Por F. Balmer y R. Wylie (1934)
A la mañana siguiente, Tony leyó en los titulares de su diario: LOS CIENTÍFICOS FORMAN UNA SOCIEDAD SECRETA DENOMINADA “LA LIGA DE LOS ÚLTIMOS DÍAS”
Un segundo suplemento de otro periódico no añadía mucho más:
SENSACIONAL SECRETO DESCUBIERTO
Los científicos del mundo se comunican por medio de una extraña clave.
Cuando Tony llegó a su apartamento, su criado japonés le sonrió cariñosamente. Se quitó el abrigo y el sombrero de copa, se dejó caer en un cómodo butacón, hizo que le acercaran el teléfono y llamó a Eva. Le informaron que, por orden expresa, el servicio telefónico de aquel número había sido desconectado durante toda la noche.
—Tráeme un high-ball, Kyto —dijo Tony, por todo comentario—. Y alcánzame ese maldito periódico.
Y Tony leyó:
“El descubrimiento de un secreto de extraordinaria importancia mantiene excitado a todo el mundo científico”.
“A pesar de negarlo los científicos americanos y extranjeros, el STANDARD se ha apropiado de copias de más de un cablegrama en clave, intercambiado entre distintos físicos y astrónomos de los Estados Unidos y el profesor Ernest Heim, de la Universidad de Heidelberg, Alemania”.
“Este periódico ha podido identificar los nombres de los receptores y expedidores de los misteriosos mensajes en clave, entre los que se encuentran el profesor Yerksen Leeming, de Yale; el doctor K. Beldith, de Columbia; Cole Hendron, de la Universal Electric and Power Corp.; y el profesor Eugene Taylor, de Princeton. Algunos de estos científicos negaron al principio que tal comunicación secreta, mediante clave, se hubiera sostenido entre ellos; pero otros, puestos frente a copias de los mensajes transmitidos, admitieron ser sus autores, aunque afirmaron que en ellos solo se hacía referencia a simples investigaciones científicas llevadas adelante por distintos grupos y colectividades de astrónomos. Han reiterado que el motivo de tales investigaciones carece de importancia pública”.
“Pero los asuntos van siendo cada vez más desentrañados gracias a la sagacidad de nuestros reporteros. Por ejemplo, hoy hemos descubierto que un correo especial, procedente del Sur de África, enviado por lord Rhondin y por el profesor Bronson, de Ciudad del Cabo, ha volado desde los confines del continente negro con una misteriosa caja negra. Ya en Cherburgo, el mensajero tomó el rápido vapor Europa y, al arribar al puerto de Nueva York, fue furtivamente extraído del Departamento de Cuarentenas y transportado a la residencia del astrónomo Cole Hendron”.
“El doctor Cole Hendron, jefe de los Consultores Técnicos de la Universal Electric and Power Corp., ha regresado hoy mismo de Pasadena a Nueva York, después de haber permanecido allí largo tiempo trabajando intensamente junto con los astrónomos destacados en el Observatorio del Monte Wilson…”
“Como adición a los desconcertantes y espectaculares aspectos de este extraño misterio científico, se sabe que los científicos asociados en este secreto, y todavía desconocidos por el público, integran la sociedad denominada Liga de los Últimos Días. Lo que esto pueda significar…”
Después no había nada más de importancia en la información, aparte de especulaciones en torno a lo conocido y suposiciones acerca del asunto de que podría tratarse. Tony tiró el periódico a un lado. ¡La Liga de los Últimos Días! Podía ser, desde luego, que aquella organización hubiese sido imaginada por alguno de los periódicos ávidos de sensacionalismo y que, desde allí, se hubiera divulgado su supuesta existencia por toda la ciudad. Pero Tony recordaba ahora, con más viveza que nunca, las casi enigmáticas palabras de Eva Hendron.
Kyto apareció con el high-ball, y Tony lo fue bebiendo lentamente, en apariencia pensativo. Si todo aquello tenía algún significado, debía de tratarse de una amenaza extraordinaria y única que se cernía sobre el género humano. Y fue en ese momento, más que nunca en toda su vida, cuando Tony Drake sintió la necesidad de la compañía humana… ¡Oh, él y Eva!… para afrontar cuanto pudiera venir. Pero también cabía la posibilidad de que todo resultara sencillo y las cosas siguieran su curso natural.
