La fobia social, la crisis de angustia o trastorno de pánico y el problema de la compra compulsiva son ejemplos de desórdenes psicológicos que “no responden a una entidad clínica real, sino que son sufrimientos legítimos ante condiciones de vida ilegítimas”, según un reconocido médico psicoterapeuta.
Por Daniel Galilea
“Hay algo que los médicos más críticos llamamos ‘disease mongering’ (invención de trastornos), que es una de las pruebas más evidentes de la psiquiatrización de nuestra sociedad y vida cotidiana”, señala el médico psicoterapeuta y profesor José Luis Marín, uno de los más respetados en este campo en el mundo de habla hispana.
“Se descubre un fármaco y después se busca cómo colocarlo en el mercado, incluso a costa de convertir un rasgo de la personalidad en un trastorno mental”, señala Marín, en su libro ‘La salud mental no existe. La salud, sí’, uno de cuyos capítulos dedica a describir ese fenómeno.
“Ocurrió en el caso de un antidepresivo, en el que primero se encontró el medicamento y después se reforzó el discurso de que la depresión era una enfermedad biológica provocada por un déficit de un neurotransmisor específico, y ha seguido sucediendo”, afirma en su libro, al que considera “una llamada a recuperar la esencia de la salud y devolverle el alma a la medicina”.
En su opinión, es lo que pasó, por ejemplo, con la fobia social, las crisis de angustia o trastorno de pánico y el trastorno por compra compulsiva. De hecho, se proponen algunos medicamentos (antidepresivos, ansiolíticos) como solución para tratar esos desórdenes, a los cuales el doctor Marín considera como ejemplos de la invención de trastornos.
Psiquiatra reconocido con una visión integradora
Marín es fundador del Foro Internacional para la Formación en Psicoterapia y presidente de honor de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia.
Ha sido pionero en defender una visión integral del ser humano que une biología, emociones y entorno social, reconocido por su visión integradora de la psiquiatría, la psicoterapia y la medicina psicosomática, y considerado un referente en el desarrollo y la aplicación de la denominada Psicoterapia Breve.
Su trabajo ha impactado tanto en el ámbito clínico como en la formación de miles de profesionales de la salud mental, y ha inspirado a generaciones de médicos y psicoterapeutas en toda Latinoamérica y España.
“Hoy más que nunca, a la gente le pasan cosas. No puedes dormir, estás enfadado, no tienes interés por las actividades cotidianas, estás aburrido, estás harto, te llevas mal con todo el mundo, no quieres comer o necesitas comer en exceso, no consigues concentrarte. Nosotros (los médicos) no hemos aprendido a curarlo, pero sí a etiquetarlo”, reflexiona.
“Lo llamamos depresión, o trastorno por ansiedad, o fobia social, o bulimia nerviosa o TDAH, y mandamos a esa persona que sufre a su casa con una receta para un medicamento”, prosigue.
“Dejamos de preguntarnos qué le hace sufrir, qué ha pasado en su vida antes de venir a vernos, cómo creció, quiénes eran sus padres, dónde y cómo vive. La persona desaparece junto a las preguntas que no hacemos. Solo queda el diagnóstico”, apunta.
Tres ejemplos típicos
Marín considera la fobia social, a la crisis de angustia o trastorno de pánico, y al trastorno por compra compulsiva como tres ejemplos claros de “invención de trastornos” mentales, pero señala que “hay que entender primero qué significa ‘inventar’ un trastorno”.
“Todos los diagnósticos son, en cierto sentido, inventados. No son entidades naturales como un virus o una bacteria, sino categorías que creamos los humanos para organizar y nombrar el sufrimiento”, afirma.
“El trastorno por pánico y la fobia social nacieron prácticamente a la par que los fármacos destinados a tratarlos. No es casualidad. Se necesitaba un diagnóstico para justificar la prescripción”, enfatiza.
“La crisis de angustia existe, naturalmente. La timidez extrema que te impide funcionar socialmente también existe. Y el consumo descontrolado como forma de tapar un vacío, por supuesto que existe”, declara.
Lo que Marín cuestiona, según explica, “es convertir esas experiencias en ‘trastornos mentales’ con nombre propio, código diagnóstico y protocolo de tratamiento estandarizado. Porque, en ese momento, dejamos de preguntarnos qué le pasa a esta persona en particular, cuál es su historia, qué sentido tiene este síntoma en su vida”.
Señala que “el caso de la compra compulsiva es especialmente revelador porque muestra cómo el sistema convierte en patología individual lo que es un síntoma cultural”.
