Actualidad con Rafael Bordao

Por Luis de la Paz  

El escritor y profesor Rafael Bordao es uno de los cubanos que llegó a Estados Unidos durante el éxodo del Mariel en 1980, por lo que forma parte de una generación de creadores que se ha denominado la Generación del Mariel, ese grupo que contribuyó a fortalecer la vida cultural de los cubanos en el exilio, donde ya había figuras importantes como Lydia Cabrera, Eugenio Florit, Julio Matas, Orlando Rossardi y Enrique Labrador Ruiz. Un grupo que junto a los que se sumaban al exilio, consolidaba la extraterritorialidad de la literatura cubana, esa realidad que desde el siglo XIX significa que una parte notable del quehacer literario cubano se ha hecho fuera de las fronteras insulares. 

Sobre su exilio ha señalado: “viví la mayor parte de mi vida adulta en Nueva York, esa ciudad que me recibió cuando llegué al exilio con más miedo que seguridad, pero con una voluntad feroz de rehacerme”. 

Rafael Bordao vivió parte de su exilio en Nueva York donde ejerció como profesor, escribió mucha poesía y editó dos revistas literarias que mucho aportaron a la cultura hispana en los Estados Unidos, La Nuez y posteriormente Sinalefa. 

Como escritor ha publicado, entre otros, Proyectura (1986), Acrobacia del abandono (Premio Agustín Acosta, 1988), Escurriduras de la soledad, Los descosidos labios del silencio, Los despojos del sueño, La Revolución de Castro: un aborto perfumado y La sátira, la ironía y el carnaval literario en Leprosorio (Trilogía poética) de Reinaldo Arenas.

Recientemente ha publicado un nuevo título, La herida que permanece, y sobre ese libro comenzamos nuestra conversación. 

—Me ha dado mucha alegría que hayas publicado un nuevo libro, La herida que permanece. ¿Podrías hablarnos de ese volumen?

Es un libro nacido de una larga vigilia interior. No fue escrito: se derramó. Durante años llevé dentro de mí cada una de esas reflexiones sobre el castrismo, sus máscaras, sus trampas, su capacidad casi quirúrgica para inocular miedo desde la infancia hasta la adultez. Esa pedagogía del terror –que empieza en la primaria, se afila en la universidad y luego acompaña toda la vida– dejó una marca profunda en quienes no aceptamos someternos. Por eso los textos surgieron con una rapidez indescriptible: no tuve que buscarlos, ya estaban ahí, esperando el momento de salir. La herida no solo era mía; es la herida compartida de un país fracturado, de una generación que aprendió velozmente que pensar por cuenta propia podía costar la libertad.

Pero La herida que permanece también es un acto de afirmación. Escribirlo fue reconocer que esa cicatriz no me define, pero sí me acompaña; que el exilio no borró el daño, pero me dio la distancia necesaria para nombrarlo sin miedo. En sus páginas conviven los que resistieron y los que se dejaron seducir por las falsas promesas del régimen, porque esa también es parte de nuestra tragedia: no todos los exiliados se respetan a sí mismos. Algunos permitieron que la dictadura los manoseara con ilusiones baratas, mientras otros cargamos con la memoria viva del abuso y la determinación de no olvidar. Este libro es para estos últimos: para quienes saben que la herida permanece, pero también que nombrarla es una forma de vencerla.

—El escritor José Hugo Fernández ha escrito que el libro es “la visión cosmopolita de un exiliado cubano obligado a vivir durante más de cuarenta años lejos de sus esencias primigenias”. ¿Qué ha sido para ti el exilio?

Sus palabras llenas de lucidez son el prólogo del libro, y le estoy muy agradecido por la empatía y la sagacidad que tienen sus palabras. Después de más de cuatro décadas en el exilio, he aprendido que el exilio no es solo una distancia geográfica, sino una fractura íntima, una herida que nunca termina de cerrar. Es vivir con la evidencia de que mi país sigue atrapado bajo una férrea dictadura que convirtió el afecto en malicia y la libertad en delito. Es cargar con la nostalgia como quien carga una patria portátil, hecha de recuerdos, calles que ya no existen y voces que quedaron atrás. Pero también es la conciencia de que, aunque me expulsaron, nunca pudieron silenciarme; que la persecución que intentó alcanzarme incluso fuera de la isla solo confirmó que mi palabra tenía fuerza, que mi libertad era una amenaza para quienes viven del miedo ajeno.