¡Eva entre sus brazos; los labios de ella nuevamente sobre los suyos, como los había sentido hacía tan poco tiempo! ¡Tenerla, poseerla por completo! ¡No podía imaginar una dicha humana mayor que su amor! ¡Y la tendría!
¡Malaventurada Liga de los Últimos Días! ¿Qué era lo que aquellos científicos ocultaban con tanto celo?
Tony se puso violentamente de pie.
—¡Un infierno de cosas! —dijo en alta voz.
—El mundo entero se ha vuelto loco… ¡loco! Por casualidad, Kyto, ¿no le envías tú también mensajes en clave a Einstein?
—¿Masajes fríos?
—Déjalo por hoy. Me voy a la cama. Si mi madre llama del campo, dile que me estoy portando como un buen muchacho y que todavía uso mudas interiores de lana para evitar los resfriados. Necesito dormir para estar listo mañana. Puede que venda quinientas o mil acciones a primera hora. Tengo ese presentimiento…
Cuatro horas más tarde, después de dos intentos fallidos por comunicarse con Eva y de haber sido informado otras dos veces de que el servicio telefónico de la casa de Hendron permanecía desconectado por aquella noche, Tony logró finalmente quedarse dormido.
Fue el serio, exacto y ultrarresponsable “New York Times” el que puso la sensacional noticia ante sus ojos a la mañana siguiente. Un cintillo de extraordinaria negrura y enormes caracteres ocupaba la primera plana: LOS CIENTÍFICOS AFIRMAN QUE MUNDOS DE OTRAS CONSTELACIONES SE APROXIMAN A LA TIERRA
El doctor Cole Hendron hace sorprendentes declaraciones, en las cuales sesenta de los más grandes científicos del mundo se solidarizan con él.
CAPÍTULO III
Tony apenas acababa de despertar cuando Kyto le llevó el periódico.
“El doctor Cole Hendron, generalmente reconocido como el más notable físico y astrónomo de los Estados Unidos —leyó Tony— dio esta mañana muy temprano el siguiente comunicado a la prensa, en su nombre y en el de los sesenta científicos cuyos nombres aparecen en la columna adjunta”.
Los ojos de Tony se dirigieron rápidamente hacia aquella lista, que contenía los nombres de distinguidos astrónomos ingleses, alemanes, franceses, italianos, suizos, americanos, sudafricanos, australianos y japoneses.
“Reportes similares a este han sido entregados simultáneamente a la prensa de todos los países. A fin de evitar la alarma que ha comenzado a levantarse a causa de los crecientes rumores, basados en informes inexactos o mal interpretados sobre el descubrimiento hecho por el profesor Bronson, de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, y con el propósito de dar a conocer al público la situación tal como nosotros la vemos, ofrecemos una explicación detallada de estos sorprendentes hechos”.
“Hace once meses, mientras examinaba una placa fotográfica de la región 15 (Eridanus) de los cielos australes, el profesor Bronson observó la presencia de dos cuerpos situados cerca de la estrella Achernar, que anteriormente no habían sido observados”.
“Ambos eran apenas visibles y aparecían en dirección a la constelación de Eridanus, una de las mayores constelaciones observables desde los cielos del Sur. Fueron designados inicialmente como estrellas variables de largo período que habían aumentado recientemente de tamaño y brillo, después de haber sido demasiado débiles para impresionar las placas fotográficas”.
“Un mes más tarde, al fotografiar nuevamente la misma región, el profesor Bronson comprobó que ambas estrellas habían cambiado de posición. Ningún cuerpo estelar podía presentar un desplazamiento tan rápido en tan corto espacio de tiempo. Resultaba, por tanto, indudable que aquellos cuerpos no eran estrellas. Debían de ser objetos hasta entonces desconocidos, pertenecientes quizá a nuestro sistema solar o procedentes de regiones exteriores que se aproximaban hacia nosotros”.
“Debían de ser nuevos planetas o cometas; o, cuando menos, extranjeros del espacio”.
“Todos los planetas conocidos que giran en torno al Sol se mueven prácticamente en el mismo plano que la órbita de la Tierra. Esta es una verdad incontrovertible, cualquiera que sea el tamaño o la distancia del planeta, desde Mercurio hasta Saturno. Los dos cuerpos descubiertos por Bronson aparecían moviéndose casi en ángulo recto respecto al plano de las órbitas planetarias”.






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