EMILIO UBIETA Y MAURY (1851-1874)

Written by Libre Online

9 de junio de 2026

Por Coronel Pablo Díaz de Villegas

Es lo natural, lo humano, que toda revolución, política o social, sea promovida por aquellos que están interesados en su triunfo. Si es política, por los que quieren sustituir a los que mandan, y si es social por los desheredados de la fortuna.

En la revolución de 1868 sucedió todo lo contrario, pues fue promovida y realizada por los privilegiados, es decir, por aquellos que gozaban de las preeminencias e inmunidades que les proporcionaba a unos su riqueza, y a otros, una carrera científica. 

Esa clase tenía sobre todo la condición de blancos, que en esa época era el supremo privilegio, pues tenía, por debajo moral y materialmente, a la clase desheredada: negros y mulatos: esclavos y libertos.

Aparte de esto, la riqueza de que gozaban, como ahora a los españoles, les daba ascendencia preponderante desde el humilde cabo de ronda hasta el orgulloso Capitán General. Esto lo recuerdo perfectamente, digan lo que quieran los pasados y futuros historiadores.

El setenta y cinco por ciento de la propiedad rústica y urbana era entonces de los cubanos, gran parte heredado o por heredar de los españoles, y hasta eran dueños y copartícipes de algunas casas de comercio de importancia. Esa riqueza les permitió, así como a los españoles casados en el país, mandar sus hijos a Francia, a Inglaterra, España, Alemania y los Estados Unidos, principalmente a este país, a seguir una carrera o a viajar; educación objetiva de excelentes resultados; el que viaja no es un zote.

Había, además, una clase media que se esforzaba y aun se sacrificaba, para dar a sus hijos una carrera distinguida: abogados, médicos, farmacéuticos e ingenieros.

Consecución que facilitaban los grandes planteles de educación como la Universidad, y los colegios de D. José de la Luz, Guiteras, Ituarte y otros, en donde se enseñaban ciencias e idiomas por los métodos más modernos.

Ese amor a la enseñanza hizo que la ilustración se difundiese por todo el país, y que en 1868 hubiese una masa de gente ilustrada superior a la de todas las repúblicas de la América Latina, y relativamente a la de algunas naciones de Europa.

Se dio, pues, el raro fenómeno de que los privilegiados se lanzaran a la guerra para derribar, y destruir aquello que más los favorecía, su riqueza cuya base era la esclavitud, y su cualidad de blancos; impulsados por dos grandes ideales: la libertad y la independencia.

Así cuando allá en Oriente los grandes propietarios: Aguilera, Figueredo y otros muchos se lanzaron a la guerra, la juventud de toda la isla respondió como un solo hombre al llamamiento heroico de tan preclaros varones.

Entre esos jóvenes se encontraba en primera línea mi inolvidable amigo Emilio Ubieta, adornado de todas las prendas que hacen simpático a un hombre: inteligente, entusiasta, digno, valiente y hermoso como un Adonis.

Nació en Trinidad, entonces emporio de riquezas, el 18 de julio de 1851, y se lanzó a la Revolución el 7 de febrero de 1869, época señalada para el levantamiento de Las Villas.

Se incorporó a las fuerzas del general Federico Cavada, jefe de la División de Trinidad, quien le dio el grado de teniente, y le nombró su ayudante.

Pertenecía a una de las mejores familias de su ciudad natal, lo que se comprendía desde el primer momento que se le trataba, por la distinción de sus maneras, y correcto proceder.

Se encontró en todas las acciones que se libraban en ese territorio hasta que ya sin parque, la División se incorporó a la de Cienfuegos; para trasladarse a Camagüey en busca de elementos de combate.

La marcha fue en extremo fatigosa, por entre lomas y derrocaderos, bajo la activa persecución de un enemigo que sabía por sus confidentes que caminaban sin parque.

