga en el futuro cada vez menos rígido”.
En menos de seis meses, la Iglesia había chocado con la Revolución en cuatro principios básicos: Dios, Justicia, Educación y Propiedad individual frente al total control estatal. Su intervención siempre fue mesurada y respetuosa.
Los pastores comprendieron que algo funciona mal. Para el mes de noviembre se proyectó un Congreso Católico Nacional. Los preparativos fueron febriles, pues habría de recibirse miles de hermanos del interior de la República. La prensa gubernamental trató de darle un matiz partidarista a la magna concentración, pero prelados y dirigentes salieron al paso a esta insidia: el Congreso no tendrá un fin político sino exclusivamente religioso. Habrá tres aspectos fundamentales: reuniones de dirigentes, concentración del pueblo y clausura con la exposición de conclusiones. La imagen de la Caridad del Cobre fue traída a La Habana por segunda vez en su historia. En el estadio de la Tropical, 12.000 militantes del apostolado seglar se reunieron para aprobar el Credo de la Doctrina Católica.
El profesor José Ignacio Lasaga habló en nombre de las Congregaciones Marianas: “Si la Iglesia en todas partes se opone a las ideologías de tipo comunista, no es por defender privilegios injustos, que ella misma no podría aprobar sin negar sus más esenciales principios, sino por mantener la dignidad del hombre, frente a la explotación inhumana que tiene lugar en los estados totalitarios”.
El obispo de Matanzas, Mons. Martín Villaverde, resumió en una bella frase la doctrina cristiana en contraposición a la comunista: “O con Dios en el amor, o contra Dios en el odio”. Meses más tarde, los tres oradores padecían por los citados postulados: uno detenido, más tarde asilado y por último exilado; el segundo, preso y el tercero, muerto.
El acto cumbre del Congreso (la concentración bajo una lluvia constante) fue apoteósico. Se celebró la noche del 28 al 29 de noviembre, en la Plaza Cívica.
Desde el atardecer comenzó a nublarse el cielo y la noche resultó negra, tormentosa y fría. Pronto comenzó a llover a raudales, con ráfagas heladas. No era frecuente ese clima en el mes de noviembre. Pero, a pesar de todo, el pueblo respondió como se esperaba. Una muchedumbre de centenares de miles de fieles que portaron 37.000 antorchas y 2.000 banderas desfiló durante más de seis horas bajo la lluvia, en columnas cerradas, desde el Castillo de la Punta (en la misma bahía) hasta la Plaza frente a la Terminal de Ómnibus, donde se reunió más de medio millón de personas. Al descubierto, empapados y temblando de frío, caldeaban sus almas con la oración y los cánticos religiosos. De vez en cuando coreaban como una sola garganta: “¡Caridad, Caridad, Caridad!”
Castro, Dorticós y otros miembros del Gobierno hicieron acto de presencia, pero los altoparlantes no interrumpieron los rezos para anunciar su presencia, ni se les invitó a subir al estrado reservado sólo para los prelados. Aquello no era un acto político, sino religioso y por primera y única vez, Fidel pasó inadvertido.
Era ya de madrugada cuando apareció bajo la tempestad y protegida por su urna, la milagrosa imagen de la Virgen, enfocada por los potentes reflectores y a los acordes del Himno Nacional.
Millares de pañuelos blancos se agitaron, las lágrimas brotaron en muchos ojos secos y se escuchó: ¡Ave, Ave, María!, luego una potente voz que invocaba del ateísmo y del materialismo, el pueblo contestó ¡Líbranos, Señora!, Del egoísmo y de la vanidad ¡Líbranos, Señora!, Del odio y de la venganza ¡Líbranos, Señora! De la ignorancia y de la injusticia ¡Líbranos, Señora!
El dictador no pudo soportar aquello a más de que el pueblo pedía a su Patrona que le librara de esos defectos muy bien conocidos por él. No esperó la Misa y partió con su séquito. Al otro día, los periódicos anunciaban el desaire que se le había hecho a su Jefe.
