Domingo de Goicuría y Cabrera

Written by Libre Online

26 de mayo de 2026

Por Jorge Quintana (1956)

Nació D. Domingo Agripino de Goicuría y Cabrera, en La Habana, el sábado, 23 de junio de 1810, del matrimonio de D. Valentín con Da. María del Tránsito. Recibió los primeros estudios en el Colegio “San Cristóbal”, hasta 1817, que su padre le envió a España, ingresando como alumno en el colegio “Santiago”, en Bilbao, y pasando después a la Coruña, con el profesor D. Antonio Casas.

En 1825 volvió a Cuba, partiendo dos años después para los Estados Unidos, fijando su residencia en Filadelfia, donde simultáneamente estudiaba y trabajaba, regresando en 1830, a Cuba, de donde al poco tiempo embarcó para Inglaterra, volviendo nuevamente en 1835, para entrar como socio en la casa de comercio de su padre. 

Al año siguiente volvió a Inglaterra para realizar el contrato del Ferrocarril de Cárdenas, quedándose por Europa tres años visitando las principales ciudades de aquel continente, y regresando otra vez a Cuba en 1840. Entonces conoció a la señorita Carlota Mora y González, con quien contrajo matrimonio el 13 de mayo de 1841. 

En 1844 empezó a figurar, cuando gobernaba la Isla de Cuba el General D. Leopoldo O’Donnell, a causa del Plan de Colonización Blanca, con el que logró hacerse sospechoso al Gobierno español, pues habiéndose embarcado para España se entrevistó con todas las personas que él creyó podrían coadyuvar a su empresa. Recorrió Asturias, Galicia y las Vascongadas, buscando labradores en los campos y artesanos en los pueblos, con lo que comenzó en Cuba la introducción de la inmigración blanca, que el Gobierno la contuvo, temeroso que le perjudicara en la política que aquí tenía establecida y amenazara con ello las instituciones.

A consecuencia de esas gestiones se relacionó con la Reina Cristina y varios personajes políticos sobre un proyecto diplomático en Ecuador. Por eso se le confirieron los honores de Intendente de Ejército y Hacienda, organizándose en Inglaterra una expedición para dicho punto, y la cual fue disuelta a virtud de protesta del Ministro y residentes ecuatorianos en Londres.

En esa época falleció en Cuba su padre, y Goicuría tuvo que volver a ella para ponerse al frente de los intereses, trayendo máquinas, aparatos y operarios para la construcción de clavos sin el auxilio de fragua, yunque ni martillo, en sociedad con Mr. Louston y D. Manuel Parejas, procurador de la Reina María Cristina, y estableciéndose en Casa Blanca. Pero a causa de la competencia que les hacía a los ferreteros españoles, lo boicotearon y tuvo por necesidad que cerrar la fábrica, dedicándose entonces a la agricultura. Compró los cafetales “La Esperanza” y “La Simpatía”, que habían pertenecido al Marqués de Ramos, fomentando la crianza de ganado vacuno y mejoramiento de la raza caballar. 

Se fundó por entonces en Nueva York el periódico “La Verdad” y entró Goicuría en continua correspondencia con sus redactores escribiéndole D. Gaspar Betancourt y otros amigos, que si él mandaba auxilios de dinero, Narciso López, podría desembarcar en Cuba e intentar la independencia, con lo que se entusiasmó y envió mil pesos, que reunió para el caudillo, el cual desembarcó, en Playitas, el 12 de agosto de 1851, a las cuatro de la madrugada.

Las autoridades españolas que conocían las ideas separatistas de Goicuría, lo reducen a prisión y lo incomunican en el Castillo de la Punta, donde estuvo hasta la prisión de Narciso López, pues de allí fue trasladado a El Morro para embarcarlo con destino a España sin conocimiento de su familia; pero por influencias del Obispo a instancias de la esposa de Goicuría, permitió el Gobierno que éste se comunicara con su familia y permaneciera siete días en Cuba, hasta el 18 de septiembre, que salió para España en el vapor “Isabel la Católica”, llegó a Cádiz y luego fue trasladado a Sevilla, cuya ciudad se le dio por cárcel.

