LA MUJER CUBANA EN LAS LUCHAS POR LA LIBERTAD (I)

Written by Libre Online

24 de febrero de 2026

Por Faustino García (1950)

Con el siguiente material el semanario LIBRE dedicará varias ediciones a homenajear a la mujer cubana en las luchas libertarias desde la manigua, o desde el exilio desde donde hacía vibrar las fibras de los cubanos llevando a las almas la efigie de la Patria.

Nuestras mujeres virtuosas y valientes fueron a veces las inspiradoras de muchos grandes hechos que los hombres realizaron. En la manigua, en los montes, residían mujeres que el vendaval revolucionario sorprendió en ellos o que marcharon a los mismos huyendo a las furias de la opresión y cerca de sus padres, hermanos o esposos alentaban con ardor y socorrían a todos. 

En las prefecturas y hospitales de sangre se les hallaba actuando de enfermeras abnegadas, a merced mil veces del miserable guerrillero, cuando no en la trinchera oyendo silbar las balas sobre sus cabezas o bien sobre briosa cabalgadura marchando al combate abierto, cual las amazonas fantásticas de Lacret. En cualquier aspecto, siempre con la serenidad e intrepidez del alma ardiente y enamorada del ideal que las guiaba. En las ciudades exponiéndose, recogían el óbolo del generoso donante de medicinas, ropas y balas que pasaban al campo insurrecto con éxito asombroso. Si eran descubiertas, entraban a la prisión con altivez, o al destierro decididas a continuar en suelo extraño la santa obra emprendida. 

Nuestras mujeres, almas grandes y generosas, reunían, en suma, en su al parecer, débil contextura física, el valor, la inquebrantable voluntad, el patriotismo, la fe y la abnegación que adornaron a las grandes figuras de la leyenda de Cuba. Muchas vieron en la República, encomiada su actuación en la gesta revolucionaria y sus nombres mencionados con alabanza, pero las más no tuvieron, ni siquiera procuraron, esa natural satisfacción, contentándose íntimamente con ver ondear libremente “sobre el castillo más fuerte de la patria”, la bandera de la estrella solitaria.

Elocuente ejemplo de nuestra afirmación, son entre otras muchas, no menos dignas de mención, este grupo de excelsas mambisas cuyos nombres adornan estas páginas.

LUZ NORIEGA 

DE HERNÁNDEZ

Cuando el 29 de enero de 1896 el General Maceo entró en Pilotos, se incorporó a su columna el doctor Francisco Hernández con su bella esposa Luz Noriega. Los habitantes de aquel poblado aclamaron jubilosamente a los invasores. Aquellos vítores podían también señalar el ingreso en las aguerridas fuerzas mambisas de una cubana que, andando los días, habría de llenar con su heroicidad muchas páginas de la historia de la revolución. 

Nacida en Casigua, era culta y su porte distinguido. Valiente a toda prueba, no vaciló en acompañar a su marido al campo insurrecto, llena de fe y confianza para ayudarle a curar sus enfermos y heridos, y también para abatir al enemigo con bravura indomable. Todavía vive quien la recuerda en “Río de Auras”. Allí, con un gesto enérgico, contuvo a los mambises que se retiraban, dejando el campo al enemigo. 

Aquellos soldados dispersos se hallaron casi de repente a la vuelta de una Loma semi oculto, un bohío y frente al mismo una mujer joven, bella, esbelta, de continente elegante, cuyos ojos negros hermosos echaban chispas de ira. Gritó a los fugitivos con voz imperiosa. Les prometió que allí moriría si era así su suerte antes que abandonar a sus enfermos. Cumpliendo con su deber, aquellos mambises conmovidos por algo misterioso sin replicar volvieron por el sendero abandonado, resistieron de manera tan firme y decidida que pusieron en fuga a sus perseguidores.

