Familias y barriadas como Pastora, Parroquia, Condado, Carmen, Vigía Dobarganes, Riviera, Santa Catalina y otras más sufrieron la acometida del porvenir imparable que acaparador, con metas de control absoluto, menguó drásticamente la productividad agrícola e industrial, ocasionando racionamientos, desigualdad y discriminación de valores.
Los recursos, ya carentes, en posesión del Guía en Jefe, apremiando la lontananza futurista, se concentraron en un imaginario frente de guerra, ausente de enemigos reales. Ese frente de guerra era el asalto al porvenir que día a día inventaba enemigos, buscados y seleccionados entre la inerme ciudadanía. El mañana de felicidad impostergable requería, por las buenas o las malas, entusiasmo inducido y esfuerzo colectivo.
Los ajenos azuzados por el Doctor y Celedonia Celedón, pretendiendo borrar historias y costumbres que se enraizaban en el origen, cerraron los accesos al intercambio humano e intelectual que tratara de traspasar las elevaciones circundantes al lomerío Cubanacán, parte del macizo de Guamuhaya, donde descollaba la ¡cónica Loma del Capiro.
Y en el punto cumbre de la endemia, a horas del rescate de la Virgen de la Charca y la desaparición de Candelario Candela y los ajenos, enfermó Rosalía Rosado. Florencio Flores, por acendrados conocimientos de tradiciones africanas, tenía el palpito certero que si le daba a tomar agua de los Pocitos de Marmolejo mezclada con miel de campanillas de pascuas ella vencería, por el milagro de las curas tradicionales, a la peste foránea. Pero fue imposible. El Guía en Jefe en su rumbo avasallador hacia el futuro, en busca de recursos, había confiscado todos los medios de producción en manos privadas. Además, las colmenas de abejas y los Pocitos de Marmolejo quedaban, justo, del lado vedado a la población.
Fue en primavera, en plena época de aguaceros diarios y tardes de incesante olor a lluvia cuando, entre los brazos del amante, se desprendió Rosalía Rosado. Florencio Flores imprecó a lo concebible e inconcebible. A la postre, se consoló al pensar que su contagio y muerte eran realidades cercanas.
Pero no sucedió como lo concibió y deseó. Inesperadamente, la imagen abusada y violada de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, cuando en la memoria inducida era olvido conveniente, emergió de las aguas de la charca; cercana al viejo aserrío desaparecido en brumas resonantes de sierras mecánicas y serruchos manuales que esparcían esquirlas y polvo de madera.
Fin Capítulo IV
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CAPÍTULO V
La fuente del miedo está en el porvenir, y el que se libera del porvenir no tiene nada que temer.
De la novela: La levedad. Milán Kundera
Forencio Flores, a pesar de los achaques propios de la vejez, sintió que los alaridos de las parturientas y el persistente aroma a lluvia agilizaban su cuerpo con el vigor de la juventud sacrificada en la larga contienda contra el coercitivo futuro impuesto; inimaginablemente desparecido cual celaje abrumado de sol.
Y corrió; corría con la urgencia de llegar al umbral del tiempo y ser testigo visual del logro definitivo, por resurrección, del pasado sobre la agonía de lo incierto.
Y apresuró la carrera. Volvió a ser el Florencio Flores, en olor de recuerdo tenaz, que amó en el rancho varentierra a la juvenil Rosalía Rosado.
Y se movía tan ligero que por intervalos el adoquinado de la calle perdía el peso de las pisadas. Entre zancadas veloces, jadeos y sudor de esperanza recordó la
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