En el mes de diciembre de 1959, tres sacerdotes, Ramón O’Farril, Eduardo Aguirre y Maximiliano Pérez se exiliaron en los Estados Unidos e hicieron declaraciones sobre las coacciones comunistas.
El 20 de enero de 1960, Castro acusó como conspiradoras a las religiosas del Sagrado Corazón y a las Dominicas Americanas, además esa noche ocurrió el incidente entre Castro y el Embajador de España, Juan Pablo de Lojendio, por ende crecieron los ataques contra el clero, que comenzó a ser calificado de falangista y franquista (cosa rara porque Franco nunca estuvo contra Castro).
En el mes de marzo se acogió al derecho de asilo el presidente del MDC (Movimiento Demócrata Cristiano), José Ignacio Rasco.
En el mes de mayo de 1960, Mons. Pérez Serantes entendió que era necesario poner un freno para detener la carrera hacia el marxismo y concibió un plan de catequización. Lo anunció en su pastoral “Por Dios y por Cuba”, dirigida a los fieles que esperaban una orientación: “Los campos están ya deslindados entre la Iglesia y sus enemigos. No son ya simples rumores ni aventuradas afirmaciones, más o menos interesadas o amañadas. No puede decirse que el enemigo está a las puertas, porque en realidad está dentro. ¿Cuál debe ser la actitud de los católicos? Con el comunismo nada, absolutamente nada”. Y avisaba a los católicos de que no pueden cooperar con el comunismo y que no deben dejarse impresionar por frases o promesas más o menos disimuladas o halagüeñas, siempre falaces y taimadas.
Aquel mediodía del 5 de febrero de 1960 se produjo la primera manifestación pública contra el comunismo cuando un grupo de estudiantes universitarios católicos encabezados por Juan M. Salvat depositaron una corona de flores simbolizando la bandera cubana ante el monumento de José Martí en el Parque Central que decía: “A ti, querido Apóstol, en desagravio por la visita a Cuba de Anastas Mikoyan” y así hacer patente su rechazo por el visitante ruso Anastas Mikoyan que minutos antes había dejado una corona con la hoz y el martillo.
Los participantes de aquella protesta fueron golpeados, detenidos y días después expulsados de la Universidad. Las amenazas alrededor de ellos fueron creciendo y, ante el temor de ser detenidos, encarcelados e incluso fusilados, muchos de aquellos jóvenes pidieron asilo político en varias sedes diplomáticas extranjeras.
El 17 de julio se celebró en la Catedral de La Habana una misa por las víctimas del comunismo en todo el mundo. Mons. Eduardo Boza durante el ofrecimiento del acto: “Por mucho que traten los partidarios del comunismo de decir que en estos países no hay persecución religiosa y que todos pueden libremente practicar sus creencias, no lograrán engañar a nadie, porque será como querer tapar el sol con un dedo. Hoy se persigue y se encarcela y se destierra y se fusila, sólo por ser fieles a la Iglesia, al Papa, y por defender la fe”.
Al finalizar la misa una masa de bien adiestrados comunistas provocó disturbios. Los fieles indignados replicaban gritando “¡Cuba sí; Rusia no!”. Fueron detenidas varias personas y por este simple hecho se les formularon cargos. Al otro día los periódicos arremetieron contra la Iglesia y los asistentes al acto, a los que acusaron de contrarrevolucionarios, aristócratas, rapaces, latifundistas y reaccionarios, etc.
Ese mismo día 17, Miguel Ángel Quevedo reunió a periodistas y otros empleados de la revista semanal Bohemia para anunciarles que marchaba al exilio. Al día siguiente se asiló en la embajada de Venezuela. Por cierto, que la famosa carta que dicen le envió a Ernesto Montaner antes de suicidarse, él no fue quien la escribió.
La mañana del domingo 7 de agosto de 1960, se leyó en todas las misas de Cuba, la “Pastoral Colectiva del Episcopado Cubano”. El documento comenzaba explicando el regocijo de la Iglesia ante las primeras leyes revolucionarias. Seguidamente señalaba su mayor preocupación y temor: “el creciente avance del Comunismo en nuestra patria”.
