PEDRO SANTACILIA

Written by Libre Online

17 de febrero de 2026

Por Jorge Quintana (1955)

La rebeldía cubana encontró en Pedro Santacilia singular expresión. Jamás transigió con la dominación española, jamás aceptó que Cuba, su patria idolatrada, fuese colonia de un imperio, jamás se resignó con la suerte de su isla nativa. Tuvo en México una patria adoptiva, pero jamás dejó de pensar en la situación de Cuba, ni de preocuparse por sus problemas, ni de inquietarse por sus triunfos o sus derrotas. Tuvo siempre una profunda fe en su destino histórico y se enfrentó a los poderosos de la colonia para apostrofarles todo lo que él consideraba de indigno en el estado de sumisión en que habían sumido a su patria.

De la cuna le vino tanta rebeldía. Su abuelo, el capitán Pedro Santacilia se distinguía, desde 1810, por su espíritu independiente. En el Archivo Nacional hay una carta del Marqués de Someruelos, capitán general de la Isla de Cuba al Gobernador de la Provincia de Cuba, en la que con conocimiento de los comentarios desfavorable que está haciendo el capitán Santacilia del nuevo Gobernador, le ordena lo llame y le haga “entender que debe moderarse en censurar las providencias del gobierno y que si no lo hiciere se tomará la seria determinación que corresponda”. 

Tal era de rebelde aquel capitán Pedro Santacilia, natural de Mataré en el Principado de Cataluña. En 1811 el capitán Santacilia desempeñaba el cargo de Teniente Gobernador de Baracoa, en el que debe haber fallecido, pues al año siguiente, en el mes de abril, disponía el Marqués de Someruelos que le abonasen a su viuda, la criolla Doña Ana María Pérez, los pagos de toca en atención a su condición de viuda. 

Joaquín Santacilia, hijo del capitán don Pedro Santacilia, siguió también la carrera de las armas. En 1826 ya estaba casado con la criolla doña Isabel Palacios y disfrutaba del grado de teniente de granaderos en el segundo batallón del Regimiento de Infantería de Cuba. En aquella ciudad nació, el 24 de marzo de 1826, Pedro Santacilia Palacios, aun cuando Calcagno en su “Diccionario Biográfico cubano” nos ofrezca esta fecha equivocada, dándonos la del 24 de junio de 1829, Sin embargo, nosotros podemos ofrecer la correcta, cuanto tenemos a la vista el Certificado de su Partida de Bautismo.

El 1º de julio de 1826 fue bautizado en la Parroquia del Sagrario Santa Basílica Metropolitana de Santiago de Cuba. Fueron sus padrinos don Francisco Javier Cisneros, que después alcanzaría gran relieve en la Guerra de los Diez Años como organizador de expediciones revolucionarias y la señora María del Carmen Mena, su abuela materna, de origen dominicano. El acto bautismal quedó registrado con el Número 91, Folio 44 del Libro Trece de Bautismos de Blancos.

Sus primeros estudios los realizó en el Seminario San Basilio el magno de su ciudad natal. Cuando tenía diez años, su padre que había heredado de su padre un temperamento liberal y rebelde, se vio mezclado en el movimiento constitucionalista del general Lorenzo, No fue encausado, pero tuvo que abandonar la Isla y dirigirse a España, huyendo de las persecuciones del capitán general don Miguel Tacón. Con el padre se fue el hijo. 

Al año siguiente -el 29 de noviembre, para ser más exactos—, el Ministerio de la Guerra concedía su retiro al teniente Santacilia y el 8 de abril una Real Orden autorizaba a disfrutar del mismo en la ciudad de Santiago de Cuba a la cual no regresa hasta 1845. En tanto el niño Pedro Santacilia que había tenido que abandonar sus estudios primarios en su ciudad natal, los continúa en España. 

