JUAN GUALBERTO EN LA ASAMBLEA DEL CERRO

Written by Libre Online

7 de julio de 2026

Por OCTAVIO R. COSTA (1949)

Juan Gualberto está en Santa Cruz del Sur. Es de los primeros delegados en llegar. Se entera de que Calixto García, que es uno de los miembros designados por el Ejército, no concurrirá a las sesiones. El prócer está profundamente dolido por la injusta destitución de que ha sido objeto, al día siguiente de acabarse las hostilidades, como lugarteniente general.

Juan Gualberto comprende la necesidad de la presencia de Calixto García en la Asamblea. Por eso escribe una carta al guerrero para significarle la trascendente importancia que tiene que él concurra a la Asamblea y aporte a ella su prestigio y sus luces. Cuando termina la epístola, escribe otra a Enrique Collazo, enderezada a que éste influya en el ánimo de Calixto en el sentido por él requerido y deseado. Dos días después se dirige al general Carlos García Vélez con el mismo propósito.

Calixto corresponde a la demanda de su amigo. Es recibido con extraordinarias manifestaciones de júbilo, pero quien tiene una honda herida en el espíritu se muestra reservado y huraño. No da más que un abrazo, y lo da con trémula emoción. Este privilegio es para Juan Gualberto Gómez, junto a quien camina desde el muelle hacia la población. De pronto, divisa una bandera cubana que flota sobre la residencia del Gobierno. Pretende desviarse, pero Juan Gualberto, siempre conciliador, lo conduce hasta Bartolomé Masó. La conversación de ambos próceres es breve y amable sin ser cordial. 

El 24 de octubre de 1898, bajo la presidencia de Bartolomé Masó, se inaugura la Asamblea. Están presentes veinticinco delegados. El presidente del Consejo de Gobierno dirige un saludo cálido y respetuoso a los reunidos y declara abierto el tercer período constituyente. Sobre la mesa deja un mensaje y un pliego cerrado que contiene la renuncia de los poderes otorgados al Gobierno. Cuando Calixto García, por ser el de mayor edad, asume la presidencia, el manzanillero ilustre abandona el local.

Se completa la mesa y se declara abierta la sesión. Se presentan las actas y son examinados los expedientes electorales, trámites en los que interviene destacadamente Juan Gualberto. A continuación, se realizan las pertinentes proclamaciones y, a iniciativa de González Lanuza, que es apoyado por Juan Gualberto, la Asamblea acuerda suspender las sesiones hasta que la Mesa Provisional reciba las actas correspondientes a los delegados que no han llegado aún a Santa Cruz.

Juan Gualberto tiene que intervenir en una delirante cuestión. Tan pronto Masó hace entrega de sus poderes a la Asamblea, manda sus padrinos a Calixto García en reto a duelo. Reclama una satisfacción en el campo del honor porque el famoso estratega, en una entrevista hecha por un reportero de “La Lucha” y publicada en este periódico, ha dicho que Masó nunca ha entrado en un combate, expresión con la que quiere presentarlo como un cobarde. Calixto acude a Juan Gualberto para que intervenga en la satisfactoria solución de este problema. Le explica que no es cierto lo que Masó le atribuye. No puede él calificar de cobarde a quien, por sus merecimientos guerreros, sobre el campo de batalla, había ascendido justamente a coronel cuando la Guerra Grande.

Juan Gualberto encuentra a Masó encolerizado. Pero no puede Calixto haber buscado un mediador de mayores recursos. Su palabra persuasiva y elocuente serena al presidente y lleva a su ánimo el convencimiento de que el holguinero no ha tenido el propósito de lastimarlo en su dignidad. 

El siete de noviembre vuelve a reunirse la Asamblea. Juan Gualberto presenta dos mociones. Una tiene dos objetivos: que la Asamblea acepte la entrega de poderes hecha por el Consejo y que asuma las facultades que le corresponden. La otra plantea la necesidad de penetrar inmediatamente en el orden del día dada la trascendencia de los asuntos que requieren la atención de la Asamblea. Ambas proposiciones son aprobadas, con el voto en contra de Cisneros. Lanuza presenta una moción enderezada a crear, con carácter permanente, una Comisión Ejecutiva y otra que tendrá la representación del Cuerpo en sus relaciones con las fuerzas cubanas. Aprobada tras una larga y laboriosa discusión, son electos los miembros que han de componerla. Presidente de la misma resulta Rafael Portuondo y Vocales Juan Gualberto Gómez, Aurelio Hevia, Francisco Díaz Vivó y José de Jesús Monteagudo, quien es poco después sustituido por Manuel Despaigne. 

