CLARA LOUISE MAASS, LA HEROÍNA DESCONOCIDA

Written by Libre Online

2 de junio de 2026

Por Herminia del Portal (1950)

El nombre de Clara Louise Maass ha comenzado a resonar en Cuba. La enfermera norteamericana Leopoldine Guinthar decía en 1923 que Clara Louise Maass era “tan solo un nombre sobre una tumba”. Entre nosotros fue, durante algunos años, un nombre inscrito en una pequeña tarja de cartón, sobre una cama del hospital “Las Ánimas”. En un derrumbe del ruinoso pabellón, cayó la tarja y, con ella, el nombre y el recuerdo de la nurse americana que había sacrificado su vida en los experimentos de la Fiebre Amarilla.

Hoy, que se levantan nuevos pabellones en el recién reconstruido hospital, solo queda en pie una parte de la modesta sala en que murió Clara Louise Maass. En el libro de Registro del que había sido hasta entonces el Hospital Municipal “Nuestra Señora de los Ángeles”, está anotada la fecha de su muerte, que ocurrió el sábado 24 de agosto de 1901, al dar, en el viejo reloj de la Dirección, las seis y media de la tarde.

El domingo 25 de agosto podían leerse en la prensa habanera los detalles de la muerte del bandolero Lima; los comentarios sobre la última función de la Compañía Martínez Casado en “Payret”; del Concierto de la Sociedad Popular en Tacón o del Baile de la Octava, en Guanabacoa. Es cierto que se discutían entonces cuestiones tan candentes como las próximas elecciones presidenciales, las primeras que iban a celebrarse en Cuba –y que darían la victoria a Estrada Palma– y la aprobación del Código Electoral por la Asamblea Constituyente. Pero los periódicos gustaban, también, de ocuparse de pequeñas noticias que daban un sabroso sabor provinciano a nuestra prensa. 

En ninguno de ellos faltaba la columna consagrada al Lazareto del Muermo y una completa relación de las bestias sacrificadas cada día. En vano buscamos en la Sección “Necrología” del “Diario de la Marina” o en la de “Registro Civil” de “El Mundo”, la noticia de la defunción de la nurse Clara L. Maass. ¿Había pasado inadvertido su fallecimiento? ¿O se había prohibido la publicación de la noticia? ¿Se pretendía, con ese silencio, ocultar lo que hubiera podido llamarse entonces un fracaso? ¿O se trataba de no enconar más los ánimos de los que combatían los experimentos de la Estación de Inoculación de “Las Ánimas”?

Ni aún las enfermeras norteamericanas que prestaban servicios en otros hospitales de la ciudad, acompañaron al cementerio o velaron el cadáver de Clara L. Maass. Miss Elizabeth Walker, la única superviviente de las fundadoras de la Escuela de Enfermeras en Cuba, nos aseguraba antes de partir para Filadelfia, hace un par de meses, que en aquella época, siendo Superintendente de noche del Hospital Número Uno, hoy “Calixto García”, “no había oído nombrar, siquiera a esa enfermera”. 

Tan desconocida fue Clara Louise Maass que ni aun figura su nombre en el detallado informe sobre el “establecimiento de la Profesión de Enfermeras en Cuba”, rendido en 1902 por Miss Lavinia L. Dock, con la colaboración de Miss Eugene Hibbard, que fue la fundadora del Negociado de Enfermeras de la entonces Secretaría de Sanidad. Tampoco la menciona una sola vez Mrs. Quinlard en sus múltiples escritos, en los que aparecen, repetidamente nombradas las nurses americanas que prestaron servicios distinguidos en Cuba, hasta 1902.

El sacrificio de Clara L. Maass no había de costarle solo la vida, sino por largo tiempo, el reconocimiento de sus muchos méritos profesionales. En una carta que aún se conserva el director del hospital “Las Ánimas”, Mayor John W. Rosss, había escrito refiriéndose a ella: “Era la mejor y más fervorosa enfermera de nuestro hospital. En el cumplimiento de su deber, mostró el heroísmo y la devoción de un soldado en la batalla. Sin descanso, cuidaba Miss Maass de los casos más graves de la epidemia y estaba atenta, hasta el último momento, junto a quienes morían”.

