El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”.
Esta es la misma pregunta que Dios nos hace cada día: ¿dónde estás con respecto a tu fe, tus relaciones, tu trabajo, tu salud, tu vida de oración, tus sueños?
¿Dónde estás tú?
Es una pregunta que a menudo me hago cuando comienzo a rezar. Intento responderla lo más honestamente posible. Algunos días me encuentro diciendo: “Realmente me siento bien… Las cosas están saliendo muy bien… Estoy tan agradecido por todas mis bendiciones… Me siento tan cerca de Dios”. Pero otras veces digo: “Me siento pésimo… Las cosas son terribles… Me siento tan lejos de ti, Dios”.
La buena nueva sobre la oración es que podemos comenzar dondequiera que estemos. De hecho, ese es el mejor lugar para comenzar: no donde desearíamos estar, sino donde realmente estamos. Nuestra fe nos dice que, dondequiera que estemos, allí está Dios.
El poder desconocido
de la fe
“Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.
En esta cita me detengo a pensar en lo que Jesús no dijo. No dice que Él, o Dios, la había salvado por su fe. Dice que su fe la salvó.
Los no creyentes y quienes luchan con la duda se han preguntado: si Dios existe, ¿por qué no hace ese hecho obvio? Esta afirmación de Jesús puede ofrecer una pista para parte de la respuesta. Quizás hay algo profundamente importante en la fe misma, separada de los otros dones de Dios. Quizás, en ese a veces frustrante y doloroso acto de obrar por fe —sin estar seguros en absoluto de por qué creemos— ocurre un cambio en nosotros; cierta dureza se suaviza de un modo que simplemente no podría lograrse de otra manera.
En esos momentos en que mi duda es grande y siento que obro casi de manera automática, intento mantener esto en mente mientras rezo, pidiendo la fe que necesito para seguir adelante.
Querido Señor, te doy gracias por el don de la fe.
Pedro León López
Spokane, WA







0 comentarios