Otra moción de Lanuza contempla la cuestión primordial a la que ha de prestar atención la Asamblea. Se refiere al licenciamiento del Ejército Libertador. Y, defendida por su autor, por Juan Gualberto y por Sanguily, es aprobada, pero se suspenden sus efectos hasta que la Asamblea tenga los medios económicos necesarios para ejecutarla.

Para resolver esta cuestión, que queda pendiente, Juan Gualberto presenta una moción, expresiva de la conveniencia de enviar una misión a Washington. Extenso es el preámbulo de la iniciativa y henchido de sensatas reflexiones. Gómez afirma que no sería discreto ni eficaz que la Asamblea tomase en determinados asuntos de trascendencia suma resoluciones definitivas, sin preocuparse de la resonancia que puedan los mismos tener en el gobierno de los Estados Unidos. Por lo demás, entiende que adoptar esa actitud de independencia y de desconocimiento de la Unión entrañaría una ingratitud. 

Actuar con desvinculación de Norteamérica es proceder de una forma frágil e insegura, que se traduciría en graves perjuicios para la causa que pretenden representar y defender. Porque nada fecundo se lograría de esta manera, el delegado insiste en la necesidad de que la Asamblea, por medio de una comisión, se dirija a los poderes del Norte y les exprese la urgente conveniencia de licenciar las huestes revolucionarias mediante el abono parcial o total de sus servicios. No hacerlo, además de entrañar una enorme injusticia, sería provocar perjudiciales situaciones en la isla. No puede asegurarse cuál será la suerte de los libertadores ni el destino de los mismos al ser lanzados de nuevo a la vida civil, después de tres años de abandono de sus hogares y ocupaciones y de pérdida de cuanto poseían. 

Hay un punto sobre el que insiste Juan Gualberto: es el relativo a la personalidad de la Asamblea, que considera auténtica representación del Ejército y de sus elementos auxiliares. Él aspira a demostrar al gabinete de Washington que el cuerpo integrado por los representantes de la Revolución constituye la más genuina representación del sector más importante de la ciudadanía cubana, de aquel que realizó la guerra y provocó la alteración del destino histórico de Cuba. 

Con habilidad suma, Juan Gualberto subraya muy especialmente el pronunciamiento de que la Asamblea jamás será obstáculo alguno para la armonía que debe presidir las relaciones de Cuba con los Estados Unidos. Si se propone el envío de una comisión a Washington, no se hace con otro ánimo que no sea el de cooperar a la acción interventora. 

Gómez demanda el acuerdo de la Asamblea sobre cuatro puntos. El primero expresa que ha llegado el momento del licenciamiento del Ejército, a menos que el Gobierno americano considere utilizarlo total o parcialmente para que coopere con las fuerzas de los Estados Unidos a mantener el orden. El segundo expone la justicia, la equidad y la conveniencia de proporcionar a las huestes cubanas, en caso de disolución, medios económicos que permitan la satisfacción de sus más urgentes necesidades y su reintegro a la vida civil, sin la creación de graves trastornos como consecuencia de su absoluta penuria. 

El tercero contempla la pertinencia de que los Estados Unidos faciliten a la Asamblea el dinero necesario para tan humano y patriótico fin con garantía de las rentas de la nación. Y en el cuarto y último punto, la Asamblea ofrece al Gobierno norteamericano su colaboración más decidida para la obra que, por la Resolución Conjunta, está obligado a llevar a cabo en la isla con el objeto de entregar la gobernación de la misma a los cubanos en el momento oportuno. 

Aprobada la moción, se designa, como miembros de la comisión que ha de trasladarse a Washington, a Calixto García, Manuel Sanguily, José Antonio González Lanuza, José Miguel Gómez y José Ramón Villalón. 

Intensamente se labora en dos sesiones más. Juan Gualberto propone, y se aprueba por aclamación, que la Asamblea acuerde que una comisión suya, presidida por la Mesa, lleve al último presidente de la República, Bartolomé Masó y Márquez, el testimonio de su profundo respeto. Suya es también la iniciativa de que la Asamblea reconozca y acepte, con responsabilidad futura del pueblo cubano, las deudas contraídas al amparo de las Constituciones de 1895 y 1897 y las que se contraigan legítimamente con arreglo a las decisiones del propio Cuerpo. Y quedan suspendidas las sesiones en espera del regreso de la comisión que marcha hacia el Norte. 

