Por Álvaro J. Álvarez. Exclusivo para LIBRE
Se hace difícil resumir sobre la actividad farmacéutica sin mostrar un breve panorama sobre cómo era la situación de la salud en La Habana, fundamentalmente en los siglos XVIII y XIX, que provocó el desarrollo de la medicina y de la proliferación de las boticas, droguerías y/o farmacias.
Eran muchos los problemas de salud que aparecían en la época de la colonia, era escaso el personal médico, frecuentes las enfermedades como las diarreas, la constipación, el asma, las dificultades en la orina, las contusiones, las heridas, úlceras o infecciones parasitarias externas.
En su mayoría estos problemas eran aparejados por la falta de sanidad de la ciudad, por el abasto de agua, las lluvias, la falta de higiene por lo que sus principales métodos curativos fueron el agua, tratamiento en varias enfermedades. También utilizaban numerosas plantas medicinales del país, como la caña santa, la manzanilla, las guayabas maduras, semilla de marañón (para curar el asma, expectorante y antihelmíntica), las nueces (laxante, dolores reumáticos, obstrucciones intestinales), fruta bomba o papaya (ayudar la digestión y vermicida), berenjena (calmante), ajo (febrífugo y vermífugo, diurético, anticatarral e hipotensor), café macerado (gota), semillas de calabaza (antihelmíntico).
En 1609, el gobernador Ruiz de Pereda advertía al Rey Felipe III, “que en La Habana se vivía muy mal, debido a tan buen número de casas y vecinos, que cada día va aumentando y de tan grande concurso de pasajeros, no hay en ella quien pueda tomar el pulso a un enfermo ni ordenar a una sangría”.
La aglomeración de casas y posadas, la escasez de agua potable, y el número crecido de cerdos y reses que se conducían a los mataderos para el consumo del vecindario, hacían proliferar la suciedad, los malos olores y las plagas de ratones e insectos que pululaban por todas partes. Dadas las persistentes malas condiciones higiénicas, en 1669 se ordenó el cuidado de la Zanja Real, por constituir la principal fuente de agua potable para los habaneros.
En 1834 las boticas estaban como en los tiempos primitivos y a partir de ese año se fueron transformando con la introducción de nuevos productos farmacéuticos que salían de las principales droguerías de Francia, Inglaterra y Alemania.
En 1842, el Boticario se formaba casi en el empirismo práctico del mostrador. Más tarde, en 1863, la Facultad de Farmacia se emancipa para siempre de la de Medicina y Cirugía. Según investigaciones realizadas, desde su fundación en 1728 hasta su secularización en 1842, en la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana no existieron estudios de Farmacia.
También se publicó el Diccionario Botánico de Nombres Vulgares y Plantas Medicinales, Aromáticas y Venenosas de Cuba de Juan Tomás Roig, distinguido hombre de ciencias, de profesión farmacéutico. La figura más destacada de aquella época fue José Estévez y Cantal, que estudió botánica, aunque se dedicó a la química. Personalidades como Tranquilino Sandalio de Noda, José Luis Casaseca y Silván, que sin ser farmacéutico fue profesor de farmacia y de química en Cuba.
La Botica fue considerada con este nombre porque venía de apoteca (Bodega) que las autoridades del Virreinato le pusieron al establecimiento de venta de medicinas, a pesar de que era parte principal del sistema médico de esa época.
También se dice por los frascos o botes, donde se guardaban los fármacos en aquella época.
Las boticas en toda la colonia funcionaban en los conventos u hospitales, pero durante el siglo XIX se inició el funcionamiento de multitud de boticas privadas. Por las protestas el trabajo del boticario fue reglamentado por el protomedicato, estableciéndose que ninguna receta fuera despachada sin autorización de los médicos. Pero a la falta de estos y el alto costo que suponía tener acceso a uno de ellos, eran los boticarios los que prescribían los medicamentos simples fundamentalmente a los pobres.
Las Leyes de Indias dieron a conocer las instrucciones de almacenamiento y venta de específicos, con medidas a impedir que personas sin patentes, ejercieran el arte de la botica. Por el crédito que estos conseguían entre los vecinos, era inútil retirarlos del oficio. Además, porque la venta de específicos no sólo se realizaba en las oficinas de droguerías, sino en las tiendas de mercancías y víveres, que comerciaban a precios más bajos.