Recorrió la dama las provincias de Pinar del Río, La Habana, Matanzas y hallándose en la región de Sancti Spíritus, cuidando a su esposo, que se hallaba gravemente enfermo, fue sorprendido el rancho, por los soldados del coronel Orozco, cubano por nacimiento, fueron prisioneros y en la maldad el militar llegó al extremo de ordenar darle muerte al doctor Hernández en presencia de su esposa. Fue confinada a Isla de Pinos e indultada al establecerse el régimen autonómico. Volvió al campo de la guerra junto a sus hermanos. Un día, el 16 de agosto de 1901, voluntariamente puso fin a su existencia en la ciudad de Matanzas. “Misterios del alma humana, dice un autor, o quizás cansancio del espíritu y del cuerpo por haber luchado y sufrido demasiado…”

LUISA SALGADO VIUDA DE BETANCOURT

En septiembre de 1905, en los albores de la República, rendía su tributo a la Tierra una anciana de abolengo patriótico. Doña Luisa Salgado, viuda de Betancourt. Compañera de José Victoriano Betancourt y madre del también costumbrista Luis Victoriano Betancourt. Ella, desde joven, cooperó a la realización de la liberación cubana. En la guerra de los 10 años sufrió las inclemencias de la tormenta revolucionaria, teniendo que emigrar a México. En esta nación pierde a su esposo y luego sufre también la pérdida de varios de sus hijos, entre ellos el escritor mencionado. “Parecía la figura de Luisa Salgado, escribe un biógrafo, la de esos robles centenarios que desafían la furia de los vendavales y que a través de ellos y de los años se yerguen en la tierra todavía vigorosos”. En efecto, vivió más que todos sus familiares y en ningún instante decayó su amor a la patria y su lealtad a los principios de la causa cubana.

MATILDE GONZÁLEZ

Durante la última guerra de Cuba residía en la finca Los Mangos, Bacuranao. Su valor y su audacia fueron grandes. Ella era la que conducía a La Habana la correspondencia de los patriotas en armas y llevaba a la manigua la que le entregaban en esta ciudad y otros centros de conspiración. Además, conducía medicinas, ropas y cuanto más podía recoger de los clubs secretos. Curaba y asistía personalmente a los heridos y enfermos en un lugar apartado de su finca, donde los tenía ocultos, y por último, estaba siempre en constante vigilancia de los movimientos de las fuerzas enemigas como centinela avanzado de las fuerzas cubanas.

ROSA CASTELLANOS

 ‘LA BAYAMESA’

Rosa Castellanos “La Bayamesa” tenía a su cuidado un magnífico hospital mambí en las Lomas de Najasa, Camagüey. El establecimiento se denominaba ‘Hospital Santa Rosa’. “La Bayamesa” ostentaba el grado de capitán de Sanidad Militar del Ejército Libertador recibido del mismo general, Máximo Gómez. Ella había servido noble y valientemente en la década gloriosa. Así lo hacía en la de 1895. Era muy estimada de todos y especialmente del General Gómez y del Marqués de Santa Lucía. Su grado lo sirvió con honor y valentía. Era tan fuerte de cuerpo como de espíritu y llevaba sus insignias con el mismo decoro y propiedad que cualquier hombre.

El Hospital Santa Rosa jamás fue asaltado por los españoles. Estaba situado dentro del monte y los enfermos se encontraban albergados en un recio edificio de madera dura y muy bien techada de guano. En él también tenía establecido un trapiche de caña para hacer raspadura movido por caballos o bueyes. La capitana era experta, nos dice el capitán Muecke Bertel, en todos los oficios de la casa y campo, y con un cuidado maternal atendía a todos los hombres sin distinción de grado o color. Fabricaba excelentes panes en cuya composición entraba yuca, huevos, azúcar y leche y su café era, como ella decía, ‘café de café’, para distinguirlo del café de maíz, de arroz o de guanina, o de cualquier otra cosa que tomaban en los campos de Camagüey y Santa Clara.