Luego exponía las causas por las cuales la doctrina social católica condenaba al marxismo. “La Iglesia está hoy y estará siempre en favor de los humildes; pero no está ni estará jamás con el comunismo”.
Terminaba con una vibrante exhortación: “No se le ocurra, pues, a nadie venir a pedirles a los católicos, en nombre de una mal entendida unidad ciudadana, que nos callemos nuestra oposición a estas doctrinas, porque no podríamos acceder a ello sin traicionar nuestros más profundos principios”.
Al caer en cuenta los castro-comunistas de la trascendencia del acto, trataron por todos los medios de impedirlo. Multitud de hechos violentos dentro de las Iglesias, burlas y ataques a los feligreses, detenciones de religiosos, registros y alborotos del adiestrado populacho, se produjeron en toda Cuba.
En los Claretianos del Cerro se formó un verdadero motín que rodeó la Iglesia. En la Iglesia de Las Esclavas de Luyanó, detuvieron al sacerdote oficiante. En la Iglesia de los Padres Pasionistas de la Víbora, cuando el sacerdote empezó a leer la pastoral se levantó un joven de unos 16 años y gritó repetidas veces: “¡mentira!”.
En la misa de la tarde de la Capilla del Carmelo, regentada por los Dominicos, en el Vedado, se repitieron los alborotos y se detuvo al sacerdote oficiante.
El 9 de agosto se celebró en la Catedral de La Habana una misa y la homilía estuvo a cargo de Mons. Eduardo Boza Masvidal sin alusión alguna al comunismo o al Gobierno.
Poco después un grupo nutrido de castristas frente al templo empezaron a gritar y hacer ruido e impedir la salida de los feligreses. Las puertas de la Catedral fueron cerradas y el Arzobispo, el Obispo Auxiliar y los fieles tuvieron que esperar largas horas hasta que se disolvió la chusma. Los padres Fernando Arango y Agnelio Blanco fueron detenidos por la policía.
En esa semana, varios activistas de la Agrupación Católica Universitaria (ACU) y de la Acción Católica, que imprimieron la Pastoral Colectiva, que se repartió el domingo 7 y el domingo siguiente fueron detenidos y se produjeron nuevos motines.
El sábado 27 de agosto, en el “Primer encuentro de la Juventud Católica”, en el Teatro de la Universidad de La Salle, más de un millar de dirigentes respaldaron al Episcopado.
Castro no pudo permanecer callado por más tiempo. En un acto celebrado el 10 de septiembre, en el Teatro de la CTC, en la madrugada insultó al clero: “¡Fariseos! Esbirros con sotana, traicionar al pueblo es traicionar a Cristo. ¡Traicionar al pobre es traicionar a Cristo!”
Los oyentes están delirantes: al fin se ha producido el ansiado choque entre el Premier y la Religión.
Al otro día todos los periódicos aparecieron con grandes titulares, editoriales contra la Iglesia y fotos rebuscadas en las que mostraban personajes eclesiásticos al lado del depuesto tirano. Esta última táctica ya se había utilizado anteriormente y es propia del comunismo en todas partes.
Los castristas (dígase Fidel Castro) fundaron una asociación “Con la Cruz y con la Patria” donde participaron activamente algunos sacerdotes y laicos como: P. Germán Lence, P. Ignacio Biaín, P. Ángel Gaztelú, P. Moisés Arrechea y los laicos Lula Hortsman (incondicional de Vilma Espín), Esterlina Milanés, José Márquez de la Cerra, Yolanda Appiani, Francisco Menéndez, Antonio Pena Barberá y Antonio Pruna Lamadrid. La idea era crear una Iglesia Nacional contraria a Roma.