Para ejercer de boticario solo necesitaban tener el título de licenciado en la Universidad de La Habana, o en cualquier otra de España. Podía abrir un dispensario público, presentar el croquis de la casa y una copia del título académico. Residir en el mismo lugar donde se fuera a abrir la botica, así como tener a buen recaudo, en un armario habilitado al efecto, las sustancias venenosas y heroicas.
Cada boticario debía llevar un libro de fórmulas, reflejando en él cada medicamento que despachaba y su contenido. El uso y tenencia de ésta última en las oficinas de farmacia fue de obligado cumplimiento durante todo el siglo XVIII y XIX. Era frecuente la venta de preparados con patentes extranjeras, pues no había dificultad para su entrada en el país; sólo debía efectuarse el pago del Arancel de Aduana, vigente desde 1870.
La farmacia es el lugar donde se preparan, dispensan y venden los productos medicinales; también es la ciencia y práctica de la preparación, conservación, presentación y dispensación de medicamentos.
El verdadero auge de la farmacia en Cuba tiene lugar a partir del siglo XIX, cuando adquiere su propia independencia con respecto a la práctica médica, creándose la Junta Superior Gubernativa de la Facultad de Farmacia, instalada en La Habana el 24 de diciembre de 1833. Dicha junta otorgaba los grados de bachiller, licenciado y doctor en Farmacia, teniendo a su cargo el establecimiento de las cátedras de Química, Botánica y Farmacia. Le correspondía también atribuciones económicas, directivas y gubernativas como las de imponer.
La farmacia cubana dejó de ser el experimentado laboratorio para convertirse en un centro comercial, sin embargo, todo no fue negativo, porque se realizaban valiosas investigaciones, se continuaba escribiendo y fundando revistas que abordaban la temática del desarrollo farmacéutico de la isla y en 1930 llegaron a existir, 7 revistas farmacéuticas en La Habana.
Antes del siglo XX y principios del mismo la formulación y preparación de medicamentos se hacía por un solo farmacéutico o con el maestro farmacéutico que tenían a la botica como el lugar o establecimiento donde un farmacéutico ejercía la farmacia comunitaria o proporcionaba servicio sanitario a un paciente con la oferta de consejo, dispensación de medicamentos fruto de este consejo o por receta del médico y otros productos de farmacia como productos de cosmética, alimentos especiales, productos de higiene personal, ortopedia, etc.
Actualmente a la oficina de farmacia se le llama popularmente farmacia y tradicionalmente se le llamaba botica. Una oficina de farmacia puede albergar un laboratorio de análisis clínicos o uno de elaboración de productos medicinales mediante fórmulas magistrales o preparados oficinales. En Cuba el auge de las farmacias se materializa a principios de la Guerra de Independencia en 1895 con la existencia de importantes farmacias que preparaban sus propios productos para venderlos a otros establecimientos.
Las Droguerías
En Cuba, el término droguería se utiliza principalmente en dos contextos diferentes: el histórico, referido a las majestuosas farmacias de los siglos XIX y XX, y el logístico, que designa a los centros de almacenamiento mayorista. Por lo tanto, las droguerías son las grandes farmacias que se ocupan de surtir a las farmacias minoristas que atienden directamente a la población.
En 1958 teníamos en La Habana las siguientes: Alcázar, Alegret, Amiguet, Bauer & Black de Cuba, Bravo, Boffill, Hermanos Cabrera, Cartaya, Comercial del Vedado, Continental, Cooperativa de Cuba, Danhauser, Distribuidora del Cerro, Fariñas, Jesús Alas, Johnson, La Comercial de Marianao, Laman & Kemp Barcley, Machado, Merck Sharp & Dohme, Muste, Mutualista de Cuba, Occidental, Penichet, Rex, Reyes, Ruiz, San Rafael, Sarrá, Saúl Díaz, Squibb & Sons, Sterling, Taquechel y Universal, entre otras.
En la ciudad de Matanzas estaba la Droguería-Farmacia Francesa del Dr. Triolet fundada en 1882.
De las pocas decenas de boticas que existían en Cuba, se llegaron a registrar 1,707 en 1951, de ellas 604 estaban en La Habana.
En 1951 el negocio de las medicinas movió, por concepto de ventas, $50 millones (equivalentes a dólares) y existía en Cuba un laboratorio por cada diez mil habitantes.
Cuba era, antes de 1959, uno de los países de mayor consumo per cápita de medicamentos en el mundo.
