La Necrópolis de Cristóbal Colón es uno de los cementerios históricos más importantes de América. Además de su función funeraria, puede considerarse un verdadero museo al aire libre, pues alberga un impresionante conjunto de obras escultóricas y arquitectónicas de gran valor artístico. Muchos especialistas la consideran una de las necrópolis más relevantes del mundo.
Su entrada principal se encuentra en la intersección de las calles Zapata y 12, en El Vedado. Ocupa una superficie aproximada de 57 hectáreas (570 000 m², 141 acres o 4,2 caballerías). Antes de 1959 era reconocido internacionalmente por la calidad y diversidad de su arquitectura funeraria y de sus esculturas. En la actualidad, una parte importante de su patrimonio presenta un notable deterioro debido al paso del tiempo, la falta de mantenimiento, los actos de vandalismo y los saqueos. ¡Porque los comunistas no respetan ni a los muertos!
Sus orígenes se remontan al siglo XIX, cuando el antiguo Cementerio de Espada, inaugurado en 1806, dejó de responder a las necesidades funerarias y sanitarias de una ciudad en constante crecimiento. El aumento de la población y las preocupaciones relacionadas con la salud pública llevaron a las autoridades coloniales a proyectar la construcción de un nuevo camposanto, de mayor capacidad y concebido bajo criterios urbanísticos modernos.
En 1854, el entonces gobernador de Cuba, Juan González de la Pezuela y Ceballos, I marqués de la Pezuela, impulsó la iniciativa de construir un nuevo cementerio que sustituyera al de Espada. Sin embargo, el proyecto no llegó a concretarse en ese momento debido a limitaciones administrativas y económicas. La necesidad de un nuevo camposanto permaneció latente durante varios años, hasta que la Corona española autorizó oficialmente su construcción.
El diseño del cementerio fue sometido a concurso público y resultó ganador el proyecto presentado por el arquitecto español Calixto Aureliano de Loira y Cardoso, identificado con el lema en latín: “La pálida muerte entra por igual en las cabañas que en los palacios de los reyes”.
El 28 de julio de 1866 se promulgó el Real Decreto que autorizó la construcción del cementerio, y el 30 de octubre de 1871 se colocó la primera piedra en una ceremonia oficial. Las obras se prolongaron durante casi quince años y contaron con la participación de destacados arquitectos y escultores, quienes desarrollaron un conjunto urbanístico caracterizado por calles trazadas en retícula, amplias avenidas, espacios ajardinados y secciones temáticas.
El cementerio fue inaugurado oficialmente en 1886 y pronto se convirtió en el lugar de sepultura predilecto de numerosas figuras de la vida política, económica, cultural y social de Cuba. Su crecimiento continuó durante buena parte del siglo XX, reflejando la evolución de la arquitectura funeraria y de las manifestaciones artísticas vinculadas al culto a los difuntos.
El 29 de septiembre de 1872, casi un año después de colocarse la primera piedra, el cementerio recibió a su primer ocupante: el propio arquitecto Calixto Aureliano de Loira y Cardoso, autor del proyecto ganador. Fallecido antes de ver concluida su obra, fue sepultado en la denominada Galería de Tobías, posteriormente clausurada.
Al año siguiente falleció también el arquitecto Félix de Azúa, quien, según diversas fuentes, había sido designado para continuar las obras tras la muerte de Loira. La muerte consecutiva de ambos arquitectos dio origen a supersticiones populares e incluso a la creencia de que sobre el cementerio pesaba una maldición.
En el centro de la necrópolis se levanta una capilla de estilo neobizantino, concebida como eje arquitectónico del conjunto y uno de sus elementos más representativos.
Durante la República (1902-1958) se erigieron numerosos panteones de estilos ecléctico, neoclásico, art déco y modernista, que reflejan la prosperidad de muchas familias, asociaciones e instituciones de la época. Después de 1959, el cementerio continuó siendo lugar de sepultura de destacadas personalidades de la cultura, las artes y otros ámbitos de la sociedad cubana.
El cementerio está organizado sobre una planta rectangular con un trazado ortogonal de calles y avenidas principales que divide el terreno en cuatro cuarteles: Noreste, Noroeste, Sureste y Suroeste.
Todo el conjunto está estructurado en torno a dos grandes avenidas: una en sentido norte-sur, denominada Cristóbal Colón, y otra en sentido este-oeste, llamada Obispo Espada. Ambas se cruzan formando una gran cruz, en cuyo punto central se levanta la Capilla Central, de estilo neobizantino, considerada única en Cuba por su planta octogonal.
