Por F. Balmer y R. Wylie (1934)
A despecho de él mismo, Tony palideció.
—¿Has querido decir que van a chocar con la Tierra? Eso pensé yo.
—No van a chocar con la Tierra, Tony. Al principio van a rotar junto a nosotros; la primera vez darán una vuelta alrededor del Sol y entonces pasarán muy cerca de nosotros. Para estar seguros, podemos afirmarlo así: los dos van a pasar cerca de nosotros. Pero la segunda vez que pasen… bueno, uno de ellos va a pasar una segunda vez junto a nosotros, pero el otro no pasará mucho de semejante con esta; va a pasar bien por nuestro lado. Pero el grande, el Bronson Alfa, va a sacar al mundo de su camino.
—¿Sabes eso, Eva?
—¡Lo sabemos! Habrá un margen de error, desde luego. No será un choque directo y frente a frente el que se producirá, Tony; pero habrá una forma de encuentro, un simple roce que será bastante, y más que suficiente, para destruir totalmente este mundo. Y un encuentro es cosa cierta. La más insignificante de las ecuaciones, el más sencillo de los cálculos hechos, así lo denuncia.
—Ya sabes, Tony, lo exacta que es la Astronomía en nuestros días. Si tenemos tres diferentes observaciones de un cuerpo que se mueve, podemos trazar su ruta; y tenemos cientos de determinaciones de estos cuerpos. ¡Más de mil juntas! Ahora sabemos bien lo que son; conocemos sus dimensiones y la velocidad con que viajan. Sabemos también, casi con precisión, las fuerzas y atracciones que los influirán: el poder gravitacional del Sol. Tony, ¿recuerdas lo precisas que fueron las informaciones que por adelantado se suministraron durante el último eclipse total que fue visible en Nueva Inglaterra? Los astrónomos no solo predijeron, con un error menor de un segundo, cuándo empezaría y cuándo terminaría el eclipse; describieron las cuadras y aun los lados de las calles de las grandes ciudades que quedarían cubiertas por las sombras. Y el error fue menor que el espacio comprendido en veinte pies.
—Pues lo mismo ocurre con los cuerpos Bronson, Tony. Vienen cayendo en la dirección del Sol, y su sendero puede ser trazado como el sendero de la manzana famosa de Newton cayendo del árbol. La gravedad es la más segura y casi la más constante de las fuerzas de la creación. Uno de esos mundos, que viene en busca de nuestro Sol, va a chocar con nosotros. ¡Pobre de nosotros, Tony! ¡Pobres de las almas que permanezcan en este mundo cuando la colisión se produzca! Pero el otro mundo —el mundo tan parecido a este— pasará muy cerca de nosotros y continuará su marcha, seguro e inalterable, alrededor del Sol.
—Tony, ¿crees tú en Dios?
—¿Pero qué tiene eso que ver con todo esto?
—Tanto, que todo esto me ha hecho volver a pensar en Dios, Tony. Dios… el Dios de nuestros padres… el Dios del Antiguo Testamento, Tony; el Dios que hacía las cosas y significaba algo, el Dios del castigo y la venganza; pero también el Dios que podía ser magnánimo y piadoso con los hombres. Ese Dios, Tony, nos está enviando dos mundos, no uno, sino dos; no solamente el mundo que ha de destruirnos. ¡También nos está enviando el mundo que puede salvarnos!
—¿Salvarnos? ¿Qué quieres decir?
—Eso es lo que preocupa en estos momentos a la Liga de los Últimos Días, Tony: la posibilidad de escapar que nos ofrece ese mundo semejante al nuestro, que pasará tan cerca de nosotros y después continuará su ruta en torno al Sol. Podremos trasladarnos a él, Tony, ¡si tenemos la voluntad y la inteligencia y la sangre fría suficiente para hacerlo! Hoy podríamos enviar un cohete a la Luna, si ello fuera de alguna utilidad, si alguien pudiera vivir en la Luna después de arribar allí. Pues bien; el Bronson Beta nos pasará mucho más cerca que la Luna. El Bronson Beta tiene el tamaño de la Tierra y, por tanto, es lo más probable que tenga una atmósfera. Es perfectamente posible que las personas que puedan llegar hasta él puedan vivir en él.
—Es un mundo, quizás sí muy semejante al nuestro, con la única diferencia de que aquel ha estado en inmutable frialdad y en perpetua obscuridad por millones de años, probablemente, retornando ahora hacia la luz y el calor.
—¡Piensa en todo esto, Tony! ¡Piensa en la tremenda magnificencia de la aventura de tratar de llegar hasta él! Es un mundo que en un tiempo fue igual al nuestro, que daba incesantes vueltas alrededor de un Sol. Las personas vivían en él; y los animales, y las plantas, y los árboles. Allí se ha producido la evolución también; seguramente que una forma de progreso ha actuado allí. Miles de años de progreso puede que hayan tenido existencia allí. Decenas de millares de años… quizás mucho más de lo que nosotros hemos tenido. Quizás, también, mucho menos. Resulta cuestión de la más pura especulación el predecir en qué estado estaba aquel mundo cuando fue alejado de su centro solar y enviado a su prolongada vagancia por los espacios interestelares.
—Pero, en cualquier estado en que estuviera, puedes estar seguro de que ese mismo será su estado ahora; porque cuando este mundo abandonó su Sol, la vida se extinguió allí. Los ríos, los lagos, los mares, el mismo aire, se helaron, transformándose en substancias sólidas, preservándose y conservándose todo del mismo modo que entonces estaba, aunque haya vagado por los espacios insondables durante miriadas de años.
—Pero, al aproximarse al Sol, el aire y los mares reconquistarán la antigua forma. La gente es imposible que retorne a la vida; ni los animales, ni los pajarillos, ni muchas otras cosas; pero las ciudades estarán inalterables, los implementos de trabajo también, los monumentos, los hogares… todo lo que permanece y será nuevamente descubierto.
—Si este mundo no fuera a ser destruido, ¡qué hermosa aventura la de tratar de conquistar aquel, Tony! Y esa es una aventura posible, una aventura perfectamente posible, con los medios de que disponemos hoy.







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