En esta etapa la farmacia cubana dejó de ser el experimentado laboratorio para convertirse en un centro comercial, pero todo no fue negativo, en las nuevas droguerías se realizaban valiosas investigaciones, se escribía sobre el tema y se fundaron varias revistas.
En 1904 se creó una nueva comisión para redactar la farmacopea cubana, integrada por los doctores: Juan Santos Fernández, Enrique Barnet, Tomás Coronado, Gerardo Fernández, José Guillermo Díaz, José Alcán y Jorge Le Roy.
En 1912 se creó en La Habana el laboratorio de Química Legal. En 1928 se fundó el Laboratorio Llanio – Embil, en Campanario #46.
Otra característica que presentó la farmacia cubana fue la utilización en los Estados Unidos de la mano de obra cubana con el objetivo de lograr a través de la industria farmacéutica un desmesurado aumento del capital financiero al cual estaban vinculadas las farmacias (comercios como la Sarrá, Johnson y Taquechel) lo que permitió la entrada y la fuerza de las empresas de medicamentos en la Farmacopea cubana.
Sarrá era la mayor y más antigua droguería y farmacia cubana. Con el nombre de La Reunión abrió sus puertas el 20 de mayo de 1853 en la calle Teniente Rey #41(Plazuela de Santa Teresa).
José Sarrá Catalá (1818-1877) y su tío Valentín Catalá eran catalanes y boticarios. A mediados del XIX se fueron a Cuba para hacer carrera y probar fortuna en los negocios. Lograron mucho más. Los Sarrá conquistaron La Habana. Su historia es la de los catalanes emprendedores en el mundo; una parte importante de la historia de Cuba; un paradigma de la historia de los indianos, de la burguesía criolla y de los primeros capitalistas de Latinoamérica. Sus huellas están en algunos de los inmuebles más emblemáticos de La Habana, desde la gloriosa farmacia que crearon y fueron ampliando a lo largo de generaciones, hasta el imponente palacio que hoy alberga a la Embajada Española.
El imperio Sarrá tuvo un siglo largo de vida en Cuba, nació en 1853, cuando los licenciados Valentín Catalá y su sobrino José Sarrá Catalá invirtieron 50,000 pesos en la fundación de una farmacia y droguería en pleno corazón de La Habana Vieja, junto a un pozo de agua pura (sin dureza e idónea para la elaboración de medicamentos). El establecimiento, orientado a la venta al por mayor, se llamó La Reunión porque unificaba las farmacias tradicional y homeopática: la primera, a cargo de José Sarrá y la segunda, dirigida por Valentín Catalá, que también asumió la contabilidad.
José Sarrá montó un laboratorio que en poco tiempo estaba surtiendo de ungüentos, sales, jarabes y extractos a farmacéuticos y hospitales de toda Cuba.
En 1858 se incorporó a la empresa el sobrino de José, también científico y negociante José Sarrá Valldejulí (1838-1898) oriundo de Malgrat de Mar, Cataluña. Su padre el Dr. Ramón Sarrá y Catalá, médico, su madre Teresa Valldejulí. Sus abuelos paternos fueron el Dr. Pau Sarrá y Torró, también médico, nacido el 5 de febrero de 1775 en Vilanova de Palafolls, el antiguo nombre de Malgrat de Mar, y Teresa Catalá y Padrell, hija a su vez del boticario Bru Catalá.
En 1865, Valentín les vendió su parte para establecerse por su cuenta en Barcelona, donde José Sarrá iría también a morir el 10 de diciembre de 1877. Entonces se creó Sarrá y Compañía.
José Sarrá Valldejulí fue el segundo dueño de la empresa, con su esposa Celia Hernández Buchó y sus tres hijos, María Teresa, Celia y Ernesto José (1874-1960) Sarrá Hernández, que fue el tercer dueño de la empresa.
José Sarrá Valldejulí revolucionó la empresa, compró toda la manzana y varias fincas vecinas, remozó la botica y le agregó oficinas, almacén y un laboratorio mayor; compró nuevos aparatos, como una máquina de vapor para hacer pulverizaciones o presas para extraer aceite de ricino. Lanzó productos propios de gran éxito, como la Magnesia Sarrá. Creó, en suma, la que sería la mayor farmacia de Latinoamérica y se cree que la segunda del mundo tras la norteamericana Johnson.