La entrada principal del cementerio está concebida como un arco monumental de marcado estilo historicista, rematado por un conjunto escultórico de mármol de Carrara de más de 21 metros de altura y 34 metros de ancho.
El conjunto incluye los relieves La resurrección de Lázaro y La crucifixión de Jesucristo. El muro perimetral, de aproximadamente tres metros de altura y decorado con cruces de la Redención en bajorrelieve, constituye también uno de los elementos más distintivos de la necrópolis.
Este conjunto monumental representa las tres virtudes teologales —Fe, Esperanza y Caridad—. Fue concebido por el arquitecto Calixto Aureliano de Loira y Cardoso, mientras que las esculturas fueron ejecutadas por el artista cubano José Vilalta Saavedra.
El cementerio se distingue por la gran cantidad de mausoleos y panteones que reproducen, a menor escala, formas arquitectónicas inspiradas en palacios, iglesias y capillas. Entre los estilos predominantes figuran el neobizantino, el neogótico, el neoclásico, el ecléctico, el modernista y el art déco, reflejo de las preferencias estéticas de distintas épocas y grupos sociales.
Entre los mausoleos más sobresalientes se encuentran los erigidos por sociedades de beneficencia, familias acomodadas y asociaciones profesionales. Muchos de ellos incorporan esculturas figurativas y relieves alegóricos que evocan la trascendencia, la muerte y la memoria.
Uno de los conjuntos escultóricos más emblemáticos es el Panteón del Cuerpo de Bomberos, dedicado a los bomberos fallecidos durante el incendio ocurrido el 17 de mayo de 1890. Este monumento funerario, realizado en mármol por el escultor español Agustín Querol, fue concebido sobre un diseño arquitectónico de Julio Martínez Zapata. Sus figuras representan a los bomberos caídos, mientras una figura alegórica simboliza la fe guiando al héroe hacia la inmortalidad.
En numerosas sepulturas pueden observarse símbolos como antorchas invertidas, ramas de laurel, relojes de arena y ángeles alados, elementos propios de la iconografía funeraria que representan el fin de la vida terrenal, el paso del tiempo, la victoria sobre la muerte y la esperanza en la vida eterna.
Durante el siglo XIX estuvo vigente una disposición conocida como Zona Cementerial, que prohibía la construcción de viviendas y otras edificaciones habitables en un radio aproximado de 1 000 metros alrededor del cementerio. Con el crecimiento urbano experimentado por La Habana durante el siglo XX, esta restricción dejó de observarse.
Hasta la década de 1940 existió un muro que separaba las áreas destinadas a las personas fallecidas por enfermedades epidémicas y otra sección reservada para quienes no profesaban la fe católica.
Todavía se conservan los Libros de Protocolo e Inhumaciones, donde se registran las propiedades de las parcelas y los datos de las personas sepultadas desde 1874.
La Galería de Tobías es considerada el conjunto funerario más antiguo de la necrópolis. Fue construida para aliviar la falta de espacio del Cementerio de Espada. De estructura subterránea y edificada con mampostería y ladrillo, alberga más de 500 nichos.
En la actualidad, esta gran ciudad funeraria ocupa una superficie de 57 hectáreas (570 000 m²). Sus 222 cuadros reúnen alrededor de 53 360 propiedades funerarias y cerca de 70 000 obras de valor artístico, entre ellas más de 20 000 conjuntos monumentales, incluidos panteones, mausoleos, capillas, sepulcros y osarios. A lo largo de su historia, el cementerio ha sido ampliado en varias ocasiones para responder al crecimiento de la ciudad y a la demanda de espacios funerarios.
Allí convergen diversos estilos arquitectónicos y materiales constructivos que reflejan el poder adquisitivo y las preferencias estéticas de quienes encargaron los monumentos funerarios. Suntuosos mausoleos y sencillas tumbas materializan el lema del proyecto ganador de Calixto Aureliano de Loira y Cardoso.
El cementerio alberga los restos de numerosas personalidades destacadas de la historia, la política, la literatura, las artes, el deporte y otras esferas de la vida nacional. Entre ellas se encuentran:
• Leonor Pérez Cabrera y Mariano Martí Navarro, padres de José Martí.
• José Raúl Capablanca (1888-1942), campeón mundial de ajedrez entre 1921 y 1927, considerado uno de los mejores ajedrecistas de todos los tiempos.
• Alejo Carpentier (1904-1980), novelista, ensayista y musicólogo y Premio Miguel de Cervantes en 1977.
