Robert De Niro y Jane Fonda criticaron duramente al presidente Donald Trump durante el concierto Rise Up, Sing Out.
Y eso me importa tres pepinos. Me resulta completamente indiferente; no me da ni frío ni calor, ni me va ni me viene. Este es un país libre, y cada cual tiene la prerrogativa de pensar y opinar como le dé su reverendísima gana.
Lo que sí me molesta es que este par de personajes actúe con una hipocresía descomunal. A mi juicio, son unos descarados, además de desleales con la nación que los vio nacer.
¿Qué autoridad moral tiene Jane Fonda para hablar o criticar? Fue una mujer que, en plena guerra de Vietnam, se alineó públicamente con el enemigo de su país. Se subió a un tanque norvietnamita y colmó de elogios a quienes estaban causando la muerte de miles de jóvenes estadounidenses.
El viaje de Jane Fonda a Vietnam del Norte en 1972 fue, repito, una traición a los Estados Unidos. Su visita incluyó la difusión de mensajes pacifistas y fotografías junto a baterías de artillería antiaérea, lo que le valió el apodo de “Hanoi Jane”. Además, lanzó duras críticas contra los soldados estadounidenses que arriesgaban sus vidas en el sudeste asiático.
Por su parte, Robert De Niro representa, para muchos de sus detractores, lo peor de la farándula hollywoodense.
¿Cómo se atreve a llamar dictador a Trump cuando en otras ocasiones pareció mostrarse complaciente con figuras como Miguel Díaz-Canel?
Y, como colofón, afirma que “no se puede amar a los Estados Unidos mientras Donald Trump sea presidente”. Eso equivaldría a decir que quienes discrepaban de Barack Obama no amaban a su país mientras él ocupó la Casa Blanca.
Créame: él no odia más a Trump de lo que yo he odiado a Fidel y Raúl Castro, y jamás por ello he dejado de amar a mi país.







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