Por Álvaro J. Álvarez. Exclusivo para LIBRE
José Antonio de la Caridad Maceo y Grajales, nació el 14 de junio de 1845 en la finca familiar Majaguabo, zona de San Luis a unos 20 km al norte de Santiago de Cuba.
Su padre Marcos Maceo Joglar nació el 25 de abril de 1808 y durante el siglo XIX muchos afirmaban que Marcos había llegado a Cuba de La Vela de Coro, estado Falcón, Venezuela.
En el siglo XX investigadores encontraron en la parroquia de Santo Tomás Apóstol de Santiago de Cuba una partida de bautismo 68 del Libro de Pardos 8 (1804-1820) a nombre de Marcos Maceo, lo que sugiere que nació allí.
Contrajo matrimonio inicialmente con Amparo Téllez, con la que concibió un total de 6 hijos. Tras enviudar se unió con Mariana Grajales Cuello (1815-1893) hasta formalizar esa unión el 6 de julio de 1851, en la Iglesia de San Nicolás de Morón y San Luis, Santiago de Cuba.
Mariana era natural de Santiago de Cuba, hija de dominicanos que probablemente habían escapado al conflicto que azotó la isla de La Española durante la Revolución Haitiana y la subsecuente Guerra de Independencia de Haití.
Mariana era viuda de Fructuoso Regüeiferos desde 1840, con el que se había casado el 21 de marzo de 1831, tuvieron 4 hijos: Felipe, Fermín, Manuel y Justo.
El matrimonio de Marcos con Mariana trajo al mundo 9 hijos, siendo el primogénito: Antonio Maceo (por lo tanto, tuvo 8 hermanos y 10 medios hermanos, según consta los 19 hijos llegaron a la adultez o al menos a la adolescencia, en un raro caso de supervivencia, dada la elevada mortalidad infantil de la época).
Antonio con 21 años, se casó en la iglesia parroquial del poblado de San Luis el 16 de febrero de 1866 con María Magdalena Cabrales Fernández, de 23 años porque nació en Santiago de Cuba el 20 de marzo de 1842. La hija menor de los pardos libres Ramón Cabrales y Antonia Fernández.
El matrimonio estableció su vivienda en la finca La Esperanza, cerca de la finca La Delicia, donde vivía la familia Maceo Grajales.
Ni Antonio ni María sabían que los próximos 32 meses serían los únicos de su existencia con una verdadera tranquilidad conyugal. La hija, María de la Caridad Maceo Cabrales, nació en noviembre de 1866, allí en la finca La Esperanza.
Luego de estallar en 1868 la Guerra de Carlos Manuel de Céspedes, Mariana marchó a la manigua junto a sus hijos María Baldomera, Dominga, José Tomás, Marcos, su nuera María Cabrales (que estaba embarazada de José Antonio) y otros familiares. Sus dos pequeños hijos fallecieron en el monte y hay diversas versiones sobre la causa. Aunque otros historiadores alegan que María nunca tuvo hijos.
María amaba casi de forma patológica a Antonio, tanto que siempre intentaba acompañarlo en sus acciones militares, porque no podía vivir lejos de él. Entonces vivían en un hogar móvil, porque María estaba siempre con él.
La Cabrales compartió con Maceo innumerables escaramuzas bélicas, huidas y persecuciones, sufrió con él la precariedad del monte y también las tristezas del destierro. Curaba sus heridas, que fueron muchas y algunas muy graves, a veces haciendo a un lado al médico encargado de atenderlo. Lo acompañó también en la marcha triunfal de Oriente a Occidente, de donde se hizo leyenda el relato de que los españoles se ponían sobre la pista del mambí, siguiendo las huellas de los zapatos de María Cabrales en el monte. Estuvo junto a Antonio durante casi toda la gesta del 68, hasta lo acompañó en Baraguá.
El primer intento de asesinarlo del que se sabe ocurrió en 1870 cuando fue enviado Manuel Hechavarría a Maroto, cerca de Majaguabo, para asesinarlo. Apresado, fue entregado al generalísimo Gómez, disponiéndose su ejecución.
En 1874, José de las Mercedes Colás fue sacado de presidio con ofrecimiento de libertad y dinero a cambio de ultimarlo, pero no fue más afortunado que el primero.
Maceo, en enero de 1877 había sido ascendido a Mayor General y repuesto ya de las graves heridas recibidas el 6 de agosto de ese año, en el combate de Mangos de Mejías (8 en total, 4 de ellas en el pecho), se incorporó de nuevo a la guerra.
