ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

21 de abril de 2026

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

‘Hubo un tiempo para descorchar recuerdos y beber burbujas de sangre, en el cuello de los tomeguines’

“Viaje al cazabe”

+Ana Rosa Núñez

Prólogo

El papalote, rojo blanco y azul, zigzaguea contra el añil tachonado de jirones de nubes blancas a impulso del movimiento que Bartolo, llevando alternativamente la diestra del hombro izquierdo a la cadera derecha, le imprime al cordel.

El aire se sacude. El papalote desplegando cola con tiras de telas multicolores, cargadas de cuchillitas de afeitar, partidas en mitades y formando cruces hirientes, se dirige a cortar, con leves destellos metálicos, el cordón del papalote de Dimas.

En el llano, a ratos árido, a ratos verde, del Plan de Cardoso los muchachos están expectantes. Todos observan las maniobras de los papaloteros contendientes.

—¡Esto se acaba a pedrá limpia! —el Cojo Veitía presagia, desde un acné irritado.

Los músculos de Bartolo se contraen. Aprieta las mandíbulas y en su rostro aparece la furia de la libertad irreverente. Deja de medir consecuencias.

Razona que si corta la pita del papalote de Dimas y, el hexágono alado, se va a bolina, se arriesga a tener que defenderse a pedradas. Sabe que el grandulón preferirá golpearlo con los puños y así ponerlo en ridículo frente a los muchachos del barrio. Por eso, precavidamente, colocó en los bolsillos de su pantalón dos piedras sólidas, redondas y de tiro fácil.

Dimas muestra la lengua por la comisura derecha de los labios y, en acto maquinal, la muerde una y otra vez. Luego, desde el brillo grasiento, presuroso y adolescente de su cara, mira a Bartolo con rencor desdeñoso.

—¡Te lo hecho a bolina! —grita y añade —¡Estúpido…!

«¡Caray!, como tiene sarro en la lengua!», observa y evalúa que permitir que Dimas lo venza le garantiza que físicamente no sufrirá magulladuras. Sin embargo, la derrota le acarreará una andanada de burlas que por días lo perseguirán más allá del Plan de Cardoso, para terminar enquistándose en la mismísima aula escolar.

Levanta los ojos al cielo bruñido de sol. Su papalote es libre, desafiante y más poderoso que el de Dimas.

«¡Mi papalote no tiene miedo!», la mente destella.

De soslayo contempla a Dimas e intuye que el otro piensa que lo someterá por el temor a una paliza

De manera intempestiva, María Eulalia, la niña de doce años de edad, cuerpo menudo, cabello claro y ensortijado le viene a la memoria.

Es primavera y el Sol, aunque se aferra a la tibia humedad de abril, se debilita en reflejos dorados.

—Dice mi hermano Leonardo que haces papalotes —le pregunta una tarde de gallos, apuestas, gritos y licor.

Bartolo titubea. La niña, a pesar de que, en ocasiones, acompaña al hermano mayor al Plan de Cardoso, bien sea para verlo en lances de béisbol, empinar papalotes, jugar trompos o cualquier otro entretenimiento infantil, siempre se mantiene cerca de Leonardo, habla poco y lo mira todo con ojos de conocimiento previo.

—Bueno… —es la primera vez que ella le dirige la palabra —los hago, además de empinarlos. Mi familia siempre los ha hecho, como tu papá es criador y peleador de gallos finos.

Este encuentro verbal sucede un domingo en la tarde. Un domingo de peleas de gallos en la valla de Melgarejo, propiedad de Juan José Castillo González, padre de Leonardo y María Eulalia.

—No me agradan las peleas de gallos —y su voz suena a lágrima. —El gallo que acaban de matar era de mi papá. Hoy, en la mañana, mientras él lo rociaba con aguardiente yo lo aguantaba y sentía en mis manos el temblor y calor de sus muslos tusados. Los papalotes no matan a nadie.

—Pero los papalotes no son personas o animales, son cosas —trata de consolarla.

—¡No quiero que hables con varones! —la voz airada de Leonardo surge junto a ellos.

—¡Oye, oye!, no estamos haciendo nada malo; me contaba que no le gustan las peleas de gallos. Ella es una niña y yo, como tú, tengo quince años. Nadie se va a comer a tu hermana. Mejor no la traigas aquí ni la lleves más al Plan de Cardoso.

Leonardo vacila. Más calmado le ordena a María Eulalia.

—Ya las peleas terminaron. Vete con papá y ayúdale a recoger. Yo voy después.

En seguida, sin pedir disculpas por el exabrupto dice, lo que Bartolo, aunque no del todo, ya conoce por boca de las viejas del barrio.

—Desde que nos mudamos para este pueblo, que no hace tanto tiempo, eres un buen amigo. Vamos a la misma escuela. Estamos en el mismo grado— hace una pausa. — Nuestra madre murió a meses de ella nacer. Al principio de la desgracia la abuela y tías se ocupaban de María Eulalia. No es una niña fácil, aunque habla poco. Papá la quiere mucho, pero tiene que trabajar muy duro, en la gallería, en la valla y con el general Jomarrón, para mantenernos. Él no puede ocuparse de todo. Mis hermanas, Juana Rosa y Elvira cuentan que mamá, horas antes de morir, les pidió que los hermanos cuidáramos de la niña. Papá es joven todavía. A lo mejor vuelve a casarse. Pero los hijos que tendría con otra mujer serían diferentes… medio hermanos.

La última voluntad de mamá es mi responsabilidad porque, a pesar de no ser el mayor de los hermanos, soy el varón.

—Hablas como un viejo —Bartolo atina a decir.

No desea derribar el papalote de Dimas, pero el suyo tampoco caerá derrotado, como un gallo cobarde. Si Dimas quiere pelea la tendrá.

Tan ensimismado está en maniobrar el papalote que no sabe si Leonardo y María Eulalia están presentes. De todas maneras, se enterarán de que ganó o perdió luchando. Luchando por el derecho a volar libremente.

—¡Alabao…! ¡Cortó el papalote de Dimas! —la voz estridente del Cojo Veitía sobresale en medio de un coro incitador.

Bartolo suelta la pita de su papalote. 

—¡Los dos se van a bolina! —grita alguien. 

En rápido ademán de amparo introduce la diestra en el bolsillo derecho del pantalón. Un Dimas descompuesto, lanzando maldiciones, se le viene encima. Sin vacilar le imprime vigor al brazo y lanza el proyectil

Acto seguido, gira sobre los talones y despavorido corre, corre porque lo único que piensa es refugiarse en la seguridad del hogar. Al principio de la carrera escucha exclamaciones.

—¡Lo reventó! ¡Cayó como un pollo! ¡Lo mató! ¡Cómo echa sangre de la frente! ¡Hay que llevarlo a curar! ¡Vámonos que esto se pone feo…!

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