Apenas si estaba de regreso en Santiago de Cuba, cuando comienza su actividad periodística colaborando en “El Orden”. En abril de 1846, según Emilio Bacardí se comenzó a publicar en la capital oriental “Los Ensayos Literarios” bajo la dirección de Pedro Santacilia, José J. Hernández y Francisco Baralt. Por este año aparece colaborando en “El Redactor”. Su influencia fue creciendo. Es todo un líder de la juventud de su época.

“Pedro Santacilia dio fisonomía rebelde a un grupo distinguido, escribe el historiador santiaguero Dr. Ernesto Buch López en su obra “Historia de Santiago de Cuba”, y comenzó una era de atrevidas manifestaciones en todos los órdenes de la existencia regional. 

Desde la Filarmónica —so pretexto de animar este centro de cultura- Santacilia, Baralt, Delmonte y los García Copley iniciaron un ciclo insospechado hasta entonces en la antañosa población. 

Agitaron la conciencia provinciana del pueblo, publicando sátiras en verso y propagando ideas que las autoridades consideraron disolventes.

Intentaron agrupar a los más ardientes defensores de los derechos del pueblo.

No solo se manifestaron públicamente sus audaces juicios políticos, sino que desde la propia sociedad señorial de la Filarmónica, realizaban actos que se tomaron como provocadores de la tranquilidad pública”. 

El 1º de octubre de 1846 la Junta Facultativa de la Sección de Literatura del Liceo de La Habana le proponía, en unión de Francisco Alejandro Baralt y José Joaquín Hernández como Socio Corresponsal en Santiago de Cuba. Ese mismo año aparecen sus primeras colaboraciones en “La Prensa” de La Habana. 

En 1848 escribe para “El Artista”. También en este mismo año de 1848 da a conocer su “Canto de Guerra” que al decir de Emilio Barcardí escapó -durante mucho tiempo, a la suspicacia del Gobierno, pasando manuscrita de mano en mano, y reproduciéndose y repartiéndose como una proclama”. Y en verdad lo era. Pocos poetas lograron expresar tanta ira contenida, tanta rebeldía en aquellos versos que la juventud cubana de la época conoció y recitó en vos baja. Veamos estas estrofas:

¡A las armas, hermanos, volemos, 

el momento llegó de la lucha, 

ya la voz de la patria se escucha

que resuelta nos llama a pelear!

¡A las armas! Llegó ya el instante 

de romper la ominosa cadena; 

es preciso lanzarse a la arena, 

es preciso morir o triunfar.

No el temor de morir os arredre 

ni el momento glorioso retarde, 

tema sólo quien vil y cobarde 

cual esclavo prefiere vivir; 

si es preciso morir en la lucha, 

moriremos con fe en la victoria, 

compraremos con sangre la gloría, 

siempre es bello luchando morir.

No el cadalso miréis espantados, 

que el cadalso en altar se convierte, 

para el mártir que arrastra la muerte 

a su patria queriendo salvar;

despreciad al verdugo insolente

aunque el hacha fatídica vibre.

Porque el pueblo que quiere ser libre

Si ha de serlo no debe temblar.

Que jamás la discordia temible

Los designios magnánimos tuerza,

Si la unión constituye la fuerza,

Como hermanos unidos pelead; 

de la guerra civil los horrores

Nunca manchen el suelo cubano,

Pues la causa es común, al tirano

Odio eterno por siempre jurad.

Recordad a los pueblos que un día

Cual vosotros el yugo sufrieron

Y ese yugo feroz sacudieron

Cuando unidos quisieron pelear.

Desafiad la opresión sin espanto,

Alentad con valor la esperanza,

Y en el bélico ardor, la matanza,

Sin piedad y sin tregua empezad.

Mientras aleccionaba a la juventud de su época con versos tan inflamables, trabaja en la redacción de una “Instrucción sobre el cultivo del cacao” que publica en 1849 en la imprenta de “El Panal” de Puerto Príncipe. Antonio Bachiller y Morales comenta este trabajo en el “Faro Industrial de La Habana” y Francisco Javier de la Cruz, en “La Aurora” de Matanzas.