Entre las contadas personas que acompañaron su cadáver, hubo un cubano que se sintió conmovido hasta las lágrimas. La muerte de la enfermera americana llenó de sombras su conciencia de hombre responsable, de científico eminente, nunca lograría el doctor Juan Guiteras arrancar de su recuerdo la imagen de aquella criatura llena de energía, de vida, de confianza, de aquella muchacha de gesto recogido y severo y dulce sonrisa comprensiva que fue Clara Louise Maass.

El hogar de los Maass, en East Orange, New Jersey, fue en extremo modesto. Allí nació Clara Louise, el 24 de julio de 1876. Ella fue la mayor de nueve hermanos y desde muy niña, tuvo que ayudar a los suyos. Compartiendo siempre sus quehaceres con el estudio, pudo asistir, con no pocos esfuerzos, a la escuela y terminar su High School. Dicen, que desde muy jovencita había pensado hacerse enfermera. 

En un artículo, publicado en “The American Weekly”, asegura Charles Ranshaw que una imperiosa vocación la llevó, aún adolescente a las blancas almas del dolor. Desde el principio ejerció su carrera con abnegada y constante dedicación. En la Nursing School del “Lutheran Memorial Hospital” de Newark, en New Jersey, fue una alumna ejemplar. Entonces la institución se llamaba “The German Hospital”, nombre que debía cambiar, definitivamente, durante la Primera Guerra Mundial.

En 1895, al cumplir 19 años, se graduó de enfermera Clara Louise Maass. Al estallar la guerra Hispano-Americana, se ofreció como voluntaria al Ejército de los Estados Unidos, y en 1898 fue destinada a los “campamentos de infecciosos” del Sur. Ella se había graduado en un hospital dedicado a enfermedades de las vías respiratorias. Al emprender el camino del Sur, debió empezar para Clara Maass un duro aprendizaje. Sus pacientes eran, en su mayoría, vigorosos soldados que se rebelaban, desesperadamente, contra el mal implacable que les hería en plena juventud. Por esta época debió la nurse enfrentarse, por primera vez, con el fatídico “Yellow Jack”.

En la Florida, en los campamentos de Jacksonville, comenzó Clara Maass a interesarse por Cuba. Trabajaba allí, con otras compañeras, en el Campamento “Cuba Libre”. Bajo la modesta tienda de campaña donde se había establecido la enfermería de este campamento, la hemos reconocido enseguida en una de las pocas fotografías que se conservan de ella, entre un grupo de compañeras. Junto a las otras, se destaca esbelta y airosa, en su atildado uniforme. Está de pie, con las manos hacia atrás y la cabeza alta. Es la única, en el grupo, que no mira a la cámara, abstraída en sus propios pensamientos.

De Jacksonville pasó Clara Louise Maass a Savannah, en Georgia, y de este campamento de infecciosos donde rindió una etapa agotadora, vino a Santiago de Cuba, siempre con el ejército norteamericano, para atender a los enfermos y heridos en campaña.

El cinco de febrero de 1899, unos meses después de terminadas las operaciones, recibió la enfermera sus papeles de licenciamiento honorable, para volver a su hogar, en New Jersey. ¿Por qué no continuó Miss Maass con sus compañeras que debían de emprender, unos meses más tarde, la fundación de las Escuelas de Enfermeras de Cuba? Antes de cumplirse el año de su licenciamiento, la encontraremos, de nuevo, a bordo de un buque de guerra, rumbo a Filipinas donde había estallado la revolución. Ocho meses de agobiante trabajo iban a retenerla en Aguinaldo antes de retornar a su hogar, esta vez enferma ella misma.

Clara Maass volvió, extenuada, del Pacífico. En las Filipinas le había atacado, violentamente, una fiebre infecciosa, el dengue o, como le llaman vulgarmente, la fiebre “rompehuesos”.

La convalecencia parecía interminable para la joven enfermera. Apenas repuesta, el 14 de octubre de 1900, recibió de Cuba un cable. El mayor William C. Gorgas, jefe de Sanidad en La Habana y miembro de la Comisión Médico Militar para el estudio de la Fiebre Amarilla, la reclamaba con esta orden terminante: “Venga, inmediatamente”. Así volvió a Cuba Clara Louise Maass. Ya no regresaría nunca al hogar de sus padres en New Jersey. 

