Motivo de orgullo
Desde el comienzo del sistema de escuelas públicas de enseñanza secundaria en nuestra ciudad, el cual data de principios del siglo pasado, el deporte ha jugado un papel fundamental, no solo para desarrollar físicamente al estudiante, sino como motivo de orgullo para las familias y factor unificador de las comunidades.
Mencionar ejemplos requeriría semanas de trabajo, pero por citar solo dos casos excepcionales: Miami High ha sido el corazón de esta comunidad —siendo la primera escuela fundada y una institución cuya tradición deportiva no tiene rival— y ha representado el orgullo de La Pequeña Habana durante años. El otro caso es Coral Gables High, que cuenta con un impecable historial de integración social gracias a los logros deportivos que tan dignamente han representado a esa gran ciudad.
Northwestern, Carol City, Norland, Central, Booker T. Washington, Edison y Jackson han sido la envidia de la nación por la calidad y cantidad de jugadores estrella de fútbol americano que producen año tras año. Sin embargo, resulta aún más impresionante el respaldo de esos vecindarios que se sienten profundamente orgullosos de contar con una high school de semejante calibre.
Desafortunadamente, toda esa tradición se encuentra en estado crítico a raíz de un fenómeno reciente que amenaza con destruir la esencia del deporte escolar tradicional.
Llegada de una competencia inesperada
Se trata de un esquema que permite a los colegios privados y a las llamadas charter schools —escuelas que abren sus puertas en cualquier lugar y carecen de un sentido de comunidad— operar de una forma que a las escuelas públicas se les prohíbe. Para que se hagan una idea de a qué me refiero, existen charter schools ubicadas en centros comerciales o en pequeños locales alquilados, creadas con el único fin de competir.
En cuanto a las escuelas privadas, algunas cuentan con una gran cantidad de atletas que proceden no solo de otros condados y estados, sino incluso de otros países. En ambos casos —tanto en las charter como en las privadas—, esto se hace para exhibir una falsa superioridad deportiva, ya que muchos de estos atletas son básicamente mercaderes de su talento y ven la educación como algo secundario. Lo más absurdo de la situación es que la primera víctima de estos colegios es el atleta local que soñaba verdaderamente con estudiar en dicho plantel y representarlo con orgullo.
Competencia desigual
Por su parte, las escuelas públicas se rigen por estrictas reglas que impiden a los estudiantes competir en instituciones ubicadas fuera de los límites establecidos por la Junta Escolar. Esta disparidad provoca que los mejores atletas de los vecindarios se transfieran a escuelas que no representan a sus comunidades.
Como resultado, los equipos públicos se debilitan, pierden competitividad y la participación del barrio disminuye. Todo esto afecta el sentido de pertenencia comunitario, lo que a su vez fragiliza a nuestra ciudad. En la actualidad, escuelas históricas que representaron a nuestro condado a nivel nacional hoy no pueden competir por falta de jugadores. Colegios situados en zonas deportivamente fértiles han tenido que cancelar temporadas enteras debido a la fuga de atletas hacia las instituciones antes mencionadas.
Burocracia del sistema educativo
Si bien es cierto que los colegios privados y las charter schools se han aprovechado de los cambios legislativos recientes, hay que señalar que esto también obedece al abandono del deporte por parte del sistema de escuelas públicas. Sin entrar en el terreno político, es preciso reconocer el deterioro progresivo causado por las administraciones de las escuelas públicas, que han dejado el campo abierto a estas nuevas dinámicas.
Momento de actuar
Mi única esperanza es que, con la llegada de la nueva administración de la Junta Escolar, se establezcan regulaciones más severas contra el reclutamiento y las transferencias en instituciones privadas y charters. Asimismo, es crucial crear alianzas con universidades para beneficiar al atleta que participa en su distrito, e invertir en mejores instalaciones deportivas y en incentivos para el estudiante local.
De no actuar, las escuelas públicas continuarán presenciando cómo el talento deportivo migra a otras instituciones, hasta que el deporte escolar público deje de existir como tal y quede reducido a una actividad sin valor ni recompensa. La situación es trágica: si no intervenimos con rapidez, perderemos algo mucho más valioso que el dinero, y la magia del deporte en su estado más puro desaparecerá.








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