Al descender a las risueñas llanuras de Sancti Spíritus, se encontraron trinitarios y cienfuegueros en la brillante acción librada por el batallón de Sancti Spíritus, en la que resultó completamente destrozado el escuadrón de “Voluntarios de Sancti Spíritus” y la “Guerrilla de Barrabás”, tristemente célebre por su crueldad con los infelices pacíficos, que vivían al abrigo de los bosques; crueldad que pagó bien cara, pues sus cadáveres fueron pasto de las aves de rapiña.

Y las tres divisiones atravesaron la Trocha, y llegaron a Camagüey, en donde esperaban encontrar parque en abundancia, y reprimida la osadía del enemigo, por aquella famosa caballería que tanto se había distinguido a las órdenes de Sanguily y Ryan; pero ya no era ni la sombra de lo que fue a causa de las deserciones, y desconcierto que reinaba en Camagüey, para renacer de nuevo con más esplendor a las órdenes de Agramonte y Máximo Gómez.

Por aquella causa, y por no haber tampoco parque en Camagüey, los españoles operaban con inusitada actividad. El cuadro era desconsolador; gente que se presentaba, familias prisioneras, hombres asesinados, talleres y hospitales asaltados donde eran inhumanamente rematados los heridos. Triste espectáculo de las contiendas civiles.

Ante esa situación, el enemigo dio por fenecida la Revolución, y para precipitar el desenlace, unió a la acción militar la política, y lanzó proclamas prometiendo el más completo perdón.

Muchos, desesperando del triunfo, y amilanados por aquella continua persecución, se presentaron, y los que prefirieron la muerte al deshonor de doblegar la frente ante el orgullo enemigo, demostraron una abnegación y un heroísmo no superado por ningún otro pueblo de la tierra.

José Boitel, jefe que había sido de la infantería de Remedios, y su hermano, hombre influyente, le habían prometido al brigadier Fajardo la presentación de todos los villareños, y para lograr su objeto no se dieron punto de reposo.

El general Villamil, jefe de la División de Sancti Spíritus tomó el mando de todas las fuerzas de Las Villas, y para librarlas de la persecución y más que nada de aquella seducción, emprendió la retirada hacia la costa.

Al fin se decidió a presentar combate a sus perseguidores, para demostrarles que la presentación prometida por los Boitel era una farsa, y al efecto se detuvo en “Hato Potrero”. Allí salió gravemente herido el intrépido gallego.

Después del combate, en el mismo lugar de la acción, el jefe de la columna, que no estaba por la política de atracción, fusiló a cinco prisioneros, entre ellos a un abogado, y a un ingeniero muy popular y querido en Santa Clara, Mariano Larralde.

Ante aquel desquiciamiento, para dominarlo, Céspedes dio el mando de las cinco divisiones de Las Villas al general Salomé Hernández, venezolano, con la orden de conducirlas a Oriente, para proveerlas del parque que con tanta oportunidad había desembarcado la llamada “Expedición de los Burros”.

Y emprendieron la marcha unos 1500 hombres descalzos, desnudos, y a tres cartuchos por plaza. Más de 600 quedaron rezagados por el extenso territorio camagüeyano.

Los expedicionarios llevaban a retaguardia una fuerte columna, que apretaba el paso para alcanzarlos. Así la marcha tenía que ser forzada, pues no tenían con qué hacerle frente.

A pesar de esto la retaguardia fue alcanzada por la caballería española. Afortunadamente no tuvimos más que cinco heridos. Allí se distinguió el comandante Ubieta, cargando con un puñado de jinetes.

Y aspeados, cansados y hambrientos llegaron a las márgenes del río “Sevilla”. El general Hernández dio la orden de que se hiciese el rancho. Una docena de vacas y novillas fueron sacrificadas, y cuando los calderos comenzaban a hervir, y las barrigadas y costillares a dorarse en las parrillas, sonó una descarga y luego otra, y otra.