El 24 de septiembre de 1960, Mons. Pérez Serantes respondió a los ataques que se le hacían a la Iglesia con su Pastoral “Ni traidores ni parias” donde se defendía de las imputaciones de estar dominado por los intereses norteamericanos, diciendo que era absolutamente falso y finalizaba con la vibrante afirmación “Siempre diremos: ¡Cuba sí, comunismo no! ¡Cuba sí, esclavos, jamás!”.
Siendo Monseñor Boza el Rector de la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva se atrevió a cerrar las puertas del plantel para observar un día de luto por el fusilamiento el 10 de octubre de 1960 en La Campana en Manicaragua, del estudiante universitario de Las Villas Porfirio R. Ramírez. Cuando se aparecieron las turbas comunistas los expulsó a todos.
El 13 de noviembre, mientras se oficiaba la Misa en la Catedral de Santiago de Cuba, una turba apostada comenzó a vejar al sacerdote oficiante, uno de los antiguos capellanes de la Sierra. A la salida de los feligreses se entabló una batalla campal. Idénticos hechos ocurrieron el domingo 20 en Manzanillo, también en Bayamo, Camagüey y en otros pueblos donde se produjeron múltiples violaciones a la libertad religiosa. La táctica utilizada era la de coaccionar a los sacerdotes de los pueblos para que los abandonasen.
El día 23 de noviembre de 1960 milicianos rodearon el Colegio de los Padres Salesianos de Camagüey, desde las 9:00 hasta las 3:00 pm estuvieron insultando y amenazando a religiosos y alumnos.
Simultáneos ataques se registraron en el Colegio Dolores de Santiago de Cuba, La Salle, el Teresiano de Guantánamo y otros. En el Instituto Preuniversitario de Camagüey fueron golpeadas varias jovencitas por una turba armada con cabillas y garrotes, en la que participaron decenas de milicianos no estudiantes.
El Colegio de los Hermanos Maristas de la Víbora fue cercado por un grupo de milicianos armados, que inmediatamente cerraron las calles colindantes y emplazaron ametralladoras. El objetivo era registrar a alumnos menores de 14 años, 50 de los cuales fueron registrados y luego desnudados por los milicianos en plena vía pública, ante el bochorno de todos los vecinos. La razón que dieron es que buscaban propaganda contrarrevolucionaria.
El 17 de abril de 1961 hubo 52 detenciones de sacerdotes y monjas. En La Habana fueron apresados el Arzobispo Mons. Evelio Díaz y el Obispo Auxiliar Mons. Boza, los cuales pasaron 6 días durmiendo sobre el suelo en las mazmorras del G-2. El Cardenal Arteaga se vio obligado a pedir asilo en la Embajada de Argentina.
Todos los padres agustinos de la Universidad de Villanueva estuvieron encerrados desde el día 17 hasta el 28 de abril. El Padre Antonio María Entralgo fue también detenido, al igual que casi todos los rectores de colegios religiosos. El Director de la “La Quincena”, Padre Mariano Errasti, estuvo preso por más de 10 días, sometido a interrogatorio, de más está decir que la cincuentenaria revista no pudo volver a publicarse.
En Camagüey, todo el clero, incluso el Obispo de la ciudad, Mons. Carlos Riú, fue trasladado y encerrado en el Colegio de los Padres Escolapios donde se le mantuvo una semana, en los primeros días sin permitir la entrada de alimentos.
En Santiago de Cuba se detuvo al Arzobispo Mons. Pérez Serantes, al rector del Colegio Dolores y prácticamente a todos los directores de colegios católicos. Centenares de sacerdotes fueron conducidos a los centros de detención: Teatro Blanquita, el G-2, la Ciudad Deportiva, la Cabaña, el Príncipe o El Morro.
En 1963 murió en La Habana el Cardenal Manuel Arteaga y el gobierno negoció con la Nunciatura Apostólica que no se celebrara un funeral público a cambio de la liberación de cuatro sacerdotes que cumplían largas condenas de cárcel: el español José Luis Rojo y el avileño Reinerio Lebroc Martínez ambos condenados a 20 años; José Ramón Fidalgo y Francisco Fernández, todos ellos capellanes de los grupos guerrilleros anticomunistas.