Influyó entonces de tal modo en el ánimo de Goicuría el atropello de que había sido objeto, que todas sus energías y propósitos se concretaron únicamente a combatir el dominio español en Cuba trabajando resueltamente para su logro. Así, pues considerándose un prisionero de guerra, preparó su evasión, y en un bote que fletó fue conducido a bordo de un vapor inglés que lo condujo a Inglaterra y de allí a los Estados Unidos, fijando su residencia en Nueva York, en 1852, y donde se reunió con su esposa y sus hijos Valentín, Amelia y Elena, que habían quedado en Cuba,

En 19 de octubre de 1852, se instaló la Junta Cubana compuesta de Gaspar Betancourt Cisneros, Presidente; Manuel de Jesús Arango, Vice; Porfirio Valiente, Secretario; José Elías Hernández, Vice y Goicuría, Tesorero, ante la cual prestó el solemne juramento de vivir o morir por Cuba libre o sea Independencia o muerte, lo que sabido por el Gobierno español, motivó la confiscación de sus bienes y la condena a muerte de aquél. De su fortuna sólo se pudo salvar lo poco que su esposa liquidó al salir de La Habana. A virtud de su nombramiento de Tesorero de la Junta y trabajando de acuerdo con amigos y parientes y dinero suyo y bajo el atrevido plan de Don Ramón Pintó, organizó una expedición en 1854 con objeto de invadir nuestra Isla con una fuerza de gente americana compuesta por 3 a 4 mil hombres, que debían de ser conducidos en los vapores nombrados “Massachusetts”, “United States” y “Saint Lawrence” que saldrían de Charleston, Savannah y Nueva York respectivamente, para desembarcar en Cuba bajo la jefatura del General Quitman.

Todo estaba preparado, la tropa enganchada, las armas, pertrechos y víveres embarcados y los Capitanes de los barcos esperando órdenes del Jefe de la expedición. Pero bien porque ésta fuera denunciada o por otros motivos que no pueden precisarse, el caso fue que el Secretario de Estado del Gobierno americano, Mr. Marcy, llamó a Quitman y le ordenó el desembarco de la gente, salvando únicamente el valioso y abundante cargamento de armas y pertrechos, y siendo presos en La Habana D. Ramón Pintó, D. Juan Cadalso y el Dr. Nicolás Pinelo y condenados en Consejo de guerra a la pena de muerte en garrote vil; pero en consejo de revisión, que tuvo efecto el 14 de marzo de 1855, los Magistrados de la Audiencia Pretorial, D. Francisco de Escosura, D. Alonso Portillo, D. Manuel Posadillo, condenaron a Pintó a la pena de muerte en garrote vil y a Cadalso y a Pinelo a diez años de presidio. La ejecución de Pintó se llevó a cabo el jueves, 22 de marzo de 1855, a las siete de la mañana, y la sentencia la firmó el general Concha.

Al tener noticias de que se preparaba un movimiento armado en Baracoa, envió desde Nueva York, en el pailebot “Charles F. Smith” a Juan Enrique Félix y Rusel, conduciendo un cargamento de armas y municiones de las salvadas en la expedición de Quitman, para auxiliar la revolución, y en otro pailebot a Francisco Estrampes, con el nombre supuesto de Ernesto Lacoste, cuyas dos embarcaciones fondearon en Baracoa, respectivamente, los días 19 y 21 de octubre de 1854. 

