El choque de los mundos (VI)

Written by Libre Online

18 de agosto de 2026

Por F. Balmer y  R. Wylie (1934)

Kyto, que usualmente evadía verle por la mañana, no lo hizo así en esta oportunidad. Tomando el café que no había probado Tony como una excusa, le llamó la atención y aventuró: —Señor, ¿desde luego que usted se habrá enterado de las noticias?

—Sí, Kyto, las he leído y en parte me he dado cuenta de lo que significan.

—¿Me permite usted que yo lo pregunte cuál es la significación que tienen?

Tony se quedó mirando fijamente al pequeño japonés. Siempre lo había querido; pero de pronto había sentido una exaltación del afecto hacia este hombre de tez amarilla que estaba sujeto como él mismo a ser protagonista de los males que amenazaban el mundo.

—¡Atrapado! ¡Atrapado estaba el mundo por la extraña y difícil situación! Atrapado, esa era la palabra.

—Kyto, algo nos espera.

—¿Qué?

—Algo extraordinario, Kyto. Pero de una cosa podemos estar seguros, y es que lo que sea nos ocurrirá a todos por igual.

—¿La destrucción general? — preguntó Kyto con cierto temblor en la voz.

Tony sacudió la cabeza y su respuesta le sorprendió a él mismo.

—No, si fuera precisamente eso, ellos lo habrían dicho, que era el fin para todo el mundo. La gente, después de todo, está en cierto modo preparada para ello, Kyto.

Tony, al mismo tiempo que hablaba con Kyto, se razonaba a sí mismo. —No, la total destrucción del mundo, no puede ser.

Yo no creo que eso sea así, Kyto.

—¿Qué otra cosa podría ser? —preguntó el japonés con su habitual sentido práctico.

Tony no entendió qué contestar, tomó un sorbo de café mientras Kyto atendía al teléfono cuyo timbre estaba sonando.

CAPITULO IV

Cinco minutos después de haber sonado el timbre del teléfono, Tony Drake estaba en la casa de los Hedron. El lugar estaba custodiado por la policía. Hombres, mujeres y niños de Park Avenue, de la Tercera y Segunda Avenidas, llenaban la acera; cameramen y fotógrafos obstruían las calles. Los representantes de estaciones trasmisoras de radio y los fotógrafos a quienes se había negado la entrada, recogían los detalles que podían entre la multitud.

Tony, al cabo, pudo establecer contacto con uno de los policías. Este le escoltó. El elevador al fin lo condujo hasta el piso más alto del edificio. Nadie más que los criados estaban visibles. La Srta Eva, según la informaron, estaba en el salón comedor; el Dr. Hendron dormía aún.

—¡Hola, Tony! ¡Entra! —Dijo Eva levantándose de la mesita verde que estaba en el saloncito encortinado al que llamaban comedor. Sus ojos estaban brillantes, su rostro acusaba el estado de excitación que estaba sufriendo. Sus manos temblaban ligeramente.

Tony la atrajo hacia sus brazos y la estrechó besándola; y sus labios, como había ocurrido la noche precedente, se unieron a los de él. Sus manos se unieron y se apretaron codiciosamente; después Tony dio un paso atrás.

No tenía puesta más que la blusa; estaba en negligée con sus delicados y torneados brazos rodeados por dos grandes lazos de seda, con el cuello y los senos medio descubiertos. Él se inclinó y la besó en el cuello.

—¿Has desayunado, Tony?

—Sí… no. ¿Puedo sentarme aquí contigo? No soñaba con encontrarte despierta, después de la noche que has pasado, Eva.

––¿Has visto los diarios? Estuvimos con los repórters hasta después de las tres. Y eso, porque después de esa hora, mi padre rehusó decir nada más y ver a nadie más. Se fue a dormir.

––¿Y tú no hiciste lo mismo?

––No; yo me quedé pensando… pensando.

––¿Acerca del fin de todo? Eva.

––Parte del tiempo pensé en eso; desde luego que sí; pero la mayor parte del tiempo pensé en ti.

¿Pensaste en mí… anoche?

––Tenía la esperanza de que lo primero que harías hoy sería venir. Pensé que así lo harías…  Es divertido ver la diferencia que este formal anuncio ha operado ya. Yo lo sabía todo anoche, Tony. Hace semanas que sé toda la verdad. Pero como era un secreto—un secreto del que eran depositarios mi padre y sus amigos—no era lo mismo hablar de ello que lo es ahora. Uno lo sabía, pero todavía no podía admitirlo, aun para uno mismo. Era todo teórico––estaba en la cabeza de uno, como un sueño, no como una realidad. Nosotros, verdaderamente no hicimos mucho —me refiero a lo que mi padre y yo hicimos anoche. Me refiero a que no hicimos mucho para comprobar los hechos y las cifras. Mi padre ya las tenía, desde antes, recibidas de otros señores. Las placas y los cálculos del profesor Bronson, simplemente han confirmado lo que ya estaba probado; mi padre no hizo más que chequearlos. Después los dimos a la publicidad. Eso es lo que ha hecho que todo cambie tan precipitadamente.

—Sin embargo, ustedes no han dado al público todo lo que saben, Eva.

—No, no todo, Tony.

—Ustedes saben exactamente lo que va a ocurrir, ¿no es eso, Eva? Va a ser el día del juicio final, ¿no es eso?

—No, Tony, más que el juicio final.

—¿Y qué puede ser más que eso?

—El amanecer después de ese día, Tony. El mundo va a ser destruido. Tony, ¡oh, Tony, el mundo va a ser totalmente destruido! Sin embargo, algunos de nosotros no moriremos. ¡Oh, necesitamos no morir, Tony, si aceptamos el extraño reto que Dios nos está enviando desde los espacios!

—El reto que Dios nos está enviando… ¿qué reto? ¿Qué quieres decir, Eva?

—Trataré de explicártelo, Tony: hay dos mundos que viajan hacia nosotros — dos mundos separados, hace quizás millones de años, de alguna otra estrella. Por espacio de millones de años, en lo más probable que esos mundos hayan estado vagando, totalmente obscuros y helados, a través del espacio; y ahora se han encontrado con nuestro sol; y se van a unir a él, todo ello a expensas nuestras. Porque vienen penetrando dentro del sistema solar en una dirección que los llevará muy cerca. ¡Oh, verdaderamente muy cerca, Tony, de la órbita de la tierra! Se nos van a reunir, poniéndose precisamente a la misma distancia que estamos, nosotros de nuestro sol. ¿Comprendes ahora?

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