Las victorias resonantes en Florida, Llanada de Juan Mulato y San Ulpiano en enero y febrero de 1878, le reconfortaron por el tiempo perdido en la convalecencia.
Desconociendo lo que sucedía en Camagüey y Las Villas fue en busca de su médico y amigo fraternal, el doctor Félix Figueredo, para comentar los rumores que circulaban de conferencias y tratos con los españoles, en los que no creía.
El doctor Figueredo le dio un amplio informe de las noticias que había recibido. A una pregunta directa de Maceo sobre la actuación del generalísimo Máximo Gómez, Figueredo contestó que no podía responder más que de sí mismo. Maceo, al oír todo lo que se había dicho de los jefes de la Revolución que aceptaron el convenio con los españoles, se alejó visiblemente disgustado, sin despedirse del amigo.
Es totalmente válido que Máximo Gómez permaneció apartado de las negociaciones y no recibió ni una sola peseta de los españoles.
El 18 de febrero de 1878, en Pinar Redondo, se entrevistaron Gómez y Maceo. Era el momento esperado por el primero para informar al segundo todo lo ocurrido en Camagüey y dar el adiós a la heroica madre de la familia Maceo, a su comadre Mariana Grajales. Allí conoció de la postura de Maceo en cuanto a no aceptar lo proclamado en el Pacto del Zanjón (Sanjón es un pequeño pueblo situado 39 km al este de Camagüey y cerca de Sibanicú) y su disposición a continuar la lucha.
Se enteró también del objetivo del Titán de Bronce de celebrar una entrevista con Martínez Campos para pedirle una suspensión de hostilidades que le permitiera organizarse.
Hace 148 años, el 15 de marzo de 1878, en Mangos de Baraguá (situado en el centro de la provincia de Oriente a 40 km al norte de Palma Soriano y a 32 km al este de Dos Ríos) se llevó a cabo una reunión entre el general español Arsenio Martínez-Campos y el general Antonio Maceo. En dicha reunión Maceo expresó que los cubanos allí reunidos no estaban de acuerdo con la Paz de Zanjón (firmada el 10 de febrero) y que no se someterían a esa paz sin la independencia que se había logrado con la firma de ese documento.
Maceo le expresó a Martínez-Campos, quien trataba de convencerlo de que firmara dicho pacto: “No estamos de acuerdo con lo pactado en el Zanjón; no creemos que las condiciones allí estipuladas justifiquen la rendición después del rudo batallar por una idea durante diez años y deseo evitarle la molestia de que continúe sus explicaciones porque aquí no se aceptan”.
Además, en una frase muy conocida y de mucha significación para los cubanos, el español dijo: “Entonces, no nos entendemos” y Maceo respondió: “No, no nos entendemos”.
Baraguá constituyó la reafirmación expresa del amor a la independencia y a la justicia social, y de hacerlo constar se encargaron los revolucionarios más puros, negados a dejar caer la espada.
Con su actitud, Maceo y sus seguidores, a la vez que salvaron su honor de combatientes enaltecieron el de Cuba, legando a las generaciones posteriores la posibilidad de proclamar con orgullo que, desde el primer empeño, los revolucionarios cubanos jamás han sido vencidos ni derrotados.
Después de esto la familia Maceo Grajales en pleno, salieron del puerto de Santiago de Cuba el 10 de mayo de 1878 en el navío español Fernando El Católico al exilio a Jamaica, su primer destino. Además, los acompañaban, los brigadieres Leyte Vidal y Rius Rivera, los tenientes coroneles Santa Cruz Pacheco y Lacret Morlot. La emigración cubana los recibió con marcada hostilidad.
El 30 de mayo, en el vapor Atlas, Maceo llegó a Nueva York, donde fue recibido con simpatía y atenciones personales por Miguel Aldama. El 12 de junio participó en una populosa asamblea de cubanos en el Tammany Hall.
Regresó a Jamaica en los primeros días de julio, para en compañía de sus hermanos Tomás y Marcos instalarse con su familia en una pequeña finca de tabaco y frutos menores en el poblado de Barrenqui en las cercanías de Kingston.
Era una casa independiente de la que ocupaba su madre Mariana y sus hermanos. Tenía más tiempo libre para compartir con sus amigos, como el general Flor Crombet con quien se reunió el 5 de agosto para saber sobre los trabajos que venían realizando en Oriente.
El 26 de agosto comenzó la Guerra Chiquita, pero fracasó terminándose el 3 de diciembre de 1880. Murieron 5 generales mambises y fueron deportados a prisiones españolas sus hermanos José y Rafael Maceo, Guillermón Moncada, Flor Crombet, Quintín Banderas y José Martí. Máximo Gómez y Antonio Maceo no participaron en ella.