Estrampes era conductor, además, de armas y pertrechos, de cartas e instrucciones dadas por D. José Elías Hernández, a su hermano D. Francisco, residente en Baracoa; pero buen patricio, después de enterado de todo, denunció a los expedicionarios, poniendo al corriente de ello a las autoridades españolas por consecuencia, cayendo prisionero Estrampes y siendo conducido a La Habana y encerrado en el Castillo de la Punta, en una bartolina próxima a la que se hallaba D. Ramón Pintó, que ya había sido preso. Estrampes fue sometido a un consejo de guerra, que lo condenó a muerte en garrote, llevándose a cabo la ejecución en el placer de la Punta, el sábado, 31 de marzo de 1855, a las siete y media de la mañana, y habiendo firmado la sentencia el Capitán General D. José Gutiérrez de la Concha. La bandera que trajo la expedición existe colocada en un cuadro en el salón principal de los Archivos de la Isla de Cuba.

A principios de enero de 1856 pactó Goicuría con el General Walker por conducto del joven Francisco Alejandro Lainé, la invasión de Nicaragua, pacto en el cual Walker daba su palabra de honor de que ayudaría y cooperaría con su persona y recursos de hombres y armas a la causa de Cuba y su libertad, después de consolidados la paz y el Gobierno en la República de Nicaragua. Embarcó Goicuría para Granada, donde llegó el 9 de mayo de 1856, al frente de 250 hombres, con el cargo de Brigadier e Intendente General de Hacienda, siendo nombrado en agosto del mismo año, Ministro Plenipotenciario cerca de Inglaterra, lo cual no fue aceptado por Goicuría, quien denunció a Walker como un malvado, torpe e impolítico, por haber querido someter a los Indios a la esclavitud, y a lo cual se opuso aquél abiertamente, sobreviniendo por ello la ruptura del pacto estipulado. Ya había sido herido gravemente en la batalla de Chontales, hecho prisionero y fusilado el joven Francisco Alejandro Lainé, intermediario en dicho malhadado pacto.

A causa de tantos quebrantos, la fortuna de Goicuría mermó notablemente, y como no podía hacer nada por su patria, resolvió quedarse en Nueva Orleans, donde residió por espacio de dos años y en los cuales reorganizó su capital. En esa época pasó por Nueva Orleans, de regreso a Veracruz, D. Benito Juárez, con el cual celebró una conferencia Goicuría, ofreciendo ayudarle para su exaltación a la presidencia de la República mexicana, a condición de conseguir su apoyo para Cuba, acuerdo que convinieron, vendiéndole Goicuría el vapor “Indiana”, como parte del convenio celebrado.

Sabiendo Goicuría que saldrían dos vapores cargados de armas para el General Marimón, se embarcó en el vapor de su propiedad “Ludianda”, obteniendo de un comandante americano dotación para tripularlo; y saliendo para Veracruz atacó a los dos buques que iban para Marimón, los apresó, los llevó a Veracruz y de allí a Nueva York.

Cuando estalló la guerra de secesión se fue a Nueva Orleans para salvar sus intereses, a donde le ofrecieron un puesto de General, que rechazó, como igualmente el que ya le habían ofrecido los federales, pues por gratitud estaba obligado políticamente con unos y otros, a permanecer neutral en la contienda civil entablada, y marchándose a Europa con su familia, visitó a su madre, residente en Cádiz, viniendo en 1867 a Río de Janeiro con sus hijos Elena y Valentín, pues Amelia, que se había casado en Nueva York con el señor Bernardo Caymari, residía en aquella ciudad. Al estallar en 1868 la Revolución de Yara con el pronunciamiento de Carlos Manuel de Céspedes y Bartolomé Masó, en “La Demajagua” el 10 de octubre del referido año, residía D. Domingo de Goicuría, como ya se ha dicho, en Brasil, con su familia, disfrutando de una posición holgada. 

