VIDA Y OBRA DE CARLOS J. FINLAY

Written by Libre Online

18 de agosto de 2026

De la Redacción de LIBRE  y fuentes anexas

La historia de la vida y obra del sabio cubano Dr. Carlos Juan Finlay representa un ejemplo de la intuición de un genio que supo vislumbrar la verdad científica entre un cúmulo de doctrinas falsas que, durante siglos, habían sido aceptadas como valederas. Pero no es solo esto. Emociona conocer su férrea voluntad puesta al servicio de una idea y la perseverancia con que, durante veinte años, procuró plasmarla en realizaciones concretas para beneficio de sus semejantes.

Carlos Finlay planteó con claridad el papel que desempeñaba un insecto hematófago (se alimenta de sangre de seres humanos o animales para obtener nutrientes necesarios para su supervivencia o reproducción), en la transmisión de la fiebre amarilla, una pestilencia que, desde muchos siglos atrás, asolaba los puertos y ciudades de América.

El 14 de agosto de 1881 comunicó en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana su teoría y las pruebas a las que había llegado después de laboriosas investigaciones. Pero su concepción no fue aceptada y fue recibida con escepticismo. Para muchos, era motivo de burla o un síntoma de la supuesta locura de Finlay.

Su doctrina era fruto de la observación, del estudio y del experimento y, no obstante, fue manifiestamente ignorada, rechazada con estéril escepticismo y hasta escarnecida por la suficiencia dogmática de sus colegas, quienes defendían las doctrinas médicas tradicionales, ineficaces para doblegar el flagelo amarílico.

La trascendencia de la obra de Finlay ha sido realmente universal y, con razón, se le considera un auténtico benefactor de la humanidad.

Rasgos biográficos

Carlos Juan Finlay Barrés, insigne médico e investigador, nació el 3 de diciembre de 1833, en Camagüey, Cuba, y falleció en La Habana el 20 de agosto de 1915; esto es, a los 82 años de edad.

Su padre era un médico inglés que se radicó en Cuba en 1831 y ejercía la oftalmología como especialidad. Carlos Finlay estudió Medicina en el Jefferson Medical College de Filadelfia, Estados Unidos, donde se graduó en 1855, cuando contaba con 22 años.

En  esa escuela, experimentó la influencia de su profesor John K. Mitchell, quien insistía ante sus alumnos en la necesidad de desconfiar del Magister dixit (“el maestro lo ha dicho”) de sus maestros y, en cambio, subrayaba la importancia de la observación personal y de la experimentación.

Fue, además, uno de los primeros en acoger la teoría microbiológica de ciertas enfermedades.

En el Jefferson Medical College, Finlay también fue alumno y, después, llegó a ser amigo de un hijo de John K. Mitchell, el Dr. Silas Weir Mitchell, eminente neurólogo y novelista que acababa de regresar de Francia, donde había frecuentado los laboratorios de Claude Bernard en París. S. W. Mitchell ejerció asimismo una indudable influencia en su formación científica.

Silas Mitchell trató de convencerlo para que permaneciera en los Estados Unidos, augurándole un brillante porvenir económico y científico. Pero Finlay prefirió volver a su patria.

Una vez de regreso en Cuba, en 1857 aprobó los exámenes que le permitieron revalidar su título y ejercer la profesión de médico en su país. Tres años más tarde viajó a Francia, con el objeto de especializarse en oftalmología y, en 1864, se instaló definitivamente en La Habana, donde ejerció dicha especialidad y la medicina general.

Sus contribuciones a la 

ciencia y a la medicina

La brillante actuación médica de Finlay y sus vastos conocimientos médicos y científicos lo llevaron, en 1872, a la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, que habría de ser la tribuna donde discutiría sus más importantes trabajos y, en especial, los referentes a la fiebre amarilla.

Entre las numerosas contribuciones que Finlay presentó en el seno de dicha Academia, nos parece de interés glosar brevemente el discurso que pronunció en 1876, titulado La verdad científica, la invención y su correctivo, presentado como discurso inaugural o doctrinal en 1876.

Fue calificado por el historiador César Rodríguez Expósito como una pieza de gran profundidad filosófica que anticipaba la mente intuitiva del propio investigador.

 Finlay defendía que la ciencia enlaza verdades sueltas mediante la observación, y que la hipótesis es una parte esencial del entendimiento, aunque a veces sea resistida o desacreditada.