“Vivimos en una sociedad organizada alrededor del consumo, donde cualquier idea de felicidad termina en una tienda, donde nos bombardean desde niños con mensajes de que comprar es la vía para sentirnos bien. Y cuando alguien lleva esa lógica al extremo, lo diagnosticamos y lo tratamos como si el problema estuviera en su cabeza”, argumenta.
Este especialista considera que esa “es la operación perfecta: el sistema genera el malestar y luego ofrece el diagnóstico y el tratamiento para ese malestar que él mismo creó”.
“El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es quizás el ejemplo de ‘invención de trastornos’ más llamativo de los últimos treinta años. A muchos nos parece que no puede ser un diagnóstico psiquiátrico”, señala Marín.
Para este experto, “el TDAH es en gran medida la patologización de la infancia normal sometida a condiciones anormales. Hemos convertido en enfermedad comportamientos que en muchos casos son simplemente incompatibles con un sistema escolar que exige a niños de seis años permanecer quietos y atentos durante horas”.
“El niño que se mueve, que se distrae, que no encaja en el molde, recibe un diagnóstico y frecuentemente una medicación. No preguntamos si el problema está en el niño o en un modelo educativo diseñado contra la naturaleza infantil. Los niños necesitan moverse, jugar, estar al aire libre, y los tenemos sentados frente a una pizarra o una pantalla”, razona.
“El trastorno por ansiedad generalizada es otro caso paradigmático. La ansiedad es otra señal de alarma, exactamente igual que la fiebre o el dolor. Te indica que algo no va bien, que hay una amenaza, que necesitas atender algo. Convertirla en trastorno es como diagnosticar ‘trastorno por fiebre’ en lugar de buscar la infección que la causa”, puntualiza.
“En un sentido más amplio, hemos psiquiatrizado la tristeza, la timidez, el duelo, el miedo, incluso la pobreza.
En ese sentido, advierte que “el duelo prolongado ya es un diagnóstico. La tristeza que dura más de dos semanas puede ser depresión. Un niño tímido tiene fobia social. Un adolescente rebelde tiene un trastorno negativista desafiante”.
“La expansión es infinita porque el sufrimiento humano es infinito, y mientras sigamos con esta lógica, seguiremos inventando categorías para contenerlo todo. El negocio es redondo: cuantos más diagnósticos, más pacientes; cuantos más pacientes, más fármacos”, profundiza.
Una ‘desconfianza
saludable’ en el
profesional
Frente a esta situación, y para no verse influenciado o afectado por el fenómeno de la “invención de trastornos” mentales, “lo primero que puede hacer el ciudadano es recuperar una cierta desconfianza saludable”, porque “no todo lo que un profesional dice es una verdad revelada”, en opinión del doctor Marín.
“Los médicos y psicólogos somos hijos de nuestra formación, y esa formación está atravesada por intereses que no siempre coinciden con el bienestar del paciente”, apunta.
“Cuando alguien te pone una etiqueta diagnóstica, tienes derecho a preguntar qué significa exactamente, en qué se basa, qué alternativas hay al tratamiento propuesto. Y, sobre todo, tienes derecho a que te escuchen, a que te pregunten por tu vida, por tu historia, por tu contexto”, enfatiza.
“No ‘eres’ un trastorno
diagnosticado”
La segunda medida que recomienda Marín es “no convertir el diagnóstico en identidad”.
“Cuando alguien empieza a decir ‘soy ansioso’ o ‘soy depresivo’, el diagnóstico deja de ser una descripción provisional para convertirse en algo fijo, en parte de quien eres. Y eso cierra puertas”, explica.
“No eres un trastorno, eres una persona que en este momento está sufriendo de una manera particular, probablemente por razones que tienen que ver con lo que has vivido y con las condiciones en las que vives. Eso puede cambiar”, señala.
Es sufrimiento legítimo, no enfermedad mental
En tercer lugar, y siendo quizás lo más importante a juicio de Marín, este especialista aconseja “entender que mucho de lo que hoy se diagnostica como trastorno mental es sufrimiento legítimo ante condiciones de vida ilegítimas”.
“Si trabajas muchas horas, vives lejos de tu trabajo, no tienes red de apoyo, no tienes tiempo para tus hijos ni para ti mismo, lo raro sería que no sufrieras”, señala.
“Ese sufrimiento no es una enfermedad, sino una respuesta coherente. Reconocer esto no lo resuelve todo, pero cambia tu mirada. El problema no está necesariamente en tu cerebro; puede estar en cómo hemos organizado la vida”, destaca el doctor Marín.






0 comentarios