A pesar de las vagas noticias que de la Revolución llegaban de Cuba, decidieron a Goicuría a embarcarse en el acto para reunirse con los patriotas sublevados; sin que le bastara a detenerlo en su propósito, los ruegos de su esposa e hijos, ni las consideraciones que le hicieron respecto a su edad avanzada y a su no buen estado de salud. Tampoco le detuvo el empeño de su hijo Valentín de tomar su lugar, alegando, entre otras razones, la posibilidad de hacer un viaje   infructuoso, no teniendo aún la certeza de la importancia del movimiento revolucionario iniciado en Cuba.  

En esas circunstancias, a principios de 1869, resolvieron que Goicuría saldría de todos modos para Nueva York, y su hijo Valentín para La Habana, con el objeto de informarse personalmente de la verdadera situación política de Cuba y reunirse con su padre en Nueva York, lo cual tuvo efecto algunas semanas después de la partida de ambos de Brasil. 

Reunidos en Nueva York tomaron el acuerdo de que Valentín se embarcara como ayudante del general Jordán en la expedición del “Perrit”, quedando Goicuría en Nueva York organizando, en unión de su cuñado José María Mora, la expedición del “Lillian”. 

Algunos días antes de terminarse los preparativos, salió Goicuría para el sur de los Estados Unidos con nombre supuesto, para reclutar oficiales y soldados americanos, en su mayor parte  procedentes  del disuelto ejército confederado, para traerlos en la referida expedición tan pronto estuviera lista, y terminadas las gestiones que con ese objeto practicaban en el Sur, Mora en Nueva York  y Plutarco González en Nueva Orleans,  en  donde se ocupaba de equipar el vapor “Lillian”, surto en aquel puerto y que había sido preparado por Goicuría en la suma  de 75 mil pesos.

Oportunamente se embarcaron una noche los cubanos que en Nueva York se habían alistado para la referida expedición, como pasajeros en un vapor costero despachado para Jacksonville (Florida), en tanto que Goicuría de incógnito, se hallaba hospedado en Gainesville (Florida), lugar intermedio entre Jacksonville y Cedar Key, acompañado solamente por Juan Clemente Zenea, su sobrino carnal Alberto Goicuría y Ricardo Farrés. Llegados los expedicionarios sin contratiempo alguno a Jacksonville, fueron sigilosamente transportados durante la noche en un tren especial, preparado de antemano a Cedar Key, donde se encontraba el depósito de armas, pertrechos y equipos que habían de constituir el cargamento de la expedición; reuniéndose todos los cubanos y americanos expedicionarios en espera de Goicuría, que llegó en la tarde del primer día en unión de los que con él se hospedaban en Gainesville. 

En la noche de esa misma tarde llegó también el vapor “Lillian”, con Plutarco González, y a la mañana siguiente, desde el amanecer se procedió a verificar el embarque por los mismos expedicionarios, operación que duró dos días. En esta expedición venía Goicuría de Jefe, siendo su segundo el Coronel Luis Eduardo del Cristo, el Mayor General de la Brigada, el General Williams y como Jefe de Estado Mayor el Coronel Schmberg y segundos jefes y oficiales destinados a los cuerpos de artillería, ingenieros y sanidad, J. B. Heedman, John Blankhead, John Mc Gruder, Harris Mc Yoal, Carlos Mayer, José Joaquín Govantes, Francisco Sellen, José Eusebio Hernández, Ramón Roa, Eduardo Aizcorbe, Francisco Guiral, Manuel Corcalles, Amadeo Desgratter, Ricardo Farrea, Ricardo Piñeyro, Juan Clemente Zenea, Vicente Marquetti, Félix de Valois González, Ramón  Cabrera, Francisco M. Muro, José María Hernández, Enrique B. Costales, Federico Gil Marrero, Andrés Pimentel, Apolinar Sabio, Bernardo Rives, Jules M. Navarrete, Eduardo Lepiere, José A. Calvo, Lázaro Palacios, Domingo Díaz, José Espenar, Carlos Lynn, Juan Armas, Antonio Nattes, Eduardo Ester, Francisco Porto, Andrés Viñales, J. H. Keats, César Pintó y Payne, José María Bucalé, Nicolás de Cárdenas y Chappotin, José Laviella, Juan Ignacio de Armas, Luis Morejón, José M. Dovales, Alberto de Goicuria, Teodoro Vorigaud, Emilio Domínguez, Ambrosio D. Abreu, Andrés Estéves, Joaquín V. O’Farrill, José Cortés, Manuel M. Mesa, Gaspar Agüero Betancourt, Federico-Rey, Tomás L. Mercer, Antonio Meyer, Simón A. Grass, William S. Dyer, Charles Kearn, J. OBrien, W. J. Conroy, John F. Dixon, Eduardo Henderson, Frank Kowan, Alberto Fernández, E. Courtney, Joseph Ogeliere, A. Aguirre, y el resto hasta 410 expedicionarios, alistados y embarcados, era compuesto de americanos y cubanos en clase de soldados.

