La negociación de Pakistán tan efímera como un soplo desvaído, murió al nacer. Se esfumó en la brevedad que todos, o casi todos, esperábamos. Nació póstumo. Irán nunca tuvo intenciones serias, sinceras ni legítimas de alcanzar un cese al fuego, porque su estrategia es prolongar el conflicto y convertirlo, hasta donde sea posible, en una guerra de desgaste con enormes costos para Estados Unidos. Por otra parte, la ONU, con su inutilidad proverbial, se ha concretado a la crítica culpable contra Estados Unidos e Israel, pintando a Irán, el verdadero enemigo violento en toda la región, como la víctima.
Prueba de esto es el fallo de una debilitada resolución presentada el pasado martes por Baréin ante el Consejo de Seguridad para hacer algo en favor de la apertura del Estrecho de Ormuz. Rusia y China la vetaron y el Estrecho, en el momento en que escribimos esta columna, permanece cerrado a la libre navegación. Ambos poderes, que operan junto a Irán como un eje de regímenes autoritarios, quieren la derrota de América y el Consejo de Seguridad de la ONU, con su veto del pasado martes, les dio su bendición.
Ahora, y hasta que no surjan otros eventos determinantes, los Estados de Europa y Asia quedan en el limbo en cuanto al paso por el Estrecho, debido, en buena parte, a su falta de apoyo decisivo a los esfuerzos iniciales de Estados Unidos para la remoción de las minas plantadas en el canal por Irán. El conflicto, que ya era serio, adquiere dimensiones más amplias y se complica aún más.
En medio de esta amalgama de inescapables jeroglíficos, permanece flotando, en busca de una respuesta, una pregunta dramáticamente curiosa y preocupante a la vez: ¿por qué, si el cierre del Estrecho estaba entre las probables reacciones de Irán, el alto mando militar del Pentágono, o el presidente y su staff, no previnieron esa desastrosa consecuencia tomando las medidas militares apropiadas? Nos agradaría saber, para el alivio de la curiosidad y la tranquilidad de conciencia, que alguien tenga una respuesta inteligente, razonable y aceptable a esa pregunta.
Pero lo pasado es pasado. Entramos en una nueva fase del conflicto en que los bloqueadores de ayer, son los bloqueados de hoy.
El presidente Trump, evidentemente frustrado ante la intransigencia de Irán de un compromiso razonable para abrir el canal y lograr un cese al fuego, decidió imponer un bloqueo a los puertos de Irán -digamos, el Estrecho- impidiendo la salida o entrada de cualquier barco cargado de petróleo, o de cualquier otra índole, cerrando de hecho esa vital vía marítima para el comercio de Europa y Asia.
La infructífera negociación de Islamabad mostró, con claridad innegable, la verdadera intención de Irán. Nunca alentó buena disposición para una tregua y sí confirmó su perenne objetivo de alcanzar poderío nuclear.
Con el “nuevo cierre” del Estrecho, ahora controlado por USA, Irán entra en un estado de parálisis económica. No puede comerciar. No puede exportar su producción de petróleo o gas, y es, paradójicamente, Estados Unidos el que llena el vacío con su vasta abundancia de crudo y gas natural. Desde el lunes de esta semana, docenas de buques han cambiado el curso y vienen a los puertos de América a cargar petróleo y gas natural para varios países europeos urgentemente necesitados de esos esenciales artículos para su normal funcionamiento. Como puede apreciarse, la guerra no ha terminado, pero va cambiando de fase hasta que se encuentre un punto de equilibrio donde apoyarse para un acuerdo razonable. ¿Existe, o se podrá hallar esa posibilidad? Por el momento no parece factible, a no ser que Irán quede irremisiblemente diezmado, más de lo que ya lo está.
Exceptuando esta contingencia, Irán continuará dilatando el conflicto en una guerra de desgaste en espera de tiempos mejores, debido quizás a cambios en la política americana -cosa por ahora improbable- mientras seguirá siendo, por lo menos en el inmediato futuro, una amenaza para Israel y las naciones del Golfo. El futuro, en una perspectiva de mediano a largo plazo luce impredecible e imprevisible, porque se vislumbran varios cambios en la estructura de mando en Irán.
En el presente, aunque no se habla mucho al respecto, ha comenzado, a pasitos cortos, una transición de la teocracia autocrática a un mando militarista. Esto no quiere decir que el líder supremo, quienquiera que sea -porque no lo sabemos- deje de ser importante. Pero ciertamente no será el eje principal de todas las decisiones del régimen.
Es innegable que el presidente Trump siente la presión incómoda de los demócratas en el Congreso, y de sus edecanes en la prensa liberal, más el elevado precio del petróleo, la gasolina, y la mayoría de los productos de la canasta básica. Es natural. Se entiende. Y por estas razones -y otras- decidió aceptar las sugerencias de unas negociaciones buscando un cese al fuego. El presidente quería, casi ansiosamente, una salida para terminar el conflicto; pero, en mi modesta opinión, se precipitó, y terminó con un fracaso diplomático.
Incuestionablemente, Estados Unidos ha ganado la guerra pese a las fantásticas falacias de Irán de que ellos han ganado. Basta una ojeada simple, a vuelo de pájaro, para confirmar esta realidad. Las fuerzas armadas de Irán están casi diezmadas. Las defensas están inoperantes. La aviación está liquidada. La fuerza naval no existe, ha sido destruida. Sí, es cierto, aún mantiene, y los seguirá usando, un número muy limitado de misiles balísticos y drones; pero eso no lo hace un poder agresivo de consideración. Militarmente está derrotado, vencido, kaput.
Y, en adición a estas calamidades militares, Irán emergerá de esta guerra completamente aislado políticamente de sus vecinos próximos. Ninguno de los países del Golfo lo quiere por los feroces ataques a que fueron sometidos. Sólo le queda la lejana compañía de China y Rusia, dos tránsfugas de su misma calaña.
En cuanto a Estados Unidos, cualquier acuerdo al que llegue, para ser considerado como una victoria, debe integrar una resolución al programa nuclear de Irán con el retiro del remanente del uranio enriquecido, y, por supuesto, la apertura permanente del Estrecho de Ormuz para la irrestricta navegación internacional.
Si estas provisiones están presentes en cualquier acuerdo de paz o compromiso final, entonces la nación americana habrá adquirido más de lo que hubiera logrado con el solo empleo de la diplomacia, porque la guerra, por su parte, consiguió, por el mediano plazo, eliminar la capacidad balística sobre la cual el régimen nunca quiso negociar.
La guerra militar ya se ha ganado. Sólo falta para el triunfo total, completo y definitivo, poner los puntos sobre las íes.
Y el resto será material para la historia.






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