• Juan Chabás (1900-1954), escritor y crítico literario español, integrante de la Generación del 27.
• José Lezama Lima (1910-1976), poeta, ensayista y novelista, autor de Paradiso.
• Dulce María Loynaz (1902-1997), poeta y escritora, galardonada con el Premio Miguel de Cervantes en 1992.
• Rita Montaner (1900-1958), cantante, actriz, pianista y vedette, conocida artísticamente como La Única.
• Eduardo Chibás Ribas (1907-1951), fundador del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y una de las figuras políticas más influyentes de la primera mitad del siglo XX.
• William Alexander Morgan (1928-1961), norteamericano fusilado por Fidel Castro y Guevara.
• Germán Pinelli (1907-1996), presentador, actor y locutor.
• Luciano “Chano” Pozo (1915-1948), percusionista, compositor y una de las figuras más influyentes del jazz afrocubano.
• Eligio Sardiñas “Kid Chocolate” (1910-1988), Campeón Mundial de Boxeo en 1931 y 1932.
También reposan en esta necrópolis varias decenas de generales del Ejército Libertador, entre ellos el Generalísimo Máximo Gómez Báez (1836-1905), así como la mayoría de los presidentes de la República de Cuba entre 1902 y 1958, con excepción de Gerardo Machado, Fulgencio Batista y Carlos Prío Socarrás.
Algunos de sus sepulcros más famosos
La tumba de La Milagrosa: Una de las sepulturas más visitadas es la de Amelia Goyri de la Hoz, conocida popularmente como La Milagrosa. Según la tradición, Amelia falleció durante el parto junto con su hijo y ambos fueron enterrados en la misma tumba. Años después, al exhumar los restos para trasladarlos, se afirmó que el cuerpo de Amelia sostenía al niño entre sus brazos, hecho que dio origen a una de las leyendas más populares de La Habana. Desde entonces, miles de personas acuden a este lugar para pedir favores o agradecer los milagros que le atribuyen, dejando flores, cartas y otros objetos como muestra de gratitud.
La tumba del Dominó: Otra de las sepulturas más curiosas del Cementerio de Colón es la conocida como la Tumba del Dominó. Según la tradición, Juana Martín de Martín, apasionada jugadora de dominó, disputaba una partida cuando solo conservaba una ficha: el doble tres. Su adversario colocó inesperadamente una ficha que anuló cualquier posibilidad de victoria. La impresión fue tan intensa que Juana sufrió un infarto fulminante mientras aún sostenía el doble tres entre sus manos. En homenaje a su memoria, sus amigos costearon un monumento funerario donde aparece representada la jugada y destaca una gran ficha con el doble tres.
El Mausoleo a los Bomberos: El Mausoleo a los Bomberos es considerado uno de los conjuntos escultóricos más impresionantes del Cementerio de Colón, tanto por su monumentalidad como por su extraordinario valor artístico e histórico. Con una altura aproximada de diez metros, fue erigido en homenaje a los 25 bomberos fallecidos durante el incendio de la ferretería Isasi y Compañía, ubicada en la esquina de las calles Mercaderes y Lamparilla.
La noche del 17 de mayo de 1890, poco después de las 10:30, se declaró un incendio en el establecimiento y acudieron de inmediato bomberos municipales, bomberos del comercio, agentes de la autoridad y numerosos vecinos. Cuando el fuego se hizo incontrolable, uno de los bomberos abrió un boquete en la puerta con un hacha para introducir una manguera. En ese instante ocurrió una violenta explosión provocada por un depósito de dinamita almacenado ilegalmente en el interior del edificio.
La tragedia dejó un saldo de 38 fallecidos, entre ellos 25 bomberos, además de varios policías, un marino y civiles, así como más de 60 personas heridas. El monumento perpetúa el recuerdo de quienes perdieron la vida en uno de los desastres más dramáticos ocurridos en la historia de La Habana.
En este imponente mausoleo puede apreciarse un ángel alado, con los ojos vendados, que sostiene en sus brazos a un bombero agonizante. Alrededor del sepulcro se alzan cuatro figuras femeninas que simbolizan la Abnegación, el Dolor, el Heroísmo y el Martirio. El monumento fue diseñado por el arquitecto español Julio Martínez Zapata y esculpido por su compatriota Agustín Querol Subirats.
Ubicado en la avenida principal de acceso al cementerio, constituye el mausoleo de mayor altura de toda la necrópolis.
