Memoria constante. Relatos verídicos

Written by José A. Albertini

1 de septiembre de 2026

La china

El hombre, de incontrovertible origen campesino, precisó. 

—Deben llevar hierros propios y tiros. En las lomas sobran hombres pero faltan hierros.

—En eso no hay problema. Uno tiene un M-1 y el otro una carabina San Cristóbal con  peines de repuesto y balas —dijo Pedro.

—El San Cristóbal dominicano es una mierda. Casi siempre, cuando disparan mucho el cañón se joroba. Pero bueno, a falta de pan cazabe.

—También  les daremos cuatro granadas —intervine.

—Eso suena mejor —se animó.

Por unos segundos bebimos en silencio.

Los parroquianos se hicieron menos. Algunas meseras barrían  el piso del salón. Otras limpiaban mesas y sillas. Pronto sería la jornada nocturna.

—Mañana, al mediodía uno de ustedes, solo uno —enfatizó —llevará a los muchachos al Parque de la Audiencia. Allí los entregarán.

— ¿Cómo se identificará a la persona…? 

—Eso está resuelto —respondió. 

Al retirarnos, Blanca Rosa Gil acaparaba la vitrola.

Sombras nada más/ acariciando mis manos/ sombras nada más/ en el temblor de mi voz…

Temprano, al día siguiente, fui a la casa de seguridad en la que ocultábamos a los colegas. Orlando era del movimiento en Sancti Spíritus y Faustino de la directiva en Cienfuegos. La tensión de días de encierro, con la amenaza constante de ser descubiertos,  se reflejaba en sus rostros.

Cambio de vestuario y apariencia, al salir a la calle, les infundió cierta confianza. El lugar de la cita no estaba lejos. Recuerdo que durante el trayecto fingimos desenvoltura. Hablamos de cine y deporte.

Llegamos, por precaución, antes de lo acordado. El Parquecito de la Audiencia se bañaba en sol y una pareja de niños patinaba ruidosamente. De la fuente central ya no fluía  agua y en su pedestal la estatua del general José Miguel Gómez soportaba el calor.  En las escalinatas del Palacio de Justicia, el flujo de personas, en uno u otro sentido, discurría normal.      

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