CAPÍTULO I
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
Por años, el texto permanece mecanografiado, a dos espacios, en un cuidadoso atado de hojas blancas, hasta que tras la muerte de la pareja ocurrida años más tarde y casi simultáneamente, es descubierto por el limpiador municipal de viviendas deshabitadas y de ancianos impedidos; futuro Salvaguarda Mental del pueblo.
Cándido, invariablemente, mucho antes que esto último sucediera, en las tardes, inicia las visitas al hogar del matrimonio. Pronto, frente al afecto que le demuestran los ancianos depone la timidez primera y se sumerge en la lectura de los libros que le recomienda y facilita don Pascual.
Como parte del aprendizaje el notario le pide al joven que cada volumen leído sea analizado y discutido por ambos para, según palabras que Cándido recordará por el resto de su vida: “Llegar a la conclusión que mejor nos haga sentir como seres humanos”.
Poco a poco las horas que Cándido comparte con don Pascual se van dilatando, hasta el momento en que se hace costumbre que el joven asista a la cena familiar, para de sobremesa disfrutar de una charla amena e instructiva.
Y es en una de esas sobremesas que Cándido le confiesa a don Pascual que aunque le gusta empinar papalotes, cada vez lo practica menos y prefiere, cuando lo hace, volarlos a escondidas.
Don Pascual lo mira interrogante y el muchacho confiesa.
—Ese apodo de los papaloteros me tiene cansado y me hace sentir mal. Tengo nombre propio, pero en la calle y hasta en la escuela me llaman el papalotero.
El notario sonríe y arguye.
—No está bien que, todo el tiempo, te llamen papalotero, pero no hay razón para abochornarse. Los papalotes y sus constructores, por lo regular anónimos, han aportado bastante al desarrollo social, recreativo, científico, económico y, lamentablemente, guerrero del paso del hombre por la tierra. Pero, como hoy en día son de alcance popular, sobre todo para los menores, su empleo ha sido minimizado a un pasatiempo poco instructivo, ligado a los niños y jóvenes pobres.
También, en esa nueva modalidad del pensamiento filosófico y aristotélico que trata del alma y que ahora llaman psicología, porque a un estudioso se le ocurrió ligarlo a la fisiología, se define a los amantes del vuelo de los papalotes como personas de ideas evasivas, con una concepción alada e idealista del origen.
—Suena interesante, pero no entiendo nada… Alistóte… fisio… no sé qué significan esos nombres… ¡Tantas cosas se pueden decir de un papalote!
—Y mucho más —afirma el notario mientras hurga en los estantes de su biblioteca hasta encontrar con un gastado tomo enciclopédico. —Veamos… —moja el dedo índice en saliva y pasa las páginas. Aquí hay algo interesante… En tiempos antes de Cristo, el heleno Arquitas de Tarento ya conocía de los papalotes. También, cientos de años atrás un general asiático, nombrado Han Sin, los empleó con propósitos guerreros.
Y a Tenochtitlán, en los albores de la edad moderna, fueron traídos por los centauros ibéricos, que enseñaron a los nativos el arte de construirlos y empinarlos. En la lengua azteca, la náhuatl, le llaman papalotl, que significa mariposa y que en la nuestra se convirtió en papalote.
Ya en épocas más recientes, los meteorólogos Alejandro Wilson y Thomas Melville los empinaban con termómetros atados. Un poco después Benjamín Franklin realizó, con un papalote, el experimento que demostró que la electricidad y el rayo eran una misma cosa.
Asimismo, investigadores como Alexander Graham Bell, Alejandro McAdie, Douglas Archibald, William A. Eddy y C. F. Marvin, entre otros muchos, se valieron de los papalotes para incrementar las observaciones y conocimientos relativos a las comunicaciones, velocidad del viento, temperatura y humedad atmosférica.
Y yendo a la antigüedad —acentúa —te diré que los historiadores narran que en regiones remotas, donde se asentaron civilizaciones avanzadas, de tez amarilla y ojos oblicuos, para construir puentes sobre grandes ríos se lanzaban, por medio de papalotes, de una orilla a otra, sogas que facilitaban el paso.
El papalote está tan ligado a la creatividad de los pueblos que en diferentes lugares y lenguas es conocido por nombres tales como: cometa, barrilete, picuda, serf volante, milano, parie draché, volantines, huila, chichiugas, yutos y…la lista sería interminable —concluye con un ademán abarcador.








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