La conspiración de Narciso López encontró en Pedro Santacilia un simpatizador muy activo. Las autoridades españolas estaban seguras de que los clubs revolucionarios que funcionaban en la capital de Oriente los dirigía, principalmente este joven poeta. Aún cuando reconocían, al mismo tiempo, que actuaba con suma habilidad, al extremo de no permitirle a la policía ninguna prueba concreta.

El general López fracasó en su intento expedicionario y pagó con su vida en el cadalso tal decisión. En Trinidad fueron fusilados los patriotas que secundaban las actividades de Isidoro Armenteros y en Camagüey fue Joaquín de Agüero el mártir de la causa. Las autoridades municipales de Santiago de Cuba decidieron conmemorar el cumpleaños de la reina Isabel II con un baile en la Filarmónica. Pedro Santacilia y el grupo de jóvenes que le seguían se opusieron tenazmente a aquella fiesta, porque consideraban que la sangre vertida impedía a los cubanos tomar parte en la misma. Comenzó la campaña agitadora. A las autoridades se remitieron anónimos de toda índole. A las personas sospechosas de evidenciar su adhesión a la monarquía concurriendo se les dejó entrever que habría un escándalo, llegó la fecha y las autoridades organizadoras del baile se presentaron desde hora temprana en el salón para proceder a su arreglo. Pero cuando se retiraban, un pomo de asafétida, derramado al pie del retrato de Isabel II, evidenciaba que con aquella pestilencia era imposible llevarlo a cabo.

Se ha dicho que Pedro Santacilia llegó a mutilar el retrato de la Reina de España. No hubo tal cosa, aun cuando con la convicción de que toda aquella agitación era promovida por él, las autoridades procedieron a su arresto. Como presunto autor de haber arrojado el pomo con el pestilente líquido fue detenido Luis Hernández. Con él su hermano Bienvenido y también Cayetano Hechavarría, Juan de la Mata Tejada y Joaquín Portuondo. 

El 28 de noviembre el Gobernador remitía a La Habana, a disposición del capitán general José Gutiérrez de la Concha, a los hermanos Hernández y a Santacilia. El viaje de Santiago de Cuba a La Habana lo realizan en el vapor “Isabel”. Ese mismo día el Gobernador rendía un informe en el que hacía constar; que la policía le había revelado “la existencia de Clubs revolucionarlos dirigidos por D. Pedro Santacilia y D. Antonio Manuel Marino, con tal arte, que sabiéndose las reuniones, no ha sido posible sorprenderlos, de modo que hubiese pruebas para proceder en juicio”.

 Refiriéndose concretamente a los cargos contra Santacilia, el Gobernador decía: “Tengo el sentimiento de que Don Pedro Santacilia, joven de moralidad y de talento, no hubiese dado lugar con hechos ostensibles a que su persona fuese remitida con la relación justificada de sus culpas: contra este joven no existen sino los constantes partes de la policía y la enunciación de sus ideas no tan emboscadamente emitidas que no se trasluzcan y de boca en boca corran hasta formar la opinión anexionista que disfruta, y que le da entre los suyos influencias aumentadas por su saber y por su conducta irreprimible: tengo ese sentimiento, repito, Excmo. señor, porque queriendo en lo posible ceñir todos mis actos a la comprobación de hechos, ha llegado el caso en que las circunstancias respecto a Santacilia me hagan separar de ese sendero, reconociendo como reconozco por convicción moral, la consecuencia de alejarlo de esta Capital”.

El 16 de diciembre son trasladados los hermanos Hernández y Santacilia de la Real Cárcel al Castillo del Príncipe, donde se les incomunica. Cuatro días después Bienvenido Hernández y Pedro Sentacilia se dirigen, por escrito, al capitán general protestando “de estrecho encierro a que están reducidos en una pieza incómoda, que destruirá su salud”.

