Cuando pienso en mi vida, me estremezco al comprobar que, una y otra vez, le asigno muy poco valor al paso del tiempo. Tal vez porque, desde mi juventud, siempre he tenido la impresión de que aún queda mucho por delante. Sin embargo, hace poco sucedió algo que me hizo ver las cosas de una manera diferente.
Uno de mis mejores compañeros de la escuela primaria, con quien compartí juegos, estudios e ilusiones, falleció en un accidente automovilístico. Así, de repente; así, de duro.
Al recibir esa trágica noticia, su recuerdo acudió de inmediato a mi mente y sentí su partida con una profunda tristeza, mientras resonaban en mi memoria las estrofas de aquella famosa canción que dice: “Cuando un amigo se va, algo se pierde en el alma”.
Aquel hecho, sumado a diversas circunstancias, me llevó a reflexionar sobre mi vida y a evaluar seriamente cómo utilizo el principal recurso no renovable del que dispongo: el tiempo.
¿Para qué estoy en este mundo? ¿Qué hago con los días y el tiempo que me han sido concedidos?
Fue entonces cuando leí la siguiente reflexión:
Para comprender el valor de un año… habla con un estudiante que fracasó en sus exámenes finales.
Para comprender el valor de un mes… habla con la madre de un bebé prematuro.
Para comprender el valor de una semana… habla con el redactor de un semanario.
Para comprender el valor de un día… habla con el obrero que debe alimentar a su familia.
Para comprender el valor de una hora… habla con una pareja de enamorados que ansía volver a verse.
Para comprender el valor de un minuto… habla con la persona que perdió el tren.
Para comprender el valor de un segundo… habla con quien sobrevivió a un accidente.
Para comprender el valor de una milésima de segundo… habla con quien no pudo ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos.
Y la Biblia nos exhorta:
“Tengan cuidado de cómo se comportan. Vivan como personas sabias y no como necios. Aprovechen bien cada oportunidad, porque los días son malos. No sean insensatos; procuren entender cuál es la voluntad del Señor”.
Efesios 5:15-17
VALOR DE LA AMISTAD
No puedo darte soluciones para todos los problemas de la vida, ni tengo respuestas para tus dudas o temores… Pero puedo escucharte y buscarlas a tu lado.
No puedo cambiar tu pasado ni tu presente… Pero, cuando me necesites, estaré junto a ti.
No puedo evitar que tropieces… Solamente puedo ofrecerte mi mano para que te sostengas y no caigas.
Tus alegrías, tus triunfos y tus éxitos no son míos… Pero disfruto al verte feliz.
No juzgo las decisiones que tomas en la vida… Solo me limito a apoyarte, a animarte y a ayudarte, si me lo pides y me lo permites.
No puedo trazarte los límites dentro de los cuales debes actuar… Pero sí puedo ofrecerte el espacio necesario para que crezcas.
No puedo evitar tus sufrimientos cuando alguna pena rompe tu corazón… Pero puedo llorar contigo y recoger los pedazos para ayudarte a reconstruirlo.
No puedo decirte quién ni cómo deberías ser… Pero puedo amarte y respetarte tal como eres.
Problemas, conflictos, contratiempos, malentendidos… Todos los que quieras. Pero, en el fondo, lo que más me preocupa es llegar a ser el amigo que tú te mereces.






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