OASIS MARTIANO

Written by Libre Online

27 de enero de 2026

Por Gonzalo de Quesada y Miranda (1933)

El viaje es largo, algo penoso; sobre un rosario de baches brinca. Calzada arriba, la repleta guagua, zigzagueando lo bastante para sobresaltar cualquier cardíaco. Toyo, Víbora, Mantilla…; por un milagro nos hemos salvado de lo que parecía un seguro desastre…; desde la descolorida estampa, pegada al espejo del automóvil-cohete, diríase que sonríe burlonamente, la buena Virgen de la Caridad del Cobre…; pero, al fin, hemos llegado al pintoresco caserío, con tanta propiedad o humor llamado “El Calvario”. 

Subo los escalones de la modesta casa, observo, mientras espero se me abra la puerta ya bien conocida, amiga, el portal cuajado de plantas y flores por lo cual ya se adivina la mano de un dueño, conocedor y amante de la botánica.

Y, en efecto, desde el umbral se adelanta la figura robusta y apuesta de Emilio Cassi, antiguo compañero en la prensa, que me saluda efusivamente en su español de italiano “aplatanado”.

– Hoy, le digo—vengo “de entrevista”, a recoger de labios de su esposa, digna discípula de Martí, nuevos detalles desconocidos, humanos, sobre la vida del Maestro. 

En tanto esperamos su llegada, Cassi, con su palabra fácil de hijo de la alegre Mónaco, de padres milaneses, me habla con entusiasmo de sus estudios y proyectos para extirpar el perjudicial Marabú, que tanto daño causa a los campos criollos. Al oírlo, me parece verlo, como en sus años mozos, cargando contra la planta invasora, con los mismos bríos que peleara, vistiendo el uniforme de los “rough-riders” de “Teddy” Roosevelt, por Cuba Libre, en la Loma de San Juan, de cuya acción conserva, en su recio cuerpo, gloriosas cicatrices y, modestamente, para que nadie lo vea, en una gaveta de su armario, la preciada condecoración “Purple Heart”, con cinta morada y banda blanca, a él otorgada por el Congreso yanqui, por su valor probado en los campos de batalla del indómito Oriente.

En la fuerte luz del sol entrando por las ventanas de la sala, parecen revivirse páginas casi olvidadas de nuestra historia, suenan los nombres de Hearst, Shafter, Tiffany, Wood, Rubens, resurgen las etapas de nuestra accidentada vida republicana, evocadas por Cassi con anécdotas reveladoras, pintorescas, de los largos años convividos entre nosotros, en ésta su segunda patria.

Oyéndolo pienso que, de decidirse, el intencionado amigo Cassi, podría brindarnos una historia de Cuba más valiosa para nosotros que la misma “Vida de Cristo” escrita por su tío materno, el famoso Giovanni Papini.

Pero, a poco, queda interrumpida nuestra charla; viene a saludarme, unida a nuestra familia por lazos de parentesco y afecto, de vicisitudes sufridas juntos en el destierro, cuando nuestra última guerra contra España, la esposa de D. Emilio, la señora Isabel Carolina Fernández del Castillo, conocida cariñosamente, desde niña, con el nombre de “Cocola”.

Bajo su cabello plateado, en el marco de sus distinguidas e inteligentes facciones, brillan aún, no obstante los años, sus rasgados ojos, como dos grandes soles. Mirándolos, plenos de vida y bondad, cuando nos habla de Martí, imaginándolos con todo el esplendor de aquellos días juveniles en que ella descollaba por su donaire, elegancia y belleza en los mejores salones de Nueva York, entre tantas lindas criollas en la emigración, en la misma patria, en su tierra camagüeyana, tan pródiga de mujeres hermosas, se comprende su fuerza inspiradora, que nativos y extranjeros bardos dejaran en su álbum rimas cantoras a sus oscuras pupilas pardas.

Y mientras sus manos, ligeramente temblorosas de emoción, abren gavetas, sacan de un viejo cofre, sagrado relicario de inapreciables documentos de Martí, retratos, papeles, recuerdos del pasado, evoco otra noble gran señora: Rosario de la Peña, musa del parnaso mexicano.

He tomado en mis manos el viejo álbum, hojeo sus páginas amarillentas, cayendo mis miradas curiosas sobre dedicatorias de literatos, músicos, patriotas, a “Cocola”; me detengo en las palabras, aunque concisas elocuentes, del gran orador Miguel Figueroa; la prosa sobria de D. Tomás Estrada Palma; la filosofía versificada de Enrique José Varona; los poemas de Palma, Fornaris, Bonalda y muchos más; las dos hojas con letra menuda de Manuel Sanguily.