El quince de febrero de 1899 vuelve a reunirse la Asamblea de Representantes. No lo hace en su residencia de Santa Cruz del Sur, sino en El Cano, término municipal de Marianao. Aunque la comisión que ha ido a Washington no ha rendido su informe oficial a la Asamblea, se conoce el resultado negativo de las gestiones. Los delegados recibieron las más gentiles atenciones, dispensadas tanto por el presidente de la Unión como por miembros de su gobierno y por congresistas, a pesar de que el Ejecutivo norteamericano no ha reconocido a la Asamblea ni admite en ella ninguna representación del pueblo cubano. Mas han sido inútiles los esfuerzos de lograr un considerable empréstito de los Estados Unidos para el licenciamiento del Ejército Libertador.

El gobierno de McKinley es inconmovible en su fórmula de hacer a Cuba un donativo de tres millones de pesos con destino al licenciamiento. En vano se le quiere demostrar que esa cantidad resulta insuficiente e inútilmente se le insiste en que Cuba aspira a un empréstito, con todas sus responsabilidades, y no a la piadosa caridad de un donativo. 

La Asamblea recibe un cable dirigido a Freyre o a Sanguily y firmado por Edelberto Farrés, expresivo de que si la Asamblea suspende adoptar acuerdo sobre el ofrecimiento norteamericano de tres millones de pesos, él someterá al Cuerpo una importante proposición. Ante este hecho se decide comunicarle que, a su llegada a La Habana, se prestará atención al referido asunto. 

Hasta la Asamblea llega la noticia de la proximidad de Máximo Gómez a La Habana. El General en jefe expresa telegráficamente a la Asamblea su deseo de llegar cuanto antes para estar al lado de los Representantes de la Revolución Cubana, y Emilio Núñez propone que se designe una comisión encargada de adelantarse a Gómez en su llegada a la capital, a fin de anticiparle el saludo del Cuerpo y de concertar con él la oportunidad en que puedan conferenciar sobre importantes asuntos públicos. Aprobada la iniciativa, le designan a Juan Gualberto Gómez, Carlos I. Párraga y Villalón, quienes cumplen su cometido e informan haber sido muy satisfactorias las entrevistas con el glorioso guerrero, con quien han llegado a acuerdos en principios y procedimientos. 

El día 24 de febrero de 1899 penetra Máximo Gómez en La Habana. El acto es sencillamente apoteósico. El caudillo se ha convertido en una figura legendaria, ennoblecida por todos los prestigios. Ha sido el libertador, el invencible guerrero que ha consagrado a Cuba toda su existencia. 

La Asamblea está reunida en sesión secreta. Freyre de Andrade informa que, como consecuencia del telegrama de Farrés, conocido por el Cuerpo, ha llegado a La Habana el señor C. M. Coen, quien, en su nombre y en el de asociados suyos, ofrece un empréstito a la Asamblea. El presidente da lectura a una nota de Coen contentiva de las bases de la operación, y Juan Gualberto y Sanguily, que ya se han entrevistado con él, informan ampliamente a los representantes. 

Carlos I. Párraga y Manuel Despaigne, por considerar insuficiente el memorándum presentado por Coen y las explicaciones de Juan Gualberto y Sanguily, proponen que se soliciten del agente norteamericano proposiciones más precisas. Y Manuel María Coronado, Saturnino Lastra y Julián Betancourt demandan de la Asamblea que se tome en consideración la propuesta de Coen y que se designe una comisión para que, a la mayor brevedad y valiéndose de los medios que estime más convenientes, después de entrevistarse con Coen, informe de manera clara y concreta la operación que este propone. Juan Gualberto y Sanguily defienden esta última moción y resulta aprobada. Para cumplimentarla, en la sesión siguiente, celebrada en el Cerro, en la casa número 819 de su Calzada, nombran a Juan Gualberto, Villalón, Lastra, Despaigne y Párraga. 

La comisión lleva a cabo la delicada misión encomendada y traslada a la Asamblea una carta de Coen y un interrogatorio que le ha sido formulado por los delegados y al que él ha contestado. 