La construcción del monumento fue posible gracias a una suscripción pública promovida por el pueblo cubano para rendir homenaje a los bomberos fallecidos. La torre presenta una singularidad: en ella aparecen esculpidos los rostros de los bomberos que perdieron la vida en el incendio. Algunos de ellos se repiten, pues el escultor no disponía de imágenes de todos los fallecidos y recurrió a la repetición de algunos modelos.
También pueden observarse murciélagos esculpidos, símbolo tradicional del mal, así como gruesas cadenas que terminan en lágrimas de piedra, representación del dolor que la tragedia causó en la sociedad cubana.
El Panteón de Catalina Lasa y Juan Pedro Baró: Frente al Mausoleo a los Bomberos se encuentra uno de los panteones más célebres del Cementerio de Colón: el de Catalina Lasa del Río (1875-1930) y su esposo, el hacendado matancero Juan Pedro Baró (1861-1939).
Catalina fue considerada por muchos de sus contemporáneos una de las mujeres más bellas de Cuba. Contrajo matrimonio con Luis Estévez Abreu, hijo de la benefactora Marta Abreu y del político Luis Estévez Romero, quien llegó a ocupar la Vicepresidencia de la República durante el gobierno de Tomás Estrada Palma. De ese matrimonio nacieron tres hijos.
Durante la vida social habanera conoció a Juan Pedro Baró, quien también estaba casado. Entre ambos surgió una relación sentimental que pronto provocó un gran escándalo en la sociedad de la época. Tras separarse de sus respectivos cónyuges, viajaron a Europa en busca de una solución legal que les permitiera contraer matrimonio.
En Roma obtuvieron la nulidad eclesiástica del matrimonio religioso de Catalina mediante autorización concedida durante el pontificado de Benedicto XV. Más tarde, tras la aprobación de la Ley del Divorcio en Cuba, en 1918, pudieron regularizar definitivamente su situación matrimonial.
Catalina falleció en París el 3 de noviembre de 1930. Su cuerpo fue trasladado posteriormente a La Habana para recibir sepultura en el Cementerio de Colón. El certificado de defunción conservado en sus archivos atribuye su muerte a una intoxicación alimentaria.
Profundamente afectado por la pérdida de su esposa, Juan Pedro Baró decidió construir un panteón digno de la mujer a la que había amado durante toda su vida. Los restos de Catalina fueron depositados allí el 21 de abril de 1932. En el interior del monumento, la luz atraviesa unos vitrales franceses con motivos de rosas, proyectando una de ellas sobre la lápida donde descansan sus restos. Como homenaje adicional, Juan Pedro colocó un ramo de rosas elaborado con piedras preciosas.
Juan Pedro Baró falleció nueve años después, en 1939, y fue sepultado junto a Catalina. Desde entonces, las monumentales puertas de granito negro del panteón permanecen cerradas.
La tumba de Jeannette Ryder y su perra Rinti: Otra de las sepulturas más conocidas del Cementerio de Colón es la de Jeannette Ford Ryder (1866-1931), ciudadana estadounidense nacida en Wisconsin que dedicó gran parte de su vida a la protección de los más necesitados.
Tras establecerse en Cuba, promovió diversas obras benéficas y fundó la Sociedad Cubana Protectora de Niños, Animales y Plantas, conocida popularmente como Bando de Piedad, institución creada el 27 de octubre de 1906. Su labor en favor de los huérfanos, las personas desamparadas y los animales abandonados la convirtió en una de las grandes figuras del movimiento humanitario cubano.
Según la tradición, Jeannette iba siempre acompañada de su inseparable perra Rinti.
Su tumba, situada en la calle 14, entre H y Fray Jacinto, es conocida popularmente como la tumba de la lealtad. La leyenda cuenta que, tras la muerte de su dueña, Rinti permaneció junto al sepulcro, negándose a comer y a beber hasta fallecer. Conmovidos por su fidelidad, los trabajadores del cementerio decidieron sepultar también al animal junto a Jeannette, convirtiendo este lugar en uno de los más visitados de la necrópolis.
El escultor cubano Fernando Boada inmortalizó a Rinti junto a su dueña, convirtiendo este monumento en uno de los más entrañables del Cementerio de Colón.
El Panteón de la familia Falla Bonet: Situado en la avenida Cristóbal Colón, entre las calles E y G, en una de las zonas más monumentales de la necrópolis, el panteón de la familia Falla Bonet es considerado una de las obras de mayor valor artístico del cementerio.
El prestigioso escultor español Mariano Benlliure realizó para esta acaudalada familia un conjunto funerario presidido por una pirámide truncada de granito gris pulido, coronada por una majestuosa escultura de bronce que representa la Ascensión de Cristo. Diversos elementos ornamentales complementan el conjunto y realzan su extraordinaria riqueza artística.
