ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

4 de agosto de 2026

CAPÍTULO II

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

—¡La escribí yo! —casi grita. Baja la voz y en tono confidencial añade—: Frente a la índole del proyecto, poco importa el origen; lo que interesa es la creación del mito para consolidar la fuerza del partido y extender nuestros puntos de vista, dentro del contexto histórico desde el que regiríamos los destinos del pueblo. Por eso necesito destruir la carta.

—Te aseguro, para tu tranquilidad, que la rompí en pedazos. Lastimaba la memoria de mi amigo. Él murió y estimé que, de conservarla, en algún momento, una persona ajena podría tener acceso a sus confesiones y recomendaciones.

—¿Puedo confiar en lo que acabas de decir?

—Puedes hacerlo —Cándido afirma.

—¿Te unirás a mi proyecto?

—No, porque es una mentira hecha a partir de un resentimiento personal.

—El resentimiento puede ser una magnífica fuerza impulsora. Al igual que muchos jóvenes del pueblo, cuando terminé la escuela local, soñé con cruzar la frontera fluvial para ir a la gran ciudad —Celso confiesa—. Pero, como la gran mayoría, no pude. Como tú, fui autodidacta. Tú terminaste fabricando y volando papalotes. También, cuidando caballos para poder mantener a tu familia. Yo, gracias a la intervención de un amigo influyente, me convertí en el limpiador municipal de viviendas deshabitadas y de ancianos impedidos. Trabajo envidiado por muchos, ya que te permite apropiarte, con cautela, de algunos objetos y prendas para venderlos discretamente y, de esa forma, redondear el presupuesto del mes —por un instante reflexiona, para terminar confesando—. Pero esa actuación daña y lastima la inteligencia. Te disminuye frente a ti mismo.

—Por mi parte, estoy orgulloso de lo que hago. Disfruto hacer y empinar papalotes. De la misma manera, he aprendido a admirar la nobleza e inteligencia de los caballos. No necesito mucho más —Cándido afirma.

***   ***   ***

—¿Es cierto que destruiste la carta…? —Bartolo interrumpe el relato de Cándido.

—Es cierto, la rompí. No le mentí a Celso Trafid Zur.

—¿Él te creyó?

—Al principio simuló que sí, pero con el pasar de los días volvió a preguntar sobre la dichosa carta. Fueron tantas veces que terminé incomodándome, al punto que le pedí no volviese a dirigirme la palabra. También, por entonces, empleando a uno de sus seguidores me envió disculpas y reiteró la propuesta para que me uniera a su agrupación y campaña electoral. De nuevo rehusé.

—¿Por eso ahora estás tan preocupado?

—Exactamente. Celso Trafid Zur no tiene nada que aportar a los vecinos del pueblo. Imponer el miedo y el odio, a través de Polución Mental, es lo único que podemos esperar. Todos debemos cuidarnos.

Bartolo no responde. Reinicia el trabajo y los golpes del martillo vuelven a incomodar al pitirre.

—Te veo en casa —Cándido se despide y toma el sendero de regreso.

Bartolo, en alto, detiene el martillo. Contempla las espaldas del padre y alzando la voz exclama:

—No podrá con nosotros, con el pueblo. Celso Trafid Zur es una mentira y como tal se irá a bolina.

Cándido no se voltea. Sigue la marcha; en ademán de despedida levanta la diestra y la agita sobre la cabeza.

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