El 15 de septiembre de 1879 llegó Maceo a Haití, estando en Puerto Príncipe, se confabularon en un atentado a Maceo el presidente usurpador del poder, Lysius Salomón, enemigo de la independencia de Cuba.
En la trama asesina estuvieron envueltos dos de sus generales, Quintín Díaz y Antonio Pérez, así como el cónsul español en Puerto Príncipe, Antonio Fierro. Todos ellos comprados por el capitán general de la Isla de Cuba, Ramón Blanco, quien envió 50,000 pesos a Fierro para pagarle a los mercenarios contratados para el crimen y quienes debían entregarlo vivo o muerto al comandante del buque Bazán surto en la bahía.
El 14 de diciembre de 1879 los generales Díaz y Pérez le propusieron a Maceo venderle 36 armas de fuego y 3,600 cápsulas que él debía recoger a la orilla de la playa, de noche, donde estaban enterradas.
Un simpatizante de la lucha cubana le comunicó al jefe mambí que se trataba de una encerrona con el fin de asesinarlo y el mayor general cubano envió a varios compañeros a buscarlas, pero no se las dieron.
Luego de varias indagaciones confirmativas, el 23 de diciembre, con un guía haitiano de confianza, decidió partir rumbo a República Dominicana.
Cuando abandonaba a caballo Puerto Príncipe por el camino a Santo Domingo, cuatro hombres armados salieron de súbito de las malezas en aras de detenerlo. Maceo les disparó con su revólver, se desmontó y cambió su caballo por el del guía. Los enemigos, confundidos y desconcertados, intentaron capturar al haitiano creyendo que era el cubano, sin embargo, no atraparon ni a uno, ni a otro.
Maceo durante 14 días se ocultó en casa del amigo cubano Santiago Pérez. El presidente de Haití había declarado la decisión de entregarlo a España, pero el 7 de enero de 1880 el comerciante francés M. Gastón Revest en una chalupa de su propiedad sacó a Maceo por Bizoton para llegar al vapor francés Desirade, en el que se trasladó hasta Santo Tomás, Islas Vírgenes.
Aquella estancia fue en extremo desagradable para Maceo y el 4 de febrero, en la goleta inglesa Lily, salió para las Islas Turcas. El 11 de febrero junto con su hermano Marcos y el cubano Álvarez en el vapor inglés Solent llegaron a Puerto Plata en la Rep. Dominicana y allí se pudo hospedar en casa de su amigo camagüeyano Fernando Figueredo Socarrás (1846-1929).
El presidente de ese país, Gregorio Luperón, amigo de la lucha cubana y admirador de Maceo desoyó las peticiones de su homólogo haitiano interesado en que se le entregara.
El 12 de febrero de 1880, el vicecónsul español Augusto Bermúdez Covián habló con el ministro de Relaciones Exteriores de República Dominicana, Lithgow para pedirle le negara ayuda al cubano en sus preparativos de una expedición hacia Cuba. Bermúdez, más espía y menos diplomático, informó al capitán general de la Isla los movimientos del líder insurrecto.
Con el fin de burlar el espionaje del cónsul Bermúdez, hizo circular el rumor que se hallaba en la finca de Paquito Borrero, aunque realmente salió el 6 de marzo para la Isla Turcos y de ahí para Cabo Haitiano para regresar el 20 en el vapor Alsacia a Puerto Plata.
El Capitán General de Cuba envió el barco español de guerra África que el 30 de marzo arribó a Puerto Plata y cuyo capitán Francisco Vila Calderón traía instrucciones para el ministro de Ultramar para eliminar a Maceo. Al otro día Vila y Bermúdez visitaron al presidente Luperón que no aceptó sus peticiones contra el Titan de Bronce.
Vencidos en las gestiones diplomáticas utilizaron de carnada a una bellísima mujer de piel cobriza, María Filomena Martínez, una enamorada del valiente mambí. Un día no precisado de abril de 1880, intentaron asesinarlo. El español Francisco Otamendi, sicario a sueldo de la Corona, le propuso a ella 10 onzas de oro si lo llevaba a una playa donde dispararían a muerte contra él.
Ella aparentó aceptar la propuesta y a través de Juan Brenz, amigo de Maceo y cuñado del presidente Luperón, le avisó enseguida y Otamendi fue detenido.
El dominicano José Conradi Toledo que fungía de secretario de Maceo, fue el principal espía con que contaba el cónsul español Francisco de Serra quien a fuerza de oro logró infiltrar sus espías en el círculo de amigos que rodeaban a Maceo.