Dos días más tarde, la madre de Santacilia, desde Santiago de Cuba, se dirige al capitán general demandando la libertad de su hijo. Todavía el 29 de diciembre se les mantenía en aquel régimen extremo porque en esa fecha Bienvenido Hernández y Pedro Santacilia vuelven a dirigirse al capitán general protestado porque “se hallaban en un calabozo sumamente estrecho y húmedo en el cual puede peligrar su salud”. El capitán general al fin accedió a suavizarles un poco el rigor de la prisión. 

El 5 de marzo de 1852, reconociendo que “no ha sido posible proceder judicialmente”, el general Concha disponía el traslado a España de los hermanos Hernández y Santacilia, saliendo en esta fecha, para Cádiz a disposición de las autoridades de la metrópoli. Al llegar a Cádiz se les dio la ciudad de Sevilla por lugar de destierro.

Allí Santacilia se dedicó al estudio de los historiadores de la Conquista en el propio Archivo de Indias. Allí conoció las obras de Las Casas, Herrera, Torquemada, Navarrete y Quintana. Poco tiempo después se les trasladaba a Granada y finalmente se disponía que sufrieran destierro perpetuo en Montilla, provincia de Córdoba. La razón de esta decisión se basaba en que desde La Habana habían denunciado a Santacilia como el autor del poema “Mi prisión”, escrito durante su estancia en el Castillo del Príncipe y publicado en “La Voz del Pueblo Cubano” que editaba, clandestinamente, en La Habana, el patriota Eduardo Facciolo. 

El 30 de abril de 1852 el Presidente del Consejo de Ministros hacía pública su decisión. Unos pocos meses después Santacilia y les hermanos Hernández se fugaban del lugar donde estaban confinados, pasando a Málaga donde se embarcaron en un buque francés que se dirigía a Gibraltar. Ya allí tomaron un barco y se embarcaron para Nueva York, mientras la Comisión Militar de La Habana abría nueva causa contra los prófugos “por haberse fugado a país extranjero desde la Península donde se hallaban relegados por sus opiniones políticas en esta Isla, según lo dispuesto por la Real Orden de 14 de mayo de este año”.

A fines de 1853 ya está Santacilia en los Estados Unidos. En Nueva York se inaugura el 9 de octubre de 1863 el Ateneo Democrático Cubano. La idea la había lanzado y defendido, desde las columnas de “El Cubano”, que se editaba en Nueva York, el poeta Miguel Teurbe Tolón. El 13 de noviembre el Ateneo inicia unos cursos de Constitución de los Estados Unidos, a cargo del poeta Teurbe Tolón; Economía Política a cargo de Lorenzo del Allo y de Historia de Cuba, encomendada a Pedro Santacilia.

En 1854 se trasladó a Baltimore primero y después a Nueva Orleans donde publicó su traducción de la obra de Mazini “El Papa en el siglo XIX”, que al decir de Calcagno “mereció dos ediciones”. En 1888 regresa a Nueva York para hacerse cargo de la dirección de “La Verdad», cargo que abandonó definitivamente para instalarse en Nueva Orleans. En 1858, en colaboración con José Agustín Quintero, Miguel Teurbe Tolón, Leopoldo Turia, Pedro Ángel Castellón y Juan Clemente Zenea, publica “El Laúd del Desterrado”. 

Al año siguiente da a la luz las “Lecciones Orales de la Historia de Cuba” donde recogía en ocho Lecciones, el curso que había dictado desde la tribuna del Ateneo Democrático Cubano de Nueva York en 1853. El curso abarcaba desde el descubrimiento y la conquista hasta el gobierno de Las Casas, sirviéndole para ello mucho del material recopilado en sus investigaciones en el Archivo de Indias cuando vivía desterrado en Sevilla.

En Nueva Orleans trabaja activamente en una nueva empresa revolucionaria. Utilizando sus conexiones con la firma Domingo Goicuría y Compañía, a la que estaba asociado, lleva un cargamento de armas al general Garza que estaba combatiendo por el movimiento reformista mexicano en el Estado de Tamaulipas. 

