Años Críticos: del camino de la  acción al camino del entendimiento

Written by Enrique Ros

4 de agosto de 2026

Pulsando el temple de Johnson (IV)

CUBA SANCIONADA POR LA OEA

Terminaba junio cuando las naciones del hemisferio se reunían en Washington, en el Consejo de la Organización de los Estados Americanos (OEA), para aprobar, por diecisiete votos y una abstención (México), la resolución sometida al Consejo por la delegación de Costa Rica, que convocaba a una reunión consultiva de ministros de Relaciones Exteriores para el 21 de julio.

Los cancilleres serían llamados a tomar decisiones sobre la acusación de agresión formulada por Venezuela contra Cuba en diciembre del año anterior, una de cuyas posibles consecuencias sería el rompimiento colectivo de las relaciones diplomáticas y económicas, así como la suspensión de las comunicaciones marítimas, telefónicas y telegráficas con la isla.

Comenzaron, de inmediato, las definiciones y las disensiones. Uruguay afirmó que no votaría sanciones contra Cuba ni la ruptura de relaciones con ella. Camino opuesto tomaron Brasil y Nicaragua, que se solidarizaban con Venezuela y afirmaban que se pronunciarían a favor de las sanciones. México, por supuesto, se apresuró a declarar, por boca de su secretario de Relaciones Exteriores, José Gorostiza, que su gobierno no aceptaría la imposición de sanciones contra Cuba.

Como estaba previsto, la Conferencia Extraordinaria inició sus sesiones el 21 de julio. En menos de dos días fueron aprobados los acuerdos que condenaban y sancionaban al gobierno de Castro, desechándose las modificaciones sugeridas por las cuatro naciones que aún, en aquel momento, mantenían relaciones con Cuba: México, Chile, Bolivia y Uruguay. El 27 de julio de 1964, “representantes de veinte países americanos firmaron los documentos que imponen a Cuba las más severas sanciones diplomáticas y económicas que contempla la organización regional”. Pronto, aquellas sanciones comenzarían a ser ignoradas. Pero, al menos durante los meses subsiguientes, solo México mantuvo relaciones con el régimen de Castro.

JOHNSON MARGINA A 

BOBBY KENNEDY

Mientras Cuba era aislada en la OEA, Johnson le quitaba el aire a las aspiraciones de Robert Kennedy de convertirse en el candidato a la vicepresidencia en las elecciones que ya se aproximaban.

En la política nacional se sucedían las elecciones primarias, iniciadas en New Hampshire el 10 de marzo, con una votación muy cerrada, en el Partido Republicano, entre Henry Cabot Lodge, Barry M. Goldwater, Nelson A. Rockefeller y Richard Nixon, y con una aplastante —y esperada— mayoría para Lyndon B. Johnson en el Partido Demócrata. Para el mes de junio había concluido el proceso de nominaciones. Para Johnson, a quien partidarios y adversarios consideraban un fácil ganador en las elecciones de noviembre, la dificultad consistía en encontrar la mejor forma de no llevar como compañero de fórmula a Robert Kennedy, quien disfrutaba de un extraordinario respaldo popular, pero resultaba inaceptable para el presidente. Johnson, sin embargo, se distinguía por enfrentar las dificultades directamente.

Terminaba julio con un enfrentamiento que Johnson no deseaba, pero tampoco podía evitar. El miércoles 29 el presidente informó al fiscal general que este no sería su candidato a la vicepresidencia. Fue una reunión privada en la que “literalmente le leí a Bobby” los puntos contenidos en el memorándum que tenía frente a él, enumerándole las razones para descartarlo para esa alta posición. Como compensación, le ofreció el cargo de embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas. La oferta, por supuesto, fue rechazada.

Johnson le devolvía así a Bobby el agravio que este le había inferido durante la Convención de Los Ángeles, en julio de 1960, cuando Robert Kennedy había dicho, con absoluta crudeza, que no respaldaría la aspiración de Lyndon Johnson a la vicepresidencia. Con la misma dureza con que tres años y medio antes Bobby le había pedido a Johnson que retirara su aspiración a ese cargo, el ahora presidente le cerraba al fiscal general el camino hacia esa posición.

Le impedía, de este modo, toda posibilidad de que, durante la Convención Nacional que habría de celebrarse en Atlantic City, en agosto, el hermano del asesinado presidente impulsara un movimiento para que Johnson lo designara como compañero de fórmula. Bobby entendió el mensaje con toda claridad.

Días después de aquella helada conversación, Robert Kennedy anunció su candidatura a la nominación demócrata para el Senado por el estado de Nueva York. Su energía quedaría dedicada íntegramente a aquella campaña, en la que resultaría victorioso. Ya no se ocuparía, para bien o para mal, de la causa cubana. Nunca más sería un factor de importancia en la política cubanoamericana.

Mientras tanto, al gobernante cubano comenzaban a surgirle nuevos problemas. En Honduras habían sido detenidos dirigentes comunistas con armas, transmisores y planes subversivos procedentes de La Habana. En Perú se descubría un vasto plan terrorista en el que aparecían implicados agitadores entrenados en Cuba. Pero todo eso debía esperar.

Primero tenía que hacer frente a una situación que se le estaba yendo de las manos. Desde hacía meses languidecía en prisión, ignorado por todos, Marcos Rodríguez Alfonso, (Marquitos), acusado de delación.

FIN DEL CAPÍTULO

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