Por Alberto Baeza Flores (1958)
EL OBSERVADOR QUE INTERROGA
El que visita Cuba con deseos de averiguar cómo es y quién es el cubano, y se interna por las provincias, advierte una devoción que abarca a casi todo el pueblo. La imagen venerada es pequeña, pero el fervor es muy grande. El color de la Virgen es moreno. Es una santa prieta, criolla, cubanísima, y su santuario está como una corona sobre una colina, en una de las estribaciones de la sierra más importante de Cuba. Hay que ir a Oriente para verla, pero se la venera en millares de altares que reproducen la imagen santa por toda la Isla.
Los que visitan Cuba por primera vez han solido preguntarme si el cubano es creyente. A ellos les cuesta compaginar la devoción hacia la Caridad del Cobre con el espíritu, a veces excesivamente familiar, de este culto. Me han preguntado si el “chiqueo” hacia la Caridad del Cobre es reverencia. Eso de nombrar —en la intimidad— a la imagen santa como “Cachita”, oír vocear el número de la Caridad en las cábalas de la lotería y escuchar cantar, con entonación de ritmo y son popular, el peregrinaje al Santuario, les llena de interrogaciones.
Han oído a los vendedores de billetes de lotería gritar en La Habana: “¡El 8, la Caridad…! ¡La Caridad sale hoy!”. Y han oído en Oriente vocear el 5 como el número de “Cachita”. Han escuchado el contagioso estribillo: “Y si vas al Cobre, quiero que me traigas una virgencita de la Caridad…”.
Me han preguntado esos viajeros: “¿Es que se trata de un culto ligero?”.
Les he dado siempre mi explicación sincera: el cubano ni es irreverente ni es ligero en sus fervores. Es un pueblo que responde a su naturaleza extraordinaria, a esa mezcla prodigiosa de sangres y de mitos, de dolores y esperanzas. Es un pueblo saludable, aunque pudiera rumiar amarguras. Es un pueblo de fe y de ilimitados sacrificios.
Su filosofía es, a veces, la del adolescente. Sabe sonreír por naturaleza y por intuición, aunque le tenga sin cuidado lo que filósofos y pensadores han afirmado sobre el humor, la sonrisa y la risa como condiciones de madurez y de inteligente filosofía ante la vida de cultura superior.
En su culto hacia la Caridad del Cobre, el cubano es como es: espontáneo, sincero, con las manos abiertas y el corazón franco. No se oculta para proclamar su fe. No cree que la mirada grave, el gesto adusto y hosco sean maneras de expresar su amor por la imagen santa.
Siente que su fervor hacia la Virgen Morena tiene varios caminos y la considera tan querida y tan suya que la nombra como pueden nombrarse los sentimientos más queridos del corazón. Esa familiaridad es cariño entrañable y fe sin reservas.
SÍMBOLO Y EJEMPLO
Como para que el culto de la Caridad se adentrara más en el espíritu de Cuba, la Virgen apareció sobre las olas. Así quiso, simbólicamente, mostrarle al cubano su destino marino, enseñarle a amar el mar.
Como para que este fervor fuera más hondo aún y se sembrara en todo el pueblo, la santa imagen apareció flotando en la bahía de Nipe, para que tres humildes y modestos criollos —pueblo puro— la recogieran, la salvaran y la llevaran con reverencia hacia el interior.
Rodrigo y Juan de Hoyos y el moreno Juan Moreno eran, sin duda, el pueblo de Cuba.
Fue en una madrugada de 1628 y, como para que no hubiera confusión posible, cuando Rodrigo de Hoyos intentó levantar la imagen, que flotaba sobre una tabla, pudo leer: “Yo soy la Virgen de la Caridad”.
Los tres humildes descubridores de la santa imagen habían ido a recoger sal. Eran trabajadores pobres y laboriosos. Recogieron su sal y, mientras se disponían a emprender la marcha hacia el interior, depositaron, con mucho amor, a la Virgen Morena en una barbacoa.
