CON CUBA EN EL CEREBRO

4 de agosto de 2026

Una mariposa revoloteando en un jardín de Hialeah me lleva mentalmente a otra que vi en un solar yermo del residencial Mayabeque.

Solo hay que mencionar delante de mí a Roldán el Temerario o al indio “Karinoa” e ipso facto mi mente sintoniza la radio cubana de ayer.

Veo un Chevrolet del 57 o un Buick del 56, y mi memoria retrocede 68 años en un segundo.

Una pareja de tomeguines del Pinar, en una jaula, casi arranca lágrimas de mis ojos al recordar aquel que solté en agosto de 1962.

Una vieja y destartalada bicicleta Niágara puede emocionarme. Un palo de trapear, un cielo estrellado, un poema, un arbolito de Navidad, un paisaje, el sabor de una guayaba verde con sal o ver a una persona tirando un cubo de agua a la calle un 31 de diciembre me llevan a recordar mi pasado cubano.

Una melodía de cantantes ya desaparecidos, como Barbarito Diez, Tejedor o Vicentico Valdés, me monta en una “cápsula espacial” con rumbo a Cuba.

Un tinajón me recuerda a Camagüey; un cementerio me lleva a Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, la sagrada tierra donde reposan mis hermanos escogidos, Antonio Calatayud y Arnoldo Varona…

Un trago de guarapo y “ya estoy en Cuba”. ¿Usted nunca se ha tomado una cucharada de melao de caña, ha cerrado los ojos y ha sentido que retrocede muchos años, encontrándose de pronto en medio de la campiña cubana, mientras yo entro en los centrales Gómez Mena, Providencia o Amistad?

Dígame la verdad: ¿usted puede escuchar el trinar de un sinsonte, ver un colibrí, tomarse un mojito o escuchar la palabra jutía, sin que le dé un “ataque” de cubanía?

Mencione delante de mí al Stadium del Cerro, al río Almendares, a la CMQ, al Congo de Catalina, a la Manzana de Gómez, al bidet de Paulina, al Cristo de La Habana, a la Virgen del Camino, al Aeropuerto José Martí, al Cauto, al Hanabanilla o a Soroa, y mi corazón brinca de alegría.

Un girasol, una paloma, una rosa blanca, una ceiba, una palma, un cocotero, un helado de mantecado, un grillo malojero, un cocuyo, una carriola, unas canicas, un quimbombó, una barra de dulce de guayaba, una mata de mango, otra de aguacate, escuchar el grito de Tarzán… todo me recuerda la Cuba del pasado glorioso.

Ver a un norteamericano mascando andullo inmediatamente me hace recordar a Rocky Nelson, el inicialista del Almendares. Un bate pintado de rojo me recuerda a Perucho Formental.

Un niño en un parque empinando un papalote, una gaviota volando sobre el mar, el canto de un gallo al amanecer, el zumbido de una abeja, una amenazadora avispa, una montaña rusa, un cachumbambé, un “tiovivo”, el olor a chapapote, una carroza en un carnaval, alguien lanzando una serpentina o una cucharada de azúcar prieta.

Unos caramelos en un Publix me recuerdan los que me vendía Isolina en la bodega de Joseíto Márquez, en Pinillos y Soparda, desde luego, en el valle de Güines.

El humo de un habano, los sagrados nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar, las aguas cristalinas de un río, un aguacero, un rayo, un trueno, una lechuza, los dados de un cubilete, una guayabera, un machete, una maltrecha foto del Caballero de París y catorce mil cosas más me recuerdan a Cuba.

Que otros te olviden; yo no puedo. Cuba, siempre en mi corazón, en mi alma y en mi cerebro. ¡Amén!

Es como si tuviera pintada la bandera de la Estrella Solitaria en mi amplia frente.

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