Aquí se establece su primer contacto con el licenciado Benito Juárez. En México trabaja como redactor de “El Heraldo”, colabora con Guillermo Prieto, en Saltillo, en la edición del “Diario Oficial” y en el hebdomadario satírico “El Cura de Tamajén”. A su vez Prieto colabora con Santacilia en “La Chinaca”. Más tarde, con Dublan, Mariscal y Gamboa, publica “El Nuevo Mundo”. En 1862 edita la leyenda “La Clave del Indio”.

Benito Juárez le utiliza como su secretario. Es hombre que gana su confianza absoluta. En mayo de 1863 se casa con doña Manuelita Juárez y Masa, la hija mayor de Juárez. México hacía frente a su gran lucha por mantener la supervivencia de la República frente al desatinado proyecto de los conservadores que habían traído de Europa al Príncipe Maximiliano para organizar un Imperio. Santacilia se traslada a los Estados Unidos con toda la familia de su suegro. 

El 12 de julio de 1864 nace su hija mayor a la que pone por nombre Manuela Doloritas. Fue ésta la que años más tarde se casó con el Dr. Lauro Obregón, dando origen al apellido Obregón-Santacilia, de tanta relevancia en el campo de la cultura y el desarrollo político de México. El 9 de diciembre de 1865 nace su segunda hija a la que pone por nombre Margarita. Es ella la que habrá de casarse con el licenciado don Ramón Prida, dando origen al apellido Prida-Santacila, también de extraordinaria resonancia en la vida mexicana actual. Todavía tendrá una hija más, Manuela, que se casó con el ingeniero don Ignacio León de la Barra y dio origen a otra familia prestigiosa.

Al triunfar la República representada por la integridad de Juárez sobre el destrozado imperio de Maximiliano, que tuvo que pagar con su vida tamaña osadía, regresó a México el cubano Pedro Santacilia. En octubre de 1867 el gobierno de México ofreció un banquete al Ministro de Bolivia. 

El Presidente Juárez levantó su copa para brindar por Cuba. El Ministro de Fomento alzó la suya, para ofrecerla a los pueblos que aun eran esclavos. Santacilia consideró que él, como cubano, tenía necesidad de agradecer aquel homenaje que de modo muy sincero se rendía a su patria irredenta y pronunció un breve discurso que concluyó diciendo: “Brindo por la independencia de los pueblos americanos, que están todavía sujetos a la dominación europea; porque la bandera inglesa desaparezca de Canadá; porque desaparezca de Cuba el pendón de Castilla, y porque sean libres, independientes y republicanos todos los pueblos, sea cual fuese su procedencia, que se encuentran en el mundo de Colón”.

Al año siguiente comenzó la Guerra de los Diez Años en su patria nativa. Pedro Santacilia ha sido elegido Diputado a la Cámara de su patria adoptiva. Pero él no olvida a Cuba. Clavado lleva muy hondo el dolor de su esclavitud colonial. Emilio Bacardí asegura que en este mismo año de 1868 circuló, por Santiago de Cuba, esta cuarteta que desde México había enviado Santacilia:

Quítate esa cruz cubano

que te hace muy poco honor.

ponte, en su vez, una flor

del jardín americano.

Su actividad es múltiple. A sus trabajos parlamentarios, a su labor política, tiene que añadir el conflicto cubano. A México comienzan a llegar los desterrados. Cada uno de ellos irá en busca de Santacilia y a todos les ayudará con su proverbial grandeza de alma. Por eso se le conoce como el protector de José Victoriano Betancourt, Ramón de Armas, Gonzalo Peoli, José Miguel Macías, Alfredo Torroella, José Quintín, Gustavo y Florencio Suzarte, Blas López Pérez, Ildefonso Estrada y Zenea, Antenor Lezcano, Máximo Du-Bouchet, Andrés Clemente Vázquez y Miguel de Quesada. Ese mismo año publica “La Colmena”.