Después de leídos estos documentos y de la información de los delegados, la Asamblea discute ampliamente las proposiciones de Coen. Párraga cree que Coen no ha facilitado todas las garantías y referencias de él que se han solicitado y que el negocio propuesto es algo inverosímil. Juan Gualberto anuncia que hay otro negociante dispuesto a emplear hasta la cantidad de ocho millones de pesos en bonos de los emitidos por la Delegación de Nueva York con la sanción del primer gobierno de la República. Sanguily califica de sospechosa la operación ofrecida y el agente bancario Gómez sugiere que deben buscarse nuevas vías al problema, denunciando si es necesario otras proposiciones. Cuando leyó un telegrama del senador americano Morgan, especificó el peligro que entrañaba la oferta de Coen. Portuondo opina que deben continuarse las gestiones para modificar las condiciones ofrecidas, aceptándose todas en definitiva si se logra que se mejoren. Y Freyre abandona la gobernación para expresar que apoya la fórmula de Coen, aunque la considera onerosa en grado sumo.

Juan Gualberto propone que se designe una comisión para redactar con Coen el contrato de empréstito sobre la base ofrecida, tratando de obtener que el pago de los intereses no se efectúe sino por el Gobierno definitivo que elija el pueblo de Cuba y que, dentro de ese criterio, se haga el esfuerzo por obtener cuantos beneficios sean posibles. Juan Gualberto, Coronado y Villalón son los encargados de cumplimentar el acuerdo.

Es la sesión del nueve de marzo. La comisión encargada de tratar con Coen informa de que el contrato ha sido definitivamente acordado. Sanguily expresa en qué puntos está de acuerdo y en cuáles no. Juan Gualberto replica al tribuno y agrega que sean aprobadas las bases del contrato, sin aceptar ni rechazar los tres millones ofrecidos por los Estados Unidos. Sometidas en definitiva a la consideración de la Asamblea, las cláusulas del contrato son aprobadas.

Manuel Sanguily presenta una moción que es como el anuncio de una tempestad. En el preámbulo expresa que la Asamblea debe considerar indispensable requerir del General en Jefe del Ejército Libertador su adhesión absoluta e inmediata, a fin de que los acuerdos que adopte el Cuerpo, en relación con los soldados de la Revolución, tengan la fuerza moral nacida con los soldados de la unanimidad de pareceres de cuantos han servido a Cuba en su esfuerzo emancipador. Para cumplimentar ese requerimiento, Sanguily propone la designación de cinco representantes, los que se entrevisten con el Generalísimo y obtengan de él terminantes declaraciones, a cuyo tenor ajustará la Asamblea, supremo poder de la Revolución y su ulterior conducta.

Juan Gualberto se manifiesta en contra de algunos términos de la moción, pero sometida esta a la consideración de la Asamblea, es aprobada. 

La moción de Sanguily obedece a la actitud del Generalísimo ante la Asamblea. Fracasadas las gestiones de la comisión que fue a Washington presidida por Calixto García, McKinley ha mandado a La Habana un emisario, Robert P. Porter, con el objetivo de que se entreviste con Máximo Gómez y con él, al margen de la Asamblea de Representantes, acuerde todo lo relativo al licenciamiento del Ejército sobre la base del donativo de los tres millones de pesos. Porter se traslada hasta Remedios para hablar con Gómez, a quien encuentra en la mayor disposición. Entre el General en Jefe y el norteamericano se cruzan cartas afectuosas. El guerrero dedica al representante de McKinley un retrato suyo, en señal de estimación, y se dirige al presidente de los Estados Unidos para expresarle su contento por el ofrecimiento hecho a través de Porter en relación con el licenciamiento del Ejército. En esta epístola, Gómez añade que en breve marchará hacia La Habana, en donde conferenciará con el gobernador Brooke para que “todo marche bien siguiendo los consejos” de McKinley.

Juan Gualberto pide que, antes de someterse a votación, la iniciativa firmada por Sanguily y por él, debe oírse a los representantes que se entrevistaron con el General en Jefe. Melchor Loret de Mola discrepa de la solución propuesta por el triunfo, que es defendida por Juan Gualberto en un largo y elocuente discurso. Sanguily demanda de los delegados que se definan. Emilio Núñez se muestra contrario a la moción, la que considera perjudicial a los intereses cubanos. Juan Gualberto interviene en la discusión. Y Arístides y Salvador Cisneros, al ver la gravedad de las acusaciones hechas al Generalísimo y las fallas que se le imputan, entienden que lo que cabe no es la supresión del cargo por él ostentado, sino su destitución del mismo. 

Conforme Sanguily con esta iniciativa, se redacta una nueva moción en la que contempla su destitución de Gómez y la supresión del cargo. Es aprobada con solo cuatro votos en contra. Juan Gualberto solicita que se comunique a Gómez inmediatamente lo resuelto por la Asamblea. 

