ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

15 de septiembre de 2026

CAPÍTULO III

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

—¡Cuánta palabrería has aprendido en los libros de mi padre! —exclama con escozor. 

—¡Y cuánto idealismo has aprendido de esos mismos libros y del recuerdo del notario, que Cándido mantiene vivo! 

—Nos estamos lastimando 

—Bartolo razona. 

—¡Maldito sea Celso Trafid Zur y sus imposiciones! 

—María Eulalia grita en un sollozo. Bartolo la abraza. Con los labios limpia el rostro de lágrimas. Pega la boca al oído femenino y murmura. 

—No te preocupes, al final siempre estaremos. Mira —dice. Retrocede y le muestra una hoja de papel blanco, plegada en cuatro partes. 

—He escrito algo para ti. 

—¿Qué es? 

—Lo que significas para mí. Lo que eres para mí. De hecho, lo he titulado… Eres… 

María Eulalia toma la hoja. Con prisa contenida la desdobla y lee.

 —¡Es un poema! ¡Un lindo poema dedicado a mí! 

—No es un poema. Es una realidad —Bartolo enfatiza. 

—Este papel; lo que aquí has dicho, en todo momento estará conmigo. Es importante saber que alguien piensa así de uno y que ese alguien te valora tanto. 

Bartolo refrena los sentimientos. El rostro se le nubla e indaga. 

—¿Cuándo escaparán del pueblo?

 —Creo que papá ya ha escogido una fecha, pero nada nos ha dicho, aunque estoy segura de que será de noche. A propósito —María Eulalia aclara: —Es mejor, para no buscarte dificultades con los higienistas mentales, que no nos veamos más. Tú te quedas… 

—De acuerdo, no te veré, pero por algún conducto tengo que saber el día y la hora en que se fugarán.

—¿Para qué? Puede resultar peligroso. Los higienistas mentales, sus colaboradores y más de una agrupación secreta lo vigilan todo. 

—En la fecha y hora fijada por tu padre, empinaré un papalote con una hoja que de mi puño y letra llevará escrito… Eres… 

—Te expondrías mucho. Ya me lo diste. 

—No importa, quiero que por el aire te acompañe cuando cruces la frontera fluvial. Es estar, en pensamiento, junto a ti. 

—Siempre estarás conmigo —ella afirma. 

*** 

«¡Caramba!, he perdido habilidades. Llevo años sin hacer papalotes», Bartolo piensa y minucioso pasa la cabuya por las hendiduras en los extremos de los listones de güin. Tensa la cuerda y la asegura con un nudo pequeño. Contempla la armazón y, satisfecho, se dice. «Ahora le toca al papel vejiga y los frenillos». 

Mira a su alrededor y una alegría falsa lo invade. Todo, en apariencia, es como antes: la mesa de madera tosca en cuya superficie se desparraman trozos de güin, retazos de telas multicolores con las que confeccionará las colas, carretes de pita y ese polvillo tenue que despide el güin picado y los trapos desgarrados. Pero, por sobre todo, impera el olor y las manchas del engrudo casero. Ese engrudo que se pega a los dedos y lo remonta al tiempo ido; tiempo en el que empinaba papalotes, construía puentes y escribió… Eres…

 A través de la ventana abierta contempla la claridad y las plantas del jardín que se entibian en un mediodía que comienza a declinar. 

«Afuera, en apariencia, nada cambia. El mismo cielo con nubes, el mismo sol que nos alumbró siempre, el mismo viento que elevó los papalotes y los mismos recuerdos que se incrustan en el día que no cesa de repetirse. Sin embargo, no soy el mismo, tampoco debe serlo María Eulalia». Pondera y recuerda la fotografía que le mostró el Higienista Mental, junto a los detalles que, sobre la supuesta vida de ella, del otro lado del río, durante años y esporádicamente, le han hecho conocer. «Tengo arrugas en el rostro y el cabello gris. María Eulalia no está, hace mucho que falta, mis padres también faltan y, aún así, me empecino en repetir siempre, aunque sé que no estaré siempre. La ilusión de prolongar …Eres… hace que me aferre a siempre sin querer ver el envejecimiento corporal y el egoísmo posible de un sentimiento que por falta de calor, detenido en la memoria, ya no sea capaz de otorgar y compartir la motivación original».

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