Debe aquí consignarse el triste episodio de que tres días antes de llegar los expedicionarios a Cedar Key y encontrándose Goicuría en el restaurante en que se hospedaba en Gainesville, fue enterado de la muerte de su hijo Valentín en el combate de Cuabitas por un desconocido que ignorando quién era, él tenía el nombre cambiado, le mostró la relación publicada en un periódico americano del horrible fin de su único hijo, quien herido en dicho combate, fue inhumanamente rematado por los soldados españoles a golpe de machete y bayoneta. Aquella noche no se acostó Goicuría, y encerrado en su habitación, no cesó de pasearse de un extremo a otro. A la mañana siguiente en un esfuerzo supremo para reponer su ánimo, exclamó: “No decae mi espíritu para continuar luchando con todas mis fuerzas en beneficio de mi patria; aunque para mí, personalmente, sólo vaya a buscar el reposo en ella, a una vara debajo de tierra”.

Sobre este detalle están equivocadas las versiones que han circulado.

La expedición del “Lillian” zarpó del puerto de Cedar Key el 4 de Octubre de 1869 con 410 expedicionarios, al parecer en condiciones satisfactorias, y tomando rumbo hacia la parte Occidental de Cuba, con objeto de iniciar un pronunciamiento en Vuelta Abajo tuvo que desistir de dicho propósito, debido a la inconformidad de la mayoría de los expedicionarios, resolviéndose en consejo de oficiales dirigirse a la parte Oriental, campo activo de la Revolución, y lo cual trajo de consiguiente una gran demora en la travesía.

La falta de experiencia de los armadores del vapor dio lugar, desgraciadamente a que el agua potable de a bordo, por haberse depositado en toneles nuevos, se corrompe al siguiente día de la salida, además el carbón no era ni con mucho suficiente para las necesidades del viaje.

Inconvenientes tan graves y de tanta trascendencia, obligaron a Goicuría, en unión del Capitán del vapor, el práctico Camacho, el maquinista, y un consejo de oficiales, a resolver atracar a un cayo inglés denominado Nurse Key, en donde se aseguraba que existía un depósito de carbón, lo que resultó una falsedad, acordándose entonces desembarcar allí la gente con provisiones para tres días y enviar el vapor a Nassau (era el día 9 de Octubre), esperando en alta mar y enviar un bote avisándole al representante de la Junta Cubana para que sigilosamente dispusiese que una goleta cargada de carbón atracase al costado del vapor y lo trasbordase. 

A desempeñar esta comisión fueron en el “Lillian”, el Coronel Del Cristo, Juan Clemente Zenea y José Cortés (a) Pepe Carabina, quedándose todos los demás en el referido cayo. Los comisionados tuvieron la mala suerte de no ser todo lo discretos que debían, ni evitaron las muchas demoras que ocurrieron para la realización del propósito que llevaban, todo lo que dio por resultado que enterado el Gobernador de Nassau de lo que ocurría, diera órdenes al buque de guerra inglés “Lapwing” para que persiguiera y apresara al “Lillian”, lo que se llevó a cabo, salvándose únicamente la bandera cubana de la expedición, que recuperó La Junta Cubana.

