LAS ELECCIONES DE MEDIO TÉRMINO PUEDEN SORPRENDER

Written by Adalberto Sardiñas

24 de febrero de 2026

Sabemos que, en cuestiones políticas, sobre todo en lo pertinente a opiniones sobre resultados electorales, el tiempo es tan inexacto como caminar en la cuerda floja. Lo que es cierto hoy puede resultar incierto la semana próxima. Lo que va a pasar en las elecciones de Medio Término, el próximo noviembre, aunque ya se aprestan los analistas y los encuestadores profesionales a predecir el posible resultado, es tan impredecible como tratar de adivinar los números ganadores de la lotería. Todos los 435 escaños en la Cámara y 50 en el Senado están en juego.

Los comicios señalados para el 3 de noviembre, en una nación polarizada, crispada, con las pasiones encendidas en ambos espectros de la filiación política, elevan, de por sí, el dramatismo del evento. 

Es una verdad de Perogrullo que en este tipo de consulta de Medio Término, el partido gobernante, el ocupante de la Casa Blanca, usualmente pierde más escaños en el Congreso que el opositor; sin embargo, creo, ciertamente, que, aunque este año pudiera repetirse la tradición, aún es temprano -faltan casi 10 meses- para formular opiniones concretas sobre la resultancia del proceso en ambas cámaras.

Tampoco carecen de razón aquellos analistas que predicen una elegante ganancia neta para los demócratas. La aprobación del presidente anda alrededor del 45% a esta temprana etapa de la contienda, la confianza del consumidor es débil, y los repudiables errores de Minneapolis han dañado, no sólo al presidente, sino también al Partido Republicano. Pero, ¿son estos factores suficientes para profetizar una cómoda victoria demócrata en noviembre, como ya lo hacen muchos? No lo creo. Es, repito, muy temprano para proyectar en serio, el balance final. 

Sí, es cierto, los polls del momento energizan esa incipiente euforia triunfal demócrata con sus números optimistas, pero sucede con frecuencia que esas encuestas de opinión, o sentimiento popular, fluctúan con las lógicas variantes de la dinámica política, y que al final de la carrera, por la propia naturaleza de la conducta humana, las cosas no resultan como originalmente se perfilan.

Los demócratas, por la mayor parte carentes de una agenda real y atractiva para abrazar e impulsar temas y asuntos en los que el pueblo americano cree, se concentran, apasionadamente, en arremeter ciegamente contra Trump con la esperanza de que los temas migratorios, los aranceles, disputas comerciales, y, por último, el sueño imposible del impeachment, les gane el favor popular y los regresen al poder. No dejan de ser ilusos. Esos asuntos no pasan de ser marginales para la población, porque ellos se han situado en el lado opuesto de la razón y el sentido común. Muchos persisten en el error de que, atacando a Trump por cada acto, palabra, y disposición gubernativa, buena o mala, o atrincherarse en “la resistencia”, es suficiente. Y no lo es. Los votantes, los independientes en particular, quieren saber cómo los demócratas planean mejorar la economía, de qué manera mantener la tasa de inflación baja, cuáles son sus planes en cuanto a la Inteligencia Artificial, y finalmente, cuál es la agenda del Partido Demócrata.

La gente de América, de ambos partidos, que trabaja, paga impuestos, goza, disfruta, y también sufre las cosas del país, quiere saber. Necesita saber. Les cabe ese derecho. Está incómoda y sospechosa porque atribuye muchos de nuestros problemas, -en especial los económicos- a la administración de Biden. Y no quiere más de lo mismo.  

Si el Partido Demócrata, en el éxtasis de sus inarmónicas fantasías, pretende ver en el triunfo de Zohran Mamdani en New York la ruta hacia el triunfo, está, irremisiblemente, apostando a su perdición. Si los líderes demócratas no entienden, como lo entendió Bill Clinton en su momento, que es en el centro, y no en los extremos, donde está el triunfo, pagará un enorme precio político.

Si la nación, en el sentido colectivo general está polarizada, el Partido Demócrata, como entidad política nacional no lo está menos. El resultado de esta batalla interna es crucial. Jugar a la resistencia no gana elecciones. Ni tampoco la posición populachera demagógica de exigir la abolición de ICE, o privar de fondos a la policía, o apoyar la libre frontera para que toda clase de elementos, buenos o malos, sanos o enfermos, decentes o criminales, ingresen ilegalmente al país. Ésos no son temas ganadores para el electorado consciente. Esa es materia de consumo para la multitud ignorante desbordada de resentimientos. Los demócratas tienen mucho trabajo por delante para convencer al electorado americano que merecen su confianza para ser sus gobernantes.

Los demócratas confrontan, además, un problema estructural. Tienen para estos comicios menos puntos de ataque fáciles. Están forzados a formular una agenda de gobierno en lugar de la feroz denunciación sistemática del presidente y no la encuentran. Están sentados en la misma perspectiva que los llevó al desastre con Kamala Harris. Ni cambian, ni aprenden.

Sin embargo, a pesar de su nebulosa agenda a la deriva, sin mucha consistencia lógica ni atractiva para la mayoría del electorado, la mayoría de los analistas proyecta un triunfo cómodo para los demócratas en los comicios de noviembre. Es posible, pero no tan probable como muchos creen. Depende, en gran parte de la labor de los republicanos, y en particular del presidente Trump, en los próximos seis meses. Y seis meses es un largo trecho en la arena política. La economía seguirá siendo el péndulo decisivo, seguido del tema migratorio y la inflación.

Una ventaja para los republicanos -y preocupante para los demócratas- resulta de la estadística que muestra que los votantes confían más en los congresistas republicanos que en los demócratas en asuntos de crítica importancia.

Una encuesta reciente del Wall Street Journal halló que legisladores republicanos son más capaces en el manejo de la economía 38 a 32%. En la inflación, igual, de 38 a 32%. En inmigración de 44 a 33% y sobre política exterior, de 38 a 33%. Éstos, son números alentadores, ¿pero suficientes para un triunfo republicano? Por supuesto que no. Pero va contra la “invencibilidad” que alientan algunos augures en el campo demócrata. 

Los republicanos tienen un camino arduo, estrecho y duro por recorrer.  La tradición histórica en las elecciones de Medio Tiempo está en su contra. Pero les queda tiempo para recuperar terreno con una campaña inteligente y efectiva.

Y para esto necesitan enmendar y mejorar su sistema de comunicación. Hasta ahora han sido ineficaces en comunicar sus ventajas: la economía, la baja en la inflación, en la gasolina, en una frontera sellada, en sus éxitos en política exterior, en el rescate del respeto entre países cercanos y distantes, la baja en el desempleo, el aumento en el GDP junto con el crecimiento en la productividad, todos estos factores deben ser machacados ante la población hasta alcanzar su credibilidad.

Pero, al final, mucho dependerá sobre la futura intervención del presidente en los próximos meses. Si él decide tomar parte activa en la campaña, en mítines y comparecencias en favor de candidatos fuertes, y otros, no tan fuertes, pero con posibilidades de éxito, ahí podría estar la mayoría del Congreso. 

Todavía es temprano y en política, todo es posible.

Y a veces, hasta lo imposible.

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