Como una postal a la venta para el turista que, sin embargo, no pierde su carácter, Lisboa se despliega desde los barrios altos hasta el estuario del Tajo: casas bajas escondidas entre calles empinadas, surcadas por tranvías, contrastan con grandes avenidas de marcas de lujo y restaurantes ‘gourmet’; ultramarinos tradicionales conviven con cadenas de pasteles de nata; grafitis temporales confrontan los azulejos sempiternos de la ciudad bañada por la luz atlántica.
Por Andrea Insa Marco
No es posible conocer el puzle urbano que es la capital lusa en un solo viaje, pero descubrir aquello que la convierte en un indispensable europeo es el primer paso para regresar a Lisboa, la ciudad donde todo, sin prisa, conduce al río Tajo.
Callejear por sus barrios
No hay una ruta para los barrios lisboetas. Hay que perderse. Perderse para encontrar fachadas coloridas y de azulejo, pequeñas plazas a la sombra de árboles o bares arrinconados con vistas.
Alfama conserva, a pesar de las hordas de turistas, el espíritu bohemio y tradicional de los pescadores que se asentaron en el barrio tras el terremoto de 1755. Con el fado —canción popular portuguesa— de banda sonora, el vecindario alberga en su trazado tortuoso el “castelo” (castillo) de São Jorge y la Sé de Lisboa.
Situado en la cima de la Rua do Carmo, Chiado, que fue en su día encuentro de escritores, es un barrio reconstruido tras el incendio de 1988. Hoy alberga boutiques, cafeterías, galerías, librerías y teatros. En contraposición, Baixa, reconstruido tras el seísmo, es llano y comercial.
El epicentro de lo bohemio en Lisboa es Barrio Alto: murales de arte urbano, tiendas ‘vintage’ o clubs nocturnos se despliegan por sus calles, siendo el lugar de fiesta lisboeta. Río abajo, lejos del centro, está un área histórica, Belém, desde donde partían en los siglos XV y XVI los barcos rumbo al otro lado del Atlántico.
Montar en sus tranvías
Lisboa es una urbe de desniveles atravesados por sus característicos tranvías que ofrecen seis líneas y conectan puntos importantes de la ciudad. Serpenteando por los barrios de Graça, Alfama, Baixa y Estrella, el 28 —el más famoso— ofrece asientos clásicos de madera de los años treinta y las mejores vistas de la ciudad.
Otras dos líneas relevantes son la 15, que va del centro al distrito de Belém y la 12, que realiza un recorrido circular entre la plaza Martim Moniz y el mirador de Santa Luzia.
Descubrir la cerámica
portuguesa
En redes sociales, el azulejo lisboeta inunda los perfiles de quienes visitan la ciudad. Pero el origen de la cerámica se remonta a años atrás. A principios del siglo XVI comenzó a popularizarse en Lisboa el uso del azulejo como revestimiento de paredes y su producción nacional comenzó en la segunda mitad de ese siglo. Pero no fue hasta el S. XVII que este material se consolidó como arte y símbolo de la identidad lusa.
La evolución de esta cerámica en Portugal, desde el siglo XV hasta la contemporaneidad, está alojada en el Museo Nacional del Azulejo, situado en el antiguo convento Madre de Deus. Además de la exposición, también se explica el proceso de elaboración del azulejo y se muestra la restauración de piezas.
Contemplar Lisboa desde las alturas
Desde el Tajo, el entramado urbano que es Lisboa se eleva. Sus miradores, desplegados por sus barrios, ofrecen distintas perspectivas de la arquitectura y la vida cotidiana de una ciudad que debe contemplarse desde las alturas.
El de Portas do Sol es el más viral por sus vistas de las casas de Alfama y del Tajo. Por otro lado, Santa Luzia no solo ofrece un mosaico distinto, sino también artistas callejeros; aunque si se busca tranquilidad, la mejor opción es Graça. Y coronando Lisboa destacan el mirador San Pedro de Alcántara, en la parte más elevada del Barrio Alto, y el de Nuestra Señora del Monte.
Pero no solo hay miradores desde los que disfrutar de la ciudad. Sobre una colina, el “castelo” de São Jorge domina el paisaje lisboeta. A pesar de que no es un espacio estético -algunos sectores continúan en ruinas tras el terremoto-, la fortaleza ofrece una panorámica óptima.
Otra opción para contemplar el horizonte es una estructura neogótica construida en 1902 como sistema de transporte público: el elevador de Santa Justa, que conecta Baixa con Barrio Alto. O, bajando por Rua Augusta, una de las arterias más comerciales y turísticas de Lisboa, se alza el neoclásico Arco da Rua Augusta. Es posible acceder a este monumento y contemplar la perspectiva que ofrecen sus 30 metros de altura.
Explorar el recorrido
del Tajo
Tras atravesar el Arco da Rua Augusta, se despliega la Plaza del Comercio, el escenario de la vida turística de Lisboa que desemboca en el embarcadero de Cais das Colunas. En este enclave se asentó el Palacio Real de Lisboa hasta el fin de la monarquía en 1910 -en su centro destaca la estatua de José I- y fue un lugar clave de la Revolución de los Claveles.
Siguiendo el recorrido del río, y alejándose del centro, destaca el Puente 25 de abril que atraviesa el Tajo y da acceso a la ciudad de Almada. En este lugar se encuentra el Santuario Nacional de Cristo Rey, un monumento religioso.
En el barrio de Belém, se eleva una estructura de 1960 en homenaje al quinto centenario de la muerte del rey Enrique el Navegante, el Monumento a los Descubrimientos. Una quincena de esculturas entre las que destacan la de este monarca, Vasco de Gama o Fernando de Magallanes, se amontonan a sus pies junto con un mosaico de 52 metros con forma de rosa de los vientos que, en su interior, contiene un mapamundi.
Construida y diseñada entre 1515 y 1521 como puerta de entrada a la ciudad y como defensa a posibles ataques desde el Tajo, la Torre de Belém, con su estampa de barco encallado, es un ejemplo de estilo manuelino, la interpretación portuguesa del gótico tardío.
Visitar sus templos
A pocos pasos de la torre de Belém se construyó otro imponente ejemplo de estilo manuelino: el monasterio de los Jerónimos. Diseñado para conmemorar a los exploradores portugueses, su claustro e iglesia están decorados con motivos náuticos y religiosos, y alberga las tumbas de figuras históricas como Luís de Camões o Fernando Pessoa. Caminar por su patio y atravesar sus arcos es uno de los hitos de la visita.
El convento do Carmo no es un espacio sagrado, sino el esqueleto de uno. Parcialmente destruido por el terremoto y quemado por el incendio que asoló el barrio de Chiado en 1988, la iglesia permanece en pie con sus paredes y arcos que sostienen un techo inexistente. Alberga la sede del Museo Arqueológico do Carmo.
Alejada del aura mística y la estética religiosa, la Sé de Lisboa es más una fortaleza que un templo. Un sencillo rosetón y dos campanarios decoran su fachada principal, construida en el siglo XII sobre los restos de una mezquita. El interior se estructura en tres naves que alojan el claustro gótico, las capillas de Bartolomeu Joanes y San Ildefonso y la cripta.
Lisboa no es eterna -aunque los espacios y zonas que le otorgan su identidad, sí lo sean-, pero es un lugar cuya vida, cotidiana o temporal ofrece, sin excepción, algo nuevo por descubrir cada día, en cada viaje.






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