Capítulo V
El órgano mugió con dulzura y los once, que no dejaron de ser niños respondieron: Con flores a María que madre nuestra es…
La emoción del reencuentro con la tradición, por fuerza interrumpida, sacudió los cimientos del templo abarrotado de fieles. La maestra Alma Almaguer, pródiga en lágrimas, con palabras sollozantes que escurrían baba, dijo:
—¡Cómo extraño, extrañamos todos la presencia de nuestro sacerdote Palomino Palomo! ¡Fue un mártir de la fe…!
—¡Mártir de la fe y santo por derecho de calvario! -Yoya exclamó.
—¡Ejemplo vivo soy del fuego candente de su espíritu apaciguador y reconfortante! -La Matasiete reiteró transida de goce, lo que no había dejado de decir desde el milagro de La Charca.
El cura Casto Castor, mortificado, con la efusividad que distraía la ceremonia, hizo una señal, entendible, para Piedad Piedra y Galatea Galatraba.
—¡A ver niños!; canten con más fuerzas y levanten sus rosas que ya es momento de ofrendárselas a la Virgen.
Con flores a María que madre nuestra es…
—Carmelo, en cuanto se deposite la última flor a los pies de la Virgen, acelera los preparativos para la comunión. No debemos consentir que Yoya y sus niñas -acentuó el calificativo- se apropien de la misa y sigan tratando de convertir al hermano Palomino en santo prematuro y a La Matasiete, en santona local. ¡Apúrate muchacho…!
Con flores a María que madre nuestra es…
No obstante, inútiles fueron los esfuerzos del párroco Casto Castor para moderar el fervor ciudadano que Palomino Palomo había despertado. Ligada la figura del sacerdote con la Virgen de La Charca, su devoción probada, resistencia y martirio, pronto no hubo hogar santaclareño que no tuviese un altar visible, grande o pequeño, con una imagen de yeso o madera del ya considerado, popularmente, santo milagroso. Infaltables eran flores frescas y velas encendidas.
Y contribuyendo a la vorágine esperanzadora del sólido movimiento retrotópico, en ratificación espontánea y libre de las creencias religiosas autóctonas Yoya, en su prostíbulo, acondicionó el cuarto de La Matasiete como sitio de recogimiento y oración. Una escultura de madera preciosa, tamaño natural, del cura Palomita, vestida con uno de sus hábitos originales, se alzaba en medio de un gran altar, colmado de ofrendas sincréticas, de todo tipo.
La Matasiete, consagrada a difundir el espíritu caritativo, humano y valiente del cura, por convicción propia, abandonó el oficio; vistió de blanco y se declaró esposa perpetua del divino Palomino Palomo. Y a pesar que el negocio de Yoya siguió prosperando, los dividendos económicos más estables y sustanciosos fluían de las limosnas y donaciones que los fieles dejaban por entrar a meditar u orar a la capilla, considerada sagrada, y poder asistir a los rituales diarios y charlas semanales que La Matasiete impartía.
La belleza física y religiosidad de La Matasiete llegó a ser tan notoria, que el Consejo de Polimatías Rectores, empeñado en allanar el camino al pasado, se fijó en ella para que cooperara en el proceso de restauración y ampliación del fresco que adorna, hasta el presente, el cielo raso del Teatro La Caridad, dañado intencionalmente por el futuro de los ajenos.
Para acometer la delicada obra de arte se contrataron los servicios del pintor filipino Camilo Salaya. Cruzando el lomerío que protegía al pueblo, un buen día, el artista llegó a Santa Clara.
Las autoridades a cargo del proyecto le hablaron de La Matasiete y el pintor quiso conocerla. Deslumhrado, como artista y hombre, por el físico perfecto de la mujer, le propuso que posara para la obra. Al principio La Matasiete, pensando que eso traicionaría su promesa de matrimonio eterno y espiritual, se negó. Pero alentada por el Consejo de Polimatías Rectores y la opinión pública accedió, a cambio que se repararan los deteriorados lavaderos públicos del río Bélico, construidos décadas atrás por la benefactora Marta Abreu.







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