Memoria constante. Relatos verídicos

Written by José A. Albertini

9 de junio de 2026

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

El orientalito

El fin sublime excusa

los medios horribles.

Raymond Aron.

Apareció en el portal de mi casa alrededor del 31 de diciembre de 1958 en horas del mediodía. Era un joven delgado de pobre estatura; piel mestiza y rostro lampiño. Vestía uniforme verde olivo y boina negra que descubría mechones de cabellos rizados. Como arma tenía un fusil Garand. 

Con hablar suave y acento oriental pidió agua y permiso para usar el baño.

—Aquí tienes el agua y pasa al baño en cuanto quieras —abuela Marianita dijo en tono maternal.

Cuando regresó del baño abuelo Luis Felipe le ofreció algo de comida. Aceptó y dio las gracias.

—Tengo un hijo alzado. En estos momentos está peleando contra los guardias del cuartel 31 de la Guardia Rural —abuela hizo la señal de la cruz y añadió.  — ¡Dios lo proteja a él y a todos ustedes!

—El rifle parece más grande que tú —abuelo adelantó una broma.

El insurgente, entre bocado y bocado, se limitó a mostrar los dientes.

—Hijo, pareces un niño. ¿Cuántos años tienes…?  —abuela lo abordó.

Paró de mascar y, sin revelar la edad, respondió.

—No soy tan muchacho como parezco.

— ¿De dónde eres…? —abuela siguió.

—Soy de Calicito y vengo con el Che desde la Sierra Maestra —respondió despacio.

— ¿Y dónde queda Calicito…?

—Es un pueblo pegado a Manzanillo.

— ¡Ah…! —abuela exclamó. Y ¿cómo te llamas…?

—Desde que llegué a Las Villas me dicen el Orientalito —fue evasivo pero cortés.

Ya para el sábado 31 de diciembre la población de Santa Clara estaba convencida del triunfo de la insurrección y el derrocamiento del gobierno de Batista. Soldados y policías, siguiendo órdenes superiores o renuentes a pelear en las calles, se habían atrincherado y resistían  en cuarteles y edificios públicos; siempre asediados por un número inferior de rebeldes.

Ese día, final, del año 1958, mi familia, perdido el temor inicial, por ratos se asomaba al portal y departía con otros vecinos.

Como a dos cuadras y media de casa estaba el Palacio de Justicia (La Audiencia) donde se guarecían y disparaban, a todo lo que se moviera cerca, oficiales acusados de crímenes durante la malograda huelga general de abril de 1958.

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