(Saludo hispano al 250 aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América y al Jubileo Franciscano por los 800 años de la muerte del humilde Santo de Asís)
Por Rafael Jesús de la Morena Santana
En un invernal marzo del 2009, estábamos mi amigo Eduardo Ozores y yo en el umbral de la Lonja del Comercio de La Habana, en la Avenida del Puerto. Hacíamos la cola de las oficinas del Consulado de España. Era un ejercicio de paciencia, útil para intercambiar experiencias con otros que estaban pasando por el proceso a la ciudadanía española, nosotros tuvimos la suerte de conversar con dos señoras jóvenes, sobre los trámites para conseguir el pasaporte ibérico.
Sabíamos que faltaban horas para entrar, y como a pesar del frió reinante, la mañana iluminada por el sol en un cielo despejado, y la brisa marina, invitaban a dar un paseo en buena compañía, una de las jóvenes manifestó su deseo de visitar la inmediata Plaza de las Palomas, por supuesto nosotros aceptamos. Al cruzar la explanada Eduardo recordó que el nombre del lugar es Plaza de San Francisco de Asís, en efecto, respondí, pero los comunistas omiten la obra de la Iglesia.
Entonces la otra joven señaló hacia el antiguo Convento que da nombre al lugar, y propuso llegarnos hasta la estatua de un religioso con un niño a su lado y levantando la Cruz de Cristo en su mano derecha, que, por ser de gran tamaño, era visible a lo lejos y seguro era un homenaje a San Francisco de Asís.
Al acercarnos al monumento, vimos que el niño era un indiecito y el religioso en efecto era un franciscano, pero en el pedestal leímos: Junípero Serra, las miradas de asombro decían. ¿Quién es este fraile?, yo en mi sorpresa exclamé ¿y este hombre que hace aquí?, porque conocía ese nombre, muchos años atrás, el Padre Miguel Ángel Loredo OFM, un héroe de Cuba nos había contado de él a los jóvenes de la Iglesia Nuestra Señora de la Guardia en Luyanó. Confieso que me agradó lucirme ante mi amigo y las féminas, cuando emocionado aclaré en voz alta: -el sacerdote, misionero y explorador Junípero Serra…¡Es el Fundador de California!
Parece increíble que un fraile franciscano tenga semejante crédito histórico, pero en las dos veces milenaria Historia de la Iglesia, han existido miles de misioneros, hombres y mujeres que dedican sus vidas a hacer el bien, a la ayuda solidaria a los necesitados. La tarea de crear, no la de destruir, es el sino del trabajo que realizan sin importarles las adversidades, su premio es la satisfacción de llevar la Palabra Divina, aliviar el dolor y ver las sonrisas de los niños a cada paso.
América, fue y es, propicia para el espíritu misionero. Entre los protagonistas de la epopeya del Nuevo Mundo, destaca, pese a estar rodeado de guerreros, marinos y exploradores famosos, la figura de un sacerdote franciscano, nacido en Petra, Mallorca, Islas Baleares en 1713, doctor en teología y catedrático de filosofía, el Padre Junípero Serra Ferrer OFM, legendaria figura de la Historia de la Iglesia, de California, de España, de los Estados Unidos y del Mundo.
A pesar de su vocación sacerdotal, no cedía en arrestos y recursos a los demás exploradores y colonizadores. Seguro de las metas misioneras que se había propuesto, en 1749 partió hacia la Nueva España, fue en ese viaje donde al parecer hizo escala en La Habana y se alojó con sus hermanos del Convento de San Francisco de Asís.
Al llegar a Ciudad México lo enviaron de misionero a Sierra Gorda donde fundó cinco misiones franciscanas que aún existen. Luego asumió la administración de la Misión de Nuestra Señora de Loreto en Baja California, llevaba dos decenios de labor cuando a pesar de sus 56 años, se incorporó a una temeraria expedición con la que arribó al entonces inaccesible, desconocido y virgen territorio de Alta California, donde tuvo la visión de que un día aquella sería una tierra de promisión, abierta a la evangelización, sin distinción de razas o posición social.