Terminada la guerra, se quedó a vivir en la ciudad de Camagüey, donde falleció el día 25 de septiembre de 1907. Su sepelio constituyó una demostración pública de la alta estimación, concurriendo al mismo hasta la oficialidad del regimiento número 17 de infantería del Ejército americano, con su coronel a la cabeza.

ISABEL RUBIO DÍAZ

Fue indudablemente esta heroína pinareña una de las mujeres que más se distinguieron en la preparación de la nueva guerra en 1895.

Cuando Martí llamó a los cubanos para aunar los esfuerzos hasta entonces dispersos, Isabel Rubio fue de las primeras en responder. Desde 1895 conocía a las grandes figuras revolucionarias. Casada su hija Isabel con Enrique Canals, residiendo estos en Key West, allá iba nuestra compatriota dos o tres veces al año y a su regreso traía las instrucciones necesarias para la labor conjunta de los cubanos de su región. Su prédica era constante y firme, llamando a sus compatriotas a la acción de las armas como único medio de alcanzar la independencia. Y cuando el instante llegó, fue ella la primera en alistarse en las filas del Ejército mambí. 

Organizó, secundada por otras cubanas de su estirpe, un hospital que errabundo a veces por las sierras y pinares, prestaba servicios valiosos cuidando al enfermo, curando al herido del último combate. Por sus méritos alcanzó el grado de capitán de la Sanidad insurrecta. El enemigo conocía de sus actividades y no se daba punto de reposo. Un día se presentaron los guerrilleros de San Diego de los Baños y brutalmente asaltaron el hospital cubano. Entre las bajas estaba Isabel Rubio, gravemente herida. Esto aconteció el 12 de febrero de 1899. Trasladada a la capital de la provincia fueron inútiles los cuidados que se les prodigaron, falleciendo 3 días después de su captura el 15 de febrero de 1899 en Pinar del Río.

EMILIA DE CÓRDOVA

Insigne patriota, hija de revolucionarios, nació en la Finca San José, en San Nicolás, provincia de La Habana. Amó a su patria con la misma intensidad que a los suyos, sirvió a la revolución valerosa y firmemente. Tuvo un sentimiento de piedad sin límites inmenso a favor de aquellos mambises que casi todos los días, en la época trágica de Weyler, marchaban al foso. En La Habana jamás faltó a la capilla del patriota, condenado a muerte, y sus lágrimas siempre regaron el camino del que marchó al fatídico lugar. A los compatriotas enfermos los ayudaba eficazmente y constantemente suplicaba un óbolo para la causa de la libertad.

La actuación de Emilia de Córdova levantó las sospechas de las autoridades que la deportaron de la isla. Se instaló en Cayo Hueso continuando allí la obra interrumpida en Cuba. Participó en la Cruz Roja americana. Sus servicios en la campaña hispano-americana merecieron la felicitación de Teodoro Roosevelt. 

MAGDALENA 

PEÑARREDONDA DOLEY

Era la delegada de Vuelta Abajo. Durante la época difícil ocultaba su nombre verdadero con el que antecede. Era una cubana inteligente, culta, de grandes energías y extraordinariamente activa. Su culto era el gran Maceo y su dedicación principal, la del Sexto Cuerpo, que comprendía toda la región más occidental de nuestra isla.

En su arriesgada misión cruzaba la famosa Trocha de Arolas, burlándose amablemente de este militar. Así podía salir de Artemisa para allá, llevando correspondencia y cuanto podía reunir y era útil a nuestros soldados. Siempre tan necesitados de todo.

Magdalena Peñarredonda no quería otra cosa que ver a Cuba libre y entonces decía, ¿habré conseguido el supremo bien de la tierra?

Denunciada un día fue encarcelada en Las Recogidas. En aquel penal para mujeres se dice que se constituyó en defensora de las compañeras presas. Alcanzó ver flotar su bandera libre y sola. En la República hizo periodismo. Había nacido en Quiebra Hacha el 22 de julio de 1846. Murió en Artemisa en la tarde del 6 de septiembre de 1937.