Ella había cuidado a los tuberculosos del “German Hospital”, a los heridos en campaña, a las poblaciones civiles en desdicha. Ahora iba a enfrentarse con un terrible enemigo. Venía destinada al hospital del Santo Cristo de las Ánimas que era, además el único centro hospitalario de La Habana para enfermedades infecciosas, un obligado sector para la investigación de la fiebre amarilla que diezmaba entonces la población y atacaba, sobre todo, a los extranjeros.

El hospital “Las Ánimas”, para enfermedades infecciosas, había sido instalado, había poco en el antiguo hospital municipal “Nuestra Señora de los Ángeles”. Conservar este nombre que evocaba el Paraíso, debió parecer un sarcasmo, ante el horror de aquellas miserables casetas de madera, donde la desesperación y el espanto eran la viva imagen del Purgatorio.

La blonda enfermera llegó a “Las Ánimas”, con su uniforme blanco y su gorro impecable, un día de otoño, al comenzar el siglo. Dirigía el hospital el entonces Major John W. Ross. Todavía no se había establecido la Estación de la Inoculación de la Fiebre Amarilla. Clara Louise Maass tenía entonces veinticuatro años.

La Comisión Médico Militar del Ejército de los Estados Unidos, nombrada en junio de ese mismo año por el General George M. Steinberg, cirujano general, había comenzado sus trabajos. Era la segunda comisión que se nombraba para el estudio de las causas y la previsión de la fiebre amarilla. La presidía el Mayor Walter Reed, del Cuerpo Médico Militar, y eran sus auxiliares los doctores Arístides Agramonte, cubano; James Carroll y Jesse Lazear, americanos, los tres pertenecientes, también, al Cuerpo Médico Militar del Ejército de los Estados Unidos. Los doctores Agramonte y Lazear, habían formado parte de la primera Comisión.

Pronto haría veinte años que el doctor Finlay había expuesto ante la Conferencia Sanitaria Panamericana celebrada en Washington, en 1881, su hipótesis sobre la inoculación de la fiebre amarilla por medio de un agente transmisor no era otro que el Culex Mosquito hoy Stegonyia Fasciata, previamente infectado. Durante estos veinte años, el doctor Finlay había comprobado y precisado su teoría. Sin embargo, la comisión americana pareció ignorarla, al principio. Algunos de sus miembros, como el cubano Arístides Agramonte, llegaron a combatirla, ilusionados con otros experimentos que luego fracasarían, y hasta el sabio doctor Guiteras dudó sinceramente de su eficacia.

La comisión no podía perder el tiempo, tanteando en vano. Para los Estados Unidos, la paralización de las obras del Canal de Panamá era un grave problema. Millares y millares de trabajadores habían sido diezmados por la fiebre amarilla. La Comisión forzada por los acontecimientos, decidió comprobar por su cuenta, la teoría de Finlay. 

Sin resentimientos y con inmutable bondad, Finlay no solo explicó a los comisionados sus puntos de vista y les mostró el resultado de sus experimentos, sino que les facilitó incluso sus propios mosquitos. Al doctor Finlay le llamaban por entonces, entre bromas y veras, “el hombre de los mosquitos”. A uno de estos comisionados, al doctor Lazear, le iba a costar la vida la comprobación de la teoría del sabio cubano.

Un mes después de la muerte de Lazear llegaba a Cuba, Clara Louise Maass. Por una de esas coincidencias que marcó el destino, el nombre de la enfermera iba a unirse al del médico en la historia.

El doctor Lazear fue inoculado el trece de septiembre de 1900. A los doce días moría de fiebre amarilla en el Campamento de Columbia. Tenía treinta y cuatro años. La muerte del médico americano conmovió, profundamente, a los investigadores. Un mes después, intensificaba la comisión sus trabajos, orientada, esta vez, por los consejos de Finlay.

El doctor Lazear y Miss Maass fueron las únicas bajas entre los investigadores y voluntarios americanos. En 1923, el doctor Díaz Albertini develó la pequeña tarja que unía sus nombres, en la propia sala en la que se inoculó el doctor Lazear y en que murió Miss Maass. Hace apenas unos años, la Sociedad Colombista Panamericana honró la memoria del médico colocando una placa de bronce en una de las paredes del viejo pabellón “Guiteras”. Hoy esa parte del pabellón ha sido derruida y solo queda el pedazo de pared que ostenta la placa. En torno a ese histórico paredón piensa levantar el director de “Las Ánimas”, el doctor Fernando López Fernández, un sencillo y delicado monumento en memoria de Lazear y de Clara Maass.