Afortunadamente el encuentro no tuvo más consecuencias que dos heridos. Se limitó a la avanzada que consumió todo el parque; tres cartuchos.

A las pocas leguas de marcha llegaron a un escampado en medio de un bosque. Allí se encontraba el general don Modesto Díaz, con cincuenta hombres de escolta. Cincuenta fieras.

Don Modesto aconsejó al general Hernández que siguiera la marcha. Era lo más acertado, dada la situación en que se encontraba la fuerza. “Dentro de poco han de llegar aquí, le dijo: y yo me encargaré de recibirles como Dios manda”. Y efectivamente, al cuarto de hora se oían las descargas de los españoles y el fuego graneado de los insurrectos.

La columna que con tanto tesón los había perseguido dio doble derecha y se dirigió a Puerto Príncipe.

El general Hernández se acampó en el potrero donde había sentado sus reales el general Rubalcaba, quien, según la opinión de don Modesto, tenía muchas y hermosas vacas y novillas, las cuales sirvieron para mitigar el hambre de los pobres expedicionarios.

Después se dirigieron a Holguín, término de aquella larga odisea. Aquí supieron con gran disgusto que los orientales se habían repartido todas las armas y pertrechos que habían traído los “Burros”.

Al fin, Céspedes pudo conseguir, después de muchas comunicaciones a Máximo Gómez, Calixto y Vicente García, que les cedieran veinte o treinta arrobas de pólvora, con las cuales pudieron volver a Camagüey, y como ya había muerto de fiebre el general Hernández, Céspedes confió el mando de las fuerzas al coronel Garrido, expedicionario de los “Burros”. El coronel Garrido resultó una nulidad, por su falta de carácter y de conocimientos bélicos.

De sus ayudantes el comandante Ubieta resultaba ser el verdadero jefe.

Al llegar a Camagüey, Garrido entregó el mando, por orden de Agramonte, al general Villamil; pero como este valeroso general no podía soportar los terribles dolores que le producía la herida que había recibido en “Hato Potrero”, tuvo, a su pesar, que renunciar al mando de aquellas fuerzas que eran su orgullo y que tantas veces había conducido el combate.

En su lugar nombró Agramonte al entonces coronel José González Guerra, hombre valiente como el que más; pero sin ninguna instrucción; para suplir esta deficiencia le dio Agramonte como jefe de Estado Mayor al comandante Emilio Ubieta, considerado ya, a pesar de su juventud, como una verdadera esperanza. Y, aquí comienza la parte más brillante de su gloriosa carrera, ya como hombre inteligente y justo; para resolver las diarias dificultades que presentaban los distintos y encontrados elementos de que se componía la división: remedianos, trinitarios, cienfuegueros, espirituanos, y villaclareños:  ya en los combates como el principal auxiliar y apoyo al jefe.

Se necesitaría un libro para relatar, aunque fuera sucintamente, las distintas acciones y ataques en que se encontró. Lázaro, Las Yeguas, Magarabomba, Nuevitas, Santa Cruz, Palo Seco, copo de la guerrilla de La Muerte, etc.

Puede decirse que se distinguió en todos los combates librados en Camagüey desde 1871 hasta 1874, período el más brillante de la Revolución; porque en él se dieron los más fieros combates. Palo Seco, en donde quedó destruido el batallón “Valmaseda” que dejó en poder de los patriotas las armas y el parque de 507 muertos y cincuenta prisioneros; La Sacra, 170 muertos y 60 prisioneros; Naranjo y Mojacasabe en donde se obligó al brigadier Báscines a retirarse más que deprisa. Su columna se componía de seis batallones, dos escuadrones y tres piezas de artillería. Santa Cruz donde se cogieron e inutilizaron varios cañones de plaza, 250 rémington, y gran abundancia de parque, y ropa, y allá en Oriente, Santa María, donde mordieron el polvo cuatrocientos enemigos.