En Camagüey se produjeron los sacrilegios más horribles. En el templo de los padres carmelitas, los milicianos violaron el Sagrario, robaron el copón y esparcieron las Sagradas Formas por el suelo. El Sagrario de la Iglesia de la Soledad, también en Camagüey, fue abierto a tiros y profanado su sagrado contenido. Las puertas del tabernáculo de la iglesia de la Merced fueron abiertas a culatazos por la milicia.
Puede calcularse que el clero extranjero estaba constituido por unos 2.000 religiosos españoles (entre sacerdotes, hermanos y monjas) y unos 500 de otras nacionalidades como canadienses, norteamericanos, franceses, italianos, mexicanos y colombianos, etc.
Los colegios católicos fueron intervenidos oficialmente el 6 de junio de 1961, fecha en la que Fidel Castro decretó la Ley de Nacionalización de la Enseñanza.
A partir de esta medida: Se expropiaron y pasaron a manos del Estado unos 350 colegios católicos y 100 protestantes, además de varias universidades privadas. Toda la educación privada y religiosa fue eliminada, centralizando la enseñanza bajo el control absoluto de la dictadura.
Cientos de sacerdotes, monjas y frailes de diversas órdenes eclesiásticas fueron arrestados o forzados a abandonar el país en los meses siguientes.
El 18 de mayo de 1961 fueron expulsadas 200 monjas que llegaron a Miami en vuelo de Pan American. El 25 de mayo de 1961 salieron también por Pan American hacia Miami, 110 hermanos de La Salle (84 cubanos, 12 franceses, 8 mexicanos, 5 españoles y 1 colombiano).
El 13 de junio de 1961 en el Marqués de Comillas desde La Habana, embarcaron 137 religiosos: jesuitas, escolapios, paúles, teresianas, hermanas de la Caridad, escolapias, carmelitas, religiosas del Pilar y Siervas de María, entre otras. El 25 llegaron al puerto de La Coruña, en Galicia.
El 17 de septiembre de 1961 en el Covadonga fueron expulsados 131 sacerdotes, 86 españoles, 33 cubanos (entre ellos Mons. Eduardo Boza Masvidal y Agustín Román) y 12 de otras nacionalidades. Llegaron a La Coruña el 27 de septiembre.
Quedaron menos de 100 sacerdotes para atender una población de 6 millones y medio de habitantes que contaba con 20 parroquias en La Habana y más de 500 en el resto de la Isla.
En sus últimos momentos de lucidez, Mons. E. Pérez Serantes dijo a su obispo auxiliar, su secretario y sucesor Pedro Meurice (1932-2011): “Muero como un perro mudo. A mí me taparon la boca, así que el día que tú puedas hablar, habla. Y que el mundo te oiga”.
Una historia de amor, fe y patriotismo
Marcial Arufe Delgado nació el 9 de octubre de 1937 en el Vedado. Su padre Marcial y su madre Graciela. Se educó en el Colegio de los Hermanos Maristas de La Víbora. Trabajaba como director de Transporte del INRA y muy pronto comprendió que la revolución había sido traicionada.
Olga Digna Fernández Cañizares era empleada de la Compañía Cubana de Electricidad.
Se conocieron a finales de 1959 cuando los dos estaban participando activamente en la lucha frontal contra la dictadura castro-comunista. En 1960 fueron fundadores del Movimiento SAC (Salva a Cuba), junto con Virgilio Campanería, Alberto Tapia Ruano, Tito Rodríguez Oltmans y otros jóvenes más.
Olga trabajaba muchas veces en acciones directas con el Departamento de Acción de “Unidad Revolucionaria”. Marcial también lo hacía, pero su función principal tenía que ver con los suministros bélicos y personal que llegaban y salían clandestinamente en El Tejana III por el “Punto Unidad”, cerca de la playa de Celimar (entre Bacuranao y Tarará) 45 km al oeste del “Punto Fundora” ubicado exactamente en la costa de Boca de Canasí. Además del cargamento bélico, muchas veces venía personal combativo y técnico, entre ellos telegrafistas de la Brigada 2506 y miembros de otras organizaciones que se infiltraron antes de la invasión de Girón.