Al constituirse la República de Cuba en Guáimaro ya actúa como Agente de la misma. Por ello, mientras los representantes de la insurrección se concentraban en la población camagüeyana para redactar una Constitución, Pedro Santacilia obtenía del gobierno mexicano, el 3 de abril de 1869, que se admitieran en puertos de esa nación barcos con bandera cubana y el 5 la Cámara de Diputados, por una mayoría de cien votos contra doce, aprobaba la proposición presentada por cincuenta diputados, reconociendo la beligerancia de la revolución cubana, resolución esta que el 6 aprobaba el Presidente Juárez y se apresuraba a comunicarla a su hijo político, es de convencimiento de que con ello le proporcionaba una extraordinaria felicidad. 

En el documento en que el gobierno mexicano informaba a Santacilia de su aprobación el acuerdo de la Cámara de Diputados, se consignaba que era “México la primera nación del mundo colombiano que manifestaba así con actos oficiales su generosa simpatía es favor de la revolución cubana”.

De la influencia que logró disfrutar Santacilia por esta época en México nos da una idea este anónimo enviado al general Porfirio Díaz donde se le dice: “D. Ramón Guarnan, hombre venal y sin perdón ni vergüenza, D. Julio Zarate D. Joaquín Alcaide y D. Manuel Romero Rubio bajo las órdenes estos miserables vendidos del habanero advenedizo Santacilia, todos diputados, no sólo trabajan en contra de usted, cuya conducta nada importaría porque el hombre es libre para operar en favor de quien más le plazca, pero la manera como lo hacen es lo que debe usted saber…”

En 1871 Benito Juárez se reelige por última vez. Entre los diputados que le respaldan en la Cámara figura Santacilia. Es 12 de octubre, de 1871. Pocos meses después, el 18 de julio de 1873, fallece el Benemérito de las Américas. Sube al poder Lerdo de Tejada. Santacilia continúa apoyando la política liberal y reformista que éste representa. En 1876 cae Lerdo de Tejada al triunfar la asonada del general Porfirio Díaz. 

Pedro Santacilia es perseguido por los triunfadores que le confinan a Guanajuato. Es ya un personaje que ha sabido ganarse su puesto en la historia de Cuba y de México. Cuando el 1º de enero, desde Veracruz, José Martí escribe la primera carta que conocemos de él dirigida al licenciado Mercado, le dice que gracias a V. distraigo estas penas con el sabroso castellano de Santacilia”.

De regreso a México atenderá a su familia y trabajará activamente por la causa de Cuba. El 28 de enero de 1889 muere en Santiago de Cuba su hermana Cecilia. Es un rudo golpe para él, pues su hermana se había forjado, prácticamente a su sombra, escribiendo versos y artículos en la prensa cubana. Colabora en “La Ilustración de Cuba” en 1893. 

Al iniciarse la Guerra de Independencia en 1895 pedro Santacilia es de los cubanos que prestan nuevamente, desde México, su colaboración. Figuraba entre los cubanos ricos que residían en la capital azteca, según se deduce de una carta de Nicolás Domínguez Cowan a Don Tomás Estrada Palma. Al concluir la guerra tiene todavía entusiasmo para colaborar en “Cuba y en Tampa”.

Su idea de ver a Cuba libre, constituida en República, se realiza el 20 de mayo de 1902. Cuando la Legación de Cuba abre sus puertas en la capital mexicana, un anciano ocupa el primer lugar entre los cubanos que se presentan para inscribirse. Es Pedro Santacilia que reclama el honor de que su nombre sea el primero que figure en el Registro de Cubanos de la Legación. 

Todavía en 1903 evoca sus días santiagueros enviando un poema a los festejos que se organizan en su ciudad natal para conmemorar el centenario del natalicio de José María Heredia. Será su último acto público. En 1910 se siente morir. Antes dispone que la casa solariega de los Santacilia, ubicada en Trinidad y Moncada, en la ciudad de Santiago de Cuba, sea entregada a los pobres del barrio donde él nació y vivió los primeros años de su existencia. El 2 de marzo de 1910 muere en México, Pedro Santacilia, el “fiel cubano”, como lo llamara José Martí.

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