El 4 de julio de 1880 en el vapor Santo Domingo arribó Maceo a las Islas Turcas. Donde tenían planeado partir con 34 hombres en una expedición rumbo a Cuba. Sin embargo, se frustró el intento y luego estando allí recibió la noticia de la rendición del general Calixto García.
El 6 de julio, a sólo dos días de llegar, sufrió otro intento de asesinato cuando uno de los expedicionarios de nombre José Ramón Valdespino, que trabajaba como espía al servicio de España penetró en su habitación y hundió un puñal en la hamaca de Maceo, hiriendo en un brazo a Deogracia Marty, que era quien descansaba allí mientras Maceo estaba fuera. Valdespino salió corriendo del lugar y se presentó ante el cónsul español, quien le había ofrecido cierta cantidad de dinero para que cometiera el crimen.
Otro de los hombres que acompañaban a Maceo, el dominicano Eugenio Callot, también había sido reclutado por el activo Bermúdez, a quien mantenía informado de todas sus actividades revolucionarias, además de crear rumores entre los expedicionarios a fin de sembrar discordias, desilusión y desaliento entre ellos. Al traidor Callot muy poco le duró su empleo de espía, debido a la vigilancia de los patriotas cubanos radicados en Nueva York que pudieron comprobar la felonía de este sujeto e informárselo al general.
El 24 de septiembre de 1880 en el vapor español Blanco de Garay llegó Maceo a Jamaica. Lo esperaba allí su esposa María Cabrales.
El doctor Eusebio Hernández, mambí cubano, propició en Kingston la reunión entre Maceo, Gómez, Roloff y Aguirre. Se acordó esperar un tiempo y mantenerse en contacto.
El Dr. Eusebio Hernández (1853-1933) quien durante el lapso comprendido entre 1880 y 1887 tuvo estrechos vínculos con Maceo, cuya personalidad estudió con el interés de un psicólogo y llegó a escribir: “Él anuló el Pacto del Zanjón, lo redujo a una tregua en Baraguá y venció a todos los que en él intervinieron”.
Su continuada y extensa amistad lo convirtió en el médico de toda la familia Maceo, añadida la atención en el parto de la jamaicana Amelia Marryat, cuando en mayo de 1881, nació su hijo Antonio Maceo Marryat, único descendiente directo que sobrevivió a su muerte. Además, asistió en 1880, a la esposa de Máximo Gómez, Bernarda del Toro “Manana”, en el parto de su hijo Fernando).
En mayo de 1881, en Kingston, aparecieron dos enviados del gobierno español de La Habana con la misma intención, quienes se retiraron sin poder cumplir su encargo; asimismo, Francisco Laguna, cubano traidor al servicio del gobierno colonial, intentó asesinarlo.
La sentencia imputada a Antonio Cánovas del Castillo era categórica: “La Guerra de Cuba solo es cuestión de dos balazos felices” contra Maceo y Gómez.
Al conocerlo, el general Antonio le escribió el 16 de mayo al general Camilo Polavieja: “Los pueblos no se conservan en paz por el asesinato de sus hijos de espíritu libre”.
La información sobre este atentado la aportó su amigo el doctor Eusebio Hernández, quien lo alertó de lo que proyectaban algunos individuos que pretendían llegar hasta él, con el pretexto de proposiciones para ayudarlo en proyectos revolucionarios respecto a Cuba y de esta forma asesinarlo.
El general Máximo Gómez con su familia salió en el vapor Glendale para Belice, después de haber convencido a Maceo de reunirse con él en Honduras.
A fines de junio de 1881 embarcaron Antonio y su hermano Marcos para Costa Rica (fue un error porque tomó la ruta más larga, como se lo señaló luego Máximo Gómez). De San José fue a Puntarenas y de allí tomó el vapor Salvador hasta llegar el 17 de julio a Amapala en el pacífico hondureño. Luego a caballo hasta Tegucigalpa.
Máximo Gómez estaba en San Pedro Sula dedicado al fomento de una empresa agrícola.
Allí Maceo tuvo su primer contacto con la realidad centroamericana, que presentaba diferencias con la situación antillana conocida por él.
Las recomendaciones de Máximo Gómez y su valía le facilitaron que el gobierno de Marco Aurelio Soto le confiriera el 20 de septiembre de 1881 el grado de general de División del Ejército de Honduras.
Sin duda Maceo debió de ser uno de los primeros cubanos en ostentar tan alto grado militar fuera de su país; lo que mostraba el prestigio que habían logrado los oficiales y miembros del Ejército Libertador Cubano en el transcurso de sus acciones contra España que pueden apreciarse a través de su ingreso en el Estado Mayor del Ejército, el 30 de septiembre de 1881. Asumió, al mismo tiempo la comandancia militar de Tegucigalpa.