En una página, adornada por dos querubines dibujados por él, Salvador Cisneros Betancourt, el Marqués de Santa Lucía, le desea a “Cocolita”, su sobrina, buenaventura, en perfecto francés; en otra, leo, emocionado, una expresiva dedicatoria de mi padre, fechada en Nueva York, hace exactamente cuarenta y seis años.

Cierro el álbum, prometiéndome comentarlo, transcribiendo sus mejores páginas, en un futuro trabajo para examinar ahora, otros valiosos recuerdos relacionados con mi entrevista.

Como por encanto, ha retrocedido el reloj a otros tiempos; por la magia del relato vivo de “Cocola” resurgen los años de la Colonia, el cuadro del antiguo Puerto Príncipe, hoy Camagüey; la imagen de su madre, doña Ángela del Castillo y Agramonte, parienta cercana del Bayardo centauro Ignacio Agramonte, de los Cisneros Betancourt, de los Quesada; la figura de su padre, Miguel Fernández Ledesma y de Céspedes, de noble linaje español, pariente de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria.

De aristocracia rancia, culta y acomodada, los antepasados de la Sra. Fernández del Castillo de Cassi, contribuyeron al bienestar y el progreso de Puerto Príncipe, fueron de los primeros en sacrificar sus haciendas y vidas para combatir la opresión española en Cuba. Unos cayeron en la manigua redentora, otros emigraron, continuando desde el extranjero su labor revolucionaria. Entre los más valientes y tenaces, estaba el padre de “Cocola”. En la guerra del 68 peleó a las órdenes del general Ángel del Castillo y Agramonte con el grado de Coronel.

Y fue entonces que el destino urdió su trama para unirlo a la vida de Martí y convertirlo en uno de los mejores amigos del Maestro; en los mismos momentos trágicos en que todo indicaba la muerte para Fernández.

Hecho prisionero en Guaicanamar y llevado a Camagüey, Fernández, condenado a muerte en un Consejo de Guerra sumarísimo por los españoles, hubiera sido, sin duda, ajusticiado de no interceder, en La Habana, a favor suyo el Conde de Cañongo, quien obtuvo la conmutación de la pena por la de cadena perpetua.

Y estando preso, en el presidio político, conoció a Martí, al adolescente rebelde, estableciéndose entre ambos, inmediatamente, una fuerte corriente de simpatía. Juntos vivieron los horrores de aquella prisión, y, cuando podían burlar la vigilancia de sus carceleros, hablaban de los infortunios de la patria, de sus sueños para libertarla. El rancho era malo, sólo los adinerados podían pagar comida especial y Fernández, al ver la triste suerte de Martí, de padres pobres, se apresuró a compartir con él su cantina, sufragándole, de su bolsillo, buen alimento, cosa que jamás olvidó el Maestro, agradeciéndoselo toda la vida.

Vino la separación de los amigos, siendo deportado Fernández al presidio de Santoña, en el África, de donde se escapó, tras largos años de cautiverio, mediante soborno, y como un Conde de Monte Cristo, en un bote, a Gibraltar, donde le limaron la cadena y el grillete.

Ya establecido Fernández en New York como comerciante y contratista de víveres de las obras de su amigo y condiscípulo, Lesseps, en la construcción del Canal de Panamá, y Martí volvieron a verse en diversas épocas, siendo para el Maestro la casa de Don Miguel un verdadero hogar de tan hondos afectos que cuando su amigo murió, en 1891, le escribió a su viuda e hija: “Mándeme Angela, mándeme Cocola, que en estos momentos de su inmenso y justo dolor, soy para ustedes todo corazón. 

De rodillas, con mi mano sobre su pecho, implorando a Dios, sentí los últimos latidos de aquel corazón noble, generoso y patriota. Valor Ángela, en recuerdo de Miguel; valor por esa niña que sólo ha pisado rosas y desconoce del mundo las espinas. Con el pensamiento junto a ustedes y los ojos húmedos de lágrimas, besa las benditas manos de las dos, su Martí”.

Fue, en efecto, en aquella casa, ara de cubanidad, visitada por tantos próceres de nuestras guerras de independencia, donde “Cocola” conoció a Martí, convirtiéndose en pura discípula de sus elevadas prédicas.