En el año 1881, Su Majestad, Alfonso XII de España le concedió al Dr. José Sarrá y Valldejulí el título honorífico de Farmacéutico y Droguero de la Real Casa y el uso del Escudo de Armas Reales en las muestras, facturas y etiquetas de la Droguería Sarrá.
En el año 1934, el Congreso de la República de Cuba le concedió a la Droguería Sarrá el uso del Escudo de la República en las muestras, facturas y etiquetas.
La familia Sarrá también confería anualmente, El Premio Sarrá a los mejores estudiantes de farmacia de la Universidad de La Habana y de la Universidad de Villanueva.
El 15 de octubre de 1898 murió en Barcelona el Dr. José Sarrá y Valldejulí, entonces el 2 de mayo de 1899, su viuda, Celia Hernández Buchó y su hijo, Ernesto José Sarrá Hernández, formaron la sociedad mercantil Viuda de Sarrá e Hijo y en 1912, en planes de remodelación, la compañía añadió otras casas en la calle Teniente Rey a la farmacia, y con otros edificios ubicados en las calles Habana y Compostela, llegaron a formar un complejo farmacéutico de 45 inmuebles para un total de 40,000 metros cuadrados.
María Teresa Sarrá y Hernández fue casada con Dionisio Velasco y Castilla; fue su hijo Dionisio Velasco y Sarrá.
Celia Sarrá y Hernández fue esposa de Octavio Averhoff y Plá, natural de Puentes Grandes, La Habana, abogado, Catedrático de la Universidad de La Habana y Secretario de Hacienda y de Instrucción Pública de la República de Cuba. Fue hijo de Mariano Averhoff y Medina, natural de Aguacate, La Habana, y de María de la Concepción Plá y Carrillo. Tuvieron por hijos a Aleida, Octavio y Livia Averhoff y Sarrá.
El Dr. Ernesto José Sarrá y Hernández, también farmacéutico, casó en 1906 con Dolores Larrea y Pina; fueron padres de Ernestina, esposa de Thorwald Sánchez-Pereira y Culmell; Ofelia, esposa de José Antonio Mejer y Aguirre; e Hilda Sarrá y Larrea, esposa de Juan Tomás Eduardo Portela y Portela.
Al morir José Sarrá Valldejulí en 1898, asumieron la dirección su viuda Celia Hernández Buchó y su hijo Ernesto Sarrá Hernández (1874-1960) quien estando a la cabeza, en las primeras décadas del siglo XX, transformó el prestigioso negocio en uno de los emporios más importantes de Cuba, con 600 empleados y más de 500 productos.
Luego de ser robado su negocio en 1959, Ernesto José se marchó a Estados Unidos.
En 1999, un grupo de nietos y bisnietos del Dr. Ernesto José Sarrá Hernández establecieron en el Estado de Florida la corporación Droguería Sarrá, S.A., Inc., para continuar la tradición empresarial de más de 150 años. El Dr. Luis Ernesto Mejer Sarrá, hijo de doña Ofelia Sarrá y Larrea, Chairman y Director Científico de la nueva corporación, ha formulado productos nutracéuticos que están siendo ofrecidos al público como los Productos Naturales Sarrá.
Droguería Johnson
Fabricantes de insecticidas, desinfectantes, perfumes, sueros, fabricantes y distribuidores de productos farmacéuticos y químicos, droguería y farmacia. Situada en Obispo # 260 esquina a Aguiar desde 1914 y cliente del Banco Royal of Canada y del Trust Company of Cuba.
Fundada en 1883 y en la calle de O’Reilly # 31 por el Dr. Manuel Serafín Johnson Larralde, natural de Matanzas, nació el 9 de septiembre de 1860.
Su padre Teodoro Johnson era un hombre de negocios y, una vez en Cuba, se estableció en Matanzas en donde se casó con Margarita Larralde López de Villavicencio, joven procedente de una familia de abundantes recursos económicos. Margarita falleció el 1ro. de junio de 1864, a la edad de 22 años, y solo tres años más tarde, el 6 de mayo de 1867, falleció Teodoro con 46 años. Entonces Manuel Serafín, el único hijo de ambos, quedó huérfano y al amparo de la familia materna cuando aún no había cumplido los siete años.
Se graduó de Bachiller en Artes en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana y se le extendió el título el 14 de octubre de 1874.