La tumba del hombre enterrado de pie y armado: Corresponde a Eugenio Casimiro Rodríguez Cartas, protagonista de una de las historias más singulares del Cementerio de Colón. Según la tradición, es la única persona sepultada de forma vertical en esta necrópolis. Se afirma, además, que fue enterrado con una pistola en cada mano y un billete de cien dólares en uno de sus bolsillos, tal como había solicitado antes de morir.
Natural de San José de las Lajas, Eugenio Rodríguez Cartas se ganó fama de hombre temido y gustaba de proclamarse “el más guapo de todos los cubanos”. Paradójicamente, inició su vida pública como agente del orden en su localidad natal. Gracias a un brillante expediente fue trasladado a Cienfuegos para desempeñarse como jefe de la policía, cargo durante el cual comenzó una trayectoria marcada por la corrupción y la violencia, hasta convertirse en un conocido pistolero al servicio de intereses políticos.
Su vinculación con el crimen no tardó en llevarlo ante la justicia. En 1911 fue condenado por la Audiencia de Santa Clara por un delito de asesinato.
En 1917 volvió a verse implicado en un hecho de sangre relacionado con el asesinato del político canario Florencio Guerra Díaz, quien había ejercido como alcalde provisional de Cienfuegos. A raíz de este caso fue condenado a cadena perpetua.
Trasladado al Castillo del Príncipe, en La Habana, aguardó allí el cumplimiento de su condena. Según diversas crónicas de la época, realizaba labores de limpieza dentro del presidio sin perder la actitud desafiante que lo caracterizaba.
El director de la prisión era entonces el capitán José Ángel de Ors, esposo de María Teresa Zayas Arrieta (1892-1952), hija del presidente Alfredo Zayas y Alfonso. Durante las frecuentes visitas que realizaba a la penitenciaría para acompañar a su esposo, María Teresa conoció a Eugenio Rodríguez Cartas y, según la tradición, quedó profundamente impresionada por su personalidad.
Con el tiempo aumentó la frecuencia de sus visitas y terminó enamorándose del recluso. Finalmente solicitó a su padre que intercediera para obtener su indulto. El presidente accedió a la petición y Eugenio recuperó la libertad.
La relación entre ambos continuó después de la excarcelación. En 1940 María Teresa fue elegida senadora de la República y, cuando renunció temporalmente a su escaño en 1942, este fue ocupado por Eugenio Rodríguez Cartas, quien era su suplente. Más tarde, en las elecciones de 1944, María Teresa regresó al Senado, mientras Eugenio obtuvo un acta como representante a la Cámara, cargo para el que fue reelegido en 1948.
Sin embargo, su violento pasado no quedó atrás. El 3 de mayo de 1950 asesinó a tiros, en el edificio América, situado en la esquina de Galiano y Neptuno, al también representante a la Cámara Rafael Frayle Goldarás.
Cuando abandonaba el edificio, un agente de policía intentó detenerlo. Rodríguez Cartas, aún con el arma en la mano, respondió:
—¡Usted no puede detenerme! Soy el representante Eugenio Rodríguez Cartas y me ampara la inmunidad parlamentaria.
Acto seguido abandonó el lugar sin ser arrestado.
Durante algún tiempo la fortuna continuó favoreciéndolo. Convertido en un hombre rico e influyente, vivió rodeado de poder, excesos y violencia, consciente de que el destino podía alcanzarlo en cualquier momento.
Todo transcurrió con aparente normalidad hasta que, un día, María Teresa, la mujer que le había entregado cuanto poseía, regresó inesperadamente a su apartamento del edificio América y sorprendió a Eugenio Rodríguez Cartas en compañía de otra mujer. Según diversas versiones de la época, la impresión fue tan fuerte que sufrió un infarto fulminante que le ocasionó la muerte.
Rodríguez Cartas falleció poco tiempo después. Fiel a la imagen de hombre temido que cultivó durante toda su vida, dejó expresado su deseo de ser sepultado de forma vertical, pues, según se le atribuye, afirmaba: “Un hombre que ha permanecido de pie durante toda su vida también debe entrar de pie en el infierno”.
De acuerdo con la tradición popular, Eugenio Casimiro Rodríguez Cartas es la única persona enterrada verticalmente en el Cementerio de Colón. La leyenda añade que fue sepultado con una pistola en cada mano y un billete de cien dólares en el bolsillo, como símbolo de la fortuna y del poder que lo acompañaron durante gran parte de su vida.