El señor John J. Moran, uno de los tres supervivientes de los voluntarios norteamericanos que se prestaron a los experimentos, nos ha relatado cómo fueron establecidos el “Campamento Lazear” de Columbia, y la “Estación de Inoculación” de “Las Ánimas”, en la que fue inoculada Miss Clara Maass. 

Lo primero que hizo la Comisión para comprobar la teoría de Finlay fue establecer un Campamento. Se escogió un sitio aislado, en la finca “San José”, propiedad del doctor Ignacio Rojas, a medio kilómetro de la Calzada Real de Marianao. El campamento se llamó Lazear y fue inaugurado el 20 de noviembre de 1900. Dieciocho norteamericanos, casi todos soldados, con excepción del doctor Robert P. Cooke, auxiliar del Cuerpo Médico Militar y dos civiles, Mr. John Bullard y Mr. John J. Moran, empleado entonces del Estado Mayor del general Fitzhugh Lee, y algunos españoles se prestaron voluntarios para las primeras pruebas.

Los voluntarios Engand, Hildebrand, Westherwalks y el doctor Cooke, prefirieron dormir durante 21 noches consecutivas entre las ropas que habían usado, “algunos casos de fiebre amarilla”, ya fallecidos. Hay que recordar, para darse cuenta del estado en que estarían esas ropas, que casi todos los pacientes de fiebre amarilla expiraban después de un espantoso vómito negro o víctimas de hemorragias. Ni uno solo de los que no quisieron “probar” el mosquito, como dice Mr. Moran, tuvo fiebre. En cambio, todos los que fueron picados o inyectados con la sangre de un enfermo, “pasaron la fiebre”. Al señor Moran le llegó, ese mismo año “como un regalo de Navidad”.

Solo quedaron tres supervivientes entre los voluntarios americanos: el señor Moran, que residió en La Habana, el doctor Cooke y el soldado James L. Hamberry, en los Estados Unidos.

Es curioso apuntar que el señor Moran no conoció tampoco a Miss Maass, ni oyó hablar de ella en aquella época de los experimentos. Muchos años después, conoció por medio del Doctor Díaz Albertini, que fue uno de los auxiliares del doctor Guiteras, los detalles de la inoculación y la muerte de la nurse americana.

A los tres meses de haber llegado a Cuba Clara Maass, nadie discutía la teoría de Finlay, en cuanto a la transmisión de la fiebre amarilla. Ya los comisionados más persistentes habían abandonado las experiencias del “bacilo icteroide” de Sanarelli. El 22 de diciembre de 1900, el propio general Wood, gobernador de la Isla, había organizado un banquete en homenaje al sabio cubano que hubiera lucido como un desagravio, si la Comisión Americana no hubiera luego silenciado su nombre al rendir el informe de los experimentos realizados.

El cuatro de febrero de 1901, el mayor Gorgas y el doctor Guiteras ponían en práctica el plan de Finlay para sanear la ciudad. Se aislaron los enfermos, impidiendo que pudieran ser picados y se declaró la guerra a muerte a los mosquitos. El 28 de septiembre, un mes después de la muerte de Miss Maass, se registraba en La Habana, el último caso de fiebre amarilla en La Habana. Más de 24 meses habían luchado, en vano el mayor Gorgas, tratando de extirpar la fiebre amarilla; en siete meses lo había logrado plenamente, aplicando el “sencillo” plan de Finlay.

Pero mientras la epidemia era contenida, las experiencias científicas continuaban. Además del “Campamento Lazear”, se inauguró en “Las Ánimas”, durante el mes de febrero de 1901, una “Estación de Inoculación”, dirigida por el doctor Guiteras. Las inoculaciones tenían por fin, provocar, experimentalmente, un brote epidémico de fiebre amarilla. Si podía provocarse a voluntad, y de un modo benigno, la fiebre, todo el que la sufriese, quedaría inmunizado, pensaban los investigadores. El propio Dr. Finlay explicaba la resistencia de los naturales del país, por el hecho de que habían sido inmunizados, muchas veces sin saberlo, por haber padecido durante la infancia, de un modo benigno, la enfermedad.

