CAPÍTULO III
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
—Cuando mostraste temor por la elección de Celso Trafid Zur, no lo tomé muy en serio. Más bien sentí halago porque te preocupabas por nuestro futuro —María Eulalia calla, y la chispa de conocimiento previo en sus ojos se empantana en una mirada gris.
Bartolo termina de comprobar la exactitud de las medidas del frenillo del papalote. Una expresión de complacencia le cruza el rostro. Con cuidado, coloca el papalote sobre la hierba corta. Enlaza la cintura delgada de María Eulalia y besa sus labios pálidos y suaves. Entorna los ojos y aspira el olor femenino.
—Te amo… —murmura boca con boca.
Con un ademán suave, ella se aparta. Lo mira fijamente y prosigue:
—Nunca imaginé que esto pudiese pasar. El general Jomarrón, entre otros, perdió sus propiedades. Al poco tiempo, misteriosamente, desapareció del pueblo. Algunos especulan que cruzó la frontera fluvial, pero de hecho, nada se sabe. De héroe de la guerra de los diez años pasó a ser calificado de polucionador mental y admirador de lo foráneo. Su nombre ha sido borrado de la historia de los precursores. Ya no existe.
—Y nuestros padres han quedado sin empleo. Aunque —Bartolo ensaya una broma—, por la supresión de las peleas de gallos, estarás contenta.
—No de la manera que lo han hecho. Diciendo que deseaban erradicar cualquier manifestación o ejemplo de violencia, sacrificaron a todos los gallos finos y repartieron la carne entre las familias más pobres del pueblo. Ahora las hembras son fecundadas por gallos domésticos, y los machos, más agresivos, producto del cruce de raza, están destinados a la alimentación humana. El Salvaguarda Mental ha prometido, en un futuro cercano, un huevo diario y gratuito para cada ciudadano. Mi papá se preocupa por nosotros. Quiere trabajar en lo que ama y conoce. No le interesa que le regalen huevos.
—Mi padre perdió el trabajo de manera diferente, pero de todas formas lo perdió. Los higienistas mentales, asignados a la agricultura, reproducción, cría animal y comercio, le pidieron que hiciera una selección entre los caballos y yeguas del general Jomarrón. Una parte fue dedicada a halar carromatos de transporte público, la otra a tareas agrícolas. Hasta allí, Cándido pudo soportar, pero cuando asistió a la castración de los pura sangre del General, protestó. Para aminorar su desacuerdo, argumentaron que era necesario crear la igualdad entre los seres humanos y, en lo posible, extenderla al resto del reino animal. Dijeron que el cuidado, monta y contemplación de las bestias de paso fino fomentaba entre los hombres sentimientos egoístas de vanidad y molicie. Le explicaron que, en el caso de los equinos, interpretando y aplicando las enseñanzas del Salvaguarda Mental, se imponía el fomento de una sola raza. Una raza fuerte y de trabajo que estaría al servicio de la colectividad y la producción. —Bartolo hace una pausa. Levanta el papalote de la hierba y observa de qué lado sopla el viento.
—En fin de cuentas —prosigue—, como nuestros padres, aunque de forma pacífica y civilizada, no estuvieron de acuerdo con las medidas, fueron enviados a tomar clases de afirmación mental al, por entonces recién fundado, Centro de Higiene Mental. Era necesario que no solo callaran y aceptaran, sino que alabaran las disposiciones de los ejecutores del pensamiento del Salvaguarda Mental y alcalde del pueblo.
—Recuerdo que una tarde, cuando se concretó la elección de Celso Trafid Zur, refiriéndote a nosotros, a nuestra relación, aquí mismo, en esta loma, dijiste: “Temo que algún día esto acabe”. Entonces no comprendí. Todavía no comprendo, o no quiero comprender. Pero temo, tengo miedo y entiendo ese miedo. Miedo a perder el sabor de las limonadas de tu madre. Miedo a no pisar más la tierra de mis caminos. Miedo a que mis pies se hundan en aguas nocturnas. Miedo, y hasta reniego, y también me arrepiento del reniego, del día en que tu padre en el Plan de Cardoso, cuando el problema con Dimas y el papalote, me invitó a leer sus libros. Tengo miedo de la inteligencia de esas lecturas. Tengo miedo y me resisto a extraviar el calor compartido de nuestros cuerpos. ¡Tengo miedo de los planes de mi padre!








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