AMÉRICA ARIAS DE GÓMEZ

Espirituana procedente de familia distinguida y bien acomodada, simpatizante fervorosa de la libertad de su patria, era la esposa del general José Miguel Gómez, que había peleado en el 68 y de aquella gesta ostentaba el grado de comandante. Consecuente con sus ideales, al tomar su esposo ilustre nuevamente las armas en el 95, ella se constituyó en confidente del mismo, así como de otros patriotas, siendo por esa razón una poderosa auxiliar de la revolución. De sentimientos muy piadosos, mantuvo durante la guerra estrechas relaciones con los familiares de aquellos que estaban en la manigua auxiliándolos de modo eficaz, en evitación de verlos perecer por la gran miseria reinante en aquellos días. En la paz, su bondad jamás fue desmentida, lo mismo en los días de gloria del General Gómez, como en aquellos en que la fortuna se le había tornado adversa.

ROSARIO SIGARROA “Constancia”

“Constancia” le puso el doctor Alfredo Sayas cuando siendo el delegado de la Revolución en la ciudad de La Habana, laboraban juntos, porque era mucha la que tenía aquella cubana ejemplar para servir a la causa de la independencia.

Fue Charito Sigarroa una de las cubanas que más se distinguieron por su patriotismo y abnegación. Su padre fue el doctor Miguel Sigarroa, que se lanzó a los campos de Cuba en la guerra de los diez años, pereciendo en aquella larga lucha. Le dejó un legado de patriota ardiente y ella creció con la idea fija en su mente de cooperar a la libertad de su patria. 

Al alborear la nueva guerra ya Rosario Sigarroa laboraba con el doctor Chenard, recolectando dinero y cuanta clase de recursos fueran útiles a la revolución, en contacto después con el doctor Ricardo Gastón y con el doctor Eduardo F. Plá, llegó a establecer en su residencia un centro de conspiración. Y con el doctor Alfredo Sayas conspiró sin temores, realizando además toda clase de gestiones propias de la misión que ella misma se había impuesto. Detenido y confinado a Ceuta el doctor Sayas fue ella poco después estrechamente vigilada y finalmente desterrada. Marchó a Nueva York y fijó luego su residencia en el Cayo. Allí continuó laborando y al estallar la guerra hispanoamericana volvió a Cuba sirviendo con Clara Barton y Emilia Córdoba en la Cruz Roja.

En este nuevo aspecto de sus trabajos por Cuba hizo posible la Fundación del hospital “La Ofelia” y otros en distintos lugares de la isla para atender a los soldados enfermos del Ejército Libertador.

En la paz fundó la revista ‘Cuba Libre’ cuyo primer número apareció el día 5 de marzo de 1899 poniendo de relieve, a través de su publicación, la mujer culta que había en aquella incansable patriota. Falleció en La Habana el día 22 de julio de 1925.

MARÍA CABRALES DE MACEO

Hace ya bastante tiempo decía uno de nuestros más bravos soldados de la independencia, altísimo poeta y brillante prosista a la vez que, “un día iba por la América, el infatigable trabajador de la patria. Llegó a Costa Rica y María le dijo: Martí, yo quiero ayudarlo; Cuba tendrá un club de cubanas en Costa Rica. Reunió a sus amigas y desde entonces tenía el Partido Revolucionario, una agrupación más.

 María era una hermana ejemplar, era un símbolo; ella presentaba en toda su alteza el perfil más elevado y noble de la mujer cubana. Lejos del suelo patrio, María Cabrales se distinguió notablemente en la tarea ingrata de colectar fondos para la revolución que ardía en Cuba. Los recursos de los clubs a los que ella ayudaba con su atracción personal, pronto se transformaban en fusiles y balas para el Ejército Libertador.