Sobre la cama que servía a los criollos humildes para descansar de las fatigas del día estuvo el madero que sostenía a la Virgen Santa, y ellos no dejaron de rezar en sus corazones mientras preparaban la peregrinación hacia Hato de Barajagua.
Así partieron. Hato de Barajagua estaba a 60 kilómetros del sitio donde habían encontrado la imagen, pero la fe puede más que todo, y ellos llegaron hasta Hato de Barajagua animados por la fe.
En Hato de Barajagua, la Caridad tuvo su primer altar. Fue un altar modesto, rústico, pero devotísimo. Enterado el administrador de aquellas faenas, mandó que construyeran una ermita. Uno de los que habían encontrado la imagen sagrada se ocupó de que nunca faltara una lámpara encendida, como símbolo y testimonio de la fe de todos.
LA VIRGEN MILAGROSA
Los primeros milagros fueron las desapariciones y apariciones de la imagen santa. El administrador de las minas del Cobre dispuso, entonces, que la imagen fuera trasladada al pueblo. Fue llevada en procesión, con mucho amor y reverencia. Fray Francisco Bonilla se encargó de conducir la marcha de la fe. Desde el alcalde mayor hasta el más modesto de los pobladores participaron en la ceremonia. La Virgen fue depositada en el altar mayor de la parroquia.
Pero he aquí que la Virgen se presentó repetidas veces a una niña llamada Apolonia. La Caridad apareció sobre unas rocas. El pueblo comprendió que la Caridad indicaba así, a través de una niña inocente, el sitio donde quería permanecer. Y, como si aún no fuera suficiente la señal del milagro, los pobladores vieron, en el mismo sitio en el cual la Virgen se había mostrado a la niña Apolonia, tres columnas de fuego.
No podían dudar. Allí levantaron la primera iglesia. Más tarde, con la ayuda fervorosa de los vecinos de Santiago de Cuba, Bayamo y otras poblaciones de Oriente, iba a levantarse un nuevo templo para reverenciar la santa imagen.
Pero antes, la Virgen iba a hablar a través de un nuevo milagro. Alguien, acaso demasiado codicioso de bienes terrenales, ordenó sacar mineral de cobre en el sitio donde la Virgen había aparecido a la niña Apolonia y excavar la rica veta que cruzaba bajo el Santuario. Pero he aquí que, de pronto, el rico mineral se volvió “cristalino” y su consistencia se hizo tan dura que rompió los picos que intentaron extraerlo.
PATRONA DE CUBA
El 10 de mayo de 1916, la Caridad del Cobre fue nombrada, en un acto solemne, Patrona de Cuba. Es muy simbólico que fueran los veteranos de la guerra de independencia quienes gestionaran ante las altas autoridades eclesiásticas esta designación. El papa Benedicto XV se hizo eco de la solicitud de los veteranos de la guerra de Cuba y la nombró Patrona de la Isla.
El nuevo Santuario fue inaugurado el 8 de septiembre de 1927, pero aún tendrían que transcurrir cinco años para que la Virgen pudiera descansar sobre el nuevo y esplendoroso altar. Fue el 8 de septiembre de 1932 cuando se consagró el nuevo altar de la Caridad.
LA DULCE INSPIRADORA
A ella, a la Virgen prieta y generosa, han acudido los enfermos del cuerpo y los necesitados de consuelo para el alma acongojada. A la Virgen de la Caridad han alzado sus ojos dos poetas que, a través de sus versos, han expresado lo que millares quisieron decirle a la Virgen. Uno de ellos —Hilarión Cabrisas— escribió “La Plegaria del Peregrino Absurdo”.
“Madre india; Madre mía; Madre cubana
y prieta;
ahora que hago un alto en mi vida inquieta
para llegar hasta tu altar,
escucha, Madre mía, la confesión secreta
de un niño grande y loco, romántico y poeta,
que su dolor te va a rezar”.
