LA CONVERSACIÓN

18 de agosto de 2026

Muchas cosas se han ido perdiendo con el correr de los años, muy a menudo para ser sustituidas por adelantos, comodidades y provecho; pero en muchas otras circunstancias las pérdidas tienen que ver con la familia, los valores sociales, cívicos y religiosos, con el agravante de que son lamentablemente irreversibles.

Algo que se ha perdido es el arte de la conversación. He estado de visita en  hogares en los que alrededor de la mesa, los niños se entretenían con juguetes electrónicos, los jóvenes se dedicaban a teclear mensajes de texto, la señora de la casa fotografiaba los alimentos preparados y su esposo miraba atentamente un juego de balompié en el recién comprado aparato televisivo personal. Parecía que estábamos a una distancia sideral unos de otros a pesar de que estábamos cercanamente sentados.

¿Qué ha pasado con el arte de hablar? Hemos perdido el placer de la comunicación con nuestros familiares y amigos e increíblemente vivimos cerca de los lejanos, gracias a los adelantos técnicos disponibles. Hace algunas tardes coincidimos en cierto sitio con dos personas amigas que no habíamos visto por algún tiempo. Fue una experiencia de monosílabos. Ambos sostenían en sus manos unos aparatos que se llaman “iPads”  y tanta prisa tenían por hacerles caso que nos despedimos con inquieta rapidez, no sin antes tomarnos algunas fotografías y conocer a tres perritos, orgullo familiar.

Yo recuerdo que en Placetas en una fábrica de tabacos trabajaban un par de docenas de obreras que guardaban silencio absoluto mientras doblaban cuidadosamente bellas hojas de la aromática planta. En  una tarima, sin micrófono, había un señor conocido como “lector de tabaquería”. No olvido que estaba leyendo unos párrafos de la novela “Los Miserables” de Víctor Hugo. Me impresionó tanto la voz de aquel hombre, su dicción y su sentido del énfasis que esperé a que terminara su labor para expresarle mi aprecio y mi admiración. Posteriormente me dirigí a una empleada para comentarle el grato tiempo disfrutado, la que reaccionó invitándome a la próxima ocasión en la que el lector haría una pausa para que las empleadas expresaran sus opiniones sobre las lecturas llevadas a cabo. “Oyendo se aprende -me dijo-, pero conversando se aprende y se disfruta”. Razón tenía la joven, una grata y animada conversación es siempre una placentera experiencia.

Henry W. Longfellow, poeta, escritor y profesor estadounidense fallecido en el año 1882, entre muchas otras cosas interesantes acuñó esta frase: “una conversación con una persona sabia vale más que diez años de estudios en libros”. Si no fuera porque no quiero exponer mi vanidad, mencionaría a siete u ocho personas importantes con quienes he conversado a lo largo de mi vida que me inundaron de cultura y placer. Sugiero a mis amigos lectores que, cuidándose de cualquier impertinencia, nunca desaprovechen la oportunidad de hilvanar una conversación con alguien que ilustre y eleve con la palabra.

Sabemos que hay personas en exceso locuaces que absorben todo el espacio en una conversación. Winston Churchill aludió a este tipo de personas diciendo que “una conversación debe agotar el tema, no a los interlocutores”. Conocí a alguien -el nombre no importa-  que era una máquina de hablar. Era inteligente, culto y apasionado. Aprendí dos cosas, callar ante el que sabe más que yo y a aprovechar sus pausas sencillamente para pronunciar una palabra de asentimiento.

Cuando yo era estudiante de bachillerato en “La Progresiva” un profesor de literatura llamado Isaac Jorge Oropesa, con quien establecimos una estrecha amistad que duró hasta su muerte, formaba en su clase un debate del que participaban al menos tres estudiantes. Él sugería un tema de conversación y media hora después nos pedía que opináramos sobre el desarrollo de la misma. Los estudiantes aprendimos a intercambiar ideas y logramos convertirnos en calificados conversadores.  Hoy día, lamentablemente, ese método de formación intelectual ha caído en pleno desuso. 

Quizás pocos recuerden que hubo, hace alrededor de cuarenta años una interesante película titulada “La Conversación”, dirigida por Francis Ford Coppola y en la que fue un actor Harrison Ford. La trama es simple, se trata de un espía especializado en  hacer entrevistas que terminó siendo un ávido oyente de conversaciones ajenas. En años pasados yo era un fanático del teatro pues me fascinaban los ingeniosos diálogos entre los actores. Hoy día todo ha cambiado. Los intercambios verbales en el escenario no son agradablemente pintorescos, sino compendios de doble sentido y  profanos vocablos.

Han sucedido siglos, pero sigue siendo válido el concepto sustentado por Cicerón: “No se puede exaltar bastante cuánto sirve para ganar los ánimos la cortesía y la afabilidad en la conversación”. Sobre este tema se han escrito decenas de libros, uno afamado por la popularidad de su autor, Oscar Wilde, se titula “El Arte de Conversar”. Aún en La Biblia se toca el asunto con meridiana claridad: “no erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres”, pues no siempre conversar es un arte que resalta la decencia y el buen gusto. Usar palabras obscenas, aludir a temas inmorales, de perverso carácter sexual, promover el chisme o la mentira, suelen ser elementos que corrompen la sensatez y creatividad de una buena conversación.

Quisiéramos concluir nuestro trabajo refiriéndonos a los niños. Entre los muchos pensamientos del Apóstol José Martí, citamos éste: “a nuestros niños los hemos de criar para hombres de su tiempo, y hombres de América”. Hoy día dejamos que a nuestros pequeños los eduquen las pantallas de las “tabletas electrónicas”, les permitimos acceso a extraños que les violen su inocencia e ignoramos las relaciones en las que entran por las llamadas “redes sociales”. Los padres no sostienen conversaciones con sus hijos ni les enseñan cómo comportarse en una visita.

Hay tres formas de interesar a un niño en una conversación. No se trata de hacerles preguntas que ellos evadirían, sino preguntas en cuyas respuestas tomen interés: “¿Qué deporte te gusta más?, ¿Por qué?, ¿Quién es tu héroe preferido?, ¿Qué país te gustaría conocer?, y así por el estilo. Cuando el niño o la niña conteste tratemos de tejer una conversación.         

Los niños son curiosos por excelencia. Digámosle a un niño, ¿sabes lo que me pasó la otra tarde?, o interesémosle, ¿si te fuera a hacer un regalo, qué escogerías?, si sabemos hacer historias, reales o inventadas, hagámoslas siempre tratando de entrar en una conversación.

Rescatemos el placer de la conversación. Una tarde de éstas váyase al portal de la casa con el previo acuerdo de que celulares y tabletas no estén presentes y goce de una conversación familiar. Habrá risas, tristes recuerdos y empolvadas añoranzas, cercanía emocional, fortalecimiento de lazos, y sobre todo, la grata sensación de las bendiciones de Dios.

En tercer lugar, propóngales retos a sus niños,  involúcrelos en actividades familiares que les provean oportunidades para intercambiar impresiones y les hagan sentirse parte del núcleo al que de veras pertenecen.  

La sombría tendencia de hoy de vivir a solas la vida, cada uno atado a un aparato electrónico, le quita brillo y sentido a la unidad familiar y nos priva del uso de la palabra, regalo sublime de Dios.

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