La tumba del arquitecto Mata: La tumba del arquitecto José Francisco Mata, director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana y presidente del Colegio Nacional de Arquitectos, constituye uno de los monumentos funerarios más originales de la necrópolis.
Tras su fallecimiento en 1919, su amigo, el arquitecto Armando Gil Castellanos, diseñó un sepulcro en forma de pirámide de proporciones geométricamente puras, inspirado en las antiguas pirámides egipcias, aunque a una escala mucho menor.
La otra estructura piramidal existente en el Cementerio de Colón es el Panteón de la familia Falla Bonet, aunque en este caso se trata de una pirámide truncada.
La tumba de José Francisco Mata se encuentra en la calle 2, entre E y F.
La tumba de José Raúl Capablanca: Considerado por muchos especialistas como uno de los mejores ajedrecistas de todos los tiempos, José Raúl Capablanca descansa en el Cementerio de Colón, en la ciudad que lo vio nacer.
Su tumba, situada en la calle 8, entre A y B, está presidida por un gran rey de ajedrez tallado en mármol blanco, símbolo que identifica al célebre campeón mundial y convierte su sepultura en una de las más reconocibles del camposanto.
El Panteón de los Prelados: En una zona céntrica del cementerio se levanta el Panteón de los Prelados, cuyo primer ocupante fue el célebre obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, conocido como el Obispo de Espada.
El monumento está presidido por un pilar de estilo clásico coronado por un ángel alado. En su base aparecen representados diversos símbolos episcopales, entre ellos la mitra, el báculo pastoral y la cruz. Todo el conjunto está protegido por una elegante verja balaustrada, donde las lámparas votivas y las antorchas invertidas simbolizan la luz eterna, el descanso y la paz.
El Panteón de los Naturales de Ortigueira: Sin ostentaciones excesivas, los emigrantes procedentes de Ortigueira, en Galicia, levantaron este panteón colectivo con el propósito de permanecer unidos incluso después de la muerte, lejos de su tierra natal.
El monumento, elaborado en piedra y mármol negro, está adornado con relieves que evocan el vínculo de esta comunidad con su lugar de origen y constituye un emotivo homenaje a la emigración gallega en Cuba.
La Tumba del Amor: La llamada Tumba del Amor guarda los restos de Margarita Pacheco Alonso y Modesto Canto Menjíbar, protagonistas de una de las historias más románticas del Cementerio de Colón.
Modesto Canto (1890-1977), profesor, músico y escultor, conoció a Margarita Pacheco (1920-1959) cuando ella era su alumna. La diferencia de treinta años entre ambos provocó el rechazo de parte de sus familiares y de la sociedad de la época. Sin embargo, permanecieron unidos hasta la muerte prematura de Margarita en 1959.
Profundamente afectado por su pérdida, Modesto esculpió personalmente el busto de mármol que preside la tumba. Cuando falleció en 1977 fue sepultado junto a ella.
La lápida lleva una inscripción tan sencilla como conmovedora: “Margarita y Modesto”.
Esta tumba se encuentra en el Cuartel Sureste, calle 13, entre L y K.
La tumba de Leocadia y el Hermano José: Una de las tumbas más populares y visitadas del Cementerio de Colón es la de Leocadia Pérez Herrera y el Hermano José, conocido por sus devotos como Taita José, figuras muy veneradas dentro de la religiosidad popular cubana.
Leocadia Pérez Herrera fue durante muchos años una reconocida médium espiritista y practicante de la religión yoruba en La Habana. Gracias a las consultas, consejos y predicciones que, según sus seguidores, realizaba con notable acierto, llegó a ganarse el respeto tanto de creyentes como de personas ajenas a estas prácticas religiosas.
A ella acudían personas de todas las condiciones sociales en busca de orientación, consuelo o ayuda para afrontar problemas personales, familiares o de salud. Quienes la conocieron afirman que nunca cobraba por sus consultas y que dedicó gran parte de su vida a ayudar a los más necesitados.
Según la tradición, el Hermano José era el espíritu guía a través del cual Leocadia transmitía sus mensajes. Sus devotos le atribuyen numerosas obras de caridad realizadas por medio de la médium.
Nunca se conocieron con certeza su verdadera identidad ni su procedencia. Se cuenta que fue el propio Hermano José quien inspiró la realización de un retrato para que sus seguidores pudieran identificarlo visualmente. También forma parte de la tradición la creencia de que todas las fotografías tomadas de ese cuadro resultaban defectuosas y solo mostraban manchas blancas.