La expedición del “Lillian” costó 300 mil pesos.

Mientras tanto, casi perecían de hambre y sed los expedicionarios en el cayo en que habían quedado, hasta que a los dieciocho días el mismo buque de guerra inglés llegó allí y en nombre de S. M. Británica los hizo a todos prisioneros, conduciéndolos a Nassau y siendo puestos en libertad, y regresando a Nueva York la mayor parte de ellos.

Con fecha 13 de noviembre de 1869, le escribe Domingo de Goicuría a su hija Amalia la carta que entre otros particulares le decía: “En Nurse Key sólo encontramos una casita de paja con una familia que son los únicos habitantes, consistiendo en todos juntos once personas”.

“El jefe de la familia, Dio Nousoc, fue esclavo en este Cayo, y cuando se liberó pasó allí a ser soberano independiente para no sufrir a nadie más. Nunca olvidaré los favores que nos hizo en su casita, dándome cuanto tenía y abandonándola para nosotros. Recuerdos tendrá aquella familia de nosotros para toda la vida y los cubanos también dirán que hay en el mundo un negro noble y generoso”.

“Allí desembarcamos 407 hombres, pues habíamos mandado en el vapor a Del Cristo, Zenea y Cortés; todos veníamos sedientos y mal comidos, cosa que se agravó de día en día, porque sólo teniendo víveres para cinco días fue preciso hacerlo durar hasta dieciocho, así ya puedes figurarte lo que allí se pasaría. La intemperie cruel, porque el sol y sereno y sin tiendas en que cubrirnos, nos castigaba demasiado, porque no se disponía tampoco de árboles a propósito para formarlas, teniendo la desgracia de que se nos enfermaran 150 hombres, de los cuales Dios solo quiso que falleciese uno. Figúrate que solo teníamos una galleta, un pedazo de carne y un poco de café sin azúcar todos por igual, de General a ranchero. Yo vivía en una casita que se componía de un departamento de cinco varas de largo por tres de ancho, y allí dormíamos 8 sobre el limpio suelo, donde mis huesos se acostumbraron pronto a sufrir la dureza de la limpia piedra. Que eso no es nada para quien tenía la esperanza de pisar la tierra libre de Cuba; pero cuando hemos sido detenidos por los ingleses y perdimos toda esperanza bastante desconsuelo nos ha quedado por haber sufrido tanto sin ningún provecho, el buque expedicionario ha sido apresado y todo había terminado.” 

De los supervivientes del “Lillian” quedaban en La Habana tiempo de escribir esta relación) —año de 1911—, Ramón Roa, Joaquín V. O’Farril, César Pintó, Nicolás de Cárdenas y Ricardo Farrés; en Nueva York, Alberto de Goicuría, y en México, Francisco Porto. No fue Goicuría a Nueva York, como por algunos se ha dicho, pues no quiso presentarse, después del fracaso de la expedición: lo que hizo fue escribirle a su cuñado José M. Mora, para que dispusiese de todos los recursos que le habían quedado en Nueva York y los empleara en armas y se las transmitiera a Nassau, donde él se había quedado para preparar otra expedición y venir a Cuba, lo cual realizó acompañado de 33 hombres en una goleta, la mayor parte expedicionarios del “Lillian”. 

Desembarcan con facilidad en Punta Rasa (Gibara) el 3 de febrero de 1870, se internaron en el monte y llegaron a presentarse a Carlos Manuel de Céspedes, Presidente de la República en Armas, al cual le expone Goicuría que solicitaba su autorización para ir a México, donde tenía un crédito contra el Gobierno de aquel país, por la venta del vapor “Indiana”, único resto de su fortuna personal, con el objeto de hacerlo efectivo y emplearlo en armas para una nueva expedición. Autorizado por el Presidente Céspedes, partió acompañado de Gaspar y Diego Agüero, dejando al Coronel Del Cristo mandando el Batallón “Cazadores de Hatuey”, cuya bandera había sido bordada y regalada por la patriota Emilia Casanova de Villaverde.