El dolor era grande. Uno de esos dolores íntimos, interiores, en los que advertimos que el mundo se nos desgarra hacia adentro, hacia el territorio del corazón. El poeta sentía su alma como una “cripta oscura”. El dolor iba arando en su vida noche y día.
“Pero aquí, sin testigos, en estas soledades,
saltan a flor de labios mis íntimas saudades,
y van sinceras hacia ti. Acórreme, mi prieta virgencita del Cobre;
Tú sí puedes mirarme cansado, triste y pobre
y comprender lo que hay en mí!”
Y la confesión fue dicha como un sollozo:
“¡Mis ansias como salvajes potros
se desbocaron, y caí…!”
Cristo hubiera confortado al doloroso repitiéndole, acaso, alguna de sus parábolas y alguna de sus frases, o diciéndole que nadie está exento de caer y rodar. Una vez conminó el poeta de Galilea a los que pedían una sanción injusta. Les advirtió que el que se sintiera libre de pecado lanzara la primera piedra. Nadie se atrevió a alzar la mano.
Caer y sufrir es también parte de la vida. Lo que importa es que las penas no dejen el corazón agrio, sino que pongan en él la dulzura y la bondad de la experiencia.
“Pero ha rodado el cuerpo sin enlodarse el alma;
y me he purificado, porque bebí con calma
¡todo el veneno que bebí!”
Este poeta, que así se confesaba a la Caridad del Cobre, sí sabía lo que es padecer y guardar la ardiente lágrima en la soledad, en el corazón.
Era un pecador arrepentido y, acaso sin sospecharlo, estaba dándole la razón a Adler, el indagador de las vidas y las almas, el autor de Conocimiento del hombre. Adler escribió estas palabras definidoras:
“El verdadero conocimiento del hombre sólo puede desarrollarlo realmente, dados los defectos de nuestra educación actual, un tipo de hombre: el “pecador arrepentido”, aquel que estuvo envuelto en todos los errores de la vida del alma humana y logró salvarse, o el que por lo menos haya pasado al borde de ellos. El mejor conocedor del hombre será, de seguro, el que haya pasado él mismo por todas las pasiones”.
Escuchemos la confesión final del poeta:
“Por eso, Madre india, vengo hasta la montaña
a contarte mis penas, a mostrarte mi entraña
encallecida de sufrir.
Pero que nadie sepa lo que yo te he contado;
que no conozcan nunca que contigo he llorado
la inmensa angustia de vivir”
“Y cuando esté muy lejos de ti, Madre querida,
cuando buscando un bálsamo a mi
enconada herida
entre los dos se extienda el mar, acuérdate del raro y absurdo peregrino
que lloró aquí en tu templo, que siguió
su camino,
¡y que después más nunca nadie ha visto llorar!”
EL RUEGO DEL CORAZÓN
DESGARRADO
La otra rogativa es de otro poeta, un poeta que cantó el amor y el dolor con palabras temblorosas, a la manera de Bécquer, el romántico de las intimidades del corazón. Su nombre: Gustavo Sánchez Galarraga.
Él le pidió también a la Virgen Morena un ruego del corazón, pero este de Sánchez Galarraga fue por Cuba:
“Virgen de Cuba, Virgen trigueña y amorosa
que sobre el mar en furia apareciste ayer.
¿Por qué en esta tormenta que a las almas acosa
no tornas, dulce Madre, de nuevo a aparecer?”
Oración donde hay angustia y esperanza a la vez, donde hay fervor y amor, unidos al dolor.
Símbolo es que la Patrona de Cuba sea la Caridad. La Caridad es una virtud hermana de la Fe y de la Esperanza, una de las tres virtudes teologales. Esto tiene el culto de un pueblo a su Patrona: virtud de amor, virtud de dolor, virtud de esperanza y de fe y, sobre todo, caridad.







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