Capítulo IV
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
—Jamás pensé que tuvieras tanta imaginación. ¡Esta parodia es formidable! Te lo digo yo que algo conozco de teatro. ¡Candelario Candela!, créeme tu futuro son las tablas…
—¡Guía en Jefe! -Celedonia Celedón, de mala manera, reclamó.
—Déjalo, no sabe lo que hace. Ovidio es un hombre culto. Quizá esté enfermo de pasado. Vamos a darle todo nuestro apoyo para que mejore.
La risa de Ovidio cesó y cedió el paso a una sonrisa cómplice.
—Si en algo metiste la pata; y debes reconocerlo -lo trató con benevolencia intelectual- fue en montar el espectáculo en la Iglesia. De haberlo llevado, comercialmente, al Teatro la Caridad el lleno hubiese sido total y la recaudación habría sobrepasado la que se logró cuando el tenor italiano Enrico Caruso vino al pueblo. Claro -ajeno a la hostilidad que se incubaba y enardecido, por lo que consideraba una pieza antológica del teatro bufo santaclareño, continuó entusiasmado- la idea de esta poltrona ridícula, de yagua y cujes de guao; tu vestimenta, también, ridícula y nuestro canto de loa satírico, distorsionando la letra original de “Con Flores a María” ha sido genial; simplemente genial. ¡Quién nos iba a decir que nuestro Candelario Candela es un consumado autor y actor humorístico! Tampoco puedes dejar de reconocer que mi modesta participación, inesperada para todos, al lanzar la mariposa contra tu rostro, le dio lucimiento a la pieza. A veces, en estos casos, salirse del libreto aumenta la aceptación popular. -Ovidio se puso serio e inquirió-. ¿Verdad que fue genial…?, ¿la flor no te lastimó…? Qué va a lastimar, las flores no lastiman -aseguró, cada vez más confiado-. Reconozco que me cagué en tu guión, pero eso te da la oportunidad de meter una morcilla enriquecedora. ¿Verdad que aceptas mi modesta participación…? Me haría feliz que lo reconocieras públicamente…
Entre los ajenos un estupor soberbio ganó terreno y en la fila, paralizada, de los tributantes al Guía en Jefe un sentimiento cómplice de vergüenza ajena echaba ramas. Él resto de las personas que abarrotaban el templo, en señal de recogimiento oportuno y oportunista, inclinaban las cabezas. Por instinto de protección se replegaban al olvido conveniente.
Florencio Flores, a despecho de lo aconsejable, desgranó al oído de Rosalía Rosado.
—¡Se ha vuelto loco! Lo que hace será problema de todos.
En respuesta muda la joven deslizó la diestra hacía atrás; oprimió la de Florencio y ambos pegaron los ojos al piso.
—Garantizo que tendrás, ya la tienes, toda la participación que desees, De hecho se hace necesaria. El futuro es inclusivo y abarcador -el Guía en Jefe, pronosticó con voz fuerte que rebotó en las paredes de la iglesia y caló oídos. Proyectó el mentón y llamó-. Celedonia, acompaña a Ovidio hasta un lugar apropiado y facilítale las condiciones materiales para que haga sus aportes creativos.
—Candelario, no te tomes tantas molestias. Me puedo ir solo y desde mi casa, en familia, prometo comenzar a laborar. Hoy mismo iniciaré el trabajo. Ya verás la obra que voy a escribir. Claro, la firmaremos los dos. ¿Aceptas…?
—Por supuesto que acepto. Con tus señalamientos de hoy estás facilitando las llaves para que el futuro se libre de errores. Recuerda Ovidio Oviedo y todo el que quiera escuchar -dijo autoritario y seguidamente acuñó la sentencia que desde entonces, hasta que se difumó el futuro, signó su proceder distópico-: Dentro del pueblo todo; fuera del pueblo nada.






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