En la costa toman una embarcación pequeña para dirigirse a Nassau, pero el viento arrachado y la mar gruesa, los obliga a refugiarse en Cayo Guajaba, el 22 de abril en donde encuentran a un Mayor inglés de Canadá, el práctico Mendoza y dos marinos de Nassau, que estaban allí desde el día 17 del mismo mes. El día 25 se presenta un bote del cañonero “Soldado”, que estaba haciendo un reconocimiento por el cañón de Guajaba y apresó a un ballenero que había sido varado por sus tripulantes, el cual fue conducido al referido cañonero.

El comandante del cañonero participó al de Marina en Nuevitas, que al reconocer en la tarde del día 25 el cañón del Cayo Guajaba uno de los botes de a bordo apresó un ballenero con buen aparejo recientemente varado en el referido Cayo por sus tripulantes dejando huellas en la arena, que en la embarcación había agua, salvavidas, tasajo y otros accesorios para hacer la travesía del canal, una bandera inglesa, un sable de Jefe y una levita, en uno de cuyos bolsillos encontró un pasaporte extendido a nombre del General Domingo Goicuría, y otras cartas y papeles. 

El documento dice: “En atención a que el ciudadano Presidente de esta República se ha servido conceder al ciudadano General Domingo Goicuría, para que pase a la República de México a desempeñar una importante comisión del servicio de este Gobierno, con el objeto de que pueda verificarlo, doy libre pasaporte al citado General, para que se traslade a cualquier punto, ciudad o pueblo de México, en cuya virtud las autoridades civiles y militares, sin poner impedimento a su marcha, le facilitaren cuantos auxilios necesitare, P. y L. Estado del Camagüey, a 29 de Marzo de 1870. El Secretario de Relaciones Exteriores. Ramón Céspedes”.

Tan luego como se recibió el parte del Comandante del cañonero “Soldado”, acudieron el “Gacela” y “El Vigía”, conduciendo 40 hombres de la dotación del vapor “Isabel la Católica”, que su Comandante el señor Regalado había mandado para que hicieran un reconocimiento; lo ven, le dan el alto y es hecho prisionero, conduciéndolo al “Gacela”, cuyo comandante el Sr. Pavia y oficiales le guardaron toda clase de consideraciones. De allí lo trasladaron al cañonero “Descubridor” que hizo su entrada en Nuevitas, a las diez y media de la noche y de allí a Puerto Príncipe, donde se encontraba incidentalmente el gobernador Capitán General de la Isla D. Antonio Caballero de Rodas, el cual dio orden de que Goicuría fuese trasladado de nuevo a Nuevitas y de allí escoltado debidamente a La Habana: los Agüero y los demás compañeros se habían separado de Goicuría varios días antes.

En Nuevitas fue trasladado al vapor mercante “Triunfo”, el viernes 6 de mayo, a las 7 de la mañana, llegando a La Habana el mismo día, a las nueve y media de la noche. De este vapor fue trasladado en una lancha al Castillo de la Punta, y de allí a la Cárcel, custodiado por el Teniente de navío Ildefonso Benítez y seis marineros de la dotación del “Isabel la Católica”. Ya en la cárcel se le formó inmediatamente consejo de guerra verbal, que presidió el Coronel de Ingenieros, señor Malo, y actuando como Fiscal el Comandante de Milicias, señor Uzuriaga, siendo identificado por el señor Julián de Zulueta, pues, aunque nombró al señor Rafael Rodríguez Torices, éste no asistió por no hallarse en la Capital. Al preguntarle el Presidente del Tribunal qué había venido a hacer en Cuba, contestó: “¿Acaso lo ignoráis? A expulsaros de ella”.