—Siendo una niña aún conocí a Martí— me cuenta “Cocola”, enseñándome un retrato de ella de esa época, continuando, mientras saca otros suyos, con los largos y complicados vestidos femeninos de entonces—. Algunas veces acompañaba a mis padres en las visitas al Colegio del Sagrado Corazón de Manhattanville, donde yo estaba estudiando.

En los paseos por los jardines del Colegio se revelaba su amor por la Naturaleza y sus conocimientos de floricultura, porque invariablemente se detenía ante las hermosas plantas, ofreciéndome, sin pedantería, una clase objetiva de botánica. Solía rememorar, entonces, su juventud, sus primeros sentimientos contra España, sus horas felices al lado del buen Mendive, la tristeza de verse incomprendido por su familia en sus ansias de ver a Cuba libre. 

De exquisita cortesía, Martí poseía el raro don de saber tratar a cada persona de acuerdo con su edad y condición, lo cual, sin duda, representaba, aparte de su gran genio y bondad, una de sus cualidades más atractivas. Recuerdo, como ejemplo, una gran muñeca mía traída de París y bautizada con el nombre de Josefina.

 Tal era mi delirio por ella que mamá mandaba a hacerle ropas y zapatos, y casi siempre la elegante Josefina se encontraba sentada en la sala, como hoy las grotescas muñecas de Lenci. Y Martí, en cada visita, nunca dejaba de saludarla y de simular una conversación con la muñeca, halagando con ello mis sentimientos infantiles. Libros buenos me regaló muchos, presentándome con el primer ejemplar de la traducción suya de la novela “Ramona” con la dedicatoria: “Para la niña que con sus cortos años comprende lo que lee y que considero con el alma tan pura como Ramona”. En un tomito de las “Rimas” de Bécquer me puso: “A Cocola que riega Rimas”; y en mi abanico autógrafo, de moda entonces: “¿Qué quieres que te escriba, niña de mi tierra honor? Yo no sé cómo se escribe una flor en otra flor”. 

Aficionada a los trabajos artísticos, corté, un día, un retrato de Bolívar, poniéndole debajo su nombre. Martí, después de celebrarlo, se quedó pensativo por unos instantes, trazando rápidamente, sobre una hoja suelta, el siguiente consejo: “Cocola, quítale el nombre. La frente dice Bolívar; los ojos, libertador; la expresión del semblante y los detalles de su traje, los copiaste con primor; admiro yo tu talento y de artista corazón, pues, con fina tijerita y en satinado papel, has grabado con amor, del gran Simón el retrato. Yo de ti me enorgullezco y en Cuba libre, algún día, recordando los anhelos de Bolívar ya cumplidos, dirán, cuando ahí te admiren por tu talento exquisito, tu belleza soberana y corazón de cubana, bendita mil veces sea la de ojos de fuego, la niña de alma pura, la adoración de Martí.”

De las manos de “Cocola” tomo una vieja fotografía del Maestro hecha en New York, en 1888; al dorso, leo la dedicatoria: “A Cocola, hija de un hombre generoso y de una amiga fidelísima. José Martí.” Y de sus labios, oigo, los versos escritos expresamente por Martí para una fiesta cubana, en la cual trabajaron “Cocola” y sus compañeras del destierro, en casa de mi abuela, doña Isabel Aróstegui. Al conjuro de sus palabras, reviven Front street, Hardman Hall, las veladas patrióticas, las horas angustiosas de organizar el Partido Revolucionario Cubano, los viajes a la Florida, los preparativos para la guerra de 1895.

Nos interrumpe el esposo de “Cocola”, Don Emilio, convertido en maestro culinario; y, entre los magníficos macarrones, por él preparados, el vino de Chianti, recordamos las aficiones gastronómicas de Martí, su vino de Mariani, la botella de Tokay, que regalara a “Cocola” y doña Ángela, al despedirse por última vez de ellas, cuando partieron para Cuba, en el invierno de 1894.

En el patio, come también su porción de macarrones, lamiendo golosamente el queso Parmesano, “Panchita”, la perrita chihuahua de la casa, hace recordar a “Cocola” lo que sufría Martí cuando veía maltratar o innecesariamente privar de su libertad a algún animal.

—De niño—me informa su discípula—se encontró una vez un amiguito, tirando de un hilo a un grillo. Verlo y pedirle soltara el insecto fue uno, y al negarse el muchacho, Martí acudió a su madre, doña Leonor, para que libertara, con una tijera, el grillo de sus amarras.