En la Real y Literaria Universidad de La Habana realizó los estudios superiores para graduarse de Bachiller en Farmacia, con sobresaliente en los ejercicios de grado, el 26 de junio de 1878 de Licenciado en Farmacia, con Premio Extraordinario en el grado, el 28 de septiembre de 1879 y la tesis “Entre las teorías conocidas ¿Cuál es la que mejor explica el fenómeno de las fermentaciones?” y de Doctor en Farmacia, el 17 de septiembre de 1881, con la tesis “¿Tienen lugar verdaderos fenómenos químicos en la vida de los vegetales y en la formación de los productos que a la Farmacia suministran?”, también con el Premio Extraordinario en el grado, para el que desarrolló el tema “Dada la extensión e índole de los estudios de la ciencia farmacéutica ¿se puede determinar dónde acaba una asignatura y dónde empieza la otra?”.
El acto de investidura se llevó a cabo el 16 de octubre de 1883.
En la Universidad de La Habana se graduó de Licenciado en Ciencias Fisicoquímicas, con nota de sobresaliente en los ejercicios de grado, el 30 de septiembre de 1884.
Mientras estudiaba en la Universidad practicó en la farmacia del licenciado Francisco A. de Figueroa.
Una vez graduado de Licenciado en Farmacia ejerció por corto tiempo en Viñales, Pinar del Río (1880-1881) y Unión de Reyes, Matanzas (1881-1882), pero ya desde principios de 1883 tenía su propia farmacia en La Habana, calle de O’Reilly #31.
En 1896 ya estaba entre las más conocidas de La Habana y siete años más tarde se anunciaba como “Farmacia Droguería Johnson” y ocupaba todo el edificio de las calles Obispo y Aguiar, hasta O’Reilly, donde aún permanece.
Su carrera docente en la Real y Literaria Universidad de La Habana fue de gran brillantez. El 22 de octubre de 1883 fue nombrado catedrático auxiliar de la Facultad de Farmacia y en este cargo desempeñó, como era entonces función de dicha categoría docente, la cátedra que por algún motivo tuviera una ausencia temporal de su propietario, así impartió cursos completos en las de Prácticas de Operaciones Farmacéuticas, Química Orgánica aplicada a la Farmacia con sus prácticas y la de Farmacia Práctica y Legislación Sanitaria, hasta que por ejercicios de oposición obtuvo la de Química Orgánica con aplicación a la Farmacia, como catedrático numerario y tomó posesión ante el Claustro en Junta de Profesores el 20 de abril de 1892.
Ocupó los cargos de Vicesecretario (1887-1888) y Secretario (1888-1889) de la Facultad de Farmacia y como reconocimiento a sus méritos docentes, desempeñándose aún como profesor auxiliar, se le designó para que pronunciara la oración inaugural del curso académico 1888-1889, en toda la Universidad.
El 28 de diciembre de 1899 se trasladó, al Dr. Johnson, para la cátedra de Química Orgánica, tres cursos, de la Facultad de Ciencias, pero un año más tarde regresó a su antigua Facultad, entonces como de Medicina y Farmacia, en virtud de la reforma de estudios inspirada por el ilustre pedagogo y filósofo positivista Dr. Enrique J. Varona y Pera.
Su nueva cátedra contaba con las siguientes asignaturas: Prácticas de Química aplicadas a la Farmacia, un curso y Análisis Especiales (Medicamentos, Alimentos y Venenos), un curso, en la Escuela de Farmacia y Química Médica, un curso, en la Escuela de Medicina. Esta cátedra la desempeñó hasta su fallecimiento.
Fue Decano interino en la Facultad de Medicina y Farmacia en dos oportunidades (1911 y 1922). En la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana fue electo académico de número, en la Sección de Farmacia, el 25 de junio de 1885.
Presidió la Liga contra el Cáncer y el Instituto Cultural Cubano-Norteamericano y fue benefactor de la Academia Cubana de la Historia.
Falleció inesperadamente el 3 de noviembre de 1922 en La Habana y en su honor se suspendieron las clases mientras estuvo el cadáver de cuerpo presente y se colocaron cortinas negras en diferentes lugares de su querida Universidad de La Habana.
Su esposa fue la habanera Mercedes Anglada Álvarez de familia de muy buena posición económica.
Sus hijos: Teodoro A. (1884-1961) y Carlos M. Johnson Anglada nacido en 1887.