La noticia de la destitución de Gómez constituye un acontecimiento. El pueblo en su mayoría reacciona contra la medida, que considera injusta y perjudicial. Hasta la Quinta de los Molinos van multitudes de ciudadanos a desagraviar al Generalísimo. Figuras de trapos, que representan caricaturescamente a Sanguily y a Juan Gualberto, son quemadas en las calles en señal de protesta. 

Máximo Gómez dirige al día siguiente un manifiesto al país y al Ejército. Dice que la Asamblea de Representantes le ha despojado del cargo de General en Jefe del Ejército Libertador, por considerar un acto de indisciplina el hecho de que él no apoye los intereses políticos y financieros de la misma. Como hombre sincero, confiesa que queda agradecido por habérsele relevado de serios compromisos, lo que le permite retornar a su hogar abandonado. Extranjero como es —agrega—, no ha venido a Cuba, ayudándole a defender su causa de justicia, como un soldado mercenario. Por eso, desde que el poder opresor abandonó la Isla y dejó libre al cubano, él volvió su espada a la vaina, creyendo terminada la misión que voluntariamente se impuso. Nada se le debe y se retira contento y satisfecho de haber realizado cuanto ha podido en favor de sus hermanos. Para concluir su hermoso y sereno pronunciamiento, digno de su grandeza, exclama que dondequiera que el destino le imponga plantar su tierra, allí pueden los cubanos contar con un amigo. 

Los que votaron en contra de la moción, Monteagudo Céspedes, López Leyva y Emilio Núñez, también publican un manifiesto, dirigido a sus electores, para explicar su actitud. La Asamblea no puede quedar en silencio. Agüero solicita el nombramiento de una comisión que se encargue de redactar un manifiesto al Ejército y al pueblo, expresivo de las razones de la actitud asumida por el Cuerpo. Aprobada la propuesta, se designa a Juan Gualberto, Sanguily y Lecuona para la redacción del documento. A continuación, Sanguily y Juan Gualberto demandan la destitución de Gonzalo de Quesada en su puesto de Encargado de Negocios de la Revolución en Washington, y es aprobada. Ante esta medida, Quesada, discípulo de Martí, que ha prestado eminentes servicios a la patria, dice que su deposición es un acto semejante al que se ha infligido a Gómez y que no le importa compartir el acuerdo de la Asamblea, porque esta no representa el sentimiento juicioso del pueblo cubano ni del Ejército.

Sanguily, Juan Gualberto y Hevia proponen que se designe una comisión de tres miembros para que se traslade a Washington a dar público testimonio de la gratitud de la Asamblea, del Ejército y del pueblo cubano por la intervención bélica realizada en favor de Cuba de acuerdo con la Resolución Conjunta. Asimismo, ha de expresar a los poderes públicos del Norte sincero reconocimiento por la oferta de tres millones de pesos para el licenciamiento del Ejército, pero añadirá que esa cantidad es insuficiente y que la Asamblea no desea aceptar esa suma ni otra mayor en condición de donativo, sino de préstamo. Por lo cual debe requerirse la autorización del presidente de la Unión para gestionar los fondos indispensables para licenciar las tropas cubanas de manera equitativa y provechosa. 

Aprobada esta iniciativa, la Asamblea conoce el manifiesto que se va a dirigir al país y al Ejército en relación con la deposición de Gómez, y que es aprobado. El documento de la Asamblea comienza por afirmar que, para haber tomado decisión tan grave como la deposición del General en Jefe, ha tenido dicho Cuerpo motivos muy poderosos. Rechaza la afirmación de Gómez de que se le depone por no acatar la operación de empréstito pactada por los representantes.

En relación con su actitud hacia la Asamblea, se expresa que desde su constitución disintió inmotivadamente de la misma, recomendando a los jefes de Cuerpo el desconocimiento de medidas adoptadas por dicha entidad. En vano desde diciembre la Comisión Ejecutiva pretendió conferenciar con él, porque desatendía los corteses ruegos de cuantos se le dirigieron. Para acentuar más su rebeldía ante el organismo que constituye la genuina y legal representación del Ejército, con desconocimiento de las facultades del mismo, realizó ascensos y expidió los correspondientes diplomas. Entró en tratos políticos con enviados del Gobierno Interventor al margen del Cuerpo, manteniendo en secreto lo tratado y por él resuelto, comprometiéndose, en definitiva, por sí y ante sí, a disolver el Ejército Libertador mediante un donativo norteamericano que la Asamblea no ha aceptado por insuficiente y por el carácter de piadosa beneficencia con que se hace. 

