Padre de familia, buen muchacho y persona decente

Written by Libre Online

18 de agosto de 2026

Por Eladio Secades (1956)

Hay tres tipos criollos que han convertido sus derrotas en simpatía piadosa: el padre de familia, el buen muchacho y la persona decente. Porque es gusto muy nuestro elevar la infelicidad a la categoría de símbolo ciudadano y considerar la decencia como argumento supremo para redactar una carta de recomendación.

Se llama carta de recomendación la que damos a un amigo a quien estamos obligados a servir, para que se la entregue a un tercero que no tiene por qué servirlo.

Existen los que practican la homeopatía de la recomendación, escribiendo aquello de “te presento al portador” en una tarjeta de visita. La tarjeta de visita es la dosis mínima para salir del paso.

A los que no han sido nada y de repente sienten que empiezan a ser algo, lo primero que se les ocurre es hacerse una tarjeta de visita. Cartulina en que los doctores nuevos se anuncian preventivamente, como las ventas por balance y los cinematógrafos.

Claro que los tiempos han cambiado. Antes, las tarjetas solo las usaban los caballeros ofendidos que querían batirse y andaban por el mundo buscando a quien tenían que enviársela. Ahora las dan los que no quieren que olvidemos el número del teléfono.

De todos modos, la tarjeta de visita es la publicidad por la libre y mano a mano. Cuando nos dan una tarjeta de visita y no podemos responder con otra, experimentamos esa pena honda del que juega tute y tiene que confesar que no lleva triunfos.

El tute es invención legítima de los españoles, que creen que la maldición puede practicarse por parejas y que la baraja nueva debe oler a queso.

Ya se ha quedado atrás la sospecha de que el fervor a la baraja es cosa de hombres. Las esposas que cultivan la canasta reivindican, justifican y hasta glorifican al esposo malo que se pasa la noche en vela en una partida de póker.

Lo que sucede es que la mujer es tan inteligente que le da al vicio y al abandono transitorio del hogar categoría de compromiso social. Y hasta se retrata mientras provoca un colapso en la economía doméstica.

La igualdad que las mujeres pidieron en vano en aquellas campañas emprendidas por los clubes femeninos la han obtenido a través de la canasta, que ha creado al marido que tiene que esperar y, encima, pagar las pérdidas.

En Cuba se ha establecido la categoría de persona decente. Ser persona decente no es una convicción que se tiene, sino un cartel que se disfruta. Los valientes, los cultos y los ricos no tienen más que demostrarlo una vez para que se lo creamos siempre.

El de persona decente es una especie de doctorado concedido por la sociedad. Es como la coletilla perdonadora de deficiencias, el talón de Aquiles de los atenuantes. Lo mismo sirve para llegar al matrimonio sin tener dinero que para ocupar un alto cargo sin tener conocimientos.

Se entiende por alto cargo el que, además del sueldo, tiene eso que el criollo llama busquita.

Porque dirán lo que quieran, pero Fulano es una persona decente. Y ya se puede llegar a una vejez honorable por un camino de insignificancias que merecen respeto.

Aunque no sea precisamente por ideal, de repente merece la pena ser persona decente por negocio. En los clubes de ricos hay pobres que se sostienen porque todo lo encuentran bien. No pueden quitarse el saco cuando hace calor ni renunciar a la corbata, aunque el cuello cerrado en verano sea un simulacro de suicidio y una asfixia simbólica.

Ahora, cuando vemos a un ciudadano con sombrero, ya se sabe que es esclavo del qué dirán o sospechoso de calvo.

La persona decente es un fenómeno de contraste. Hace falta al lado un indecente para que se note. Que la forma tiene mucho que ver en el asunto es cosa que no puede discutirse.

Entre el que da una limosna refunfuñando y el que no da la limosna, pero improvisa un editorial señalando la conveniencia de más patriotismo y más asilos, la persona decente es el segundo.

Cuando queremos elogiar a un amigo sin personalidad y sin historia, decimos que es una persona decente. Moralmente lo habremos jubilado, aunque lo hayamos colocado al borde de la condecoración y del banquete.

El banquete es una solemnidad convertida en dos zonas: la mesa presidencial, con ganas de fotografía, y la otra mesa, con ganas de que alguien tire el primer pedazo de pan.