En febrero de 1882 se unen a él en Honduras el Mayor General Carlos Roloff, venerable polaco y veterano de la guerra grande, así como el doctor Eusebio Hernández, por quién sentía Maceo una entrañable amistad.
Inmediatamente Maceo hizo valer sus influencias. Hernández fue nombrado director del Hospital de Tegucigalpa y profesor de medicina de la Universidad Nacional, a la vez que Roloff fue designado director del Banco de Amapala.
El 31 de mayo de 1882 recibió el nombramiento de Juez Suplente del Tribunal Supremo de la Guerra, hasta el 31 de julio del propio año. Ese día se le designa comandante de los Puertos de Cortés y Omoa, donde permaneció hasta el 24 de diciembre de 1883 cuando renunció.
El historiador hondureño Varela Osorio, demostró que las participaciones de Antonio Maceo y Máximo Gómez en el proceso de organización del Ejército de Honduras fueron sustanciales al expresar: “Gran parte del éxito en la constitución de un ejército nacional se debía a la traída de los generales y héroes cubanos Máximo Gómez y Antonio Maceo”.
Maceo participó de manera activa en las negociaciones para la construcción de un ferrocarril para comunicar Puerto Cortés, en el Caribe, con Amapala, en el Pacífico, realizadas con Juan Federico Debrot, diplomático francés en Honduras y con el empresario S.A. Mc Lean, quien fomentaba concesiones mineras y radicaba, en San Pedro Sula. El presidente hondureño general Luis Bográn incluso depositó en Maceo la responsabilidad de la preparación del proyecto. Como aspecto esencial, se proponía que Mc Lean asumiera parte de la deuda externa del país con capitales anglo-franceses; incluía, además, varias concesiones mineras que interesaban al empresario. El 21 de enero de 1884, Maceo presentó a Bográn el plan para la construcción del ferrocarril y la transacción de la deuda externa, proyecto que envió a McLean. Sin embargo, este respondió con una contrapropuesta que excluía asumir la deuda, lo que echaba por tierra los fundamentos del plan.
Desde 1884 hasta 1891, Maceo estuvo muy ocupado viajando por varios países del continente.
Por fin, en Puerto Cortés, en el vapor Sti Dalla, el 2 de agosto de 1884, se embarcaron las familias Gómez y Maceo y el 9 de agosto desembarcaron en el puerto de New Orleáns, era la segunda vez que el general Antonio visitaba a los EE.UU. (la primera fue en 1878).
Allí alquilaron una casa para vivir juntos en la Calle San Felipe # 227 y fundaron un Club Revolucionario con la escasa y pobre emigración cubana de la ciudad.
El 9 de septiembre de 1884 Gómez y Maceo salieron rumbo a Cayo Hueso, llegaron el 18 del propio mes. Allí fueron recibidos por cientos de emigrados revolucionarios, activándose las tareas conspirativas y de organización para la próxima contienda. Había decenas de luchadores del 68.
Días después, partieron hacia New York, donde arribaron el 1 de octubre, siendo recibidos por Flor Crombet y el Dr. Eusebio Hernández.
El 2 de octubre fue el primer encuentro que recoge la historia entre Gómez y Maceo con José Martí, el principal líder revolucionario cubano de New York.
Se debe puntualizar, que los ricos emigrados de la Isla, no apoyaron con el capital necesario las actividades para la preparación de la nueva contienda, por lo que fue inevitable organizar comisiones a distintos países donde radicaban emigrados cubanos, hacia la pesquisa de fondos.
Maceo llegó el 13 de noviembre de 1884 a Veracruz. Allí se puso en contacto con revolucionarios de Mérida y Yucatán, organizándose un Club de Patriotas.
El 17 de noviembre, se hallaba en Ciudad México, realizando las gestiones necesarias para entrevistarse con el presidente Porfirio Díaz.
A pesar de las gestiones, Maceo no logró el apoyo de las autoridades gubernamentales. Sin detenerse ante los inconvenientes, Maceo creó Centros Patrióticos en Veracruz, Mérida y Ciudad México. Obtuvo del Club Patriótico de Mérida una modesta contribución financiera para las acciones futuras.
Regresó a New Orleáns sin el apoyo oficial y sin los fondos necesarios para la contienda cubana.