Lo único que pidió al Consejo fue que lo fusilaran, por ser General prisionero de guerra; pero se lo negaron. Al indicarle que nombrara defensor se excusó de hacerlo, por no conocer a nadie, siendo entonces nombrado de oficio el Oficial de artillería, Sr. Toledo, quien concretó su defensa al rogar al Tribunal que su defendido en vez de sufrir la muerte en garrote vil fuera pasado por las armas, por la atenuante de existir el hecho de haber salido huyendo de la Isla.

A las 12 de la noche del mismo día 6 de mayo, pronunció el Consejo de guerra la sentencia de ser ejecutado en garrote vil, lo que comunicado a Goicuría lo oyó impasible, replicando: “Soy una víctima necesaria, y sólo deseo que no se me haga sufrir y se me ejecute pronto”. A las dos y media de la madrugada fue trasladado, con esposas, en un coche de plaza, al Castillo del Príncipe, acompañándole un Teniente del Batallón de Voluntarios de ligeros que daba guardias en la Cárcel escoltándole ocho números del referido Batallón. A su llegada, y dirigiéndose a los Voluntarios, les dijo: “Sois parte de un hermoso Cuerpo de ejército, pero defendéis una mala causa; parece increíble que perseveréis en llenar este país de luto y desolación, porque debéis persuadiros que Cuba debe ser libre y lo será, sin duda alguna”.

Entró en capilla seguidamente y durante las horas que estuvo en ella dio muestras de entereza y valor extraordinario y este hombre indómito ante la esclavitud de su patria, no sólo recibió los socorros espirituales, sino que espontáneamente hizo su confesión de fe católica sincera, declarando que no guardaba odio a nadie y que perdonaba a sus traidores enemigos.

A las 7 y 30 de la mañana del día 7 de mayo le colocaban la hopa a la cual opuso resistencia, más luego ayudó él mismo a colocársela así como la capucha, marchando por la carretera señalada, que fue por la puerta de entrada del Castillo, bajando la cuesta a salir a Carlos III, y doblando hacia la derecha tomó el camino que va al Cementerio de Cristóbal Colón recorriendo una distancia aproximamente de mil metros, doblando otra vez a la derecha hasta llegar al sitio en que se hallaba levantado el patíbulo, y con un valor que no le faltó un solo momento, y subiendo las gradas de la escalera aceleradamente se sentó de por sí en el banquillo fatal. 

Al colocarle el verdugo, Pedro Crespo Moya, el corbatín, lo hizo por encima de la luenga y blanca barba de aquél, quien, dirigiéndose al verdugo, le dijo: “Yo me lo colocaré”. Lo cual hizo levantando sus manos esposadas y poniéndose el corbatín por debajo de la barba, exclamando: 

¡MUERE UN HOMBRE, PERO NACE UN PUEBLO!

Eran las 8 de la mañana. Hasta las 9 y 20 estuvo el cadáver en el patíbulo, siendo a esa hora conducido en el carro del Hospital al Cementerio de San Antonio Chiquito —hoy Cristóbal Colón—, por el moreno Gaspar Díaz, —que aún vivía en 1911 en la calle 13 entre 22 y 24, Vedado, y debidamente escoltado, y dándosele sepultura en el lugar que llamaban de los autopsiados o séase de los fallecidos por muerte violenta.

Sus restos no ha sido posible hallarlos.

Cuando murió Goicuría contaba 59 años, 10 meses y 14 días de edad. Fatal coincidencia: Nació un sábado y fue ejecutado un sábado. Jamás se resignó y supo morir por la Libertad de su Patria.

(De Ricardo V. Rousset.—  Comandante del Ejército Libertador,— Folleto, Habana, 1911).

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