Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
Entonces, sin temor ni titubeo, con una seguridad y facilidad de palabras que jamás, por su pobre educación, y menos en público, había tenido René Reynoso, comenzó el relato; fantástico relato.
—¡Y voló…! -arrancó para incontenible, reviviendo los más mínimos detalles, contar el atropello, redención y elevación milagrosa de la que fue testigo.
Tan pronto concluyó el vivido relato calló con su cortedad habitual. Murmullos variados y contradictorios, se levantaron.
—Creo todo lo dicho por el pescador. Conocí en todas sus facetas al sacerdote Palomino Palomo. Fue mi amigo y confesor -la voz fuerte y categórica de Yoya la meretriz, amante de la literatura erótica y libros de oraciones, que hasta ese instante había sido desterrada por el futuro reapareció y quebró la habladuría-Aquí junto a mí, con el resto de las muchachitas, está Casandra. Por su belleza corporal, eficacia, gentileza y complacencia en el amor, ustedes, hombres de Santa Clara y mujeres celosas, la llaman con apodo halagador o despectivo La Matasiete. Pues bien, ella fue la preferida de nuestro cura Palomita. Casandra, mejor que nadie, puede dar fe de la espiritualidad, cercana a la santidad, que movían los sentimientos cumbres de ese hombre de fe. Él, aparezca o no, siempre estará entre nosotros. Los que verdaderamente amamos la creación y no somos excluidos del amor universal apartamos las innatas, a veces placenteras, debilidades humanos para centrarnos en lo esencial.
—¡Tenemos un nuevo santo! -proclamó, colmada de vanidad, regocijo carnal y espiritual, Casandra, que por apellidos tenía, aunque en la antiquísima profesión eran obviados, Casas y Casamayor.
—¡Gloria perpetua al que desde hoy será el Santo Patrón de Santa Clara! -Yoya, transida de fe, seguida por el coro de sus pupilas, se unió al reclamo.
—¡Así debe ser! Lo digo yo que, con estos ojos, vi como el cura Palomita, envuelto en luz, se iba a las alturas -René Reynoso dijo.
Entonces, acaparando la escena, como si nunca hubiese estado oculto, con la naturalidad de la cotidianidad y la autoridad otorgada por su jerarquía eclesiástica, reapareció el sacerdote Casto Castor. Le seguían las beatas Piedad Piedra, Galatea Galatraba y el monaguillo Carmelo Carménate. Al verlos, la muchedumbre se prendió de un silencio expectante.
—El milagro se ha hecho -Casto Castor tomó la palabra- El tiempo, cercenado de la justicia nuevamente impera en Santa Clara. Retomemos de las manos, de la injustamente vapuleada y violada imagen de La Inmaculada Concepción de la Virgen María, el sendero que nos devolverá al seno del origen que, aboliendo el futuro impuesto nos reencontrara con nosotros mismos y los nuestros que desaparecieron en cumbres inalcanzables, imaginadas por otros y ajenas a nuestro sentir y necesidades.
—El padre Palomita no ha aparecido. Busquemos más -Romerico Romero pidió y fue secundado por los comulgantes de entonces.
—Es perder el tiempo. No está en la charca y tampoco ha muerto. Se elevó; se elevó vivito y coleando que yo lo vi -insistió Rene Reynoso.
—¡Es un santo!; es y será el santo patrón de Santa Clara -Yoya adelantó.
—No podemos creer en historias que no estén avaladas por más de un testigo y la realización de milagros comprobados. Es muy temprano y aventurero para hacer afirmación tan categórica. Yo digo que…
Dos exclamaciones, unísonas, interrumpieron a Casto Castor. Piedad Piedra y Galatea Galatraba, víctimas de un embarazo milagroso, atónitas vieron como sus vientres, en un santiamén, alcanzaban dimensiones de parto.
—¡Milagro…milagro…! -gritaron gozosas de agradecimiento y, descubriendo la parte afectada, permitieron que fuese vista o palpada por todo el que quiso.








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