El N° XXXIX, de abril de 1925, la Revista Comercial Farmacéutica, cuyo director y propietario era Sebastián Figuera, publicó una foto del edificio que ocupaba la Farmacia Droguería Johnson, con el siguiente comentario publicitario: Droguería Johnson “La Mejor” así considerada por los farmacéuticos de la república de Cuba. Esta gran droguería sin acudir a imitaciones de productos extranjeros, ni engañar a sus clientes por medio de regalos, para atraparlos en un plan de ventas ridículo, ha logrado colocarse a la mayor altura entre las droguerías de Cuba. Su nombre es altamente considerado por los manufactureros de productos extranjeros y su buena reputación está muy arraigada entre los farmacéuticos y los droguistas de toda la Isla.
Carlos Manuel Johnson Anglada, nació en La Habana, el 18 de agosto de 1887. Como su hermano realizó la enseñanza primaria en un colegio de su ciudad natal y fue enviado a Berlín donde se graduó de Bachiller. Legalizó su título en la Embajada de Cuba en Alemania el 23 de marzo de 1908.
En la Universidad de La Habana se graduó Carlos M. Johnson, con nota de sobresaliente, de Doctor en Farmacia y se le expidió el título el 9 de noviembre de 1914. Años más tarde, en la propia Universidad, se graduó de Doctor en Derecho Civil y se le expidió el título el 3 de octubre de 1930, pocos días antes de que la dictadura del General Gerardo Machado Morales clausurara la Universidad por tres años.
Esta doble formación farmacéutica y jurídica le permitió desempeñar entre otras funciones en la Droguería, la de su asesor legal, durante tres décadas exactas (1930-1960) y también le permitió obtener en 1941, por ejercicios de concurso-oposición, el cargo de profesor auxiliar de la múltiple cátedra D de la Facultad de Farmacia, que comprendía las siguientes asignaturas: Botánica aplicada a la Farmacia, Elementos de Zoología, Bacteriología Farmacéutica, Legislación y Deontología Farmacéutica e Historia de la Farmacia.
Teodoro Agustín Johnson Anglada, el hermano mayor, nació en La Habana el 27 de febrero de 1884. Después de recibir la enseñanza primaria en colegio de su ciudad natal fue enviado por su padre a Berlín, donde se graduó de Bachiller y en La Universidad de la capital de Alemania alcanzó, tras brillantes estudios, el título de Doctor en Filosofía (Química) y Artes Liberales el 22 de diciembre de 1906.
Realizó estudios de postgrado en París y de regreso a La Habana, el 28 de octubre de 1907 el Secretario de Instrucción Pública autorizó la incorporación de sus estudios, cuyos ejercicios llevó a cabo en la universidad habanera los días 15, 16 y 18 de noviembre del propio año y se le expidió el título de Doctor en Ciencias Físico-Químicas el 4 de diciembre siguiente.
Continuó estudios en la propia universidad hasta alcanzar el título de Doctor en Farmacia, con calificación de sobresaliente en los ejercicios de grado y se le expidió el título el 25 de marzo de 1908. Es interesante referir brevemente en qué consistió este ejercicio. Comprendió el análisis de cuatro tipos diferentes de sustancias: orgánica, glucosa, dosificación; medicamentosa, bromuro potásico, ensayo; alimenticia, mantequilla, índice de saponificación y tóxica, plomo, investigación toxicológica.
Desde su regreso compartió con su padre las funciones de dirección de la Farmacia Droguería, la que, desde entonces, se desarrolló con mayor rapidez y prosperidad económica. Una vez incorporado su título y graduado de farmacéutico aspiró, igualmente, a la carrera docente.
El Consejo Universitario aprobó su nombramiento de catedrático auxiliar interno del Laboratorio de Análisis de la Escuela de Farmacia el 18 de enero de 1910, tomó posesión al día siguiente y fue nombrado en propiedad, en virtud de ejercicios de oposición, por Decreto Presidencial de 28 de marzo del propio año.
Este cargo docente comprendía también las funciones de auxiliar de la múltiple cátedra que desempeñaba su padre y al fallecimiento del doctor Johnson Larralde, ascendió a profesor titular en propiedad. Dos años más tarde al reformarse los planes de estudio de todas las carreras universitarias (1924), la asignatura de Química Médica, un curso, se independizó como cátedra de Química Biológica, un curso, en la Escuela de Medicina y él quedó con dos asignaturas en su cátedra A: Prácticas de Química aplicadas a la Farmacia, un curso y Análisis Especiales (Medicamentos, Alimentos y Venenos), un curso, en la Escuela de Farmacia.