“Por desdicha –como ha escrito el doctor Francisco Domínguez en su libro: “Carlos J. Finlay: son centenaire, sa découverte” –olvidando un tanto las recomendaciones de Finlay, cuando advertía que el cuidado principal debía ser no provocar casos graves; y olvidando, también por otra parte, las condiciones previstas por él desde el punto de vista de la temperatura a la cual debían conservarse los mosquitos, tres de los casos inoculados por el doctor Guiteras fueron mortales, entre ellos el de una enfermera americana”. Esta enfermera fue Clara Louise Maass, la única mujer inoculada por los investigadores.

El cuatro de junio de 1901, penetró por primera vez Clara Louise Maass como voluntaria, en el pabellón de inoculaciones. Ella sabía el riesgo que corría. Había conocido la historia de Lazear y su desenlace trágico, tras la picada de un mosquito infectado. Muchos enfermos habían muerto en sus brazos.

El mosquito pica su mano blanca. Cuatro veces, después durante dos meses, volvió a picarla, en vano, un stegomyia infectado. ¿Estaría inmunizada sin saberlo? El catorce de agosto, dos meses y diez días después de la primera prueba volvió Clara Louise Maass a la Estación de Inoculación. A las nueve y media de la mañana, tendió su mano por última vez, ante los investigadores. A los mosquitos que iban a picarla, le llamaban en el hospital “los de Álvarez”. Eran los que habían inoculado a Álvarez y Álvarez había muerto. Luego habían picado a un tal Represa, y este se había salvado. ¿Qué le esperaba a la enfermera?

Tres días después, parecía que nada iba a suceder. Pero el domingo 18 de agosto, un punzante dolor se clavó en su cabeza y empezó a sentir escalofríos. La fiebre no tardó en aparecer, violentamente. Cuando la ingresaron en una sala, iba herida de muerte.

Por aquellos días, algunos médicos mexicanos y brasileños se interesaban por los experimentos. El médico brasileño Philipp Caldas decía haber descubierto el serum inmunizador de la fiebre amarilla. Tres días después de la muerte de Clara Louise Maass, aparecía una información en “El Mundo”, ampliamente ilustrado sobre “Los mosquitos y el Vómito”. En uno de los subtítulos decía: “¿Dos hombres muertos? ¡Puede el baile continuar!” estos hombres eran los españoles Carro y Campos, y la información se basaba en un artículo aparecido en New York y donde se ponía de manifiesto la falsedad del llamado Serum Caldas.

En una carta abierta al director de “El Mundo”, ripostaba el médico brasileño, afirmando que los “individuos fallecidos en “Las Ánimas”, padecían de infección pútrida y no de fiebre amarilla”, y acudía en uno de sus párrafo de su carta: “Sometí al señor Paulino Alonso, por mí previamente inmunizado contra la fiebre amarilla a ser picado por dos mosquitos infeccionados que habían provocado la muerte de Miss Maass…” esta es la única vez –el treinta de agosto de 1901– que encontramos el nombre de Miss Maass en la prensa a raíz de su muerte. Por supuesto, que el hecho de que el doctor Caldas hubiera podido utilizar los mosquitos que picaron a la nurse, no quiere decir que ella haya sido sometida al Serum Caldas. Ella se prestó solo a los experimentos dirigidos por Guiteras, que recogió científicamente el proceso del que fue el “Caso número seis”, en la Estación de Inoculación de “Las Ánimas”.

El cadáver de Miss Maass fue enterrado, silenciosamente, en el cementerio de Colón. El doctor Díaz Albertini recordaba, años más tarde, en un discurso, el proceso de la enfermedad, los fuertes dolores de cabeza, el insomnio que padeció, las náuseas espantosas que hicieron más penosa su agonía, las hemorragias, que precipitaron el fin. No sabemos, siquiera, entre sus veinte compañeras de “Las Animas”, quien la atendió en sus últimos momentos. Si alguien estuvo junto a su cama y recogió sus palabras de moribunda, nada se ha dicho. Su muerte quedó entre brumas.

En su ‘Biografía de Guiteras’, afirma César Rodríguez Expósito que el médico no pudo olvidar nunca a la nurse americana. “Hablaba de ella– dice –como de un miembro de su familia”. Muchos años después, siendo Guiteras Secretario de Sanidad, fue imposible hacerle firmar una resolución haciendo obligatoria la vacuna antitífica, “por temor a imponer a alguien una inoculación que pudiera ser fatal”.

