Por ELADIO SECADES (1956)
En Cuba, el cartel de valiente suele ser más enaltecedor que el cartel de honrado. Pocos pueblos tienen del valor personal el criterio sagrado que tenemos nosotros. En otras partes, la bofetada se olvida al día siguiente, por el que tuvo la puntería de darla y por el que tuvo la desgracia de recibirla. La galleta criolla no se olvida nunca. Es como un tatuaje bochornoso e imborrable. Hay quienes sienten el espanto de la primera galleta que ya los privará del orgullo vernáculo de llegar a la vejez con el alma tranquila y la cara inédita.
Aunque parezca exageración, existe el personaje a quien le negamos posibilidad de triunfo, porque de niño le metieron una galleta en el colegio. Y cuando se quiere desprestigiar a alguien, ya se sabe que no habrá método mejor que el de contarle las galletas que recibió en la vida. Parece una aventura el ensayar una semblanza del guapo criollo. El guapo es uno de nuestros tipos más característicos y frecuentes. Casi todos tenemos algo de valiente y algo de tenorio.
Nuestro censo está dividido en cubanos que se fajan y cubanos que no se fajan. El valor, después de todo, es un estado mental. Para ser valiente o para ser cobarde, no hay más que empezar. El cubano más precavido llegará a la temeridad si un día sus amigos le dicen: “Contigo sí es verdad que no hay problemas”. Ya se le habrá colocado el cartel de guapo y el pobre tendrá que sostenerlo toda la vida. El cartel de rico se sostiene dando limosna en público. Y el cartel del guapo se sostiene dando bofetadas. Y recibiéndolas a cambio. También en público. Lo importante, lo vistoso, lo admirable, es fajarse. Pertenecer a la población nacional de los que se fajan cuando llega la hora.
Fajarse cuando llega la hora es terminar despeinado, con un arañazo en la nariz y respirando con heroica dificultad. Y al día siguiente buscar a un amigo que a su vez sea amigo del secretario del Juzgado Correccional. Este tipo de valor, que condena a los hombres a las posturas menos gallardas, porque nada hay más ridículo que “dos fajaos”, es muy apreciado por el vulgo. Sobre todo, por el vulgo de las mujeres. Nosotros decimos que fulano se faja, con el mismo tono de admiración que empleamos para decir que fulano es un estadista eminente. La simpatía al guapo no es otra cosa que una triste fórmula de la cobardía de los demás.
El guapo de café es calamidad que nos ha venido de los españoles, igual que el hábito de detenernos a discutir en una esquina. Y la pretensión de arreglar el mundo de sobremesa. El valiente de bar puede contar los años de abnegados servicios a la causa por la cantidad de galletas que ha recibido. Pero a pesar de eso, siempre que tenga una discusión, se pondrá grave para augurar que matará como a un perro al hombre que le toque la cara.
Hay otro tipo de guapo, eminentemente cubano. Matón, belicoso, respetado por los cobardes. Que camina de medio lado y que siempre nos habla de su época. Cuando había guapos de verdad y no echadores de dientes para afuera como ahora. Sus amigos saben que es peligroso, aunque nunca lo han visto pelear. Porque es el superior; porque es el guapo sereno, que cada vez que lo provocan, tiene el gesto magnífico de irse para no desgraciarse. Es, en una palabra, el valiente que siempre se va, porque se conoce. Y así vive y así muere, con una terrible galleta palanqueada, sin acabar de disparársela a alguien.
La mayor y la más graciosa paranoia en el análisis de la guapería tropical es la verdad indiscutible de que la manera que no falla para no tener que pelear es echarse un revólver a la cintura. Es la mejor garantía de facilitar las licencias para el uso de armas de fuego, lo que sería un sistema inteligente para convertir el nuestro en el pueblo más tranquilo del planeta.