Y sin embargo, en esa misma distancia encontré la posibilidad de rehacerme. Estudié, me gradué, me casé, tengo otra hija, trabajé como profesor, escribí sin censura, fundé y edité dos revistas literarias, he publicado libros, construí una vida que no le debe nada a la dictadura cubana. Cada logro, cada página escrita, cada aula donde enseñé fue una victoria íntima contra el sistema que quiso reducirme al silencio. El exilio me arrebató un país –me alejó de mi madre y de mi hija–, pero me dio otro: uno donde pude ser plenamente yo, por propia iniciativa, sin bajar la voz, sin renunciar a mis convicciones. Y esa libertad conquistada, esa vida reconstruida desde la dignidad, es mi respuesta más contundente a quienes intentaron quebrarme.

—Llegaste a Estados Unidos durante el éxodo del Mariel. Viviste en Nueva York y ahora resides en Miami. ¿Cómo manejas esas experiencias de vida tan disímiles en tu obra y en tu diario vivir?

Viví la mayor parte de mi vida adulta en Nueva York, esa ciudad que me recibió cuando llegué al exilio con más miedo que seguridad, pero con una voluntad feroz de rehacerme. Allí estudié, me casé, trabajé durante décadas en el sistema de educación pública hasta jubilarme, y allí escribí varios de mis libros, edité dos revistas literarias que alcanzaron un éxito inesperado y me encontré con personas cultas, sensibles, generosas, con las que conviví, aprendí y amé. Nueva York fue mi patria adoptiva y mi taller espiritual, pero también el escenario de mis batallas más ásperas: tuve que enfrentar a escritores y profesores de izquierda que idolatraban el castrismo del que yo venía huyendo, ese mismo castrismo que me vigiló, me censuró y me obligó a abandonar mi país. Ellos celebraban la revolución que a mí me había condenado al silencio; yo defendía la libertad que ellos, desde la comodidad académica, despreciaban. Sin embargo, entre esos choques y esas afinidades, construí una vida que siempre había soñado: la vida del exiliado que, lejos de su isla, por fin puede respirar, crear y decir su verdad sin miedo. 

En cuanto a Miami, ha sido para mí una ciudad de contrastes: aquí he vivido momentos luminosos y también golpes duros, pero todo lo que me ha ocurrido –lo bueno y lo malo– me ha devuelto a mis raíces con una claridad que antes no tenía. En esta ciudad he sentido más cerca a Cuba, no como nostalgia, sino como una herida abierta que exige ser nombrada. Miami me ha hecho más consciente de lo que perdimos y de lo que aún debemos recuperar; me ha vuelto más combativo frente a la dictadura comunista que sigue oprimiendo a la isla. Ver a tantos cubanos reconstruyendo su vida aquí, escuchar sus historias, sus dolores y sus esperanzas, me ha reafirmado que la libertad de Cuba no es un sueño abstracto, sino una urgencia moral. Y lo que sí puedo afirmar es que Miami me ha devuelto la voz, la memoria y la determinación de no callar nunca más.

—Has editado también recientemente El polvo del torbellino: Antología poética. ¿Qué nos puedes decir de esa antología personal?

El polvo del torbellino es, para mí, una casa hecha de viento. Un libro que no nació de la urgencia de publicar, sino de la necesidad de mirar hacia atrás y reconocer, en el remolino de los años, las huellas que la poesía ha ido dejando en mí. No es una antología en el sentido convencional: es un mapa de mis metamorfosis, un espejo que recoge fragmentos de todos mis libros y los hace dialogar entre sí, como si cada poema fuera un sobreviviente que regresa para contar su versión del viaje.