El 24 de enero de 1885, nuevamente el Dr. Eusebio Hernández, esta vez desde Cayo Hueso, le advirtió: “Para esa salió en un vapor de guerra norteamericano un individuo cubano de bigote rubio, llamado Posada. Es un espía. Hay allí también un ciudadano negro americano que habla español ocupado en el mismo ejercicio y saldrá otro llamado Rubirosa, cómplice de los anteriores”.
La necesidad de obtener los fondos precipitó la salida de Máximo Gómez, su familia, María y 17 expedicionarios rumbo a Kingston el 1ro. de julio de 1885. Maceo permaneció varios días en New Orleáns, para después cumplir las órdenes de Gómez y viajar a New York en comisión de trabajo.
El 8 de julio, Maceo decidió ir a New York, para impulsar los planes del envío de armas y obtener fondos financieros para la lucha, participando en un mitin en el Clarendon Hall.
En la primera quincena de agosto de 1885 se despidió de New York, después de haber sido infructuosa la recaudación de fondos y la salida de los pertrechos de guerra hacia Panamá. Volvió al Caribe, regresó a Kingston.
El 5 de febrero de 1890 arribó a La Habana y se hospedó en el Hotel Inglaterra donde residió durante los 5 meses que permaneció en la Isla. El 24 de agosto llegó a La Habana el nuevo gobernador y Capitán General Camilo Polavieja y luego de recibir los informes sobre las actividades de Maceo, ordenó su expulsión el 30 de agosto en el vapor Cienfuegos desde Santiago de Cuba con destino a Nueva York.
En febrero de 1891, Maceo fijó su residencia en Costa Rica con María Cabrales que cargó desde entonces con su dolor, pero siguió siendo fiel a Antonio y no lo abandonó hasta su muerte.
En julio de 1891 Maceo se trasladó a Nicoya para iniciar los trabajos de desmonte de tierras vírgenes para construir casas y una escuela en lo que luego se llamaría la colonia Mansión.
El 30 de junio de 1893 llegó José Martí a Costa Rica y se entrevistó con él en la Mansión.
En una operación secreta y solamente conocida por su esposa María, Maceo utilizando el pasaporte de su cuñado Ramón Cabrales arribó a Cienfuegos en noviembre de 1893 en el vapor Argonauta. Se trasladó a Santiago de Cuba y se ocultó en una casa cercana al puerto en el barrio de San Isidro. Cuando la policía española estuvo sobre su pista regresó a Cienfuegos y el Dr. Antonio Argüelles lo ayudó, ocultándolo en el hotel La Plata y luego lo embarcó en la goleta La Nueva Concha hacia Caimán Grande para después de unos días regresar a Costa Rica.
Maceo recibió dos golpes en 1893, el 6 de marzo falleció su hermana María Baldomera y el 27 de noviembre su madre Mariana Grajales.
Maceo, entretanto, permanecía ajeno al ajetreo se encontraba en gira de reconocimiento por el río Pacuare (un río de Costa Rica con una longitud de 133 km que desemboca en el Mar Caribe) y desde donde planeaba lanzar la expedición Costa Rica-Cuba. Su idea era acercar un velero a su desembocadura.
Maceo quería alejarse de Limón, donde había un espionaje inmenso y todos se aprestaban a cosas malas. Cosas malas de verdad le esperaban a su retorno a la capital.
El 10 de noviembre de 1894, el santiaguero Eduardo Pochet Odio, anciano respetable y digno de todo crédito, visitó a Enrique Loynaz del Castillo (1871-1963) para decirle que su vida y la de Maceo estaban en peligro. (Enrique Loynaz del Castillo, nació en Puerto Plata, República Dominicana, el 5 de junio de 1871, hijo de cubanos y padre de la escritora Dulce María Loynaz. Martí lo envió a Costa Rica, donde fue secretario de Antonio Maceo. Participó de forma sobresaliente en la Guerra de 1895. Autor de la letra del Himno Invasor).
José Vélez y Corrales Cónsul español en Costa Rica recibió instrucciones de su gobierno de poner fin a la vida del líder independentista cubano, al que no habían podido derrotar en el campo de batalla y el 9 de noviembre se reunieron para planificar el atentado.
Los espías españoles que seguían a Maceo en Costa Rica supieron que esa noche asistiría al Teatro Variedades de San José, donde actuaría el actor cubano Paulino Delgado.
Prepararon entonces un incidente que debería parecer normal, en medio del cual darían muerte al Titán de Bronce.
Esa noche acompañaban a Maceo el patriota Enrique Loynaz del Castillo, su hermano Ubaldo y los cubanos José “Pepe” Boix y Ernesto Quirós, el colombiano Adolfo Peña.