Pero de todos nuestros guapos, el más curioso es el que sostiene la etiqueta a base de plantes. El que tira la trompada al aire, o por encima del hombro, y después se deja sujetar, haciendo esfuerzos aparatosos por zafarse, sin ganas de zafarse. Las broncas que terminan con la primera trompada son tragedias muertas en flor y muy de nuestro ambiente. “Si me sueltan, lo mato”. “No se meta nadie, caballeros”. Así se forma el forcejeo en tumulto. Y la escena llega a la apoteosis del ridículo cuando uno de los que sujeta se cansa. Y dice que ahora la cosa es distinta, porque van a tener que fajarse con él.
Yo he conocido y disfrutado el espectáculo de muchos guapos del género festivo, pero ninguno tan valioso como el que acabó de manera tragicómica una memorable partida de póker en un círculo político de México. El guapo cubano, nuestro guapo (hay que decirlo con cierta vanidad), ya había tenido algunos rozamientos con otros jugadores, pero la oportuna intervención de los dueños del lugar, a quienes no les convenían las camorras, había evitado derramamientos de sangre. Pero aquella noche se presentó en la casa de juego un general que gozaba triste prestigio de hombre violento y que además tenía la peligrosa costumbre de tomarse un coñac doble cada vez que perdía una mano. Jugaba muy mal. El “crupier” hizo cuanto pudo por impedir que entrase en polémicas con el cubano belicoso. Huelga describir la expectación y el pánico que invadieron el pequeño salón cuando nuestro compatriota se puso de pie, arrojó las cartas contra el tapete y, dirigiéndose al revolucionario, lo desafió de esta extraña manera:
—Mi general, si usted es tan macho como la gente dice, salga para la calle, que le voy a dar tres tiros de ventaja…
Por fortuna, al general le hizo gracia aquel cubano pequeñito que daba tres tiros de ventaja, como si fuesen patas en el juego del cubilete. Ese permanecerá en la historia del mundo como el más grande plante de guapería que se haya tirado jamás…
En realidad, el valor del guapo es casi el único valor que se reconoce en Cuba. No pensamos en la cantidad de valentía que se necesita para ganar un sueldo miserable y tener que sostener a una mujer y educar a unos hijos, enviándolos al colegio con la ropa limpia y los zapatos sanos. Ni pensamos tampoco en el valor que se requiere para ser honrado en un delicioso país donde al funcionario que no aprovecha la oportunidad de enriquecerse y pertrecharse para toda la vida no se le llama honorable, sino verraco.
Nosotros nunca hablamos del valor de las ideas, ni del valor de las convicciones propias. Mi amigo cree que es el hombre más guapo del mundo (y se jacta de ello), porque cada vez que acierta la charada, lo pasa todo para la bola. Tiene la excepcional valentía para jugarse tranquilamente el desayuno de la familia, pero ¡el día que acierta!
Mal que nos pese, hemos ido formando un pueblo que en un cincuenta por ciento espera el bienestar, no del trabajo, ni siquiera del cielo, sino de las posibilidades de engrampar una centena. Porque sería injusto ocultar que el cubano tiene la satisfacción de ser valiente como ninguno para jugarse el dinero. Hay que ser un verdadero héroe para pasarse el año esperando que salgan enteras la chapa del último automóvil que vio, o las cifras completas del teléfono de la oficina, o el folio íntegro de la transferencia de la guagua.
Aparte de la industria de la política, acertar un número es una de las poquísimas fórmulas que existen en Cuba para cambiar de posición. Y vivir esperando el Premio Gordo es un acto de valor nacional del que debemos sentirnos legítimamente satisfechos.
Jugar a la lotería es fraccionar la esperanza. Hay la gran esperanza de la víspera, que es cuando pensamos fabricar. Cuando ya se saben los tres premios grandes, hay la esperanza de que salga en un premio. Si nuestro billete no apareció en los premios menores publicados el sábado, quedará la última, la infinita esperanza de la lista oficial. Los que no quieran perder la esperanza nunca pueden volver a comprar billetes el lunes.







0 comentarios