Añade el documento de la Asamblea que, por razón de la actitud del Generalísimo, se produce en el ámbito de la nación una situación contradictoria, un dualismo que no puede subsistir sin frustrar los mejores esfuerzos. Era menester escoger entre dos soluciones: O consagrar la dictadura del general en jefe, inclinándose ante la usurpación de funciones encomendadas a la Asamblea, o deponerlo, ya que no quiere someterse, si es posible, a una dimisión. Planteado el dilema, añaden los representantes, se agotaron todos los recursos conciliadores. Y no pudiendo la Asamblea, ni por decoro, ni por patriotismo, permitir que se sustituyera el poder legal emanado del sufragio por un poder personal, nocivo como todos los de esta índole, a los intereses públicos, tuvo que resignarse, con tristeza, pero serenamente, a deponer en su cargo al General en Jefe. 

Sobre la Asamblea gravita un signo de desorientación. El escepticismo mina los ánimos. En una certera interpretación de la realidad, se presenta una moción enderezada al licenciamiento del Ejército sin el previo pago de sus haberes a los servidores de la patria por carecer el Cuerpo de medios económicos. La medida se subraya con la recomendación de que, al retornar los fundadores a la vida civil, sean, una vez más, ejemplos de laboriosidad, orden, abnegación y patriotismo. La iniciativa culmina con la proposición de que se disuelva la Asamblea. Juan Gualberto califica este documento como el más importante de cuantos han sido sometidos a la consideración de los representantes. Ante la trascendencia que el mismo entraña, solicita que se posponga su discusión, lo que así se acuerda.

Sanguily quiere ponerse por encima de las circunstancias y sacar triunfante a la Asamblea. Dice que no puede considerarse fracasada la misión del Cuerpo en cuanto al licenciamiento porque no se han agotado los esfuerzos, y demanda de sus compañeros la ejecución de los acuerdos pendientes. En consecuencia, con este criterio se dispone que la comisión nominada para ir a Washington salga inmediatamente hacia esta ciudad con facultades para ratificar el contrato firmado ya por la Asamblea con Coen. De ser considerado viable por el presidente de los Estados Unidos, dicha comisión debe cablegrafiar desde la capital de los Estados Unidos el día 31 de marzo sobre el resultado de las gestiones encomendadas, a fin de que en correspondencia el mismo Cuerpo decida sobre su destino. 

El día primero de abril se reúne de nuevo la Asamblea para conocer oficialmente las noticias comunicadas por los representantes que han ido a Washington. Resultan negativas y desconsoladoras. Sanguily quiere hacer un último esfuerzo por salvar la situación y suplica a sus compañeros que no se adopte ninguna decisión definitiva sin que regresen los representantes que han ido al Norte, a fin de que estos informen ampliamente sobre la misión desempeñada. Así se acuerda. 

Retornan Hevia y Villalón. Sus noticias son absolutamente defraudadoras. Ya la decisión de disolver el Cuerpo está en el ánimo de todos. Lecuona plantea la conveniencia de que subsista la Comisión Ejecutiva formada de un presidente y dos vocales. Sanguily cree que no debe subsistir ningún organismo después de disuelta la Asamblea. Juan Gualberto, con una actitud ecléctica, opina que durante cierto tiempo debe perdurar una Comisión que se ocupe de tramitar los asuntos pendientes. Y triunfa esta tesis. Se nombra a Lacret Morlot para presidirla y como vocales a Juan Gualberto y a Hevia. 

Sometida a votación la iniciativa sobre el licenciamiento del Ejército presentada por Armando J. de la Riva, es aprobada con el voto en contra de Salvador Cisneros, que entiende que la Asamblea no debe ser disuelta ni licenciado el Ejército. 

Portuondo propone que la Asamblea publique un manifiesto, y Sanguily se opone por entender que habría que decir en el mismo verdades que acaso no serían oportunas. Freyre va a emitir las últimas palabras. Con la voz velada por la melancolía que llena su espíritu, lamenta que La Habana haya sido tan hostil a una Asamblea compuesta de cubanos que, con la conciencia limpia, creen haber cumplido su deber y servido a los intereses de la independencia de Cuba. Cuando el presidente da por terminada la sesión, que es la última, Juan Gualberto, en gallardo gesto, con voces clamorosas en que vibran sus mejores alientos de patriota, da estentóreos vivas al Ejército y a la Independencia absoluta de la nación.

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