La tradición sostiene igualmente que Taita José predijo con exactitud el día de la muerte de Leocadia y prometió que ambos descansarían juntos para siempre. Leocadia falleció el 3 de junio de 1963 y fue sepultada en una modesta tumba junto al retrato del Hermano José, acompañada por un multitudinario cortejo fúnebre.
Con el paso de los años, sus seguidores han intentado erigir un panteón en honor de ambos. Sin embargo, según la creencia popular, el propio Hermano José no lo ha permitido debido a la humildad que siempre lo caracterizó.
Leocadia era una apasionada de la música clásica, especialmente del violín, instrumento que solía acompañar sus sesiones espirituales. Por ello, cada 19 de marzo, festividad de San José, numerosos violinistas participan en una procesión que llega hasta su tumba para rendir homenaje a Leocadia y al Hermano José.
A pesar de los años transcurridos desde su fallecimiento, la tumba permanece constantemente adornada con flores, velas y otras ofrendas. Muchos creyentes continúan visitándola para pedir favores espirituales o agradecer los beneficios que, según su fe, siguen recibiendo.
La Capilla del Conde del Rivero: En la zona central del cementerio se levanta la Capilla del Conde del Rivero, uno de los monumentos funerarios más singulares de la necrópolis.
Concebida con la apariencia de una fortaleza medieval, destaca por la extraordinaria calidad de las esculturas ejecutadas por el artista español Moisés de Huerta, tanto en su exterior como en su interior. En la parte superior sobresale una imponente escultura de bronce que representa a un guerrero medieval con yelmo, escudo y armadura.
La capilla fue construida en 1925 por el arquitecto Félix Cabarrocas para servir de sepultura a Nicolás Rivero y Muñiz, Conde del Rivero, director del periódico Diario de la Marina y miembro de la Orden Franciscana Seglar (Orden Tercera).
La parcela destinada a este monumento fue adquirida por sus herederos en septiembre de 1919. La construcción se financió mediante suscripción pública y dio lugar a una obra de arquitectura sobria y monumental, de marcado carácter militar, concebida como reflejo de la personalidad de quien fue una destacada figura del periodismo y de la vida pública cubana.
El Panteón de la Asociación Vasco-Navarra de Beneficencia: Ubicado en el Cuartel Noreste (calle F, entre 1 y 3), este panteón constituye uno de los monumentos colectivos más representativos del Cementerio de Colón.
La Asociación Vasco-Navarra de Beneficencia fue fundada el 26 de febrero de 1877 por emigrantes vascos establecidos en Cuba con el propósito de ofrecer ayuda material, social y moral a sus compatriotas procedentes del País Vasco y Navarra.
El Panteón de la familia Franchi-Alfaro: Situado también en el Cuartel Noreste, este panteón está inspirado en el célebre Mausoleo de Halicarnaso, considerado una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.
Su autor, el arquitecto español Víctor de Llona, proyectó una elegante capilla de planta octogonal, una solución poco frecuente dentro del Cementerio de Colón. El edificio está rodeado por columnas pareadas que acentúan la armonía y el equilibrio del conjunto.
La familia Franchi —también conocida como Franquis— pertenecía a una de las veintiocho familias inscritas en el Libro de Oro de la nobleza de Génova. Durante la segunda mitad del siglo XV algunos de sus miembros se establecieron en Cádiz; posteriormente pasaron a las Islas Canarias y, ya en el siglo XVIII, se asentaron definitivamente en La Habana, donde llegaron a formar parte de las familias más distinguidas de la sociedad colonial.
En reconocimiento a los servicios prestados a la Corona española, varios miembros del linaje recibieron los títulos nobiliarios de Marqués del Sauzal y Marqués de la Candía.
Luisa Franchi Alfaro fue una destacada poetisa cubana. Durante la Guerra de los Diez Años, dos de sus hijos, Ignacio y Pedro Franchi Alfaro, desempeñaron un activo papel dentro de la emigración independentista. Ambos pertenecieron al círculo de Miguel Aldama y ocuparon cargos de responsabilidad en la Junta Central Republicana de Cuba y Puerto Rico, organización que, desde el exilio, coordinaba buena parte de los esfuerzos a favor de la independencia de Cuba.
La Capilla de Juan Loredo Valdés: Ubicada en la avenida Cristóbal Colón, en una de las zonas de primera categoría del cementerio, la capilla familiar de Juan Loredo Valdés constituye uno de los mejores ejemplos del eclecticismo arquitectónico de la necrópolis, al combinar elementos de los estilos gótico y bizantino.