Los presuntos asesinos identificados fueron dos comerciantes: Lucio Chapresto Moreno, 29 años, importador de vinos y coñac de España y Francia, con negocio ubicado en la calle Central sur; e Isidro Incera, 40 años, accionista en un ingenio azucarero y dueño de la pulpería La Borrasca en la avenida Central, hombre próspero y de buena fama en el comercio, casado con una dama cubana. Caracterizados ambos por una inusual belicosidad.
El teatro entusiasmaba al general Antonio, en particular, la dramaturgia francesa.
Terminado el espectáculo cultural, a la salida del teatro, algunos españoles integristas, miembros de un partido político español que pretendía mantener íntegra la tradición del reino, comenzaron a discrepar y discutir con Loynaz del Castillo sobre un artículo que había publicado el día anterior en la prensa de San José. Ese era el pretexto para comenzar el alboroto.
Maceo se encaró también con los provocadores, quienes observaron que surgieron por detrás un grupo de españoles y por la esquina salió otro grupo que comenzó a disparar sobre los patriotas cubanos que rodeaban al General Antonio.
Se escucharon voces que gritaban: ¡Tírenle a Maceo! Restallaron más disparos, pero Maceo, Loynaz, Boix, Peña y Quirós respondieron también con sus armas de fuego.
Fue Lucio Chapestro quien le disparó a Maceo por la espalda y lo hirió gravemente. Sobre él avanzaba, arma en mano, Isidro Incera y cuando iba a disparar sobre él, una bala del arma de Loynaz lo paró en seco y cayó fulminado en el pavimento.
Los demás españoles, que no esperaban la defensa encarnizada de los cubanos, se retiraron apresuradamente sin llevarse el cadáver de Incera ni a los otros heridos.
Los cubanos también se retiraron, llevándose a sus heridos. Era necesario evitar conflictos con las autoridades de Costa Rica.
Inmediatamente después del disparo apareció el ministro de gobernación, Juan José Ulloa Giralt, médico de profesión, considerado entre los mejores galenos costarricenses de la época. El doctor Ulloa brindó al general los primeros auxilios y lo acompañó hasta la residencia de Eduardo Pochet y Casimiro Orúe, donde se encontraba su esposa María Cabrales. El Titán le consultó el deseo de llamar a su médico personal e íntimo amigo, el doctor colombiano Eduardo Uribe Restrepo, a lo que accedió con mucho gusto. El doctor Uribe acudió de inmediato y ambos galenos, Uribe y Ulloa, le realizaron el examen físico al herido. Se evidenció que tenía una herida en la espalda, con agujero de entrada por el costado izquierdo, producida por proyectil de arma de fuego, calibre 44, no presentaba orificio de salida. Uribe, en función de cirujano principal, y Ulloa como ayudante, le aplicaron una sonda y después de varios intentos no localizaron la bala. Intentaron realizarle una cirugía de mayor envergadura a la cual Maceo se opuso. El General Antonio acumulaba en su cuerpo atlético 21 heridas de bala y esta fue la #22. (todavía le quedaban otras 4 para terminar con la #26 de sus gloriosas heridas en combate).
Otros galenos que estuvieron atentos a la salud del Titán fueron los doctores Céspedes y Durán. El primero viajó con prontitud hasta el lecho del enfermo y el doctor Durán, era vicepresidente de Costa Rica. Vale destacar que el presidente Rafael Iglesias Castro enviaba diariamente a uno de sus ayudantes a interesarse por la salud del herido. Al día siguiente del incidente, el Cónsul español protestó ante el gobierno de San José diciendo que Maceo y sus hombres habían matado a un español honrado y habían herido a otros.
Los investigadores locales determinaron que los españoles habían iniciado el ataque y que el fallecido había disparado su arma cuatro veces antes de ser abatido. De esta manera, de real defensa propia, se manejó el incidente que pudo haber costado la vida del Mayor General.
Sin poder desistir de tratar de eliminarlo, más adelante los españoles contactaron con un cocinero para que envenenara a Maceo, pero éste se negó a esa infamia y avisó a los partidarios del Titán de Bronce.
El juicio sobre el incidente comenzó cuando el Juez del Crimen, Ramón Bustamante abrió el expediente para la instrucción del sumario. Luego de introducir el informe del Médico del Pueblo, doctor Nazario Toledo Mattey, le tomó declaraciones a Maceo.
Vale apuntar que los cubanos habían recibido asesoría del abogado Antonio Zambrana Vázquez, el apoderado legal de Maceo en Costa Rica.