De la guerra grande, los héroes de aquella cruenta jornada dejaron constancia de la actuación de María en el campo insurrecto junto al insigne guerrero en su continuo combatir. Un día en los Mangos de Mejía, el general, desoyendo los consejos de Máximo Gómez, se lanzó a la carga, era imposible salir indemne y cuando Maceo, herido de muerte, fue a caer a cuatrocientos pasos del enemigo, toda la familia rodeó al caudillo, allí estaba María y por la huella de su zapato, los españoles seguían al mambí a través de las malezas. 

Diecisiete días duró aquel duelo a muerte, decía el coronel Martínez Freyre, 17 días en que se dormía a ratos, se comía poco, no se descansaba nunca y se peleaba a todas horas. Su sufrida y buena esposa estuvo junto al coloso hasta que el general quedó fuera de peligro y libre de toda persecución.

Regresó a Santiago de Cuba después de la guerra. Fijó su residencia en la finca “San Agustín”, cerca de San Luis, y allí falleció en la mañana del 28 de julio de 1905.

MARIA ESCOBAR LAREDO

ANTONIA ROMERO 

VIUDA DE RUIZ

Patriotas distinguidísimas de Caibarién y Remedios, confidentes de la mayor confianza del Generalísimo, sirvieron también en la misma capacidad al general Carrillo y al Brigadier González Planas. María Escobar fundó el Club Patriótico “Vencedor”, después, “Esmeralda”. El general en jefe las estimaba y profesaba gran afecto, dando una buena prueba de este acierto el epistolario del general Gómez. 

En los días siguientes al incendio revolucionario, el General confiaba a María Escobar sus íntimos pensamientos. Se ha asegurado que buena parte de su fortuna personal engrosó los recursos en favor de la revolución. Las dos incansables luchadoras separatistas aparecen junto al Generalísimo en el grupo fotográfico que se reproduce y que no ha sido muy divulgado.

MARTA ABREU DE ESTEVEZ

Insigne hija de Santa Clara, la primera figura de Cuba en el extranjero durante el período tormentoso de la guerra de independencia. De Marta se ha dicho que simbolizaba a la mujer cubana por sus excelsas virtudes y su ardentísimo patriotismo. Fue ella la mayor donante a los fondos de la revolución, toda una fortuna, y no debemos olvidar la forma espontánea al abrir su mano pródiga, ayudando a la patria en los días más oscuros. Es inolvidable aquel hermosísimo gesto reuniendo a los cubanos opulentos de París para  girar a Don Tomás cien mil pesos y un telegrama pleno de alientos al llegarle la noticia de la muerte de Maceo. Benefactora incomparable, fue una de las cubanas de costumbres más austeras, enalteciendo su nombre y su patria por su modestia y rasgos filantrópicos. Su ciudad natal le debe a Marta Abreu mucho de lo que aún allí se levanta digno de menester. Su muerte causó gran consternación entre cuantos conocieron sus excepcionales cualidades. Ocurrió en París el día 2 de enero de 1909.

ANA QUESADA DE CÉSPEDES

Después de aquellos azarosos días de la guerra grande que para ella, quizás más que para ninguna otra cubana tan llenos de tribulaciones fueron, solo le preocupaba una cosa, preparar a su hijo Carlos para servir a la patria cuando se reanudase la guerra por la redención de Cuba. Lo envío a los Andes, allá por donde su hermano Rafael poseía una hermosa hacienda para que el joven “se ponga en contacto con la naturaleza y se encuentre en condiciones cuando la revolución llegue”. 

De regreso en París, Carlos Manuel de Céspedes y Quesada viene a su patria en una gran expedición en 1895. Patria que aunque no conoce materialmente, la lleva en el corazón y ella se despide de sus amigos de París diciéndoles: voy a acercarme a los que nuevamente entran a combatir por la libertad de Cuba. Ya Cuba había conquistado su independencia y Ana de Quesada, tranquila y complacida, residía nuevamente en la capital francesa, donde le sorprendió la muerte en 1909.

Continuará la semana próxima

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