Volviendo a la sala, con la ayuda de una Remington portátil, voy aprisionando un tesoro de anécdotas de la vida de Martí, relatadas por “Cocola”, un sinnúmero nuevas, ampliaciones otras de algunas ya publicadas por mí en revistas; abundan las descripciones, tan vivas que hacen casi sentir, entre nosotros, la presencia inquieta del Maestro, la estampa ruda de Don Mariano, la figura enérgica de Doña Leonor, la sombra triste de la pequeña Ana, fallecida en México, la hermana más amada y cerca del alma del Apóstol de nuestras libertades.

Tan rica y valiosa veta para la biografía verdadera, humana, de Martí, no puede, ni debe pretenderse dar a conocer en tan limitado espacio; con calma y a su indicado tiempo habré de revelarla algún día.

Pero, antes de abandonar la casa hospitalaria, en la cual flota, vivo y hermoso, el espíritu del Maestro, capto de labios de su discípula, de esta noble y buena cubana, que inspiró sus tiernos versos “Mis Christmas” y “Despedida”, esta última poesía escrita cuando embarcaba en Montecristi para su supremo sacrificio en Dos Ríos, este bello resumen femenino de aquel hombre excelso:

“Es muy difícil sumar todos los afectos de que era capaz el corazón de Martí. Bien porque estos sentimientos se elaboran en una misteriosa cámara en la que no hay campo de experimentación; y, después porque no fue siempre lógico con sí mismo; sus más fogosos arranques eran, algunas veces, seguidos por una desconcertante sequedad de ánimo, que por lo mismo parecía preparar una nueva llama, que estallara de un golpe súbito y violento.

El sacrificio cumplido para con los otros era la única balanza en la que se podría pesar la capacidad de su corazón: más tampoco es siempre fiel; porque más que sus íntimos afectos, potentes y profundos que lo dominaban enteramente, y que algunas veces eran tanto más egoístas cuanto más intensos; su abnegación encontraba su origen en el sentimiento de piedad para quien sufre, y en el patriotismo aceptado como su gran religión. 

Además de estas apreciaciones, sobre las facultades afectivas de Martí, es necesario tener en cuenta un primer elemento; su gran imaginación. Pertenece a ella una parte inmensa de su vida sentimental, siendo imposible precisar el punto donde comienza o acaba su influencia; ella le pone sobre los sentimientos y afectos un velo de oro, intensificando, ennobleciendo, resplandeciendo y exagerándolos. Los intelectuales, aun queriendo ser sinceros, no podrán nunca determinar la parte exacta que tiene el corazón en las sensaciones que lo animan.

Ahora bien: Martí era ante que todo un imaginativo, dotado de una extrema sensibilidad nerviosa y una exquisita delicadeza de alma; quiso ciertamente con fidelidad a los seres a quienes amó, pero se comprende que sus amores, sus afectos, sus amistades, eran para él un pensamiento, más bien una necesidad. Una vida sencilla de felicidad doméstica lo hubiera matado. Tenía necesidad de soñar sueños irrealizables, o correr tras de la quimera siempre vaga y nunca alcanzada, o tener un grupo de discípulos pendientes de sus labios como de los de un Apóstol. 

Es el hombre símbolo, el representante de grandes ideas que sacuden el mundo, el precursor de renovadoras esperanzas. Amó, pero como pueden amar los seres que tienen una alta misión por cumplir y que por ella deben sacrificarse a sí mismo y a muchos y muchos otros; ninguna de las más delicadas graduaciones de afectos humanos le faltó. Todas las comprendió, y fue esta facilidad y don de comprensión lo que le hizo sufrir infinitamente y que también lo hizo inmortal.

Y con esta visión del Maestro, expuesta por su digna discípula, me despido agradecido de un modesto hogar,  donde una patriota camagüeyana y un veterano Rough-Rider mantienen una lámpara votiva a las grandes figuras de nuestras luchas del pasado, a la más pura y bella, al Cristo de Dos Ríos; me alejo con nostalgia de este remanso evocador. 

Y de nuevo…; el viaje largo, amparado, esta vez, por una estampa de San Lázaro, llagado como la infeliz Cuba, pero con fe en su definitiva curación pegada al espejo de la guagua loca; y, luego, el vientre bullanguero de la ciudad, hiriendo los oídos, como una maldición, los gritos de los vendedores de periódicos, ofreciendo por tres kilos: “¡Muertos y heridos!”

Estamos, ¡oh sarcasmo cruel!, en la ciudad natal del Maestro; y, allá, a lo lejos, entre las colinas, en “El Calvario”, ha quedado, por muy pocos conocido y por menos visitado, un santuario a su memoria, un oasis espiritual.

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