Más que un simple monumento funerario, su propietario concibió la obra como una elegante residencia familiar destinada al descanso eterno de varias generaciones, concepto que la convirtió en una de las construcciones más originales de comienzos del siglo XX.
Juan Loredo Valdés era hijo del inmigrante vasco Juan Loredo y de Rosa Valdés. Tuvo seis hermanos: Margarita, Dámaso, Carmen, Mercedes, María y Ángela.
Su padre fue propietario del importante almacén de víveres Loredo y Compañía, situado en la calle Sol, entre Aguacate y Villegas. Posteriormente, la empresa amplió sus actividades como importadora de vinos y, a partir de 1917, incursionó en la fabricación del conocido Almidón Loredo, producido en una próspera fábrica ubicada en la carretera de Güira de Melena a Alquízar. Durante la década de 1920, la empresa también arrendó almacenes destinados al depósito de mercancías.
Juan Loredo Valdés y su esposa, María Bernal, residieron durante algún tiempo en Güira de Melena, donde nació su hijo Juan Loredo Bernal, quien con los años llegó a convertirse en un prestigioso abogado y notario de esa localidad. En 1959, otro de sus hijos, Néstor Loredo Bacallao, presidía la fábrica de almidón de la familia.
El Panteón de las Fuerzas Armadas: Construido por el prestigioso estudio de arquitectura Govantes y Cabarrocas, este monumento destaca por su sobriedad y monumentalidad.
Diseñado por los mismos arquitectos que proyectaron el Capitolio Nacional, fue inaugurado durante el gobierno de Gerardo Machado como homenaje al Ejército de la República. El empleo de mármol y bronce refuerza la imagen de solemnidad y permanencia que caracteriza al conjunto.
La Capilla Steinhart: Construida en 1938, se encuentra a pocos metros de la Capilla Central del Cementerio de Colón.
La parcela había sido adquirida en 1925 por el empresario estadounidense Frank Maximilian Steinhart, con el propósito de levantar un panteón familiar. Steinhart fue cónsul de los Estados Unidos en Cuba y presidente de la Havana Electric Railway, Light and Power Company, una de las compañías más importantes del país durante la primera mitad del siglo XX.
El monumento constituye un excelente ejemplo de la arquitectura art déco, caracterizada por sus líneas sobrias y su cuidada simetría. Sobre la fachada principal destaca un relieve del escultor cubano Juan José Sicre, que representa a un ángel con los brazos abiertos rodeado por rayos de luz. Debajo del relieve puede leerse el apellido Steinhart.
La estructura fue construida con hormigón armado y muros de piedra de Jaimanitas. La base y la escalinata son de granito, mientras que el interior está revestido de mármol. La puerta principal combina bronce y cristal, materiales que contribuyen a la elegancia del conjunto.
La tumba de Cirilo Villaverde y de Cecilia Valdés: Cirilo Villaverde de la Paz (1812-1894), uno de los grandes novelistas cubanos del siglo XIX, nació el 28 de octubre de 1812 en el ingenio Santiago, próximo a Bahía Honda, y falleció en Nueva York el 23 de octubre de 1894.
Desde su publicación en Nueva York, su célebre novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel ha dado lugar a numerosos debates acerca de si su protagonista estuvo inspirada en una persona real o fue fruto exclusivo de la imaginación del autor.
Una carta escrita por el propio Villaverde revela que el personaje se inspiró, al menos parcialmente, en “una mulata muy linda con quien llevó amores Cándido Rubio, mi condiscípulo y amigo, en La Habana”.
Diversas investigaciones históricas sostienen que la mujer que inspiró a Cecilia Valdés existió realmente y que sus restos descansan también en el Cementerio de Colón, muy cerca de la tumba del escritor.
Según estas investigaciones, Cecilia Valdés, hija de la Real Casa de Maternidad, falleció el 21 de mayo de 1893 a los 39 años de edad.
La tumba de Alberto Yarini: Alberto Yarini Ponce de León (1882-1910) es una de las figuras más legendarias de la historia habanera. Procedente de una familia acomodada, llevó una vida marcada por el juego, las relaciones amorosas y el control de la prostitución en el barrio de San Isidro. Al mismo tiempo, fue reconocido por muchos de sus contemporáneos como un hombre culto, elegante y de notable carisma personal.
Su tumba, situada en la calle Quinta y la avenida Obispo Fray Jacinto, permanece casi siempre adornada con flores, velas y mensajes dejados por quienes continúan viéndolo como un personaje mítico de la cultura popular cubana.








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