Sus preocupaciones médicas fueron amplias y variadas: la cirugía del cáncer; el bocio exoftálmico; los efectos nocivos para la salud del gas de alumbrado; los principios científicos de la electroterapia; la reclusión de los leprosos y la atención a los niños recién nacidos.

Sus inquietudes de hombre estudioso lo indujeron a preocuparse, entre 1881 y 1882, de la filariasis humana, que comprobó por primera vez en Cuba. Enseguida se ocupó de la Filaria immitis, que reconoció en los perros; de la triquinosis; del beriberi; de la malaria y de los abscesos hepáticos.

Más tarde, cuando su país se independizó y Finlay fue nombrado Director de Sanidad, atrajo su atención el tétano infantil. Mediante la aplicación de un apósito aséptico, cuya distribución era gratuita, se redujo la mortalidad por esta enfermedad de 1.313 defunciones en 1902 a 576 en 1910.

Sus primeros estudios sobre la fiebre amarilla

La fiebre amarilla era endémica (enfermedad que se mantiene presente de forma constante en una población o región fija) en este caso en la Isla de Cuba, al igual que en toda la zona del golfo de México, las islas del Caribe y el área norte de América del Sur.

Había aparecido por primera vez en La Habana en 1649, provocando una elevada letalidad y la muerte de los médicos Pedro Estela, Antonio de Paz Gutiérrez y Jacques de Sandoval. Desde entonces se registraron numerosas epidemias durante los siglos XVII, XVIII y XIX, especialmente con motivo de la llegada desde España de tropas o buques de la Armada con gran número de soldados susceptibles.

En 1878, las estadísticas registraron 1.599 defunciones por fiebre amarilla. Durante los diez años de guerra por la independencia de la Isla, entre 1868 y 1879, fallecieron en La Habana 92.231 individuos, de los cuales 11.603 lo fueron a causa de la fiebre amarilla.

Desde diciembre de 1880, Finlay había pensado que los zancudos podían ser dicho agente. Sin embargo, respetuoso de la ética científica, no se atrevió a nombrarlos en aquel trabajo porque aún no había efectuado ningún experimento con ellos.

Una vez de regreso en La Habana, Finlay emprendió de inmediato algunos experimentos y, para ello, contó con la eficaz ayuda de su amigo y colaborador, el doctor Claudio Delgado.

Recurrió a la especie de zancudo que sus observaciones sobre la epidemiología de la fiebre amarilla le señalaban como la más sospechosa: el llamado Culex mosquito por Robineau-Desvoidy, que ahora conocemos como Aedes aegypti.

Fue el primer gran acierto de Finlay, basado en el estudio atento de los hábitos domésticos del insecto. Para valorar debidamente este hecho, conviene relacionarlo con los exhaustivos trabajos faunísticos comparativos que B. Grassi debió emprender hacia 1898, en Italia, antes de limitar sus sospechas a tres especies distintas de zancudos, una sola de las cuales era transmisora de la malaria humana.

Y, enseguida, planteó su hipótesis de trabajo en los siguientes términos: “Tres condiciones serán indispensables para que la fiebre amarilla se propague:

1. Existencia de un enfermo de fiebre amarilla en cuyos capilares el mosquito pueda clavar sus lancetas e impregnarlas de partículas virulentas, en el período adecuado de la enfermedad.

2. Prolongación de la vida del mosquito entre la picada hecha en el enfermo y la que deba reproducir la enfermedad.

3. Coincidencia de que sea un sujeto apto para contraer la enfermedad alguno de los que el mismo mosquito vaya a picar después”.

Finlay, desde el primer momento, intuyó que el mecanismo de transmisión de la fiebre amarilla se producía por la picadura del mosquito Aedes, efectuada en el período adecuado de la enfermedad.

El Gran Descubrimiento

• En 1881, expuso su teoría revolucionaria de que la fiebre amarilla no se contagiaba por el aire o la ropa, sino por la picadura de un mosquito.

• Su hipótesis fue ignorada y ridiculizada por la comunidad médica durante años.

• En 1901, una comisión militar de Estados Unidos comprobó y validó sus experimentos.

• El control del insecto permitió erradicar la enfermedad en Cuba y facilitó la construcción del Canal de Panamá.

Legado

• Fungió como jefe superior de sanidad en Cuba, donde impulsó la lucha contra el tétano y la viruela.

• Fue nominado en varias ocasiones al Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

• En su honor, el día de su nacimiento se celebra el Día de la Medicina Latinoamericana.

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