Al recrudecido tirano le gustaba que el Comandante Juan Almeida y el sumiso Esteban Lazo aparecieran en las fotos de los diarios cubanos y en los noticieros de la televisión durante discursos o reuniones importantes, porque los dos eran negros. Pero, en realidad, sólo les usaba como “figuras decorativas” con fines políticos y de propaganda, porque ninguno tenía ascendencia sobre las decisiones que se tomaban o gozaban en modo alguno del favor del sátrapa.
Fidel Castro Ruz, el malvado artífice de la destrucción total de Cuba, comenzó subrepticiamente su campaña de división y odio, con el tema racial, desde su primer discurso en la ciudad de Santiago de Cuba; luego, en cada capital provincial mientras avanzaba hacia La Habana, y, finalmente, en su discurso desde el balcón del Palacio Presidencial el 8 de enero de 1959. Comenzó con ligeros comentarios ocasionales, que parecían ingenuos, pero que fueron “sembrando cizaña” y arreciando cada vez más.
El desatinado déspota, en su incesante locura destructiva, cambió hasta el mapa de Cuba, inventando otras provincias a su antojo, y alterando nombres de sitios, calles, edificios, cines, auditorios, etc. Cerró la isla por diez años, y creó una nación diferente y un pueblo diferente, al estilo de Corea del Norte —un horrendo Estado policíaco, con un pueblo atrasado y hambreado—, pero con su maléfico sello personal, alucinante y sin sentido, hasta convertirla en una mísera nación empobrecida, inútil y decadente.
El resultado ha sido trágico.
¡Cuba es hoy un país irreconocible!
No es siquiera la sombra de lo que un día fue…
Felipe Lorenzo
Hialeah, Fl







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