Y llegamos a la fecha triste y solemne en que nuestro biografiado dio su vida por la patria; de esa patria ingrata que ha permitido que las viudas e hijos de aquellos que sucumbieron frente al enemigo, que no escatimaron ningún sacrificio, hayan tenido que soportar los rigores de la miseria.

El Gobierno, las Cámaras, Las Villas y los contingentes de Oriente y Camagüey se habían reunido en el potrero “Antón”, donde se realizaban todos los preparativos necesarios para llevar a cabo la invasión, sueño dorado de los villareños, y el Marqués de Santa Lucía, que esperaban con ese golpe anonadar a los españoles.

Y como los 1500 caballos y acémilas que allí pastaban habían pelado el potrero por completo, dispuso Gómez la traslación del campamento al potrero “Las Guásimas” de Machado, distante dos leguas.

En el momento en que la retaguardia al mando del general González atravesaba el camino real, se vio llegar a escape a un explorador de la prefectura. Venía a avisar que había visto cerca de allí a una columna de tres a cuatro mil hombres.

Gómez ordenó que treinta hombres bien montados de la caballería del Camagüey y Las Villas, salieran a explorarlos. La consigna fue. “¡Eh, no quiero oír los tiros de ustedes sino las descargas del enemigo!” Y los treinta hombres partieron al galope.

La impedimenta que venía remolona (unas 600 acémilas) al oír la noticia se animó y cruzó a escape el camino.

Gómez emboscó la caballería en un guasimal, por donde habían de venir los exploradores y probablemente la fuerza enemiga, y la infantería al fondo del potrero a la orilla del bosque.

A la media hora, se sintieron tiros aislados. Eran seiscientos caballos de línea y guerrilleros que perseguían a rienda suelta a los treinta exploradores, que huían tendidos sobre sus caballos, sintiendo el hálito de sus perseguidores. Y cruzaron los nuestros como una exhalación por delante de la emboscada e inmediatamente los contrarios. En menos de un minuto cayeron muertos, bajo las patas de sus caballos, ochenta soldados. El resto retrocedió aterrado a refugiarse al amparo de su infantería.

Descartada la caballería española, quedaba la infantería, compuesta de gente veterana adiestrada en cien combates. Gómez hizo adelantar su infantería hasta el medio del potrero, y luego la lanzó como una catapulta contra la del enemigo, y comenzó la batalla más reñida e importante de nuestras guerras de independencia.

Batalla que pudo haber tenido inmensos resultados, si el general Gómez hubiese querido o sabido aprovecharse de su victoria.

Los generales José González y Antonio Maceo con Las Villas y batallones de Guantánamo y Cambute, atacaron el flanco derecho del enemigo, que se había estacionado a la orilla del arroyo, en parte pantanoso, que atravesaba el potrero. Nuestra gente, rodilla en tierra, hacía fuego certero. El de los españoles era tan nutrido que a la hora teníamos 160 bajas.

El comandante Ubieta, montado en un hermoso alazán, desplegaba toda su energía corriendo de un extremo a otro de la línea de fuego, para obligar a la gente a apuntar bien, y a no cejar un palmo. Se destacaba su gallarda figura sobre aquel campo limpio y extenso donde se cernía implacable la muerte. El silbato de las balas, los gritos del combate, y el estridente ruido de las granadas, infundían pavor. Nuestra infantería, se mantenía firme como roca de granito, animada por la voz de sus jefes.

En esos momentos de entusiasmo patriótico, una bala hirió en la frente al comandante Ubieta, y aquel héroe, en el cual palpitaba la vida en toda su plenitud, cayó exánime al suelo. Sus soldados que lo adoraban corrieron en su auxilio, y lo condujeron a la ambulancia, donde falleció sin sufrimiento, tal como lo merecía el caballero sin tacha y sin reproche.

Temas similares…

0 comentarios

Enviar un comentario