Por Daniel Galilea
¿Por qué las vacaciones son uno de los momentos de mayor conflicto para las familias de separados o divorciados? ¿Cuáles son los errores más frecuentes que cometen estos progenitores al organizar el verano con sus hijos? ¿Qué deben hacer y evitar las madres y los padres que ya no conviven para organizar las vacaciones familiares garantizando el bienestar de los menores?
Son preguntas que se vuelven acuciantes cuando llegan las vacaciones escolares, una etapa del año en la que muchas parejas que han disuelto su vínculo matrimonial o roto su relación, dejando de convivir, deben planificar y organizar, de común acuerdo, cómo compartirán ese lapso estival con los hijos menores de edad que ambos tienen en común.
Cuando todo se precipita de golpe
Las vacaciones estivales suelen generar conflictos “porque el verano concentra de golpe todo lo que está repartido durante el resto del año: cambios de rutina, viajes, conciliación laboral y un reparto de tiempo más radical”, señala Ane Arieta, abogada y mediadora familiar, en una entrevista con EFE.
Arieta se especializa en la reorganización de las familias tras una separación y en las dinámicas familiares aplicando un enfoque que une lo legal, lo emocional y lo relacional. Es la fundadora de Stepfamily, un espacio de apoyo y divulgación sobre divorcio, coparentalidad y familias ensambladas.
Esta especialista añade que las vacaciones escolares de verano “son fechas muy cargadas emocionalmente (por lo que la expareja vivió y compartió en el pasado) y cuando la comunicación entre los progenitores no está bien estructurada, cualquier decisión se convierte en una negociación tensa”.
Señala que antes de las vacaciones, algunas exparejas intentan reconstruir de golpe un “puente” que estaba roto —siendo más flexibles y tratando de entenderse, algo que no habían logrado cuando estaban juntos—, algo que no da resultados y en cambio produce una tensión que perciben los adultos y los hijos.
Por eso “el verano puede convertirse en una pequeña bomba de relojería si no se ha preparado antes”, enfatiza.
Fallos que intensifican conflictos
Dos de los errores más frecuentes que cometen los progenitores, según Arieta, consisten en “dejarlo todo para el último momento y organizar las vacaciones sobre la marcha” y “convertir el tiempo con los hijos en una competición, llenando cada día de planes o intentando que “su casa sea la más divertida”, olvidando que “los niños también necesitan ratos tranquilos”.
Por otra parte, “es muy común que padres y madres usen la logística —los cambios de planes, los horarios— como una forma de control o para medir fuerzas con su expareja, poniendo a los hijos en medio de ese ‘tira y afloja’, convirtiéndolos en mensajeros o haciéndoles “elegir” entre uno u otro adulto”, de acuerdo con esta especialista.
Otro error más sutil de algunos padres consiste en pretender que todo sea idéntico en las dos casas donde sus hijos estarán de vacaciones, según Arieta.
“No hace falta que todo sea igual, sino que sea coherente. Cuando intentamos que nada cambie para nuestros hijos, lo que les transmitimos es nuestro propio miedo al cambio”, puntualiza.
Repercusiones en el bienestar
de los hijos
Arieta advierte que, aunque muchas veces no lo expresen con palabras, los hijos pueden vivir con estrés o ansiedad los conflictos, tensiones e incertidumbres que se generan entre sus padres cuando abordan la organización de las vacaciones familiares.
En los menores “pueden aparecer cambios de humor o irritabilidad, problemas de sueño, dolores de vientre o de cabeza sin una causa clara, mientras que los más pequeños pueden experimentar retrocesos temporales, volviendo a comportamientos o hábitos propios de etapas anteriores de su desarrollo que ya habían superado, según explica.
Asimismo, existen otras señales de malestar emocional infantil más silenciosas y que, por eso, los adultos pueden pasar por alto con más facilidad, y que provocan lo que esta experta denomina “el daño invisible”.
Esto sucede “cuando el niño intenta contentar a todos, se calla para no molestar, evita hablar de otra casa de su otro progenitor o lo hace con un sentimiento de culpa, o de repente no quiere ir a una actividad que antes le gustaba”, según Arieta,
Cuando uno de los padres detecta este tipo de comportamiento en su hija o hijo, esta especialista recomienda no “interrogar al menor sino darle espacio y escucharlo de verdad, sin colocarle encima nuestra propia carga emocional”.
Una pregunta clave para decidir bien
Consultada acerca de qué guía pueden utilizar los padres para tomar decisiones enfocándose en el bienestar de los menores y no en los conflictos con su ‘ex’, Arieta considera que puede ayudarles mucho plantearse una pregunta del método STEP (sistema creado por esta experta para reorganizar y gestionar las relaciones familiares tras una separación o divorcio).
Esta pregunta, llamada ‘la Brújula de las Decisiones’, es la siguiente: “si esto no tuviera nada que ver con mi divorcio o separación, ¿lo decidiría igual?”.
Para Arieta, se trata de “una forma rápida de comprobar si estoy decidiendo desde el bienestar del niño o desde la herida con la otra parte”.
A partir de ahí, esta experta formula dos recordatorios para los padres: “en lo que respecta a los adultos, flexibilidad no es renuncia —una cosa es ceder con criterio y otra rendirse a la presión— y en lo que se refiere al cuidado de los hijos, el control no equivale a la protección”.
Para Arieta “conviene tener clara una idea que está respaldada por la investigación científica: a los hijos no les protege tanto que los padres se lleven bien como que haya claridad, estabilidad y poca exposición al conflicto. No es la armonía lo que los protege, sino la sensación de seguridad”.
Herramientas de comunicación y
planificación
“Lo más eficaz, para evitar conflictos, consiste en dejar el reparto del tiempo vacacional con los hijos acordado por escrito y con anticipación, antes de que empiece el verano, incluyendo calendario de días, vacaciones y planes importantes”, de acuerdo con la fundadora de Stepfamily.
“Poner el acuerdo por escrito no es desconfianza, sino cuidado, y como reza el dicho: cuentas claras, amistades largas”, recalca.
“En la comunicación de una expareja, ayuda usar un solo canal y mensajes breves, prácticos y centrados en la organización, sin entrar en el plano emocional ni en viejas discusiones”, aconseja.
“También es conveniente, cuando sea necesario, fijar plazos claros y establecer procedimientos—`si no hay respuesta antes de tal día, procederé de tal manera´—, que aporten orden y previsibilidad al acuerdo”, según Arieta.
“La idea de fondo es relacionarse desde la estructura actual y no desde un vínculo que ya no está: un puente menos bonito, quizá, pero mucho más funcional. A veces, cuando existe mucho conflicto entre los exintegrantes de una pareja, el que mantengan un contacto menor, pero bien estructurado, puede traerles más paz que impulsar una falsa colaboración”, concluye.







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