El prólogo de Louis Bourne –poeta, profesor, lector minucioso– no es un simple umbral, sino un acto de lectura amorosa y rigurosa. Él vio en mi obra cosas que yo mismo no había visto, y su muerte, apenas tres meses después de la presentación en el Museo Americano de la Diáspora Cubana, convirtió ese texto en un gesto final de amistad intelectual. Su voz quedó suspendida en las páginas, como una lámpara encendida en medio del torbellino.

La portada de Obdulio Fuertes y los dibujos interiores de Arturo Potestad no ilustran los poemas: los acompañan, los contradicen, los empujan hacia otros territorios. Son respiraciones visuales dentro del libro, pequeñas grietas por donde entra otra luz.

—Tu trabajo no quedó limitado a tu condición de escritor, sino fue mucho más amplio, editaste revistas en tiempos en que publicar era muy complejo. ¿Cómo valoras el aporte de tus revistas a la literatura hispana en los Estados Unidos? 

Cuando pienso en La Nuez y en Sinalefa, no las veo solo como revistas: las veo como actos de fe. Fueron proyectos nacidos en un tiempo en que publicar en español en los Estados Unidos era casi un gesto de desobediencia. No había apoyos, no había circuitos, no había visibilidad. Había, eso sí, una comunidad dispersa, talentosa, hambrienta de espacios donde reconocerse. Y había también una necesidad íntima de crear un lugar propio en medio del exilio.

La Nuez nació en medio de una tensión enorme: la búsqueda de trabajo, la incertidumbre económica, la fragilidad del recién llegado. El primer número lo hicimos en España, y hasta allá viajamos para recogerlo y traerlo a Nueva York como quien trae un hijo recién nacido. Contra todo pronóstico, la revista tuvo un éxito inmediato entre escritores hispanos de Estados Unidos y España. El primer año, el Consejo de Arte de Nueva York nos otorgó un grant, y ese reconocimiento abrió puertas, prestigio y circulación. Durante cinco años La Nuez fue un pequeño epicentro donde se encontraron voces que, de otro modo, habrían permanecido aisladas. Cuando mis estudios doctorales hicieron imposible continuar, La Nuez cerró su ciclo.

Tiempo después nació Sinalefa, que vivió doce años y que se convirtió, sin proponérselo, en un archivo vivo de la literatura hispana en los Estados Unidos. Teníamos ya la experiencia, los lectores, los suscriptores, algunos donantes que creyeron en el proyecto. Pero, sobre todo, teníamos una convicción: publicar solo por calidad, sin sectarismos, sin fronteras ideológicas, sin exclusiones. En Sinalefa convivieron autores consagrados y escritores que apenas comenzaban; poetas, narradores, ensayistas, artistas visuales; voces de todos los géneros, estilos y procedencias.

Creo que el aporte fundamental de ambas revistas fue crear un espacio de legitimidad y visibilidad para los escritores hispanos que vivían dispersos por los Estados Unidos. Hoy, cuando miro hacia atrás, siento que esas revistas ayudaron a trazar un mapa: el mapa de una literatura que existía, pero que necesitaba un lugar donde reconocerse. Ese es el legado que permanece.

—Estamos siendo partícipes de noticias inéditas sobre Cuba, por un lado un país sin esperanzas y por el otro, las declaraciones de la administración Trump sobre el futuro de la Isla. ¿Cómo percibes lo que está aconteciendo?

Fíjate, lo que está ocurriendo en Cuba no es una sorpresa: es el resultado de décadas de desgaste, de un sistema que ha vaciado al país hasta dejarlo sin aliento. Hoy vemos una nación quebrada, sin esperanzas visibles, donde la gente sobrevive como puede, mientras la cúpula insiste en un discurso que ya nadie cree. La realidad ha superado a la propaganda, y eso es algo que ni ellos pueden ocultar.

Yo percibo un país al borde de un cambio inevitable. No porque alguien lo anuncie desde afuera, sino porque por dentro ya no queda nada que sostenga la ficción. El miedo se ha erosionado, la miseria ha llegado demasiado lejos y la gente ha perdido la paciencia. Cuba está viviendo un momento límite, y lo que está aconteciendo –dentro y fuera– apunta a que el ciclo histórico que conocemos está llegando a su fin.

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