El veinte de febrero de 1902, los restos de Clara Louise Maass fueron trasladados al cementerio de Newark, como los de cualquier soldado americano y enterrado con honores militares. Sobre su tumba escribieron sus compatriotas este epitafio: “El más grande amor solo tiene un nombre: el del hombre que da la vida por sus amigos”.

Durante veinte años, nadie volvió a recordar a Clara Louise Maass. En 1923, Leopoldine Guinthar, superintendente de la Escuela de Enfermeras del “Lutheran Memorial Hospital”, descubrió que el hospital le había consagrado a Clara Maass un “Memorial Room”. Comenzó entonces a recoger datos sobre la vida de la enfermera, desconocida aún entre los suyos, y por primera vez se habló de Clara Maass de un modo humano y personal.

El expediente “de la Srta. Clara L. Maass” en el Negociado de Enfermeras del Ministerio de Salubridad y Asistencia Social es el número 349. Hasta hace poco, constaba de un solo documento, de una comunicación dirigida al jefe de Sanidad, con fecha 25 de agosto de 1901 y que dice textualmente: “Sir: I have the honor to report that Miss Clara L. Maass, a Nurse employed at this Hospital, died last evening of Yellow Fever at this Hospital. She was last paid to include July, sist, 1901. Very respectfully, (Firma del doctor Ross Surgeon U.S. Navy. Director)

En los Estados Unidos, no había sido más recordada. El 28 de febrero de 1929, por la Ley Copeland-Wainright se publicó un cuadro de honor con los nombres de los Miembros de las Comisiones Americanas para el Estudio de la Fiebre Amarilla, y de los Voluntarios, también americanos, que habían contribuido a los experimentos. 

Se le otorgó a cada uno una Medalla al Mérito, de oro y una pensión vitalicia de 1500 dólares al año, que debían recibir también las viudas de los fallecidos antes de aprobarse la ley. El nombre de Clara Louise Maass no figura en esta relación o Rol of Honor, publicado por el secretario de Guerra de los Estados Unidos. El sacrificio de la enfermera era desconocido hasta por los propios gobernantes de su país.

Al regresar el doctor Fernando López Fernández de su reciente viaje a los Estados Unidos, traía muy interesantes detalles sobre la campaña emprendida por el Reverendo Arthur Herbert, presidente de la Asociación del Hospital Luterano de Newark para exaltar la memoria de Clara Louise Maass. El Hospital Luterano había editado en 1949 un sello rojo, de Navidad, con la efigie de la enfermera. El del año pasado, fue azul y circuló profusamente por La Habana. 

La junta del hospital espera que el próximo año sea un sello oficial de correos para recordar el cincuentenario de la muerte de Clara Louise Maass. Así lo ha solicitado ya la Convención Filatélica Norteamericana. Y la Asamblea Nacional de Enfermeras que ha de reunirse en San Francisco el próximo mes de mayo, está dispuesta a apoyar la solicitud, que ha hecho suya también, Mrs. Eleonor Roosevelt.

Según nos ha dicho la Metro G. Mayer va a realizar una película sobre la vida de Clara Louise Maass. También la Broadcasting Co., incluyó, en uno de sus episodios de la “Cabalgata de América”, el drama radiofónico “No greater Love” (No hay amor más grande) en que hizo el papel de Miss Maass la actriz cinematográfica Dorothy McGuire.

A partir de 1951, el nombre de Miss Maass “ha de estrechar– como dice el director de “Las Animas”– en un lazo de verdadero panamericanismo a Cuba y Estados Unidos”. La Escuela de Enfermeras del “Lutheran Memorial Hospital” creó dos becas para que haya siempre dos jóvenes cubanas estudiando en el hospital donde se graduó Miss Maass, como homenaje a su memoria. Una de estas becas lleva el nombre de Finlay, y la otra, el de Clara Louise Maass.

Durante muchos años, Clara Louise Maass fue “solo un nombre sobre una tumba”. Hoy podemos decir que ni el tiempo, ni el silencio han podido ahogar su memoria.

Temas similares…

ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

CAPÍTULO I Por J. A. Albertini, especial para LIBRE Por años, el texto permanece mecanografiado, a dos espacios, en...

0 comentarios

Enviar un comentario