El 14 de abril de 1961 Olga y Marcial estaban intensamente buscados por el G-2. Desde hacía varias semanas ambos operaban en la clandestinidad. El peligro que corrían era inmenso, por lo cual le aconsejaron que salieran del país. Pocos días antes de la invasión de Girón decidieron no irse de Cuba y pelear hasta el final, sin importarles el peligro que corrían. Después de haber hecho esa decisión, ambos acordaron contraer matrimonio para no separarse jamás, en la vida o en la muerte.
Cuando se la comunicaron a Pablo Palmieri y a Tito Rodríguez enseguida fueron a buscarlos donde se encontraban escondidos. Tenían un plan sencillo, los recogieron, se montaron en el auto sentándose en el asiento trasero, Pablo manejaba y Tito a su lado. Los tres llevaban un M-3 y Olga una pistola 45 en su cartera. Fueron directamente a la Iglesia de Monserrat y recogieron al padre Juan Lobato quien sentado entre ellos dos, en veinte minutos los casó dentro del automóvil en marcha por Galiano, Reina y otras calles con Tito Rodríguez Oltmans como testigo.
Al regresar a la Iglesia, el Padre vio a Tito con la intención de pagarle mediante una donación y con voz firme le dijo: “cuidadito con ofrecerme algo, esta es la unión matrimonial más linda y pura que he hecho en todos mis años como sacerdote”. Le dio la mano diciéndole que el Señor los bendiga, dio media vuelta y desapareció por la puerta trasera de la sacristía que daba a la calle. Arrancaron camino de vuelta sin decir palabra. Al llegar al lugar del destino de ellos, todos se apearon, le dieron un fuerte abrazo a Marcial y un beso en la mejilla a Olga. Los felicitaron, hablaron brevemente sobre lo ocurrido, se volvieron a abrazar, se montaron en el auto y se fueron, nunca más los volvieron a ver, sus días estaban contados.
Una semana después, el 21 de abril de 1961, a las 6 de la mañana se encontraban escondidos en una casa de seguridad del Movimiento que tenían en Miramar a la orilla del Río Almendares.
Cuando iban a ser arrestados, se entabló un fuerte tiroteo, resultando muertos cuatro agentes del G2 y la muerte de ellos dos. Marcial murió baleado al lado de la puerta de entrada del apartamento y Olga herida, corrió hacia el cuarto a buscar otra pistola, los agentes la persiguieron acribillándola a balazos por la espalda, cayendo muerta a los pies de la cama. La dictadura no tuvo piedad ni con los muertos, prohibieron un funeral y no dejaron que los enterraran juntos.
La policía confiscó todas las fotos de Olga, su familia nunca las recuperó, porque querían borrar su imagen de la historia. A Miguel Ángel, el hermano de Marcial, lo condenaron a 20 años de cárcel con cargos falsos, solo por ser sangre de su sangre.
Los cándidos se sorprenden de que Fidel Castro, siendo alumno de colegios católicos (La Salle, Dolores y Belén) fuera capaz de tantas atrocidades contra la Iglesia. Al parecer, no conocen otros ejemplos similares al suyo. Benito Juárez fue, durante su niñez, un recogido de los padres jesuitas y luego, al ser investido presidente de México, promulgó las leyes de reforma religiosa más drásticas que ha conocido América. José Vissarionovich Yugashvili, seminarista ortodoxo en Georgia durante sus años mozos, más tarde adoptó su nombre de guerra comunista, Stalin, y se convirtió en un implacable verdugo contra la Iglesia en la URSS y los países satélites.
Recordemos que Judas era uno de los doce apóstoles. Todos estos seres ingratos y muchos otros que harían interminable esta lista al actuar de esta forma no han hecho más que revelar tres pecados capitales que llevan clavados en el alma: la soberbia, la envidia y la avaricia del poder.







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