Estaba en auge la dinastía borbónica con el Rey Carlos III (1759-1788). En 1769 fue la hora de la Expedición Sagrada para controlar la costa occidental de Norteamérica. El organizador fue el Visitador José de Gálvez, enviado del Trono a la Nueva España, y el ejecutor el Comandante Gaspar de Portóla, Gobernador de Las Californias, este militar lanzó desde Baja California sendas expediciones: marítima y terrestre que debían encontrarse en la bahía de San Diego.
Para ese objetivo geopolítico, en 1767 se había preparado la base naval de San Blas, en Nayarit, donde se concentraron oficiales de las academias navales de la Corona. Desde este apostadero partió la expedición marítima del capitán Juan José Pérez Hernández. En la nave San Antonio recorrió el Pacifico tras el rastro de los rusos, ya que el embajador español en la corte de Catalina la Grande avisó de los intereses expansionistas de San Petersburgo. Él trazó mapas de islas, canales y rutas, e hizo reportes climáticos. Llegó a San Diego, el 11 de abril de 1769.
El grupo del Gobernador Portolá, con el mexicano José Francisco Ortega de explorador, llegó el 28 de junio a la bahía de San Diego, allí desplegaron la bandera de la Cruz de San Andrés, saludada por la artillería de las naves. Entre los que habían llegado por tierra estaba el capitán novohispano José Raimundo Carrillo, así como Fray Junípero Serra que pronto se convertirá en el protagonista del territorio, el noble fraile el 16 julio de 1769, en una altura que domina el hermoso paisaje de la bahía fundó la misión de San Diego de Alcalá, la primera de las que el pueblo de Alta California llamaría un día con cariño, reverencia y admiración, “El Rosario del Padre Serra”.
Enseguida Portolá con los Padres Juan Crespi y Junípero Serra, y una partida de 63 hombres partió desde la bahía el 14 de julio, descubrieron y nombraron las posiciones de Los Ángeles el 2 de agosto, Santa Bárbara el 19 y San Simeón el 13 de septiembre, a la vez buscaron la amistad de los nativos que comenzaron a cooperar con la colonización y a aceptar el Evangelio.
En otoño estaban de vuelta en San Blas, donde se preparó otra expedición emprendida en la primavera de 1770. Esta vez se alcanzó Monterrey, 650 km al norte de San Diego. En el navío de Juan José Pérez, iban Junípero Serra y el ingeniero Miguel Constanzo. Por tierra avanzó el grupo de Portóla con los voluntarios catalanes de Pedro Fajes, que venían desde Cuba.
Reunidos en la rada regiomontana, el 3 de junio de 1770 enarbolaron la bandera de la Cruz de San Andrés para la toma de posesión oficial. Tras celebrar la Santa Misa, Serra, ayudado por los indígenas, inició la erección de la Misión de San Carlos Borromeo del Carmelo, que llegaría ser la Casa General de las Misiones. Cerca se fundó el Presidio (asentamiento fortificado con guarnición militar) de San Carlos de Monterrey. Ambas instituciones fueron el punto de partida de expediciones colonizadoras y evangelizadores franciscanos que abarcaron la región californiana en cada una de las direcciones que marca la Rosa de los Vientos.
Fray Junípero Serra dedicó enormes esfuerzos a convertir al Cristianismo a los nativos, con generosidad cumplía la regla franciscana de renuncia a los bienes terrenales, vivía de forma austera, él consideraba que su obra pertenecía a las familias indias, en su mayoría nómadas, que trabajando codo a codo con él se convertían en agricultores sedentarios, ellos eran los dueños de las tierras y las granjas. El respeto y amor al prójimo del Padre Serra eran conocidos en este territorio con una extensión similar a la propia España, la Madre Patria.







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