En saludo al Día del Amor, recordemos que en el 496 DJC, hace 1530 años,
el Papa Gelasio I declaró el 14 de febrero como Fiesta de San Valentín (II)
Por Rafael Jesús de la Morena Santana
El Cardenal Rodrigo Borgia, hombre de muchos recursos y valenciano por más señas, demostró sus singulares capacidades para resolver cualquier asunto por arduo que fuese, él le añadió otra trama al romance, porque para soslayar la indecisión de Isabel, tuvo que hacer “magia”: se sacó de la manga y presentó una supuesta bula emitida en junio de 1464 por el Papa Pío II, a favor de Fernando, que le permitía contraer matrimonio con una dama, a la que le uniese un lazo de consanguinidad de hasta tercer grado.
Isabel fue convencida con esta amable y oportuna añagaza del atrevido y sonriente prelado, y aceptó casarse con su galante enamorado, el himeneo que parecía imposible, se haría realidad, para esto de forma clandestina se procedió a la firma de las capitulaciones matrimoniales en Cervera, Cataluña, con el agente de la princesa que llevó su carta de acuerdo, el arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo y fiscalizadas por el propio Fernando de Aragón, el 5 de marzo de 1469.
Puesto al corriente de la trama, Enrique IV ordenó a sus soldados impedir a como diese lugar el encuentro de los novios, pero se impuso la astucia de Isabel, ella estaba prácticamente presa en Ocaña, bajo la custodia de Juan Pacheco, Marqués de Villena y asesor real. En mayo de 1469 pidió permiso para ir a visitar la tumba de su hermano Alfonso en Ávila. Fue autorizada, pero debía ir con escolta. Entre los guardias estaban sus amigos los caballeros Gonzalo Chacón y Diego Gutiérrez de Cárdenas, los cuales, con un puñado de fieles, organizaron la fuga. Neutralizados los soldados adictos al Rey, la princesa, jinete en brioso corcel, se dirigió al encuentro del destino.
Mientras, el audaz Fernando, preparó su expedición con amigos y soldados escogidos, les exigió discreción y estos le juraron mantener un secreto absoluto. Para cumplir su misión, se hicieron pasar como comerciantes y el joven se disfrazó de mozo de mula del grupo. Debajo de las ropas llevaban cotas de malla, hachas, mazas y dagas, las espadas, lanzas, arcos y flechas estaban escondidos entre las mercancías, era una apuesta con peligro mortal, iban dispuestos a todo.
Bajo la pertinaz llovizna de un frío otoño, salieron de Zaragoza, capital de Aragón, hacia Castilla, recorrieron un sinuoso camino, cruzaron centenares de millas por parajes desconocidos, atravesaron montañas y bosques por difíciles senderos, trataron de evitar a los escuadrones del rey, pero en varias ocasiones, se vieron precisados a abrirse paso entre las patrullas reales con el filo de las toledanas. Para pasar la línea de defensa que los Mendoza tenían entre Almazán y Guadalajara, tuvieron que dar una carga para batir a los guardias de una posta y poder seguir su camino, era la firme voluntad del gallardo adalid, acudir a la cita con Isabel sin reparar en peligros o sacrificios.
El valor y la determinación de Fernando y sus compañeros, quedó demostrado también en encuentros con bandas de forajidos, de las que en esos años infestaban las comarcas ibéricas, los bandidos los atacaron pensando que se las había con pacíficos mercaderes, pero se encontraron con avezados guerreros que los superaron y pusieron en fuga para poder de seguir la indetenible marcha hacia el Altar.
Isabel, entretanto, estaba en Madrigal, los agentes reales intentaron secuestrarla, pero la escolta de los aliados de la princesa, el arzobispo Carrillo y el Almirante Fadrique Enríquez, hacen huir a los hombres del Rey, y se conduce a la novia a Valladolid. Por fin, el 14 de octubre de 1469 en la ciudad de Dueñas, en el Palacio de la familia Acuña, Condes de Buendía, que se prestan como anfitriones, se encuentran los animosos enamorados.
La inaplazable primera impresión sería decisiva. A los 18 años Isabel, era una muchacha alta, esbelta, de figura escultural, con una estampa digna del pincel de Botticelli, pelo rubio rojizo, ojos azules, nariz aguileña, sensuales labios rojos y con una sonrisa y una gracia cautivadoras, al instante le resultó muy atractiva a Fernando, que a sus 17 abriles era experto en lides con las féminas. Por su parte ella estaba feliz, iba a contraer nupcias con un hombre fortalecido con las fatigas de la guerra y la caballería, era de su misma estatura, de probada inteligencia, gentil, atlético y risueño, con renombre de guerrero hábil y afortunado, demostrado en los torneos y en combates contra islámicos, franceses y navarros. Era rey de Sicilia desde 1468.







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