El Titán, con su inteligencia natural, ofreció un valioso testimonio donde no acusó a nadie y con sencillez explicó: “al sentirme herido, saqué mi revólver para defenderme y no obstante que los tiros continuaban, yo no hice uso del revólver por temor de herir a alguna persona pues en ese momento pasaban varias familias de las que asistieron al teatro”.
Por su parte, Loynaz, erró en su declaración y como si fuera poco, salió indignado del juzgado y relató una versión de prensa más amplia que su escueta declaración jurada. En consecuencia, antes del mediodía, fue aprehendido y encarcelado en el cuartel de policía, único cubano detenido.
El Presidente Iglesias Castro tomó la decisión de expulsar a Loynaz de Costa Rica para evitarle un largo proceso que podía llevarlo a una condena por su responsabilidad en la muerte del español Isidro Incera.
Al final del juicio ante el asombro del público, que en su mayoría respetaba al general cubano y conocía al verdadero culpable, el juez declaró: “absuelto al procesado de toda pena y responsabilidad por el delito de lesión causada a Antonio Maceo sin lugar a ser indemnizado por haber habido mérito para proceder”.
Al reseñar en la prensa de Nueva York el alevoso atentado, José Martí escribió en Patria: “Nada pueden los asesinos contra los defensores de la libertad. La puñalada infame no puede herir a la Revolución, hiere al honor de los que pretenden sofocar con el crimen inicuo, la aspiración de un pueblo”.
Mientras que el general José Maceo, al pie del lecho del herido, dijo enfurecido: “Si mi hermano no sale vivo de esta, no dejo un español con cabeza en Costa Rica”.
En marzo de 1895, junto a Flor Crombet y otros oficiales de menor rango, Maceo desembarcó en las inmediaciones de Baracoa y luego de rechazar un intento español de capturarle o matarle, se internó en las montañas de esa región. Luego de muchas vicisitudes logró reunir un pequeño contingente de hombres, que rápidamente creció con los grupos ya alzados en armas en la región de Santiago de Cuba.
José Martí murió en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895.
Maceo después de haber llevado la invasión de occidente hasta Mantua en Pinar del Río y el 7 de diciembre de 1896 estando en Punta Brava, cerca de la finca de San Pedro, a unos 35 km al S.O. de La Habana, avanzaba solamente acompañado de su escolta personal (2 hombres), el médico de su Estado Mayor, el brigadier general José Miró Argenter y una pequeña tropa de no más de 20 hombres. Cuando intentaban cortar una cerca para continuar la marcha, fueron detectados por una fuerte columna española, que abrió un intenso fuego. Al lograr cortar una parte de la cerca y decir “esto va bien” Maceo fue alcanzado por dos disparos: uno en el torso, no grave, y otro que le quebró la mandíbula, cortó la arteria carótida y le penetró en el cráneo. Perdió el conocimiento y falleció dos minutos más tarde en brazos del médico Máximo Zertucha.
Sus compañeros no pudieron transportarle y huyeron, y junto a él quedó solamente el teniente Francisco “Panchito” Gómez Toro, hijo de Máximo Gómez, quien voluntariamente enfrentó a la columna española dirigida por el comandante Cirujeda para proteger el cadáver del general. Luego de ser herido de bala varias veces, los españoles lo remataron a machetazos, dejando los dos cuerpos abandonados, sin saber la identidad de los caídos.
La primera bala la recibió Antonio Maceo el 20 de mayo de 1869, luego fueron 20 más terminando la Guerra de los Diez Años con 21 balazos en su cuerpo. La # 22 fue la de Costa Rica y luego en la Guerra de Independencia recibió 4 más para sumar 26, siendo esta última la que lo mató y la única que le alcanzó la cara.
A continuación, algunos otros cubanos que vivieron en Honduras durante los años de 1881 a 1884, cuando Maceo estuvo allí. Muchos de ellos tuvieron cargos importantes o en el gobierno o en negocios privados. El bayamés, Tomás Estrada Palma, casó con Genoveva la hija de un expresidente hondureño; el bayamés y autor del himno nacional de Guatemala, José Joaquín Palma Lasso de la Vega; el santiaguero, Francisco Adolfo Crombet Tejera “Flor”; el puertorriqueño, Juan Rius Rivera; el manzanillero, Manuel de Jesús Calvar Oduardo “Titá ”; el polaco, Carlos Roloff Mialowsk; el camagüeyano, Rafael Rodríguez Agüero; el matancero, Francisco de Paula Flores; el holguinero, Belisario Grave de Peralta Zayas-Bazán; Manuel Morey Duany; el bayamés, José Dolores Pérez Gómez; Manuel Romero; el habanero, Eduardo Viada y Juan T. Aguirre.








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