En estas actividades se mantuvo hasta arribar a las tres décadas de docencia universitaria, en que fue nombrado Profesor de Investigaciones en la ya Facultad de Farmacia, cargo que ocupó hasta el triunfo castro-comunista, en que con motivo de producirse el llamado colinazo universitario, cuando un grupo de profesores y alumnos tomó la Universidad de La Habana, a principios de febrero de 1959, el 26 de ese mes renunció irrevocablemente al mismo en señal de protesta.
Desempeñó numerosos e importantes cargos, entre ellos: Presidente de la Liga contra el Cáncer (1942) y Presidente del Instituto Cultural Cubano-Norteamericano.
Teodoro A. Johnson Anglada se casó con la camagüeyana Emilia Aguilera Sánchez-Pereira y vivían en la calle G entre 21 y 23 en El Vedado. Fueron los padres de Alina Mercedes (1920-1982), Teodoro y Luis Johnson Aguilera.
Johnson Anglada, falleció en La Habana el 3 de abril de 1961 a la edad de 77 años.
De sus tres hijos, brilló con luz propia Alina Mercedes Johnson Aguilera. La Habana la vio nacer en 1920 y el mundo la conoció en 1945 cuando la revista Life la retrató como la “Havana Glamour Girl”, símbolo de elegancia y juventud. Su vida estuvo marcada por el amor, se casó con Luis García Menocal y Nadal, descendiente de ganaderos y arroceros, compañero de estudios de John F. Kennedy en 1936. Juntos levantaron familia y sueños, desde la farmacia paterna hasta los arrozales de Pinar del Río y Ciego de Ávila.
El destino, sin embargo, les fue adverso: Alina y Luis murieron trágicamente en un accidente automovilístico, en México el 5 de abril de 1982, dejando tras de sí una estela de memoria y dolor.
La dedicación de la familia Johnson al oficio y la calidad de su trabajo los hicieron muy populares en La Habana. De los cinco hijos de los Johnson, todos se convirtieron en farmacéuticos y cuatro de ellos continuaron el trabajo de su padre. Entre septiembre y octubre de 1960, la farmacia fue robada por Castro y se cree que los miembros restantes de la familia emigraron a Estados Unidos.
Droguería Taquechel
Menos ricos que Ernesto Sarrá Hernández eran Francisco C. Taquechel Mirabal y Teodoro Johnson Anglada, ambos con categoría 4 de la escala de 5.
En Obispo #155 entre San Ignacio y Mercaderes, se hallaba la Droguería Taquechel. Antigua casa de vivienda adaptada en 1898 para establecer una importante farmacia.
Era un laboratorio de especialidades farmacéuticas, biológicas y opoterápicas; fabricante de perfumes, insecticidas, desinfectantes, fungicidas y extractos de frutas y almacén de materias primas para dulcerías, panaderías e industrias. Distribuidor además de perfumes y productos farmacéuticos y químicos importados.
Clientes del Royal Bank of Canada.
Su fundador en 1899 fue el Dr. Francisco Cornelio Taquechel Mirabal nacido en Santiago de Cuba el 16 de septiembre de 1869, descendiente de una familia francesa establecida allí desde los primeros años del siglo XIX.
Su padre Pedro Vicente Taquechel y su madre Florencia Justina Mirabal tuvieron nueve hijas, siendo Francisco Cornelio el único varón.
La Droguería estuvo bajo su dirección hasta su fallecimiento en 1955 en que pasó a su yerno el farmacéutico, Dr. Joaquín Viñals Vallcorba, casado con su hija Mercedes Taquechel Barrueco (1907-1999). Luego su nieto el Dr. Joaquín Viñals Taquechel también estaba en la firma.
Francisco Cornelio se casó en Santiago de Cuba el 7 de junio de 1905 con la santiaguera María de la Caridad Amparo de los Dolores Barrueco y Rosell, nacida el 19 de mayo de 1878. Su padre Manuel Barrueco Diez y su madre María de la Caridad Rosell se casaron el 14 de septiembre de 1871.
Francisco y María, al momento de la boda, vivían en Manuel del Monte, en Santiago de Cuba. Luego en la calle 13 # 851, esquina con la calle 4 en El Vedado, La Habana.
María de la Caridad murió en La Habana el 11 de junio de 1935.








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