Mientras el relajo sea una palabra matriz, habrá menores de edad de sesenta años y oradores de quince.

La literatura también tiene sus personas decentes. Que acaso no sepan escribir. Que nadie los conozca. Que nadie los lea. Pero que se presentan con la camisa planchada, los zapatos con lustre y las cuartillas limpias, con ideas como recién sacadas de la tintorería.

Reverentes de las letras que llegan a la fama por un truco de cordialidad, como todos los maîtres y algunos ministros. Un día los premian en un certamen oficial y nos alegramos, porque ya era hora de que se tomara en cuenta a las personas decentes.

Es mentira que el que hizo la ley inventó la trampa. Lo cierto es que los abogados estudiaron la ley para acomodar la trampa.

Para que un país tenga sus cárceles llenas, es necesario que su dictadura sea muy fuerte o sus abogados muy malos.

El fiscal es un propósito cristalizado al revés, porque aprendió con ánimo de defender y acusa.

Lo que más se parece a un fiscal bueno es un médico malo. La de Derecho es la única profesión cuyos elementos triunfan con el solo galardón de ser personas decentes.

Las equivocaciones de los cirujanos decentes tienen siempre una explicación científica. Porque la medicina es una especie de comercio y de sacerdocio que no tiene Tribunal Supremo. Después de la muerte, lo que se usa es el luto y no la investigación.

Pifiar en medicina es el entrenamiento sistemático para llegar a tener ojo clínico. Los médicos malos sospechan que la guía de teléfonos está llena de conejos de Indias y hacen shadow boxing con los clientes, hasta que atinan y son miembros de cualquier facultad de París.

Que es la capital del mundo que ha enviado a América más medicinas, más perfumes y más enfermedades.

Para los americanos, Francia sería una cosa verdaderamente adorable si la penicilina hubiera llegado con cuarenta años de anticipación, cuando había cafés cantantes, tiro al blanco y zonas de tolerancia, y los muchachos que por primera vez se ponían los pantalones largos ya no podían olvidarse nunca.

Que hay los amigos y también hay las víctimas de la cultura.

Las personas decentes son las que todavía dan el asiento de la ventanilla, preguntan si molesta el humo y recogen, con aire caballeresco, el pañuelo del suelo.

Y es que no saben, los pobres, que la creencia de que las damas deben pasar primero fue verdad urbana hasta que llegaron los ómnibus.

Pero ya ese es un mal mayor, como el pariente cesante y la amiga que recita.

Lo peor de la recitadora es que dice los versos y hay que soportarlos como si los hubiera escrito ella.

Cuando yo era niño, una emoción igual venía en los papeles de envolver los caramelos. Papel pegajoso de azúcar y de cuartetas, que después de todo era una fórmula de humorismo sutil. Porque el niño chupaba el dulce y el perro lamía la inspiración.

Los caricaturistas de almanaque han abusado de la estampa del perro y el hueso, pero a ninguno se le ha ocurrido el placer de un sato tendido bajo la mesa de trabajo de un discípulo de Nervo.

Hay empleados que durante muchos años han estado ensayando ser personas decentes. Y lo han conseguido. A fuerza de llegar todos los días a la misma hora, nadie sabe qué es lo que han hecho, pero ya son jefes, con un buró grande, una cosecha de teléfonos y una secretaria particular.

Que sustenta que el mundo empieza en el “muy señor mío” y termina con el “de ustedes, atentos y seguros servidores”.

Para saber si la secretaria es efectivamente particular, hay que conocer la edad de la esposa del jefe.

Hay también personas decentes del vicio, que se matan, pero con orden.

Yo tengo un amigo que combate los excesos, ataca los abusos y cree que el veneno está bien, pero si se dosifica.

Orgulloso me decía: —Yo tomo mi ginebrita en ayunas, mi tacita de café y mi tabaco después de cada comida, mi copita de coñac para el aburrimiento, mi vermut para abrir el apetito y mi whisky and soda antes de acostarme.

Mi amigo es una persona decente que se está intoxicando metódicamente.

Persona decente no es el que paga una deuda en silencio y sin alardes, sino el que quisiera pagarla y vemos cómo sufre.

Ni el que se casa enseguida, sino el que quisiera casarse y, de modo honorable, lo va dejando de un año para otro, hasta que pueda hacerlo de acuerdo con sus escrúpulos de persona decente.

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